Hace 30 años Fabio Parra debió ser el ganador del Tour de Francia

Hace 30 años Fabio Parra debió ser el ganador del Tour de Francia

El ciclista boyacense reveló para BOCAS detalles inéditos del Tour 1988 y La Vuelta 1989.

30 años de la hazaña de Fabio ParraUn homenaje a Fabio Parra en el 30 aniversario de su podio en el Tour de Francia
BOCAS - Parra

Pablo Salgado / Revista BOCAS

01 de marzo 2018 , 02:58 p.m.


El ciclismo y la historia fueron y han sido un poco injustos con Fabio Parra.

Por un lado, el boyacense mereció mucho más de lo que logró a lo largo de su carrera deportiva: más títulos, más trofeos, más gloria.

Y, por otro, el recuerdo de su grandeza y de su leyenda, fue –y ha sido– un tanto minimizado, al punto que solo algunos expertos tienen claro que él, y nadie más, fue el primer colombiano que se subió a un podio del Tour de Francia. Sucedió en 1988 y fue una hazaña que, por alguna extraña razón, todavía parece no haber alcanzado su verdadera dimensión. De eso hace ya treinta años.

Junto al título de Lucho Herrera en la Vuelta a España de 1987, este fue el otro gran logro del ciclismo colombiano en lo que se conoció como la avanzada de los escarabajos en Europa, a lo largo y ancho de los años ochenta.

Lo que no sabe la afición es que si las autoridades ciclísticas de entonces hubiesen sido un poco más serias y estrictas, a Fabio le habrían otorgado aquel Tour de 1988 tras comprobarse el doping de sus compañeros de podio.

BOCAS - PARRA

El ciclista colombiano Fabio Parra.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

La historia completa fue así: después de una terrible caída que casi lo saca en la primera semana de aquel Tour, la proeza de Parra comenzó a moldearse. En la etapa número once el hijo de Sogamoso –que entonces era el capo del equipo español Kelme, con el que había firmado en diciembre de 1987– decidió lanzarse en busca del triunfo parcial y dejó atrás a un grupo persecutor conformado por las estrellas del momento: Pedro “el Perico” Delgado, Steven Rooks, Raul Alcalá, Charly Motet, Alvaro Pino y Lucho Herrera, entre otros.

El viejo Parra –como también lo llamaron– bajó la cima de Le Courbier con una diferencia de tan solo veinte segundos sobre la jauría y se enfiló al puerto de Morzine. Nunca se dejó alcanzar, con lo que daban sus piernas y su corazón sostuvo la ventaja y pasó primero en la meta final. Fue su segunda etapa en el Tour, la primera había sido en 1985.

Dos días después, el Tour enfrentó el durísimo puerto del Alpe de Huez, pero la suerte jugó en contra de Parra. Iba adelante y estuvo a punto de ganar la etapa si no hubiese sido por unas motos de la organización que lo detuvieron en plena escalada. Perdió ritmo, lo pasaron y nadie reclamó. Muy a pesar del triste episodio, quedó de tercero en la general a diez días del final. El podio, entonces, parecía que ya no saldría del Perico, Rooks y el boyacense.

Dos días después Delgado ganó la contrarreloj con enorme y sospechosa suficiencia, mientras que Parra, tras perder más de tres minutos, bajó al cuarto lugar. Sin embargo, en los Pirineos el colombiano volvió al tercer lugar. De allí en adelante el escarabajo defendió el podio y a él se subió en París. Esa es la historia deportiva, hasta ahí todo bien.

Sin embargo, en los laboratorios, Pedro Delgado resultó positivo por probenecid, una sustancia prohibida por el Comité Olímpico Internacional pero no por la UCI. Por eso no se le castigó. El escándalo, que sacudió las entrañas del Tour fue tapado y manejado por la organización, mientras que nadie en Kelme movió un dedo a favor del colombiano.

Y, para rematar, años después, en 1999, Steven Rooks –quien quedó segundo–, confesó en un programa de la televisión holandesa que también se había dopado en esa carrera.

