'El bolero es mi gran amor': Gilberto Santa Rosa

'El bolero es mi gran amor': Gilberto Santa Rosa

BOCAS entrevistó a Gilberto Santa Rosa, un ícono mundial de la salsa.

BOCAS - Santa Rosa

Gilberto Santa Rosa, el Caballero de la salsa.

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Tony Álvarez / Revista BOCAS

10 de julio 2017 , 04:11 p.m.


Gilberto Santa Rosa, tres veces premio Grammy Latino y una vez premio Grammy Anglo, llamado “el Caballero de la Salsa” por Ronaldito González, hijo de un dibujante de planos de ingeniería y de una operaria de las primeras computadoras IBM en Puerto Rico, célebre cantante de “Perdóname” y “Conciencia”, fue impactado desde muy niño por la figura latina más representativa de la llamada época del Palladium en Nueva York: el extraordinario Tito Rodríguez.

A la edad de once años, Gilberto Santa Rosa, caminando con su madre por la avenida McCleary, se detuvo frente a la Pagoda –la casa de Tito Rodríguez en San Juan– y le dijo a su madre: “Yo tengo que comprar esa casa, me lo prometo ante ti”. Es la casa que construyó Tito Rodríguez, en forma de pagoda, para vivir con su esposa japonesa Takedo Kunitmatzu, más conocida como Toby Key, con la cual tuvo dos hijos: Cindy y Tito Jr., cantante y timbalero.

Edumil Ruiz, su jefe de relaciones públicas, nos citó a las 11:00 a. m. en la esquina de la panadería Kasalta, en el número 1966 de la avenida McCleary. La casa –hoy día, la oficina de Gilberto Santa Rosa– es el museo privado Tito Rodríguez. El cantante nos recibió con una taza de café en su mano. Lo primero que nos dijo fue: “Aquí no entran más que los amigos y gente como ustedes”. Por el momento, no tiene entre sus planes abrir sus instalaciones como un museo público. Pero nos mostró el lugar, con los discos de Rodríguez (uno de ellos con una cana suya), sus micrófonos, sus escritos, sus objetos. Sin más preámbulos, recorremos la colección privada de Tito Rodríguez. La grabadora se enciende y la historia empieza:

Antes que otra cosa, ¿cuándo compró la casa de Tito Rodríguez?
“Hace como once años. Aquí, en esta habitación, era el dormitorio de Tito Rodríguez. A este lado, su oficina. Por eso la casa tiene una entrada a la calle y una escalera independiente que le permitía salir o entrar sin hacerlo por la puerta principal, por donde ustedes entraron. Cuando Tito Rodríguez se enfermó de leucemia, decidió trasladarse a la Florida y le vendió la casa a su médico, Ángel Avilés Negrón, hermano de Hernando, primera voz del Trio Los Panchos. Su viuda quedó encargada de la casa y posteriormente se la vendió a otra persona, a quien le compré después de cinco años de estar intentándolo.

Ahora sí, vamos con su carrera. Empezó cantando boleros, ¿cierto?
Sí, porque en la escuela había un compañerito que tocaba la guitarra, Jesús “Cheíto” Cruz, y yo hacía segunda voz. Él se convirtió en un cantante de tríos de gran reconocimiento, murió hace poco y lo he sentido mucho porque tenía mi edad. Fue así como armamos un dúo de niños y empezamos a cantar en programas escolares, de manera instintiva. Sin embargo, sobre mis 13 años, me la tomé en serio y pensé que estaba encontrando un camino para mi vida.

¿Cuáles fueron sus primeras grabaciones?

En 1977 participé de una producción de Mario Ortiz & His Salsemble Borinquén Flame, donde grabé “Palo de caña brava”, “Los rosales” y “Regálame tu amor”, con una composición mía. “Palo de caña brava” lo cantaba Tito Rodríguez con el Sexteto La Playa y “Los rosales” era un vals peruano convertido en guaguancó, cantado a dúo con Elliot Romero. Cantar con él fue como una carta de recomendación, después hice “Satisfacción” con la orquesta La Grande, donde el maestro Elías López me pulió como cantante.

¿Su amistad con Mario Ortiz Jr. le sirvió para abrirse camino en la música?

