¿Sabe por qué a Yuberjen Martínez le dicen Chikunguña?

¿Sabe por qué a Yuberjen Martínez le dicen Chikunguña?

Una entrevista de BOCAS con el boxeador colombiano que conquistó la plata en Río 2016.

BOCAS - Yuberjen

El boxeador colombiano Yuberjen Martínez.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

24 de octubre 2017 , 01:59 p.m.


Mariana Pajón, doble campeona olímpica, define a Yuberjen Mártínez con una certera anécdota: “En la villa Olímpica en Río, en el edificio que le dieron a Colombia, había un piso dedicado exclusivamente para la fisioterapia. Como se podrán imaginar, ese es el lugar donde se concentra la tensión porque allí se atienden a los que van a competir y llegan los que se lesionaron en competencia. Ahí estábamos todos con nuestras propias preocupaciones, cuando de pronto apareció Yuberjen con seis bolsas de hielo amarradas en todo el cuerpo –en la cabeza, la barriga y las piernas– y nos dijo: ‘Me salieron chichones en todos lados’. ¡Y todos nos reventamos de la risa! Un chiste tan bobo, pero tan clave para el ánimo en ese momento… ¡Ahí está pintado!”.

Así fue como “Yuber” se convirtió en la alegría de Selección Colombia. Fue, y es, el hombre de la risa y de la buena onda en el equipo olímpico. Tanto que los muchachos decidieron apodarlo “Chikunguña” en honor al virus que azotó a Río en aquellos Juegos y que portan ciertos mosquitos: “Los minimosca, como él”, dice en broma otro campeón olímpico, Óscar Figueroa.

Todo el tiempo está vacilando a los demás. Del parlante de su celular siempre sale una salsa, una champeta o un reguetón. Canta terrible, pero tiene toneladas de sabor al bailar. Mide 1,65 metros, es flaco y fibroso. Su sonrisa desborda y contagia. Es un bacán y es, por definición, un buen muchacho.

BOCAS - Yuberjen

El boxeador colombiano Yuberjen Martínez.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

Es tan inquieto que, cuando invitaron a los medallistas de Río a un homenaje en la Casa de Nariño –donde les iban a entregar un vehículo–, el presidente Santos se sorprendió al ver que, a la hora del protocolo, faltaba uno de los atletas en la formación. A los pocos segundos vieron que Yuber ya estaba montado en uno de los autos: “Yo aseguro mi carrito”, dijo.

Esta es la historia de un aguerrido boxeador que desde niño se rebuscó la vida con la venta de chorizos, arepas, mangos y artesanías en diferentes pueblos del Urabá antioqueño, la región por donde sus padres se han movido; que fue mecánico de bicicletas; que tuvo que enfrentar a su papá –un respetado pastor en Chigorodó– para que lo dejara pelear y que volvió a poner a Colombia en el panorama mundial del “box” cuando conquistó la primera medalla olímpica de plata para Colombia en este deporte, luego de los bronces obtenidos por Clemente Rojas y Alfonso Pérez en Múnich 1972 y por Jorge Eliécer Julio en Seúl 1988.

Así es Yuberjen “el Tremendo” Martínez, el pugilista que en agosto pasado, luego de 36 años de sequía –cuando Miguel Maturana ganó el oro en 1981–, conquistó un bronce en el campeonato mundial de boxeo que se disputó en Hamburgo, Alemania.

Entiendo que usted se iba a llamar diferente. ¿Cómo le iban a poner? ¿Y qué pasó a la mitad del camino?
Mi papá se llama Juan Eberjo Martínez y él quería tener un hijo, porque siempre había tenido hijas mujeres. Entonces me puso Yuberjen Eberjo Ernei Martínez Rivas. Pero en la Registraduría no me dejaron ese nombre. Eso fue cuando yo me fui a cedular, porque yo fui solo. Entonces la muchacha se sorprendió con el nombre tan largo y le quitó el Eberjo Ernei. Quedé solo Yuberjen.

O sea, eso fue ya mayor.
Sí. Pero ya todo el mundo me decía Yuber. Claro que cuando me decían el nombre completo era porque la cosa estaba peluda. Eso ya era para darme rejo por inquieto.

Siempre me ha gustado bailar y estar en movimiento. Soy muy inqieto, hiperactivo desde niño. El día que me quede quieto es porque estoy muerto.