En otras palabras, y en plata blanca, a Fabio Parra le han debido reconocer el título del Tour 1988, pero obviamente no fue así. Simplemente fue y será una asignatura pendiente.

Un año después, en la Vuelta a España 1989, otra jugada sucia –también con Pedro “el Perico” Delgado como gran protagonista o, mejor, como gran antagonista–, le hizo perder el título.

Con todo, pese a sus desventuras –pero gracias a su talento y rendimiento–, Fabio Parra pasó a la historia como uno de los corredores colombianos más completos de todos los tiempos.

Me queda la satisfacción de decir: 'Oiga, de pronto en las mismas condiciones habría tenido la oportunidad de ganar el Tour'. Así de sencillo.

Su gesta en el Tour de 1988, además, alcanzó una relevancia mayor cuando Colombia tuvo que esperar un cuarto de siglo para que otro escarabajo –Nairo en 2013– volviera a subirse al podio final de la grande boucle. Tal privilegio solo ha sido alcanzado por tres de los nuestros: Parra, Quintana y Rigoberto Urán.

Esta es la historia de un hombre sencillo y apacible que dejó todo sobre la bicicleta, que se hizo administrador de empresas y que hoy gerencia su propia firma de empaques de plastico y cartón en Bogotá. Un notable corredor que, por cierto, alcanzó un récord difícil de igualar: fue protagonista de primerísima línea en las siete Vueltas a España en las que corrió: 1985, 1986, 1988, 1989, 1990, 1991 y 1992. En todas, ¡atención! fue top 10. ¿Algún otro ciclista por este lado del continente puede ostentar semejante marca?

Fabio fue puro aguante. Y hoy, a sus 58 años, lo sigue siendo.

Habla el maestro.

Su papá fue ciclista profesional y corrió una vuelta a Colombia en 1967. ¿Él fue su máxima inspiración para el ciclismo?

Sí. En esa vuelta yo tenía ocho años. Recuerdo perfectamente que él salió en la revista Vea y que Weimar Muñoz, en la radio, hablaba de mi papá.

¿Qué clase de corredor era él?

Un corredor que subiendo lo hacía muy bien, pero que ya en el descenso era más bien regular [risas].

¿Su papá era su ídolo en el ciclismo nacional o tenía otro?
Yo era hincha de Álvaro Pachón, mientras que mi hermano Humberto, que también fue ciclista, era hincha de Cochise Rodríguez. Había discusiones en la casa.

¿Cuándo empezó a tomarse en serio el ciclismo?
Mi papá tenía un grupo de amigos en Sogamoso con el que salía los fines de semana a montar en bicicleta. Él me involucró en ese grupo y empecé a salir con ellos a mis 14 años.

Dice la leyenda que, en una subida, usted los dejó a todos muy rezagados y ahí fue cuando su papá entendió que a usted había que apoyarlo en serio. ¿Eso es verdad?
Sí, en el alto del Portachuelo, más arriba de Santa Rosa de Viterbo. Los dejé a todos tirados, entonces mi papá me armó una bicicleta de carreras bien chévere. Turismera, eso sí: de un solo piñón y manubrio redondo, pero chévere. Con ella empecé en el Club Ciclo Belencito.

En 1977 usted se lanzó a participar en la Vuelta a la Juventud con un equipo pequeño que representaba a Boyacá. Apenas tenía 17 años…
Cuando fui a esa primera vuelta era demasiado novato en todo, cometía demasiados errores. Me dio muy duro porque no me fue bien y terminé en el puesto sesenta y pico. Recuerdo que subiendo La Línea lo hice más o menos bien, pero bajando me caí y me pegué muy duro, incluso me puse a llorar. Entonces mi papá llegó a regañarme: “¿Qué pasó? ¡Siga! ¡Esto es para hombres! ¡Si se retira no sirve para ser ciclista!”. Me paré, terminé y para el año siguiente me preparé con toda. Y efectivamente, al año siguiente fui subcampeón.

