El fotógrafo que logró hacer posar a la muerte

El fotógrafo que logró hacer posar a la muerte

Una entrevista con Enrique "el Niño" Metinides, una leyenda de la crónica roja en México.

BOCAS - Metinides

Enrique "el Niño" Metinides.

Foto:

Ana Lorenzana / Revista BOCAS.

27 de julio 2017 , 05:30 p.m.

Esta entrevista presenta algunas imágenes que pueden ser sensibles para los lectores.

El Niño Metinides asegura tener 133 años. Lo de “niño” le viene porque empezó a trabajar en los periódicos a los nueve, cuando aún cursaba la primaria. Los 133 se los debe a una multiplicación simple: las siete vidas de un gato y las 19 veces que ha estado a punto de morir.

Enrique Metinides es el fotógrafo de crónica roja más viejo y más importante de México. Sus 83 años le han dejado nueve costillas rotas, un tumor en el ojo, varios moretones, dos infartos y la memoria intacta; lo ha visto todo: accidentes de buses, de tranvías, de trenes, de aviones, explosiones espectaculares en bombas de gasolina, terremotos, asaltos en bancos, asesinatos, incendios que duraron días, balaceras, matanzas tan crudas que revuelven el estómago, suicidios… “He visto tantos muertos que si los pusiera uno sobre otro formaría una montaña más alta que el Popocatépetl y podría llenar hasta tres infiernos”, afirma, y lo hace con orgullo porque sabe que pocos han tenido sus agallas.

El Niño ha tomado fotos que nadie se hubiera atrevido por el miedo de perder la vida en circunstancias terribles o por la impresión paralizante que genera ver los cuerpos inertes o destrozados yaciendo a los pies. Como aquella emblemática fotografía de la periodista Adela Legarreta, que murió prensada contra un poste luego de la colisión de dos autos: su cara perfectamente maquillada, su pelo bien puesto –pues esa tarde presentaba su último libro– y sus intestinos regados en el pavimento. Nadie más, solo Metinides, habría podido lograr una imagen tan escalofriante y tan bonita de la muerte.

BOCAS - Metinides

Una madre con el ataud de su hijo.
Ciudad de México, 1966.

Foto:

Enrique Metinides - 212 Berlin Films

Sin embargo, lo que más sorprende de Enrique es su inocencia. Es bajo de estatura y parece indefenso, como un niño. Resulta más fácil imaginar a un hombre que embistió a la muerte con total arrojo como alguien frío y calculador, como alguien a quien tanto olor a sangre putrefacta y cuerpos mutilados terminaron por congelarle el alma, como alguien que hace mucho tiempo perdió la noción de lo que significa el miedo.

Pero nada es más alejado de la realidad.

Metinides cuenta las escenas escalofriantes que presenció como si se tratara de las películas de maleantes que devoraba de pequeño. Recuerda uno a uno a los personajes que las protagonizaron, narra cada detalle con emoción y se le hace un nudo en la garganta cuando tiene que revivir una muerte injusta o un drama del que jamás –porque no importa de cuántos haya sido testigo– podrá reponerse. Y es que sus fotos, hechas con estilo cinematográfico, no son descarnadas. Por el contrario, aun en medio del peor de los horrores, encuentra la manera de darles poesía y dignidad a todos esos muertos.

Durante las cinco décadas en las que salió a reportear para los diarios La Prensa y Zócalo –ambos de Ciudad de México– nunca recibió más que un sueldo mediocre por su trabajo; hoy, sin embargo, sus fotografías son consideradas obras de arte y se exponen en La Casa de América, de Madrid; en The Photograph’s Gallery, de Londres; en la galería Anton Kern y en el MoMA, de Nueva York, y en muchas otras salas de Estados Unidos, América, Asia y Europa.

BOCAS - Metinides

El fotógrafo mexicano Enrique Metinides.

Foto:

Ana Lorenzana / Revista BOCAS.

Ya no se juega la vida en las calles, ahora puede vivir tranquilo con la venta de sus piezas. Se sabe admirado y querido por los fotógrafos, estudiantes y conocedores de arte en el mundo. Y, sobre todo, disfruta, como ese niño que sigue siendo, cuando la gente se le acerca en la calle y le pide una foto, pero en la que él también aparezca.