Su papá es un pastor reconocido en el Urabá antioqueño. ¿Desde cuándo oficia?
Bueno, antes de yo nacer él ya era pastor. Creo que hace unos 25 o 26 años. Pertenece a la iglesia Jesús, el Buen Camino. Su palabra es muy apreciada en la región.

Y su mamá a qué se ha dedicado.
A estudiar, a estar en la casa, a ver por los hijos.

¿Dónde nació usted, Yuberjen?

En Turbo, Antioquia. Pero mi papá y mi mamá son de Quibdó. Ellos se fueron a Turbo porque mi papá iba a trabajar en albañilería, en busca de algún trabajo. Estuve en Turbo hasta los doce años.

Y de ahí se fue a vivir a Arboletes. ¿Por qué se mudaron de municipio?
Porque a mi papá lo trasladaron. Como él es pastor, en la misión lo trasladaron a Arboletes porque, digamos, su pastorado siempre ha sido muy fluido.

¿Cuánto tiempo vivió en Arboletes?
Año y piquito. Después nos fuimos a Chigorodó.

Fue allá donde usted, siendo aún un adolescente, empezó a trabajar en varias cosas. ¿Cuáles fueron sus oficios?
¡Nooo! Primero vendía arepas con una señora en Arboletes. Mentiras, primero empecé vendiendo chorizos en la playa, a mil cada chorizo y de cada uno me ganaba cien pesos. Ese fue el primer trabajo, después, las arepas. Luego empecé a vender mango y ya me daban trescientos pesos por mango.

¿También hizo artesanías?
Primero vendía artesanías de caracucha. Luego aprendí a hacer lámparas de caracol.

Y en Chigorodó se convirtió en mecánico de bicicletas.
En la iglesia conocí a un muchacho que iba a montar un local para reparar bicicletas. Yo le dije que me diera trabajo. Él me preguntó si yo sabía algo de mecánica y yo le dije que sí, que claro, que obvio, pero yo no sabía nada. El día que empecé en el taller, llegó una cicla para despinchar. Yo le puse un parche y al ratico volvió el muchacho bravo porque se le había desinflado la llanta. ¡Yo lo había puesto donde no era! El dueño me regañó, pero luego le dio pesar y me enseñó. Aprendí y ahí duré tres años dándole a eso. Hoy yo veo una cicla y solo con el sonido ya sé qué es. Yo le puedo desbaratar la bicicleta a Mariana Pajón con los ojos cerrados, hasta los balines, ¡oiga!

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El boxeador colombiano Yuberjen Martínez.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿Cuándo empezó a trabajar en las bananeras?
A los 17 años, pero me devolvieron porque era menor de edad. A los 18 volví y trabajé en la firma Castillete, a la entrada de Carepa. Yo estaba en la parte del desagüe. Pero eso es muy bravo. Solo los que trabajan allá saben lo bravo que es eso.

La leyenda dice que fue en una bananera donde usted decidió entregarse de lleno al boxeo. ¿Qué situación o imagen lo llevó a eso?
Un día llovió y la tierra estaba chicluda. Yo metí la pala en la tierra y cuando hice la palanca, el palo se partió. Entonces me deprimí por lo duro de eso y corté unas hojas de las matas de banano, hice como un cambuchito y me tiré ahí, a pensar. A mi lado había un viejito que estaba dándole a la tierra, entonces miré al cielo y dije: “Ay, Dios mío, ¿será que toda la vida yo voy a tirar pala? ¿Será que me convertiré en uno de estos viejitos?”. Entonces le pedí: “Diosito, sácame de aquí”. Y mire usted, a la semana me llamaron para que hiciera parte de la selección Antioquia de boxeo.

¿Cuándo empezó a practicar boxeo?
Yo tenía catorce o quince años. Vivíamos en Arboletes. Un compañero que siempre se me sentaba al lado en el colegio, me dijo: “Yuber, vamos a practicar boxeo”. Fuimos a un gimnasio que no era gimnasio porque no tenía techo ni nada, que es lo único que hay por allá, y me puse los guantes. Me tocó un pelao más grande y yo con mi parado callejero, con las manos abajo… El pelao me tiró una derecha y me alcanzó a rozar el labio y yo: “¿Qué? Esto no es lo mío”. Me quité los guantes y me fui para la casa. Allá, en mi cama, me puse a pensar: “Este man me cascó, se va a quedar con esa y está contento. ¡No, señor! Esto no se queda así. Esto se tiene que hinchar”. Y como a los dos días busqué al profesor Antonio Mendoza que era el que entrenaba a los muchachos de allá. Entonces me enseñó varias técnicas que, gracias a Dios, todavía las utilizo: defensa, ataque y contraataque a la mano derecha y a la mano izquierda.