Hasta que en 1979 fue campeón de la Vuelta a la Juventud: un título memorable.
Les gané a Carlos Gutiérrez, a Pacho Rodríguez, a Ramón Tolosa... Gané la vuelta de una manera, digamos, casi sobrada, porque logré tres etapas, gané la contrarreloj, gané la montaña y gané el título. Gané todo. Era el equipo de la Lotería de Boyacá.

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Pedro "el Perico" Delgado (centro), Steven Rooks (izquierda) y Fabio Parra (derecha) celebran en el podio del Tour de Francia 1988. Fue la primera vez que un colombiano logró semejante hazaña.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

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El 29 de junio de 1981 Fabio Parra, de 21 años, se coronó campeón de la Vuelta a Colombia.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

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El 10 de julio de 1985 Fabio Parra ganó la etapa 12 del Tour de Francia. Lucho Herrera llegó de segundo. El 1 y 2 más emotivo del ciclismo colombiano.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

En 1980 usted corrió su primera Vuelta a Colombia y fue campeón novato. El líder de su equipo era el fenómeno Rafael Antonio Niño que, entonces, ganó e impuso el increíble récord de seis títulos, hasta ahora no superado. ¿Qué le aprendió a semejante monstruo?
Él había estado en el Jolly Ceramica, un equipo en Italia, y traía toda esa experiencia de Europa. Él fue el que nos enseñó a trabajarle a un líder independientemente de cualquier cosa. Era un tipo que insistía mucho en el entrenamiento, con él hacíamos recorridos de cuatro o cinco días de ciudad en ciudad. Él cambió la manera de correr en Colombia.

¿Cuál es el recuerdo más lindo de su título en 1981, cuando se coronó campeón de la Vuelta a Colombia?
Que en el alto del Trigo no me sentí bien, me quedé detrás de los favoritos y llegué a Honda con tres minutos de desventaja, por lo cual dijeron que yo ya había perdido. Pero al otro día, en la etapa Honda–Manizales, me escapé subiendo a Letras y recuperé lo perdido. Luego, en la etapa que llegaba a Medellín, hicimos el 1-2 con Rafael [Niño] y quedé de líder de la Vuelta. Creo que fue la última vuelta de Niño y que Lucho [Herrera] ganó el Clásico RCN de ese año. Ahí empezó a despuntar nuestra generación.

Por cierto, ¿Se puede hablar de una escuela boyacense en el ciclismo nacional?
Hay una condición física, constancia y disciplina. Creo que es esa capacidad de sufrimiento, de nunca doblar, que seguro viene de nuestros campesinos. Pero técnicamente es muy difícil de explicar.

Usted quiso volver a ganar la Vuelta a Colombia en el 82, pero ese intento no salió muy bien. Por el contrario, lo azotó severamente. ¿Qué pasó?
Yo dije: “Si gané el año pasado, tengo que volver a ganar esta y otras más”. Ese era mi pensamiento, pero la preparación no fue la adecuada. El hecho es que, faltando una etapa, en Honda, yo estaba de segundo, como a minuto y medio de Cristóbal Pérez. Ese día yo pensé que iba a ganar y resulta que todo salió al revés: no pude atacar, no pude seguir con los punteros, perdí tiempo y al final quedé de noveno. Eso, para mí, fue un fracaso, una desilusión terrible. Entonces dije: “No vuelvo a montar más en bicicleta”.

¿Fue por eso que se retiró?
En parte. Es que en esa época el tema económico todavía no era claro para un ciclista. A uno sí le daban algo por correr esas carreras, pero era muy poco. Entonces decidí no montar más en bicicleta y, por la presión de mi papá, que siempre me dijo que había que ir a la universidad, me puse a estudiar administración de empresas en el Externado.

Anduvo por las aulas entre 1982 y 1984. ¿Cómo y por qué volvió al ciclismo?
Un día vi unas imágenes de televisión desde España, desde un helicóptero, y vi cómo subía entre la nieve Patrocinio [Jiménez] con la camiseta del equipo Teka. Entonces dije: “Si a esos locos les va bien por allá, pues a mí también me tendrá que ir bien”. Entonces volví a practicar y con el equipo Leche La Gran Vía hice diferentes clásicas. Resulta que empecé a correr y volví a ganar: que la Clásica de Antioquia, que la de Cundinamarca, que segundo en el Clásico RCN...