No obstante, afirma, con la melancolía de haber vivido preso de un oficio desagradecido y ladrón, que de volver a nacer no elegiría la carrera de reportero gráfico: “Me arrepiento”, dice. “No tuve tiempo para mi familia. Nunca me pagaron bien, me sacaron como a un perro de los periódicos, botaron mis fotos a la basura y jamás nadie se interesó en mí cuando llegaba ensangrentado, herido o asustado después de hacer un turno en el que había vivido algo espantoso”.

Como en un mal chiste del destino, Metinides estuvo justo en el lugar de los hechos, y armado con su equipo de fotografía, para ser testigo de la más improbable de las paradojas. En el año 1984, mientras estaba de guardia en la Cruz Roja, lo llamaron para decirle que había una balacera en la calle Insurgentes, en la zona rosa de Ciudad de México. Cuando llegó, ya había paramédicos trabajando. De pronto voltearon un cuerpo y era Manuel Buendía, el periodista que había sido su jefe durante muchos años. A Enrique se le paralizó el cuerpo, le flaquearon las piernas, se le secó la boca de pura angustia. Frente a él se materializaba el peor de sus miedos: el periodista de crónica roja se había convertido en la portada del periódico del día siguiente.

¿Cuál fue el primer accidente que fotografió?
Cuando tenía nueve años, mi papá me regaló una cámara Brownie Junior y una bolsa llena de rollos. Desde entonces, en vez de ir a jugar con una pelota, como el resto de los niños, me la pasaba en la calle fotografiando todo. A mí me gustaban muchísimo las películas de gangsters, sobre todo las de Al Capone: metía la cámara al cine y tomaba fotos de los muertos, de las balaceras, de las persecuciones... También me gustaba ir afuera de las Delegaciones [como llaman en México a las estaciones de policía] y hacer fotos de los autos chocados. Me hice muy amigo de unos policías porque la Delegación estaba cerca de una tienda que tenía mi papá. Ellos me invitaban a hacer fotos en el Servicio Forense de México. Siendo un niño, me dejaban fotografiar a los asesinos y los cadáveres, yo veía cómo realizaban las autopsias, que son una cosa horrible. Estaban ahí comiendo y jugando mientras les sacaban los sesos y los intestinos a esos muertos. Yo me moría de susto, pero me fui acostumbrando.

BOCAS - Metinides

Un suicida rodeado de mirones.
1970.

Foto:

Enrique Metinides - 212 Berlin Films.

Y ¿cuándo empezó a trabajar oficialmente?
Un día vi un coche que chocó y fui a tomarle fotos. Ahí estaba un periodista, Antonio Velásquez, que cuando me descubrió me preguntó qué hacía. Yo le contesté que iba a la primaria. “¿A qué hora entras?”, volvió a preguntar. “A las 2:30 p. m.”. Entonces, me dijo: “Ve y pide permiso en tu casa. Te espero el lunes a las diez de la mañana y ya luego te dejo libre para que vayas a la escuela”. Yo ni pedí permiso ni volví a la escuela. Fíjese: me demoré como ocho años en terminar la primaria por andar tomando fotos.

¿Qué pasó después?

Me convertí en su asistente. Me iba a trabajar en ambulancia, entraba a las cárceles, me subía en los hombros de un bombero y hacía fotos de los incendios… Todo el tiempo sin paga. No me gané ni un quinto hasta que tuve 14 años y empecé a trabajar en la revista policiaca Alarma, que era del mismo dueño del diario Zócalo.

¿Y qué decían sus papás? Porque usted era un niño que trabajaba… y además, en eso.
Al principio no sabían nada. Pensaban que yo estaba en la escuela o por ahí jugando. Luego, cuando ya estaba mayor, mi mamá se espantaba y mandaba a mi hermano a buscarme a la Cruz Roja, donde yo hacía turnos. Pero, ¡pobre mi mamá! Ella que lo mandaba a rescatarme y mi hermano que decidía hacerse chofer voluntario de ambulancia.

¿Es cierto que usted se transportaba en una ambulancia?
Sí, fui el primer reportero en trabajar desde una ambulancia y tuve tres para hacer los turnos. Una me la regaló la oficina que es como el FBI de México: se la habían quitado a unos narcos y me la dieron a mí. ¡Tenía sirena y todo! Mire, yo inventé las claves radiofónicas que todavía se utilizan en los servicios de rescate porque antes solo se hablaba con palabras y también hice que les cambiaran el color para que en la noche se vieran mejor. Antes las ambulancias eran grises, pero yo pedí que las pintaran de blanco.

