"Bach sí que me ha salvado, pero si lo conociera le daría un puñetazo"

"Bach sí que me ha salvado, pero si lo conociera le daría un puñetazo"

BOCAS habló con James Rhodes, la figura más popular de la música clásica contemporánea.

BOCAS - Rhodes

James Rhodes.

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Peter Hundert.

01 de diciembre 2017 , 12:26 p.m.


En el momento de tocar el piano no hay nada más importante para James Rhodes que los silencios. Son estos los que hacen que una canción sea intensa, los que pueden hacer que un auditorio se estremezca: “Son tan importantes como las notas, pero a la vez son tan esquivos, tan difíciles... Solo un genio como Beethoven los podía manejar a la perfección”, dice.

En el 2010, a sus 35 años, se convirtió en un rockstar de la música clásica: como pianista ha grabado más de cinco discos donde interpreta a sus compositores favoritos y en sus giras siempre llena los auditorios donde se presenta. Además, tiene dos best sellers a cuestas –su autobiografía Instrumental y su libro para aprender a tocar piano–, es colaborador del diario The Guardian –donde ha escrito polémicas columnas sobre la industria de la música clásica y el abuso sexual– y de la Cadena Ser, de España.

Y no hay nada que le haga a Rhodes más falta en su vida que el silencio.

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Dave Brown.

Hasta los seis años fue un niño feliz al que le encantaba bailar, cantar y tocar música. Todo cambió cuando su profesor de educación física lo violó: “¿Queréis saber cómo arrebatar a un niño todo lo que le hace ser niño? Folláoslo”, escribió en Instrumental. El niño que pedía juguetes empezó a encerrarse para autolesionarse y si quería un helado no se lo pedía a su mamá, sino que buscaba algún viejo depravado dispuesto a comprarle uno a cambio de una felación. La vida de Rhodes estuvo marcada por la depresión, los trastornos mentales, las drogas, el alcohol, el suicidio y un ejército de voces en su cabeza que nunca lo deja en paz, que no le da tregua: “Es algo como vivir con todo el reparto de Reservoir Dogs, haciendo desastres día y noche”, dice. Son esas voces las que nunca lo dejan estar en silencio.

¿Qué lo salvó? La música de Bach, que llegó a él en forma de un casete con las notas de la Chacona y que lo ayudó a aliviar las secuelas de la violación. La misma música que después, a sus treinta y tantos años, lo salvaría de hundirse en un hospital psiquiátrico cuando un amigo escondió un iPod Nano entre un envase de champú para que Rhodes escuchara la interpretación de Glenn Gould del adagio del Concierto para oboe en re menor, de Alessandro Marcello, transcrito para piano por Bach.

Mientras escuchaba esas canciones, el piano se convirtió en su mejor amigo. Sus padres decidieron matricularlo en un internado a los diez años, justo después de que las violaciones terminaron, y allí, en vez de hacer lo que hacían los otros niños, se encerró en un salón a tocar porque el piano lo ayudaba a escapar de la realidad y a sentirse seguro. Hoy, cuando toca esas piezas en un concierto, o en un estudio, las voces le dan un respiro. Solo las armonías del piano logran acercarlo al silencio: “¡Eso y el soroche!”, dice entre risas. “Bogotá es la ciudad perfecta para tener algo de silencio. La altura me fuerza a acostarme, a descansar un rato en mi cama, a estar en silencio. Además, es fantástica porque también me hace sentir como si estuviera un poco drogado”.

Rhodes es de los pocos pianistas de música clásica que han firmado contratos millonarios con casas disqueras populares como Warner o Signum Records. No obstante, la fama y toda la atención mediática llegó por Instrumental, un libro que casi no se publica debido a una demanda de su primera exesposa, que alegó que era perjudicial para el hijo de ellos. Solo una sentencia del Tribunal Supremo de Inglaterra hizo posible que la autobiografía de Rhodes llegara al público. Escribir sus experiencias, de una forma tan honesta, fue la otra forma de buscar su salvación.

BOCAS habló con Rhodes antes de sus conciertos en Medellín y Bogotá, donde presentó su nuevo libro, Fugas (Blackie Books) y partes del álbum Fire on All Sides, que lanzará el próximo año.