¿Cómo llegó al equipo Varta-Café de Colombia?

Después de la participación de Pilas Varta en el Tour de Francia de 1984 los directivos quisieron hacer una especie de selección nacional, ahora con Café de Colombia. A mí me llamó Miguel Ángel [Bermúdez] y me pidió que hiciera la dupla con Lucho.

Su debut en Europa fue la Vuelta a España donde quedó quinto en la general. Nada mal para empezar, ¿no?
En realidad arranqué en Europa con la Semana Catalana. Después sí hice la Vuelta a España. Pero fue un camello porque lo que yo recuerdo es haber soportado demasiado frío: un frío que nunca había sentido, un frío por debajo de cero, a veces. Además había una enorme diferencia de infraestructura entre los equipos: yo miraba los carros acompañantes, con sus bicicletas adaptadas, y veía a esos manes fuertes, grandes y con sus uniformes todos elegantes... Y nosotros apenas con lo nuestro. La verdad es que uno se hacía el fuerte y ahí llegaba con ellos. Y uno arrastraba a los otros, porque los otros decían: “Si Fabio puede, nosotros tenemos que poder”. Ese año el Tomate [Agudelo] ganó la primera etapa en la Vuelta a España para Colombia y todo eso ayudó a que todos dijéramos: “¡Podemos!”. Al final quedé quinto y conquisté la camiseta a mejor novato.

¿Qué fue lo más difícil de esos primeros años en Europa?
Que los recorridos eran más extensos que los de hoy, de 4.500 o 4.700 kilómetros. Las pruebas contrarreloj también eran demasiado largas: sumadas las “cronos” por equipos y las dos individuales, daban casi 300 kilómetros. Por eso perdíamos tanto tiempo.

Ahora vayamos al mítico Tour de Francia de 1985. Lucho ganó la etapa 11 en Morzine-Avoriaz. Al día siguiente, en Lens en Vercors, usted y Lucho hicieron un inolvidable 1 y 2. Y, para rematar, dos días después, Lucho ganó en Saint-Étienne, donde cruzó la meta con sangre en el rostro. ¡Épica pura!
En esa primera etapa que ganamos, Lucho atacó adelante a [Bernard] Hinault y yo me quedé atrás con [Greg] LeMond. Lo que la gente no sabe es que LeMond quería pelear también el título, pero él no podía perseguir a su líder que era Hinault. Entonces me decía: “¡Oiga, persiga! ¡Dele, dele, dele!”. Pero yo tampoco podía atacar a Lucho.

Parece ser que aquel 1-2 en Lens en Vercors fue el punto más alto y emotivo de su generación...
Sí, por la historia y porque fue una etapa de 270 kilómetros, de 8 horas y 23 minutos dándole, con muchas ondulaciones, premios de segunda y de tercera categoría. El final eran cinco kilómetros de ascenso. Yo arranqué y más adelante me dijeron que atrás venía Lucho porque estaba peleando la montaña, así que lo esperé. Él ya sabía que yo iba a ganar y fue así como pasamos juntos. La gente cree que lo planeamos y que lo conversamos, pero se dio así.

Luego vino la espectacular etapa de Lucho en Saint-Étienne. Aprovecho para preguntar: ¿Él ha sido el mejor escalador que ha dado el ciclismo colombiano?
Yo pienso que sí. Sobre todo lo de Lucho en el 85 fue monumental. ¡Es que íbamos a veinte por hora y él salía a 25! Y, la verdad, nadie podía seguirlo. Su explosión era impresionante.

En lo que todos coincidimos es en el sufrimiento tan absurdo por el que pasamos en Europa. Recuerdo que entrábamos de las etapas y nos pegábamos unas chilladas tremendas por el frío y el dolor.