Lo que más me ha fascinado son los mirones, los chismosos. Supongo que sienten alivio de que son los testigos y no las víctimas.

Además de haber visto todo tipo de desastres y accidentes, también tuvo la oportunidad de conocer muy de cerca a las grandes estrellas de México…
Yo tenía 14 años y para la revista Alarma tenía que hacer algunas notas de espectáculo. Tenía acceso a los estudios de cine, a los cabarets, a los teatros… Conocí a todas las vedettes del momento y a los grandes artistas, como Pedro Infante y Cantinflas. Me decían que les hablara de “tú”, como era un chamaco se sentían tranquilos.

Una de las cosas que más sorprende de su trabajo es el estilo cinematográfico de sus fotografías…
Debe ser por tantas que vi, entonces me gustaba hacer mis reportajes como si se trataran de una película. Llegaba a la escena del crimen y tomaba la foto de la bala, del arma, de alguna fotografía de ese muerto en vida, de las mascotas que había dejado para siempre… Por ejemplo, tomaba la foto del tacón con el que una mujer había matado a su marido. Un día tomé la foto de una mano con la bala entre los dedos y justo esa fue la que eligieron para publicar en el periódico. ¿Sabe cómo titularon? “La bala asesina”. Las fotos más conocidas, donde se ven muertos, nunca fueron publicadas en los periódicos. Esas están en los libros de fotografía que me han publicado y en los museos; son las que más llaman la atención de todo el mundo.

Los mirones son esenciales…
Lo que más me ha fascinado de todo lo que he visto siempre han sido los mirones, los chismosos, la gente que viene a ver. Supongo que es porque sienten alivio de que son los testigos y no las víctimas. La gente tiene una curiosidad morbosa y siempre le gusta ver al muerto y salir en la foto. Además, era un buen negocio para los vendedores de helados: en las peores catástrofes, siempre llegaban. Por otro lado, gracias a los mirones, muchas veces los policías podían esclarecer los crímenes. Como yo entregaba todo mi material a la Policía, un día me llamó el procurador [fiscal] para decirme que gracias a una de mis fotos habían agarrado al asesino, porque aparecía en ella. Es que se dice que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen.

BOCAS - Metinides

Un autobus accidentado en una carretera de México. 1970.

Foto:

Enrique Metinides - 212 Berlin Films.

Además de ayudar a capturar asesinos, sus fotografías cumplieron con muchísimas obras sociales y humanitarias…
Muchísimas, sí. Una vez, por ejemplo, mientras hacía turno en la Cruz Roja, llegó un pequeño como de cuatro años. Lo había atropellado un coche y lo habían llevado al Hospital Militar, pero como no era hijo de militares lo trasladaron a la Cruz Roja y ahí le operaron su piernita. Después de un mes, al niño ya lo iban a dar de alta, y como nadie lo había preguntado lo iban a entregar a un lugar de huérfanos. Yo le hice unas fotos con los jugueticos que le habían regalado las enfermeras y decidí hacer un reportaje. Salió en primera plana la foto del escuincle con el titular: “Mamá, ven por mí”. Al otro día llegó su mamá, que llevaba días buscándolo desesperada. Resulta que ella ya había ido a la Cruz Roja, pero como el pequeño estuvo primero en el Hospital Militar no lo había encontrado. ¡Pero lo más bonito no es eso! Hace poco, durante el rodaje de la película que hicieron sobre mí, el director me dijo que caminara y me parara frente a una puerta. Cuando llegué, vi a un señor como de 53 años que se lanzó a abrazarme: yo no entendía nada hasta que el señor me dijo que él era el niño que había encontrado a su mamá gracias a la foto que le tomé.

Y sobre los accidentes, usted no solo los ha fotografiado, también los ha vivido en carne propia…
Hubo muchas veces que sufrí accidentes por estar tomando fotos, pero no me pasó nada, de milagro. Por ejemplo, una vez estaba fotografiando un escape de gas enorme en una gasolinera, cuando esta explotó. Era el infierno mismo, cientos de gentes en llamas revolcándose en la tierra. Ese día murieron 115 personas y hubo más de 1.500 quemados, y a mí no me pasó nada. Pero tuve otros diecinueve accidentes en los que sí estuve a punto de morir. Una vez iba en una ambulancia para cubrir un accidente y esta se volcó. Golpeado y ensangrentado como estaba salí a tomar las fotos, luego del periódico mandaron a recoger la cámara porque debían llevarme al hospital. Al otro día publicaron la fotografía de la ambulancia con el titular “Gajes del oficio”.