Ahora que toca frente a miles de personas, ¿su relación con el piano sigue siendo la misma?
El sentimiento de escape y de seguridad sigue existiendo de la misma manera. En parte porque cuando estás tocando el piano estás tan concentrado, y tienes que estar tan presente, que no tienes tiempo para pensar… ¡No puedes pensar! Sientes que el tiempo desaparece. Y sí, eso pasa cuando estoy solo en mi cuarto o cuando estoy en un concierto: el sentimiento es el mismo y es maravilloso, es una burbuja que empieza a crecer mientras toco, una burbuja que me protege.

Pero estar frente al público tiene que ser diferente, ¿no?
Claro, estar frente a la audiencia hace que haya un cierto sentimiento de adrenalina por lo que significa tocar en vivo. Pero el sentimiento de magia es igual o, como dicen en España, “tiene duende” [término que se utiliza en el flamenco para referirse a algo que tiene encanto, magia o que salió muy bien]. Eso era lo que yo sentía cuando tenía diez años y estaba tocando en el internado, y es lo que siento ahora cuando toco en un auditorio.

Lo único que me hace reír es pensar en lo ridículo que soy, en lo ridículas que son las voces en mi cabeza y en lo ridículo que es tomarme en serio algunas cosas que de verdad no importan.

Aparte de la música, ¿qué más le gustaba cuando tenía diez años?
Si siguiera el guion para construirme un mito de pianista genio y precoz, debería decir que me encantaban las matemáticas y que de ahí se estableció un vínculo con la música. Pero la verdad es que odiaba las matemáticas; me gustaban los números y soy muy bueno recordándolos, pero nada más. A mí solo me gustaban la música y los cigarrillos.

Y la música se convirtió en su única forma de salvación frente a las dificultades de la vida…
Sí. Después de contar en mi autobiografía mis vivencias, creo que es importante que más y más gente encuentre algún tipo de salida creativa para poder afrontar la vida. Si me sirvió a mí, seguramente le sirve a cualquiera.

Entonces salió del internado y vino un momento muy difícil en su vida, cuando entró a estudiar música en la Universidad de Edimburgo. Paradójicamente fue en ese tiempo cuando menos tocó el piano. ¿Qué recuerda de esta época?
Nada. O casi nada. En esos años tomaba tantas drogas que mi memoria se borró por completo. Al año de estar allí me expulsaron y fui directo a mi primer hospital psiquiátrico. En realidad no estudié nada y eso fue muy difícil, no toqué el piano por más de diez años por la cantidad de drogas que tomaba… Solo basta con imaginarse la frustración que me producía esto, era como estar enamorado de algo y que no pudieras ni verlo ni tocarlo, era terrible.

Pero después se recuperó de sus problemas. Trabajó en una cadena de comidas rápidas en París, luego en la City de Londres, el Wall Street británico, y en su afán por hacer dinero el azar lo llevó a conocer a su primer profesor de piano. Entonces empezó su carrera.
Sí, yo intenté hacer algo con la música clásica porque yo me había resignado a no tocar el piano. Entonces decidí que quería ser el representante de mi pianista favorito, Grigory Sokolov. Busqué a su representante y le ofrecí que fuera mi socio. Cuando nos encontramos en su piso de Verona me dijo que si sabía tocar piano, le dije que sí y toqué una pieza de Chopin. Al escucharme él me dijo que no existía la menor posibilidad de convertirme en agente y me obligó a quedarme en Verona para recibir clases con Edo, mi primer maestro. Ahí empezó todo de nuevo.

Después de todo esto nació su hijo y usted describió este evento como un acercamiento a Dios. ¿Realmente cree en Dios?

Mi opinión sobre Dios es que se trata de algo muy personal. Si te gusta la religión y creer en Dios te sirve para algo, entonces eso es maravilloso. Necesitamos de toda la ayuda que podamos tener. Otro caso es el de la gente que cree que en nombre de la religión puede matar a todo el mundo, o el de las personas que hablan de Él todo el maldito tiempo como si fuera algo que tienen que vender. Pero con todo y esto estoy convencido de que tenemos que creer en algo, en lo que sea.