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El ciclista colombiano Fabio Parra

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Por cierto, ¿cómo podría describir al ciclista que fue Fabio Parra?
Un corredor que se defendía bien en todos los terrenos: subía bien, bajaba bien y en el plano iba bien. Tampoco me fue tan mal en las contrarreloj. Pero lo más importante es que era un corredor con mucha capacidad de sufrimiento, que siempre iba adelante.

¿Qué tan cierta fue la rivalidad con los franceses? Incluso se ha llegado a hablar de que había racismo.
¡Normal! Hinault y Fignon eran muy competitivos. El bacán era LeMond [corredor estadounidense]. No sé si era por el tema latinoamericano, pero conmigo se portaba muy bien: el hombre, en mi primer Tour, me ubicaba y me gritaba: “¡Oiga, venga!”. Me decía que me hiciera a su rueda y me llevaba para adelante. Creo que a él se le hacía como raro que un colombiano estuviera por ahí metido, entonces me llevaba hacia adelante y me ponía la mano en el hombro. Como que le hacía a uno la presentación en sociedad.

En 1986, después de esa genial participación en el Tour de 1985, los colombianos creímos que ustedes iban a brillar aún más, pero fue al revés. ¿Qué sucedió?
Nos relajamos. Se relajó todo el mundo. Nos preparamos mal y en ese año, el 86, yo me casé. Eso, digamos, también ayudó a la relajación. Todos saben que, después de un gran éxito, el asunto se cae.

Pero en 1987 regresaron a la cima. Lucho ganó la Vuelta a España y usted destacó en Suiza.
Rafael Antonio Niño se hizo cargo del Café de Colombia y decidió hacer dos equipos: uno lo lideró Lucho, para la Vuelta a España [en mayo], y el otro lo lideré yo para la Vuelta a Suiza [en junio]. De esos dos equipos sacaron uno para correr el Tour de Francia [en julio]. Lucho ganó el título en España y yo quedé tercero en Suiza, a tan solo cuatro segundos.

¿Qué pasó en Suiza?
Me encontré con un frío terrible y eso me afectó un montón al principio de la competencia porque perdí más de tres minutos con respecto del líder, Andrew Hampsten. Pero un buen día abrió el cielo azul y la temperatura mejoró, de ahí en adelante todo fue a mi favor. Si no hubiera perdido todo ese tiempo, seguramente la hubiera ganado; pero bueno, así es el ciclismo. Luego en el Tour hicimos quinto [Herrera] y sexto puesto [Parra].

Fueron años gloriosos con el equipo Café de Colombia. ¿Cuáles son sus mejores recuerdos con los muchachos de aquella generación?
Con el que más llegué a compartir fue con Martín Ramírez, tanto allá como acá, entrenando. Aún somos buenos amigos. Y en lo que siempre coincidimos todos es en el sufrimiento tan absurdo por el que tuvimos que pasar en Europa. Recuerdo que llegábamos de las etapas y nos pegábamos unas chilladas tremendas por cuenta del frío y del dolor. Siempre recordamos que en las carreteras compartimos eso... Y también el hecho de que alguien llevara agua de panela calientica y de poderla compartir con el compatriota, eso le daba a uno como el ánimo de seguir y de entender que uno no estaba solo, que estaba con alguien más en las mismas. Luego en el hotel, ya calienticos, pues nos daba la risa. No faltaba el que decía: “Por acá yo no vuelvo”.

¿Cómo se da su traspaso al equipo Kelme?

Eso fue gracias a que me veían correr siempre adelante, siempre bien ubicado, que hacía buenas vueltas a España y buenos tours. De pronto, un día en diciembre de 1987, llegó a Colombia Rafael Carrasco, que era el entrenador de Kelme, de una vez con un contrato. Y efectivamente ahí se dio la negociación. En Café de Colombia ganaba algo de dinero, pero era poco, y en Kelme ya me contrataron como un ciclista europeo. Era una diferencia muy grande.

¿Café de Colombia no les pagó bien?

Nuestro pago nunca fue acorde con lo que les pagaban a los ciclistas europeos. Cuando me contrataron en Kelme me di cuenta de que era una diferencia astronómica.