¿Qué más le pasó?
En otra ocasión se cayó un avión en el volcán Popocatépetl. Yo subí, hice mis fotos y cuando estábamos bajando nos perdimos con otros tres que eran rescatistas de la Cruz Roja. Durante tres días, estuvimos solos y no nos morimos nomás porque comíamos caña muy delgadita y nos pusimos periódicos debajo del traje para que nos calentara. Lo bueno es que yo le había pasado mi equipo a otro de la Cruz Roja y él, que no se perdió, entregó el material al periódico y pudieron publicar las notas de la catástrofe aérea. Pero mire: tengo nueve costillas rotas, dos veces me he ido a barrancos y me he dado contra las piedras, he estado en medio de las balaceras más horribles. ¡Qué no me ha pasado! Es más, una vez, esperando a unos heridos en la Cruz Roja, me dio un infarto. Me salvé porque estaba ahí mismo en el hospital y logré llegar a la sala de urgencias arrastrándome por el piso.

BOCAS - Metinides

La periodista Adela Legarreta atropellada en la colonia Roma.
Ciudad de México, 1979.

Foto:

Enrique Metinides - 212 Berlin Films.

Entiendo que también tuvo que ser operado de un tumor…
Es que la fotografía de ahora no es como la de antes. Hoy en día van tan tranquilos… Antes tocaba trabajar en el laboratorio, revelar en cuarto oscuro y elegir la mejor imagen. Además, uno salía y tenía que tomar solo 36 fotos y hacerlas bien, estar pendiente de la velocidad, del diafragma. Entonces por ese trabajo tan minucioso, me salió el tumor y casi pierdo el ojo derecho.

¿A qué le adjudica tanta suerte? ¿A quién se encomendaba para salir a trabajar?
Yo no salía de mi casa sin una estampita de la Virgen de Guadalupe y una rana de juguete. Aunque también hay algo que me tiene intrigado: hace poco mi hija me llevó al servicio de urgencias porque me sentía mal; ella cuenta que cuando me estaban atendiendo salió un señor y le dijo: “No se preocupe que su papá va a estar bien, su ángel está sentado a su lado”.

¿Nunca le dio miedo enfrentarse a la muerte?

Sí, siempre. Aunque vi muchos cadáveres, uno nunca termina por acostumbrarse. Yo le tengo mucho miedo a morir. No quiero morirme ni quiero que me hagan una autopsia.

¿A qué más le tiene miedo?
A las ratas.

¿Lloraba cuando tomaba sus fotos?
Sí, he visto la crueldad, la maldad, la violencia más descarnada, gentes que mataban por robar unos pesos… Cosas impresionantes. Pero lo que más me afectaba eran las muertes de los niños, me ponían muy mal. Llegaba a la casa y lloraba durante horas, por tristeza y por miedo. Toda esta vida me generaba un estrés horrible. Fumaba tres cajetillas de cigarros al día y no podía dormir.

Me arrepiento de haber sido fotógrafo. Siempre a punto de morir, mal pagado, viviendo entre los chismes y las cochinadas...

Sin importar todas las peripecias que tuviera que pasar, usted siempre publicaba sus fotos…
A los editores era lo único que les importaba. Nadie preguntaba por mí, solo por las fotos. Así fuera a trancazos, yo las entregaba. En un periódico el que menos importa es el fotógrafo, es el bufón. Pero una vez sí que no pude entregar mis fotos: estaba revelando el rollo en el cuarto oscuro y las fotos salieron blancas. No se veía nada. El director del periódico me echó, entonces, cuando yo ya me iba llorando por la calle y triste, sin entender qué le había pasado a mis fotos, otro de los periodistas del diario me alcanzó y me dijo que el director mandaba a decir que volviera, que se había enterado de que unos colegas le habían echado agua a mi rollo para dañarlo. Pero ¿sabe? Me despidió de la manera más horrible: estaba viendo la tele y ni siquiera me miró. Entonces ya no regresé.