En realidad, conocí primero a Don Perignon, con quien conformamos un grupo, donde él era el director. Entré a estudiar en la Escuela Libre de Música, más que para estudiar un instrumento, para codearme con músicos. Después nos conocimos con Mario Ortiz Jr. y luego con su papá, que venía a escucharnos cantar. Decidió darme una oportunidad en una orquesta de baile, en la cual hice mi primera grabación. Finalmente él se quedó tocando en el hotel Caribe Hilton y fue entonces cuando logré entrar a la orquesta La Grande, donde grabé “Satisfacción”. El tema se pegó tanto que fuimos a Nueva York. A su lado recorrimos los sitios donde tocaban orquestas, en ese momento estaban de moda las charangas.

Después vienen Tommy Olivencia y Willie Rosario, ¿cierto?

Con Tommy Olivencia estuve como tres años, con quien grabé “Cómo sube la gasolina” y “Rumba a los santos”, que fue mi primer hit, digamos así. En 1981 me vinculé a la orquesta de Willie Rosario donde participé de seis producciones, trabajando al lado de Bobby Concepción. Algunos de los temas fueron “El antifaz”, “La mitad” y “El condenado”. Y no se puede olvidar mi paso por la Puerto Rican All Stars. Ya en 1986 me dije: “Vamos a la calle a ver qué pasa”, es decir, decidí volverme solista. Eran tiempos de cambio, el merengue era lo que se imponía y las agrupaciones salseras estaban pasando dificultades.

¿Es cierto que para lanzarse tuvo el apoyo de Rafael Ithier, director del Gran Combo y de Ralph Cartagena, un empresario veterano, de gran reconocimiento en el mundo de la salsa?
El panorama no era el ideal. Yo fui a casa de Rafael Itiher, que siempre ha sido como mi papá y le comenté mi deseo de ser solista. Por otro lado, había conocido a Ralph Cartagena, porque él era dueño del sello disquero donde yo grabé con la orquesta La Grande, tanto que se me ofreció un contrato para estar con el sello, pero no lo quise tomar para estar libre. Ithier me dijo que dejara en claro todo con Willie Rosario, son como códigos de lealtades. Después fuimos donde Cartagena y grabamos la primera producción, dirigida por Mario Ortiz.

Tito Rodríguez le dijo a un cantante colombiano, Nelson Pinedo, que lo grabaría porque él tenía excelente dicción. ¿De dónde nace esa pasión por la dicción?
Yo aprendí de Tito Rodríguez, pero también de Frank Sinatra, de quien soy muy aficionado. En San Juan había un periodista que tenía una columna bajo el seudónimo Beto Analfa, su apellido era Santaliz, era muy crítico y fuerte, insistía mucho en ese tema de la dicción y el fraseo.

El bolero es mi gran amor, de hecho fue mi primer amor, con el que yo empecé y con el que me di cuenta de que tenía la habilidad de hacer música.

¿Cómo lo marcó el homenaje de Fania a Tito Rodríguez?
Me lo disfruté mucho, con esas interpretaciones magistrales, Justo Betancourt con “Cara de payaso”, lo de Bobby Cruz, Chivirico Dávila, un cantante diferente, poco reconocido que grabó mucho.

Usted hizo unas grandes versiones con Danny Rivera.

Danny hizo un espectáculo y un disco, mientras que Chucho Avellanet grabó otros temas. Ellos dos me llevan veinte años. Ese proyecto estaba en mi cabeza, hasta que apareció, en 1992, Ángel Carrasco, vicepresidente de artistas y repertorios en el sello Sony. Hicimos dos producciones, en las cuales nos fue bien. Ahí es cuando me dice: “Hagamos algo diferente, ¿qué puede ser?”. Le propuse lo de Tito Rodríguez, inicialmente me dijo que era un proyecto modesto, pero después integramos a Arturo Sandoval y Nolito Peña, que en paz descanse, y se nos ocurrió un dueto entre Tito y yo con los avances tecnológicos que había experimentado Natalie Cole, pero fue todo un problema, no existían las matrices de Tito Rodríguez, en fin, pero lo sacamos adelante. Hoy en día es hundir dos botones y basta.