¿Cuál fue el primer requerimiento de Kelme?
Resultados en España, porque Kelme era, y es, una firma española y necesitaban resultados en la casa. Con esos buenos resultados buscarían una invitación al Tour. Y así se hizo: Carrasco me dijo que me iba a armar un equipo para hacer un buen Tour de Francia y para que yo peleara una Vuelta a España. Luego me dijo que a él le interesaba venir a Colombia y que a Kelme le interesaba abrir mercado acá. Nuestro equipo empezó a participar en el Clásico RCN y en la Vuelta a Colombia, pero eso fue un desgaste deportivo inmenso.

Kelme, en efecto, logró la invitación al Tour de 1988 y usted terminó subido en el podio. Ya son 30 años de aquella proeza. ¿Cómo llegó allá arriba?

Yo me metí en la cabeza hacer el podio. No era tanto la victoria, porque la victoria no era tan fácil. Ganar el Tour me parecía imposible por cosas como las contrarreloj, en las que, por más que nos esforzáramos, no teníamos ni la potencia ni la capacidad de perder solo treinta segundos o un minuto. En esa época empezábamos con un prólogo larguísimo, que era una contrarreloj por equipos y que sumaba para la general. Ahí, de entrada, eran cuatro minutos perdidos. Después, como en la quinta o sexta etapa, había una contrarreloj individual que era de 70 kilómetros y luego, más adelante, otra; entonces eran otros tres minutos. Nunca había suficiente montaña para recuperar el tiempo perdido. Por eso lo mío sí era meterme en el podio, entre los tres primeros.

Y lo logró, pero le costó sudor y sangre: de hecho usted se cayó en ese Tour y casi se retira.
Fue en una etapa plana, en una montera. Me abrí la cabeza porque en esa época no se usaba casco, se veía mal. Llegué sangrando a la meta y me cosieron ocho puntos. Carrasco me dijo que me podía retirar, pero yo seguí y logré pasar esos días de dolor.

Y luego ganó en Morzine, en una etapa brillante e inolvidable.
Nunca olvidaré que ese día, en nuestro carro, junto a Carrasco iba Eddy Merckx, que nos patrocinaba con las bicicletas. Venía dándome ánimo. ¡Imagínese, Merckx apoyándome! Fue una escapada larga y logré mantener una diferencia hasta el final de unos 20 o 25 segundos. Ese día para el ganador de la etapa había un carro, pero yo no sabía: cuando estaba arriba me dieron las llaves de un Peugeot 405. Eso se repartió entre todo el equipo. Ahí fue que quedé como cuarto o quinto en la general.

¿Y qué pasó con las motos en el Alpe D’huez?
En el final de la subida alcancé a Delgado y tenía cómo seguir derecho, pero como había tanta gente y las vallas cada vez se cerraban más, mi ataque se vio truncado. Cuando partí y saqué una ventaja me encontré con que las motos de los jueces habían pararon por el público, entonces perdí la posibilidad de sacar tiempo y de ganar esa etapa.

Nuestro pago nunca fue acorde con lo que les pagaban a los ciclistas europeos. Cuando me contrataron en Kelme me di cuenta de que era una diferencia astronómica.

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El ciclista colombiano Fabio Parra

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿Qué recuerda del resultado positivo en doping que dio “el Perico” Delgado y del escándalo que generó eso en aquel Tour?
Que allá trataron de minimizarlo, pues era un ruido muy duro para el Tour. Trataron de manejar la cosa muy calmadamente, pero me acuerdo de que en el hotel donde estábamos había una revolución con eso. Todo el mundo lo mentaba y nos decían: “¡Ay! Delgado salió positivo”. Pero nadie tuvo esa visión de decir: “Oiga si este man está con esa vaina, ¡pues peliémoslo!”.

¿Y Kelme?
Ni el equipo, ni Carrasco, ni nadie. Yo estaba con un equipo español y vi que tampoco querían hacerle daño a España. La cosa la dejaron pasar así y eso así se quedó. Posteriormente Rooks también hizo declaraciones de que él había ingerido sustancias prohibidas.