¿Se volvió a enfrentar con el joven que le rozó el labio?
Sí, le apliqué la técnica. Cuando él me lanzó el golpe yo le metí la combinación que me enseñó el profe. Cuando yo di el paso atrás y lancé mi gancho, el pelado ya estaba privado.

¿Y volvió al gimnasio?
Pues vuelvo y le digo que eso no se puede llamar gimnasio porque no había nada, un par de sacos rotos y ya. Sí, volví y me puse a entrenar con el profe, a quien le agarré mucho cariño. Fue ahí cuando resolvieron mandar a mi papá para el municipio de Chigorodó. Yo decía que si no era con el profe de Arboletes no iba a entrenar más. Entonces el profe llamó al profe Blanco en Chigorodó y él fue a buscarme: “Yuber, vamos que usted es bueno”, con esa buena labia que meten los profesores. Hasta que me dijo: “Yuber, mire que hay una competencia”. Y ahí sí me picó y yo, sin entrenar, fui a ver qué pasaba. Eso fue en Canalete, Córdoba. El caso es que al man que me pusieron lo tiré cuatro veces. Y yo: “¿Cómo? Yo sirvo para esto”. Entonces ya empecé a entrenar con mucho más juicio.

¿Es cierto que su papá se negó a que usted fuera boxeador?
Un día me senté en la cama y le dije:

—Papá, yo quiero hablar con usted, yo estoy entrenando boxeo.
—¿Cómo así?, ¿usted sabe quién soy yo?
—Usted es mi papá.
—Sí. Y usted sabe que aparte de que soy su papá, soy un pastor. Y se ve feo que el hijo de un pastor esté golpeando al prójimo por ahí.
—Bueno, papá. Entonces no voy a la competencia.

Pero seguí entrenando a escondidas de mi papá. Y mejoré bastante. Hasta que me salió otra competencia en Caucasia: “¿Y ahora yo qué le digo a mi papá?”. Y lo volví a sentar en la cama:

—Papá, yo seguí entrenando boxeo a escondidas.
—¿Cómo así?
—Yo le dije que eso es lo que a mí me ha gustado de verdad.
—Pero si yo soy un pastor, mijo. ¿Qué va a decir la gente?
—Papá, ¿usted sabe quién fue David?
—Claro.
—Bueno, David fue un rey. Pero antes de ser rey, fue un pastor de ovejas. O sea, fue un humilde guerrero de Dios. ¿Qué tal que Dios me permita a mí ser un humilde guerrero de Él?

Y me puse hasta serio. Él se quedó pensativo…

—Ay, mijo, usted me la está poniendo muy difícil. Hágale y vaya con Dios.

BOCAS - Yuberjen

El boxeador colombiano Yuberjen Martínez.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿Cómo le fue?
Gané en el segundo round. Lo noquié. Desde ahí empecé a darle dos años duro.

¿Hasta que lo llamaron de la selección de Antioquia?
Exacto. Necesitaban un peso 49 y el profe Blanco dijo: “Yo le tengo un 49 bueno”, que era yo. Eso fue en 2010.

¿Cómo le fue en la Selección Antioquia?
Regular porque ahí estaba Céiber Ávila, de 48 kilos, y a él era al que le paraban bolas. Un día enfrenté al presidente de la Liga de Antioquia, don Amílcar, y le dije que estaba aburrido porque yo era simplemente el sparring de todos: “Deme para los pasajes por favor, yo me voy para mi pueblo”, le dije, y no lo dejé ni hablar. Me devolví al taller de bicicletas en Chigorodó y empecé a trabajar otra vez. Fue en el 2011 cuando me volvieron a llamar de la Liga de Antioquia para un torneo en Bogotá. Yo no quería, pero mi patrón, Javier Parra, fue el que me dijo: “Vaya que usted nació para eso. ¿O va a seguir toda la vida despinchando bicicletas?”. Acepté y volví a ganar. De hecho, gané sobrado ese torneo en la capital, así que de una me llevaron a unas bases de entrenamiento en Cuba. Ahí fue cuando me di cuenta de que esto era lo mío.