En el homenaje que hace Telemundo a Celia Cruz, antes de morir, usted tuvo el honor de cantar “Bemba colorá”, en la que, con una excelente improvisación, contó su vida familiar. ¿Cómo eligieron el tema y cómo se preparó para ese día?
Primero, debo decirte que tuve la feliz experiencia de conocer a doña Celia Cruz y de acompañarla con mi orquesta; hay cantantes que uno admira y con quienes nunca puede compartir, con ella sí pude compartir y en muchas ocasiones. Me decía Gilbertito, como me conocen acá. El maestro Peña me adjudicó el tema. Recordé todas las veces que la había visto con las Estrellas de Fania, cuando se unió a Ismael Rivera. Cuando venía en el avión, volví a leer la historia de Celia Cruz y cuando me encontré con don Pedro Knight le pregunté que si los datos que había consultado estaban correctos y, claro, terminé como ella cerraba sus conciertos: “¡Yo me llamo Celia Cruz!”. Eso fue un gran acierto. Llegamos con una semana de anticipación y vivimos momentos magníficos. Celia Cruz pasaba por los ensayos. En el ensayo previo al show, cantó con seguridad, pero el día del espectáculo se puso nerviosa y no se atrevió a hacerlo. Quiero contarte algo personal: Como yo la acompañé en 1988, una vez recibí una llamada de Ralph Mercado y doña Celia, a través de Ralph Cartagena. Deseaban que la acompañara en una gira por Aruba o Curazao, no sé de dónde saqué fuerzas para decirle que no, su nombre era muy fuerte, yo estaba haciendo mi carrera y me iba a colocar en un segundo plano. Nunca hubo resentimiento ninguno por mi decisión. El día del concierto, quizás por la emoción, se le olvidó mi nombre, ella fue a los camerinos y se hizo foto con cada uno de los cantantes. Pero cuando su fotógrafa nos enfocó, le dijo a ella: “Él me acompañaba en 1988, y después no quiso acompañarme más”. Y se rio, con su carcajada célebre.

En 2009, en los Premios Latín Grammy, usted hizo un gran show con Óscar de León, ¿cómo ha sido su amistad con él?
Óscar de León es un fenómeno, compartimos un amigo y compadre que se llama José Alberto el Canario, y ellos son vecinos en la Florida. Me ha sugerido que toque el bajo, porque cuando lo vi haciendo ese show quedé perplejo. Ha sido un caballero conmigo. Una vez, en la Florida, junto con el Canario, estuvimos descargando. Es un fanático de la música.

¿Cómo es su relación con Rubén Blades?

Quiero decirte que con esos músicos que son considerados leyendas he tenido la suerte de establecer una buena amistad. Con Raphy Monclova, un compositor de mi confianza, hicimos una canción de tema social, era mi primera incursión en ese camino, y le comenté que intentaría contactar a Rubén Blades. Nos encontramos en Nueva York y todo fluyó a la perfección, Blades es muy meticuloso, sobre todo en los momentos previos a la grabación.

Su experiencia con el teatro viene desde joven y nunca abandonó esa vivencia. En este momento está haciendo una obra en San Juan, con mucho éxito. ¿Cómo es su relación con el teatro?
Toda la vida me ha llamado la atención y a los productores de la obra La pareja dispareja se les ocurrió que sería interesante tenerme ahí…, hablemos claro, para vender boletas. Fui, participé y me la pasé súper. He trabajado con los mejores actores de mi país, no soy actor y respeto mucho esa profesión. Hace poco, Alexis Valdez, actor, director, escritor y cantante, me sugirió que trabajáramos juntos. Se fue a un viaje a la India y escribió una historia divertida, pero el problema es que cuando leí el libreto solo veía dos personajes en escena, comprendí que era un reto muy grande, lo acepté y la reacción ha sido generosa, la crítica, positiva, y me siento contento de haber actuado con dignidad, respetando el oficio y con el aplauso del público.

En sus declaraciones y reportajes siempre afirma que nunca ha necesitado “vivir fuera de Puerto Rico”. Da la impresión de que no ha tenido que afrontar una vida tormentosa, ni ha sido afectado por la tentación de la droga. ¿Usted ha hecho una carrera paso a paso, de buenas decisiones?
He vivido momentos difíciles, como todo ser humano, pero ciertamente nunca he vivido una vida tormentosa. A mí me tocó trabajar duro y construir mi carrera, pero no pasé miserias, nunca sentí el rechazo del público y nunca usé drogas ni me he tomado un trago, digo, como un hábito. Es claro que he seguido unos parámetros que se forjaron en mi infancia con mis padres. Tito Rodríguez murió muy joven, por una enfermedad, otros tuvieron vidas efímeras, quizás algunos fueron débiles, otros no tuvieron opción porque se criaron en unos ambientes muy duros.