¿Entonces cree que hubiese sido posible que le reconocieran el Tour a usted?

Hoy, seguramente, la cosa sería diferente.

Pero hoy estamos esperando, desde la Vuelta a España 2017, para que la UCI se pronuncie en torno al caso de Froome [al cierre de esta edición todavía no lo han hecho].
Pero se van a tener que pronunciar. El ejemplo es [Lance] Armstrong, a quien la gente le dio y le dio hasta que cayó. Pero en mi época nadie se pronunció ni nada. Y pues sí: le queda a uno el sinsabor, porque la preparación se había hecho muy bien y uno no entendía cómo es que ellos iban tan rápido. Claro, ahora uno entiende el porqué de las cosas. Me queda eso sí la satisfacción de decir: “¡Oiga, de pronto en las mismas condiciones habría tenido la oportunidad de ganar el Tour de ese año!”. Así de sencillo.

¿Cree que ese podio del Tour de 1988 no fue tan valorado en Colombia? ¿Esperaba más?
Estaba el antecedente de la victoria de Lucho en la Vuelta a España y la gente dijo: “Chévere el podio”. Pero creo que a ellos ya solo les servía la victoria. Entonces, digamos, que no se valoró en ese momento. Luego, 25 años después, Nairo mostró lo difícil que es llegar hasta allá.

En la Vuelta a España de 1989 usted terminó segundo y también hubo un suceso no muy ortodoxo que le quitó el título, otra vez en favor del Perico Delgado.

Solo quedaba para atacar la antepenúltima etapa, que era sobre la sierra madrileña. Yo sabía que teníamos que hacer el último intento y lanzamos a varios corredores del equipo adelante, entre ellos Ómar [“el Zorro” Hernández] y el Torito [Camargo], que estaba en Café de Colombia. En el último ascenso, en el alto de Navacerrada, ataqué e hice todo el esfuerzo para desprender a Delgado. Hice varios intentos y ya iba a desistir porque no podía zafarlo, hasta que al final vi que el hombre se me quedó. Faltaban unos cuatro o cinco kilómetros para terminar el alto, ahí se bajaba y después llegábamos a la meta. El hecho es que en el alto yo estaba a unos 35 segundos de Delgado y luego llegué a cogerle 50 segundos de ventaja, con lo que me convertí en líder de la Vuelta y virtual ganador. Bajando alcancé al Zorro y al Toro y con ellos le di lo que más pude. Delgado estaba solo porque ya estaba sin equipo por la molida que habíamos dado. Entonces, ¿qué hizo él?, o ¿qué hizo el entrenador? Pues usaron, digamos, alternativas de corredores de otros equipos que le pudieran dar una mano, porque él ponía paso, pero no le rendía. Mientras que yo, al contrario, cada vez le aumentaba más.

Entonces apareció de la nada el corredor ruso Iván Ivanov que, descaradamente y sin tener nada que ver, ayudó al Perico.

No solo él, también corredores españoles. Ahí hicieron una alianza extra. Que les pagaron… Que no les pagaron… Que se vio un sobre… ¡Yo no puedo decir que hubo plata! El hecho es que hubo como cinco corredores que le ayudaron a poner el paso, entre ellos Ivanov y Santos Hernández. A él me lo encontré tiempo después y me lo confesó todo.

¿Qué le dijo?
Después le cuento. El hecho es que bajando yo era el campeón de la Vuelta. Ya en el llano todos ellos empezaron a dar relevos, mientras que nosotros ya íbamos cansados porque habíamos hecho un esfuerzo enorme. Finalmente nos descontaron la diferencia y Delgado volvió a coger la camiseta de líder. Al final me ganó la Vuelta por solo 30 segundos. Yo fui subcampeón.

¿Qué fue lo que le dijo Santos Hernández y cuándo se lo dijo?
Me invitaron a correr una clásica de veteranos en España en 2015. Allá me lo encontré. Yo no me lo podía pasar por todo eso que pasó, sin embargo el man me saludó bien y ahí hablamos. El hombre me dijo: “Sí, a nosotros nos ayudaron para ayudarle a Delgado”. También me dijo que lo hizo más por patriotismo, por España. Pero igual, son alianzas circunstanciales que se pueden hacer. Lo que estuvo mal fue lo del sobre.