Hablemos de otros aspectos de su vida. ¿Se casó?
Me casé y tuve tres hijas, pero me divorcié. Eso también lo sacrifiqué con este oficio. Salía muy temprano en la mañana y llegaba muy tarde. Trabajaba 15 días en doble turno y cuando quería descansar, pasaba algo terrible y debía ir a cubrirlo. Así que muy poco las veía. Me tuve que ir a vivir solo. ¿Quién podía vivir con alguien como yo?

¿Les hablaba a sus hijas de las historias de héroes y villanos que acababa de presenciar?
¡No, yo qué les iba a contar esas cosas tan terribles! Trataba de mantenerlas alejadas de todo. Eso sí, les tomaba unas fotos fantásticas a mis hijas.

¿Nunca se volvió a casar?
Estuve a punto, pero se me cayó. Con esa vida era difícil.

¿Tuvo muchas novias?
Sí [risas], es que en la Cruz Roja, donde yo me la pasaba, contrataban paramédicas y enfermeras que eran señoritas muy bonitas.

¿Con quién vive ahora?
Vivo solo, pero en el mismo edificio donde habitan dos de mis hijas.

¿Ellas cuidan de usted?
Sí, pero yo me cuido muy bien. Hace 33 años que no como cadáveres. No como carne, ni huevos, ni mariscos. Me volví alérgico. Todos esos años de trabajo en la calle, en los que comía muy mal, me hicieron enfermar. Por un lado no tenía tiempo, y por el otro, con esos sueldos tan malos, a duras penas alcanzaba para comprar una quesadilla.

BOCAS - Metinides

Un suicida en la Torre Latinoamericana. Ciudad de México, 1993.

Foto:

Enrique Metinides - 212 Berlin Films.

¿Cuál es la foto que más lo ha impactado?
No lo sé. ¡Son tantas! Y me acuerdo de todas como si hubiera sido ayer. Recuerdo una que me dio mucho dolor: fotografié a una señora que iba caminando con una cajita blanca donde iba a enterrar a su hijita que recién la había atropellado un carro. La señora tenía la camisa empapada por las lágrimas. Había conseguido milagrosamente que le regalaran un ataúd porque no tenía ni un quinto y en la morgue no le querían entregar el cuerpo de su niña si no llevaba un cajón. Ella me contó que no tenía nada más en su vida que su hijita… y ahora la había perdido. Luego salió de ahí y se fue caminando muchísimos kilómetros con el cadáver en su cajita blanca. Yo no tuve fuerzas para seguirla.

¿Se arrepiente de haber tomado alguna foto?
Me arrepiento de haber sido fotógrafo. Siempre a punto de morir, mal pagado, viviendo entre los chismes y las cochinadas.

¿Le tenían envidia?
Sí, todos me odiaban en el periódico. Me escondían los rollos, inventaban chismes, me hacían cosas horrendas.

Pero es que siempre tuvo las mejores fotos. Dicen que los accidentes esperaban a que usted llegara para suceder…
Siempre lograba estar en los momentos más álgidos y lograba las fotos que nadie más podía. Recuerdo que una vez había una mujer que se quería aventar del piso 22 de la torre Latinoamericana, en el centro de Ciudad de México. Justo cuando yo llegué, la mujer se aventó, pero contó con la suerte de que ya venía bajando un bombero amarrado y la alcanzó a tomar de la muñeca. Se quedaron colgando unos minutos los dos, hasta que la metieron por una ventana, fue muy impresionante. Pero ¿sabe qué fue lo más extraño?, que al rescatista le dio diabetes y murió cuarenta días después de haber salvado a la mujer.

BOCAS - Metinides

Varios mirones rodean un trágico accidente de tránsito. Ciudad de México, 1973.

Foto:

Enrique Metinides - 212 Berlin Films.

¿Alguna vez pudo evitar una catástrofe?
Como pasaba tantas horas en la Cruz Roja hice el curso de socorrista, así que cuando iba con ellos a hacer mi trabajo dejaba de lado la cámara y me ponía a ayudar. En una ocasión me tocó hacerle respiración boca a boca a un bebé de seis meses que estaba asfixiándose y salvé a un herido que llevaba la espalda toda acuchillada. Él me miró con angustia y me mostró que se estaba ahogando, entonces lo levanté y puse mi espalda para que se recostara. El médico después me dijo que si no hubiera hecho eso, el señor habría muerto.