De manera repetida, reconoce que Cali es la ciudad que conserva el género y que defiende la memoria de esta música llamada salsa. ¿Cómo explica este fenómeno?

Llevo muchos años cantando en Cali, pero también hice un proyecto que me permitió conocer todos los niveles de la ciudad. Conocí la escuela de Mulato, Swing Latino, otros shows de baile muy reconocidos, conocí la radio y gente del común, y encontré la respuesta, que es una sola, esta música existe por Colombia, específicamente por Cali, donde hizo una explosión una salsa con acento del Pacífico, liderada por Jairo Varela. Ahora, hay ciudades como Buenaventura que, con todo el respeto por los caleños, resultan un espectáculo para cantar ahí: se saben todas mis canciones.

Hay ciudades como Buenaventura que, con todo el respeto por los caleños, resultan un espectáculo para cantar: se saben todas mis canciones.

Usted ha construido un proyecto de siete años con la orquesta femenina D’Cache de Cali. ¿Cómo ha sido esa experiencia?
Eso se llama inclusión. Debemos reconocer que el género es machista y a las grandes estrellas femeninas les ha costado alcanzar el reconocimiento. Así fue para La Lupe, Celia Cruz, Graciela, Celina González, Canelita. Admiro mucho el trabajo de Choco Orta, por ejemplo. Así que, en los años ochenta, conocí la orquesta Son de Azúcar en México y me llamó la atención; me dije, a mí me llaman el Caballero de la Salsa, porque no hacer un proyecto con Damas, y fue de esta manera cómo surgió el proyecto, que ha sido muy satisfactorio para ambas partes. D’Cache es un grupo de mujeres disciplinadas, excelentes músicas, que atienden a la perfección las indicaciones de Johanni Torres, mi bajista y director musical.

¿Ya escuchó la grabación que hizo con Eddie Palmieri?
Hace meses que no hablo con el maestro Palmieri. Acaba de publicar un disco de latín jazz. Grabamos en compañía de mi respetado hermano Olivera y creo que tiene otros invitados. Deseaba hacer un homenaje a la época del Palladium y grabé canciones de Tito Rodríguez, de Bobby Capó, con un hermoso arreglo de Rey Santos que se llama “Que falta tú me haces”, la versión original la cantó Joe Valle, si no estoy equivocado. Estoy a la espera de que lo publique porque es un trofeo para mi vida grabar con el maestro Palmieri.

¿Qué es el bolero para usted?

El bolero es mi gran amor, de hecho fue mi primer amor, que con el yo empecé y con el cual me di cuenta de que tenía la habilidad de hacer música. Mi mamá era romántica, mi padre, después de un viaje, llegó con con jazz de New Orleans. Mi abuela era rumbera, escuchaba a Vicentico Valdés y el Trío Los Panchos.

¿Cuál ha sido la versión más larga que ha hecho en vivo?

No ha sido “Perdóname”, como se cree. Hay una versión de la canción de José Alberto el Canario, “Bailemos otra vez”, que hicimos con mi compadre, en Curazao, y que cantamos media hora. Creo que se encuentra en Youtube.

¿Cómo se siente Gilberto Santa Rosa consigo mismo hoy en día?

Gilberto Santa Rosa es un muchacho que decidió ser cantante y lo consiguió. Me siento realizado. Cuando empecé a cantar con Perignon, en las fiestecitas de barrio, jamás soñamos que íbamos a conocer el mundo subidos en una tarima.

UMBERTO VALVERDE
FOTOS: TONY ÁLVAREZ
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 64 - JUNIO 2017

BOCAS 64 - SANTA ROSA

De cómo ser "el Caballero de la Salsa"
Entrevista con Gilberto Santa Rosa
Por Umberto Valverde. Fotos: Tony Álvarez

Foto:

Revista BOCAS

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