En estos tiempos es difícil creer en algo...
Solo basta con abrir los periódicos y ver los tiroteos en Texas, ver a Trump de presidente, el brexit, las violaciones, las hambrunas y toda esta locura de nuestros días. Se nos hace muy difícil creer en Dios. Pero al mismo tiempo yo suelo decir: “Escuchen Don Giovanni, de Mozart y díganme que Dios no existe”. ¿Cómo algo así pudo haber sido creado por un ser humano?

¿Entonces sí existe Dios?
Es una pregunta muy difícil. Nadie tiene la respuesta de si Dios existe o no. Si dicen que la tienen están mintiendo. Al final, creo en Dios tanto como creo en el Valium. Siempre y cuando hagan su trabajo cuando los necesitamos.

Y entonces la música es su forma de acercarse a ese Dios-Valium…
Sí, siempre y cuando uno defina a Dios como algo más grande de lo que uno puede comprender, como algo que lo provee a uno de fuerza y esperanza… Esa es una definición hermosa. La semejanza entre la música y Dios es la misma que hay entre tocar un instrumento y rezar: uno va más allá de las palabras. Es algo que tiene que ver con escuchar y estar en contacto con algo mucho más grande que uno. Por ejemplo, que al estar quieto tengas unas sensaciones que no se pueden explicar. Y eso solo pasa con la música y con Dios.

Como cuando toca el Preludio no. 1 en do mayor, de Bach.
De acuerdo.

Sin embargo, su nuevo libro, Fugas, comienza con una crítica a la religiosidad de Bach, ese personaje que usted tantas veces ha dicho que le salvó la vida…
¡Vaya! Bach sí que me ha salvado. Pero si llegara a viajar al pasado y lo conociese, no sabría si le daría un puñetazo o si le comería la polla. El puño se lo daría porque me da rabia que siempre diga que todo es gracias a Dios. ¡Eso no es cierto, lo siento! Me enfurece que Bach pida perdón por su talento. Pero, por otro lado, es a través de su música, es cuando toco un arpegio de ese preludio, cuando coincido plenamente con él en que ese sonido es la prueba de que Dios sí existe. Por eso le comería la polla.

BOCAS - Rhodes

James Rhodes

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Además de ser una autobiografía y un libro sobre música, Instrumental también es un libro sobre sus relaciones personales y familiares. Sin embargo hay un personaje ausente y poco nombrado: su mamá. Una de las pocas menciones es la siguiente: “Mi madre, pobrecilla, no se dio cuenta [de las violaciones] o no quiso darse cuenta de que algo fallaba”. ¿Cómo es su relación con ella?
¡Por Dios, siento que estoy en una sesión de terapia! “Cuénteme sobre su madre y esas cosas” [risas]. Mi madre es genial. No hablo mucho de ella en el libro porque no quería que fuera un libro sobre mi familia, era un libro sobre mí y siempre sentí que no era apropiado hablar de otras personas cercanas. Pero volviendo a mi madre, hablo con ella todas las semanas: ha venido a visitarme a España y me ha acompañado en algunas giras. Ella se emociona mucho… ¡Y claro que ella es importante! Es mi madre y eso siempre será importante. Ella es feliz mientras yo esté haciendo lo que me gusta y mientras esté contento.

También están los amigos, esos apoyos que son tan importantes como la música. Sin embargo, usted dice que es una persona de pocos amigos, ¿por qué?

La amistad significa confianza y tal vez por eso no tengo muchos amigos. Por mucho serán dos o tres las personas a las que les confiaría absolutamente todo. La amistad significa ser tal cual como somos. Siento que muchas veces usamos una máscara con la gente, pero si es un verdadero amigo uno puede simplemente ser. Mi problema es que desconfío de todo el mundo, sufro de un delirio de paranoia asqueroso. Creo que cualquier persona que se me acerca me quiere hacer daño. La paranoia se adueña de mí, imagino lo peor y eso hace que sea difícil para mí relacionarme con la gente.