¿Cuál fue la gran enseñanza que le dejó su paso por Cuba?
Lo mejor fue haber tenido a mis profesores, Jesús Martínez y Rafael Iznaga, que es mi actual profe. Él me enseñó a cortar el paso. Y eso ya es mucho. Ellos me enseñaron todo, todo lo que sé.

Y de ahí a los Juegos Nacionales de 2012 donde, según entiendo, le partieron el tabique. Finalmente quedó con la nariz chata.
La nariz me la partió un muchacho de Córdoba. Un muchacho de 56 kilos, con una derecha. Pero yo también le partí el tabique, con otra derecha. Es la única pelea que he visto en mi vida con los dos partidos de nariz.

¿Cuándo empezó a representar al país?
En el 2013, en Quito, creo. Después hice un continental en Santiago de Chile. Pero me robaron la pelea contra un dominicano. Es que en el boxeo amateur pasa cualquier cosa. Después hice un Festival Panamericano de Boxeo, en Ciudad de México, y gané.

En 2014 usted tuvo un accidente en moto que casi lo retira de la competencia. ¿Qué pasó?
Era mi primera moto y era una semiautomática. Le puse de nombre Checha. Yo iba con mi hermano para la concentración y en una avenida en Chigorodó me estrellé con otra moto. ¡Duro, oiga! Yo me paré, vi que mi hermano estaba bien, paré otra moto que venía y le dije al muchacho: “Lléveme al hospital”. Me le monté y lo agarré duro. Tenía un hueco enorme en la rodilla. Me curaron por encima y el médico de la selección Colombia, cuando se enteró, me mandó a Bogotá para recuperarme. De Bogotá, a las semanas, salí de una vez para México, a los Centroamericanos.

Mi patrón en el taller fue el que me dijo: 'Vaya que usted nació para eso. ¿O va a seguir toda la vida despinchando bicicletas?'. Acepté y volví a ganar.

En los Juegos Panamericanos de Toronto 2015 usted quedó quinto. ¿Qué pasó?
Perdí con el venezolano Finol. Bueno, perdí no, sino que entró un árbitro ahí y le regalaron la pelea. Es que eso con los árbitros es muy bravo. Las peleas se las roban muy fácil.

¿Cuándo y cómo clasificó a Río?
En Buenos Aires, Argentina, en 2016, en un campeonato continental. Quedé primero: le gané al de Canadá, al de República Dominicana y al de Ecuador.

¿Qué fue lo que más le sorprendió cuando llegó a Río?
Mi primera impresión fue cuando salimos a la playa a caminar y de pronto… ¡Ufff! Mucha mujer bonita, todo lo máximo, todo lindo, hasta que vi a un señor con una cámara terciada y de golpe pasó un peladito y le tiró tremendo zarpazo al señor. Casi se le lleva la cámara, pero solo se quedó con la correa. Era un peladito como de doce años. Y yo dije: “Ñerda, aquí hay que andar es con cuatro ojos”.

Y andaba con cuatro ojos, porque a usted le gustan las gafas llamativas…
Menos mal llevé mis gafas de sol. Es que con esos cuerpos de guitarra... Si no me hubiera vuelto loco, uno ahí volteando la cabeza, el cuello. ¡Oiga!

¿Cómo sucedieron sus peleas en Río?
Primero que todo, llegó el profe, nos reunió a todos y dijo: “Vamos a leer por orden de peso. Yuberjen, primera pelea con el de casa”. Y yo, “¡ufff!”. Y luego: “Si gana esa, va con el campeón asiático”. Y yo, “¡miércoles!”. “Y si gana esa, va con el campeón de España… Y si gana esa, va con el campeón mundial. Y si gana esa va con tal”. Y yo, “¡Uy, pero suave…!”.

O sea que para aspirar al bronce usted debía vencer a tres contrincantes...
Exacto, por el ranking. Así que arranqué con el brasilero Patrick Lourenço y dije: “¡Aquí hay que matar o que me maten, porque ajá!”. A ese yo ya lo había noqueado en otro campeonato, así que llegué fue decidido. Yo iba con esa actitud de “o lo mato o me mata”, le tiré todo tipo de manos y le gané. Luego venía el campeón asiático, el filipino Rogen Ladon. Estaba más asustado que el carajo porque decían que él era apadrinado por Manny Pacquiao y yo pensaba: “¿Será que este es otro Pacquiao o qué?”. Entonces empecé a revisarlo en Youtube y lo primero que vi fue que él siempre en las peleas entraba con una finta y metía el volado. Como mis peleas siempre son para adelante, yo hice todo el tiempo el amague de ir para adelante. Y lo esperé en la riposta. Ahí le gané.