¿Estamos hablando del famoso sobre que supuestamente Delgado le dio a Ivanov al otro día?
¡Pero si un camarógrafo colombiano grabó cuando Delgado sacó el sobre y se lo entregó a Ivanov! ¿Qué había en ese sobre? Cada quien saca sus conclusiones.

¿Habló alguna vez de eso con el Perico Delgado?
Sí. Fue después de esa Vuelta. Pedro simplemente me felicitó y me dijo que era un corredor muy valiente. Él siempre ha dicho que, de los colombianos, yo era el más competitivo.

En las siete vueltas a España que usted corrió, en todas fue top 10. Eso muy poca gente lo puede hacer y decir, ¿o no, Fabio?
La verdad me faltó haber logrado el triunfo en la Vuelta a España. Una deuda que me quedó.

En 1991 usted paso a Seguros Amaya y con esa camiseta ganó una cronoescalada memorable en la Vuelta a España. Le ganó a Lucho en la montaña, ¿cierto?
Ese año tuve un accidente terrible en la Clásica Boyacá, me estrellé con un tipo que llevaba una canastilla de leche: fractura de los dos pómulos. Ahí me dijeron: “Se acabó, no va a ir a la Vuelta a España”. El hecho fue que a los 25 días yo ya estaba montando en la bicicleta otra vez, tras una recuperación exagerada, y resulté corriendo la Vuelta a España. Esa etapa fue el 12 de mayo del 91, día del cumpleaños de mi hija. Ese día volé porque llevaba la motivación de ofrecerle el cumpleaños a mi hija y efectivamente llegué con el mejor tiempo, a 40 segundos de Lucho. Entramos en medio de la nieve. Por ese clima me enfermé, me congestioné terriblemente y me dio fiebre. ¡Tenaz! Entonces me dijeron: “Retírese”. Pero yo seguí. Todo eso lo valoraban mucho porque los ciclistas allá sí se hacen a un lado, pero a mí siempre me gustó terminar, por puro coraje. Quedé quinto.

¿Cuándo y cómo decidió retirarse?
Cuando se me fue acabando la chispa. Uno se va desgastando y cada vez va siendo más difícil porque la juventud que viene detrás cada vez va apretando más y más. Otra cosa que me cansó fue la viajadera: el ir y venir me aburrió, los aviones, los aeropuertos… Los hijos también fueron creciendo y empecé a quererme más, no arriesgaba tanto en las bajadas. Entonces, cuando me caí en el Tour de Francia del 92 aceleré mi retiro. Tuve una fractura en la mano y dije: “Hasta aquí fue”.

¿Terminó su carrera en el Externado?
Inmediatamente después de que dejé el ciclismo me hice administrador de empresas.

¿Cuál es la imagen más fuerte que tiene de Lucho Herrera, su compañero de mil batallas en Europa?
Creo que estábamos corriendo en una Semana Catalana, yo por Kelme y él por Café de Colombia, y estaba haciendo un frío insoportable. Íbamos subiendo y sufriendo y de golpe vi a Lucho. Éramos rivales, pero nos dimos la mano un buen tiempo para darnos ánimo. Yo vi que él iba mal y él también me vio mal. Y eso fue como: “¡Vamos!”. Fue un apoyo importante porque ahí uno no tiene a nadie ni a nada. Nadie está por ahí.

Finalmente, ¿a cuánto está Colombia de ganar el Tour de Francia?
Muy cerca. Yo creo que este es el año de Colombia. Este es el año de Nairo. Él lo tiene claro: ya conoce la parte buena, la regular y la mala del Tour. Si no pasa nada raro, Nairo tiene que estar este año allá arriba.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 71 - FEBRERO 2018

bocas - Fabio Parra

El aguante de Fabio
Entrevista con Fabio Parra

Por Mauricio Silva
Fotografía Pablo Salgado

Foto:

Revista BOCAS

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