En Fugas usted cita una frase de Glenn Gould, uno de los pianistas más importantes de la historia reciente: “Existe una proporción entre la cantidad de tiempo que pasas con otras personas y la que debes pasar a solas para compensar la primera”. ¿Qué tan importante es la soledad en su vida?
Depende del tipo de soledad. Hay una diferencia muy muy grande entre la solitud y la soledad. Creo que la solitud es maravillosa si uno sabe disfrutar estar sin otras personas, pero yo soy terrible en ello; a duras penas puedo pasar unos minutos solo porque al poco tiempo en lo único que puedo pensar es que quiero matarme.

¿Y cómo hace para dejar de pensar en que quiere matarse?

Trato de meditar antes de irme a dormir para tratar de callar las voces en mi cabeza que me dicen eso. A veces lo logro, otras veces simplemente me resigno a escucharlas. Todo empeora cuando estoy sin televisión, sin mi novia, sin mi teléfono, sin mi piano, sin música, sin un libro o sin las mil cosas diferentes que nos rodean; entonces empiezo a enloquecer. Estar solo es algo que necesito practicar más. Es como el silencio: algo muy difícil de alcanzar, pero muy necesario al mismo tiempo.

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¿La soledad es importante para un artista?
No, creo que eso es una gran mentira. Cuando piensas en todos esos artistas que dicen: “¡Tengo que estar solo, no puedo estar con los seres humanos!”, lo que pienso es: “Por favor, cállense. No podemos evitar a toda la raza humana”. Puede que la soledad esté bien por un día o dos, pero no creo que sea tan importante. Igual pasa con las personas que dicen que necesitan estar inspiradas para escribir o para practicar el piano. Eso es mierda: uno solo necesita sentarse a escribir mil palabras o tocar más de seis horas el piano en un día. El resto son excusas.

Hablando de escribir, usted ha publicado varios libros. ¿Escribir también le sirve para evitar esa soledad y callar esas voces?
Es la única forma en que puedo sacarme esos pensamientos de mi mente y enfrentarlos de una forma directa. También, aunque suene cursi, escribo para ayudar a otros.

La literatura, al final, es empatía…
Tal vez lo que busco es que el que lea mis libros o vaya a mis conciertos sienta que no tenemos que sentirnos solos ni tampoco sentir que no pertenecemos a un lugar. Nos han hecho creer que somos especie de freaks y que nadie se parece a su vecino, pero todos somos mucho más parecidos de lo que nos imaginamos.

Sin embargo, usted escogió una vía extrema para contar su historia y su niñez y así generar ese sentimiento de empatía con el lector. ¿No le aterra ser tan sincero y honesto al momento de escribir?
La verdad es que estoy aburrido de que todo el mundo se la pase pretendiendo algo que no es, como si todos tuviéramos que cumplir unas reglas establecidas que dicen cómo tenemos que ser, cómo tenemos que hablar, cómo nos tenemos que vestir. En la música clásica esto es peor aún, ¡y siento que ya tuve suficiente de eso! Mi sensación es que todos estamos un poco mal de la cabeza, en diferentes grados. Todos, en algún momento, nos odiamos, sentimos que somos un fraude y que no somos lo suficientemente buenos. Es el clásico ejemplo de cuando vamos a una fiesta y pensamos: “¡Oh, Dios, soy muy tímido y estoy nervioso!”. En realidad todos se sienten de la misma manera, no estamos solos. Esa es la razón por la que escribo, porque tanto en las cosas positivas como en las negativas espero que la gente lea y diga: “Sí, eso también me pasa a mí”.

¿Se ha impuesto algún límite sobre lo que puede contar al momento de escribir?
Tengo un límite, solo que no sé dónde está [risas]. Tiene que existir alguna clase de filtro, solo que a ratos lo pierdo. En las entrevistas suelo meterme en problemas porque digo un montón de cosas sin pensar mucho… Bueno, si lo pienso bien el límite está en si siento que lo que voy a contar o escribir es importante o no.

Creo en Dios tanto como creo en el Valium: siempre y cuando hagan su trabajo cuando los necesitamos.

Usted ha vivido en Londres, Edimburgo, París… ¿Cree que hay un lugar al que pertenezca o que pueda llamar “hogar”?
Aún no. Tal vez estoy buscando eso, tal vez todos estamos buscando eso, no sé. Me acabo de mudar a Madrid y es lo más cercano que he sentido a eso que llamamos hogar. Me gustaría decir que ya encontré ese lugar seguro que es solo mío. Eso sería un sentimiento increíble, pero por ahora no.