¿Existe alguna foto que le hubiera gustado tomar y no pudo?
Me hubiera gustado estar en lo de Nueva York, en el atentado de las Torres Gemelas. En México vi cosas horribles, pero eso sobrepasa todo. Tengo libros, veintitantos álbumes con puras fotografías que recolecté y 16 videos de seis horas cada uno con todo lo que salió en la televisión, incluyendo el primer y segundo aniversario del atentado.

¿Le gusta su nuevo rol? Ahora se le considera un artista en el mundo…
Pues, fíjese, tengo la suerte de que mis obras han gustado en el mundo. Mis fotografías se han expuesto hasta en China y Japón. En las universidades de todo México me tienen una gran admiración y les enseñan a los estudiantes a hacer los fotografías como yo las hacía. Eso es muy emocionante. El otro día iba en el metro cuando una muchacha se me quedó mirando y me dijo: “¡Usted es Metinides!”. Resulta que la chamaca era de Tijuana, había llegado a estudiar comunicación a Ciudad de México y su tesis era sobre mí.

Parte de su obra también incluye los montajes que hace con muñequitos…
Sí, me gusta coleccionar cosas. Tengo la colección completa de películas de gangsters desde 1920 hasta hoy y otra de películas de extraterrestres. Y tengo una colección de 3.000 piezas de muñequitos de servicio de rescate: ambulancias, bomberos, policías, carritos... Los periodistas que me conocen me traen de todos los países a los que viajan, entonces tengo piezas de todo el mundo. Ahora estoy haciendo una colección de muñequitos delincuentes. Con todos esos monitos, me gusta hacer fotos poniendo de fondo las fotografías que hice de la vida real.

BOCAS - Metinides

El fotógrafo mexicano Enrique Metinides.

Foto:

Ana Lorenzana / Revista BOCAS.

Después de vivir tras el peligro, de jugarse el pellejo en cada toma, de sufrir las envidias y los malos tratos, y de sacrificar el tiempo con su familia, es muy famoso y reconocido. ¿Se siente recompensado?
Hay cosas que me emocionan mucho. Cuando me expulsaron de La Prensa, que me sacaron como a un delincuente, no me dejaron recoger ni mis fotos ni mis cosas. Muchas de mis fotografías se perdieron y otras las botaron en el mercado de la Lagunilla [un mercado de segunda mano en el centro de Ciudad de México]. Allí las encontró Carlos Monsiváis y compró más de cien porque él también era un coleccionista y era un gran admirador de mi trabajo. Una vez le pidieron que hiciera el prólogo de un libro con los quince fotógrafos más famosos del mundo y cuando vio mi nombre ahí dijo que me quería conocer porque era mi fan. Nos hicimos muy amigos. En fin, cuando Monsiváis murió hace un par de años, hicieron una exposición de mi obra en el Museo del Estanquillo, que le pertenecía, y el más sorprendido de todos fui yo porque no me acordaba de muchas de las fotos que estaban ahí.

¿Qué otro personaje importante lo ha buscado?
Uy, pues varios periodistas importantes, como Joaquín López Dóriga, Cristina Pacheco, Jacobo Zabludovsky. A mi casa vino toda la familia de Kate del Castillo, porque el papá de Erik del Castillo [el padre de Kate] era bombero y murió en un incendio. Yo cubrí ese caso. La única que no vino fue ella y mire que yo la admiro mucho por todo lo que le están haciendo, ¿o usted cree que ella es la única artista o periodista que ha querido entrevistar al Chapo Guzmán?

Su fotografía también hizo muchas denuncias…

Sí, pero los periódicos tapan muchas cosas. No publican toda la verdad y eso me da coraje. A mí me tocó lo del 68 en Tlatelolco, que fue una matanza ejecutada por el ejército a estudiantes. Oficialmente dijeron que habían muerto cuatro personas y en realidad fueron 4.000. Vi cómo mataban con bayonetas por la espalda a mujeres de más de ochenta años, cómo les disparaban a mujeres embarazadas, a bebés, a jovencitas guapísimas. Incineraron todos esos cuerpos. No se imagina, los horrores que vi.

ADRIANA RESTREPO LEONGÓMEZ
RETRATOS: ANA LORENZANA
FOTOS: ENRIQUE METINIDES - 212 BERLIN FILMS
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 65 - JULIO 2017

BOCAS 65

El fotógrafo que logró hacer posar a la muerte
Entrevista con Enrique Metinides
Por Adriana Restrepo. Fotos: Hernán Puentes

Foto:

Revista BOCAS

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