¿Qué tiene Madrid que lo hace sentir casi como en casa?
Muchas cosas. Primero, la comida [risas]. ¡Mentiras! Me encanta el clima, la cultura, además tengo una novia increíble que vive aquí. Y, de nuevo, el brexit: necesitaba salir de Inglaterra, me agobiaba. Ahora quiero aprender español. Todo es mucho más relajado, la idea de cenar a las once de la noche es impensable en Londres: no puedes comer a esa hora, nada está abierto.

Otro elemento importante en su escritura es el humor. En Fugas dice que si quieren buscar su primer libro, Instrumental, vayan a la sección de humor de las librerías.

Es que tenemos que reírnos, tenemos que ser capaces de reírnos. Sobre todo cuando estamos en serios problemas y nos tomamos todo muy en serio: solo basta con mirar Twitter, todo parece muy serio y la gente parece ofendida todo el tiempo.

¿Hay algo que lo haga reír a menudo?
¡Uh! No. La verdad, no. Lo único que me hace reír frecuentemente es pensar en lo ridículo que soy, en lo ridículas que son las voces en mi cabeza y en lo ridículo que es tomarme en serio algunas cosas que de verdad no importan. Es mucho más fácil burlarme de mí mismo y decir: “Basta ya”.

Tanto en Instrumental como en Fugas deja claro quienes han sido las influencias musicales a lo largo de su vida. ¿Quiénes han sido sus referentes en la escritura?
Me encanta Paul Auster y soy fanático de Alex Ross. En fin, creo que leo absolutamente de todo, desde que sea bueno. Ahora estoy leyendo un libro de Rosa Montero para mejorar mi español. Quiero leer mucho más porque quiero escribir mucho mejor y mucho más.

¿En qué momentos lee?
Después de un concierto, en los viajes cuando estoy de gira, en la habitación de un hotel. Supongo que en esto mi vida cotidiana sí es normal [risas].

Pasemos a otro tema. Hablemos de pianos. El piano fue su mejor amigo, su compañero más estable. ¿Cuáles son las características de un gran piano?

¡Gracias a Dios, por fin un tema más light! [Risas]. Hay dos características que yo busco en un piano: la primera es que sea muy parejo, que la base, el medio y las cuerdas agudas sean muy parejas. Me gusta que todo esté alineado. La segunda característica es el peso de las teclas, que no sean muy pesadas: algunas veces, cuando has tocado por una hora y media, tienes jet lag y soroche [risas], y las teclas son muy pesadas, parece que hubieras levantado pesas por toda una eternidad. Los únicos pianos que siempre cumplen mis caprichos son los Steinway: son los más consistentes y si están bien cuidados nunca te defraudarán.

Usted tocó el piano donde Glenn Gould grabó las Variaciones Goldberg, ¿qué sintió al tocar el mismo piano de uno de sus mayores ídolos?

¡Sí, eso fue increíble! Es como tener en las manos el bolígrafo de García Lorca, o la pluma de Borges, o patear un balón con Messi. Fue algo muy loco, muy mágico. Saber que tocaba el piano con el que se grabó uno de los discos más importantes de música clásica de este siglo fue asombroso. Fue como tocar a Dios.

Otro de esos momentos de salvación en su vida fue grabar su primer CD, Razor Blades, Little Pills, Big Pianos, que podía ser el resumen de su vida hasta ese momento. ¿Cómo fue entrar en un estudio de grabación?
Estaba muy emocionado, era la primera vez que iba a grabar. ¿Te imaginas que es vivir por más de treinta años pensando todos los días en que quizás en algún momento grabarías un disco y de repente pasa? Fue como estar en el cielo. Honestamente fue una de las mejores experiencias que he tenido en mi vida. Tener un estudio gigante, con un piano increíble… Y lo mejor es que todo eso era solo para mí. Además, tenía toneladas de chocolates, miles de cigarrillos e infinitas tazas de té porque, claro, soy inglés.

¿Qué sintió que cambió musicalmente desde ese momento?
Fueron cuatro días grabando. Nunca había tenido la oportunidad de hacer eso: tocar una y otra vez las piezas de Bach, de Beethoven o de Chopin hasta que salieran perfectas. En ese momento entendí perfectamente por qué Glenn Gould amaba tanto el momento de grabar un disco. Nosotros hemos hablado de soledad, silencio y varios estados emocionales… Pues ese momento los tuvo todos, pero también tuvo música. Esa grabación sigue siendo uno de mis momentos más felices en la vida.

BOCAS - Rhodes

James Rhodes.

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Algo en lo que usted ha innovado o ha tratado de cambiar es en cómo debería ser un concierto de música clásica. Habla entre las canciones y las explica, pide públicamente que la gente aplauda cuando quiera. Y también los ha convertido en una especie de tribuna política, al punto que ha llegado a gritar “fuck Trump” en el escenario. ¿Cree que los artistas deben involucrarse más en política?
No lo sé… Pero antes de responder quiero decir algo sobre lo de Trump. Todo el mundo debería gritar “fuck Trump”, no creo que eso sea involucrarse en política, eso es ser un humano; quien no lo haga debería internarse en un hospital voluntariamente.

Y, ahora sí, la política. Creo que hay algunos temas de los que debemos hablar, sin importar qué tan complicados sean. Una de las cosas más difíciles al escribir Instrumental fue tomar la decisión de hablar sobre temas que parecían complicados: las autolesiones, el suicidio, la violación… Son temas que, especialmente entre los hombres, no se hablan y eso me extrañó mucho. Sin embargo, cuando ves cómo la gente reacciona ante estos temas aparentemente complicados, sientes que vale la pena hablar de todo, comprometerse y tomar una postura. Mientras tenga un micrófono hablaré de todo lo que considere importante, hasta de política. Un ejemplo, el brexit me pareció un desastre, me avergüenza como inglés y cada vez que pueda lo criticaré y ahora que vivo en España opino sobre la crisis catalana, sobre lo que creo que es correcto y lo que no.

¿Qué significa Inglaterra en su vida, teniendo en cuenta que usted dice que no tiene un sitio que sienta como su hogar?
Ahora solo puedo pensar en el brexit y en el error que esto significa para mi país, que, quiéralo o no, siempre lo será. Supongo que Inglaterra me importa porque me siguen indignando muchas cosas, como la falta de educación musical para los niños o todo lo que debe mejorar en áreas como la salud mental. Me sorprende que aquí pasen cosas que solo creeríamos ver en un país tercermundista. ¡Y si las cosas no se pueden cambiar, siempre puedo vender todo lo que tengo y mudarme a Medellín! [risas].

Da la sensación que usted lo puede dejar todo. Bueno, todo menos el cigarrillo. ¿Todavía es tan importante?
¡Sí! [Risas]. Sé que no es muy políticamente correcto decirlo, pero me encanta fumar. La música y el cigarrillo son dos cosas que siempre me van a acompañar.

¿Se arrepiente de algo en su vida?

Me gustaría decir que no… Cuando me siento tranquilo, la respuesta sería que no: no me arrepiento de nada porque todo pasa por algo y eso es lo que me ha traído hasta este punto. Pero en los días malos, que son bastantes, me arrepiento de muchas cosas.

¿Alguna que pueda contar?
No, no puedo contar ninguna, por ahora [risas].

Y después de todos estos años en los que ha triunfado como pianista sigue creyendo que cualquiera puede tocar piano.
Sí. Y no es que lo crea, es que lo sé. Muchas personas me envían videos mostrándome cómo lograron tocar una pieza de Bach gracias a mi libro. ¿Cualquiera puede tocar el piano y cobrar por tocar en el Carnegie Hall o en el Jorge Eliécer Gaitán? ¡Por supuesto que no! Pero si quiere tocar una pieza de Bach y está dispuesto a concentrarse mínimo durante 45 minutos al día, por supuesto que lo puede hacer, no tengo ninguna duda.

FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 69 - NOVIEMBRE 2017

BOCAS - Rhodes

Redención en do mayor
Entrevista con James Rhodes
Por Felipe González Gómez

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Revista BOCAS

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