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El boxeador colombiano Yuberjen Martínez

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

Entonces vino el español Samuel Carmona, para asegurar la medalla de bronce.
Y ese sí daba duro. Ese man me pegaba en la guardia y me temblaban eran los pies, ¡oiga! Y yo, “¡Hey, este man pega duro!”. Pero le metí dos buenas manos en el primer round y se lo gané. En el segundo dieron empate, y en el tercero, que definía todo, el profe me mandó a pelear para atrás y yo empecé a boxearlo: y ole, y ole, y ole, y me convertí en torero. Lo boxié y lo pasié y así fue como le gané al español.

Y entonces, a por la plata.
Yo ya tenía el bronce asegurado, así que el que durmió mal fue el profe.

¿Y por qué?
Porque nos tocaba contra el campeón mundial, Joahnys Argilagos, un cubano que el profe conocía bien. Ese pobre caminaba para arriba y para abajo, hasta que le dije: “Profe, vuélvase serio. Está nervioso usted y me va a poner nervioso a mí. Mejor relájese que ese man a mí no me va a ganar. Además, yo me preparé fue para él. A mí que me gana el que me quiera ganar, pero ese man a mí no me va a ganar”. Y el profe me dijo: “Usted tiene toda la razón”. Y así fue: en el primer round yo no encontraba a ese cubano por ningún lado, le mandaba con unas ganas bárbaras, pero se me salía, hasta que miré al profe y me dijo: “Tranquilízate, piensa”. Y ahí fue cuando me acomodé el fajón, respiré, me entró aire al cerebro, ¡y venga para acá que lo voy es a atender! Ahí ya no se me salió, así que le gané los tres rounds.

Y, entonces, por la de oro...

Sí. Me fui a pelear el oro con el uzbeko Hasanboy Dusmatov, pero a mí la pelea que más me desgastó fue contra el español, por la pegada. Ahí perdí.

¿Resintió mucho esas manos?
Sí, la manera como yo le bloqueaba… Y también me exigí mucho con el cubano, porque se movía mucho. Todo ese desgaste, más la poca recuperación –porque las peleas eran día de por medio y para mí todas fueron finales–, pues llegué agotado. Es que en todas dije: “Si pierdo aquí, no hay nada, no puedo ni reclamar, no puedo decirle nada a nadie”. Entonces todas fueron finales. Con el uzbeko el cuerpo ya no me respondía como yo quería y perdí la posibilidad de oro.

Luego se volvió a encontrar con ese mismo uzbeko en el mundial de Hamburgo, en agosto de 2017, y volvió a perder. Alcanzó para medalla de bronce, lo cual está muy bien.
Yo le tenía unas ganas terribles a Dusmatov. Pero él es un boxeador muy mañoso, difícil de descifrar. Me ganó la ansiedad.

Volvamos a Río. ¿Se soñó con esa medalla de plata?

Claro, yo quería mi casita.

¿Y finalmente le dieron la casa en Chigorodó?
Claro que sí. Se demoraron siete meses. Todo ese tiempo y yo no veía nada, ni un bloque, ni un ladrillo, ni nada, pero cumplieron. Claro que yo llamé a la ministra y otras veces al señor Ciro [Solano], del Comité Olímpico: “¿Cómo va mi casa?”. Había que estar en la jugada, porque a muchas personas les han prometido cosas, como a ese pesista de Apartadó que nunca le dieron nada. Entonces yo dije: “Conmigo van a hacer la misma”.

¿Quién vive ahí?
Mi mamá, mi papá y mi hermano. Y yo, cuando voy.

¿Usted pasa más tiempo en Bogotá, cierto?
Sí, porque estoy concentrado casi todo el tiempo con la selección nacional.

¿Salsero, reguetonero o champetero?
Todas tres. Todo lo que haga bailar. Es que siempre me ha gustado bailar y estar en movimiento. Yo soy muy inquieto, hiperactivo desde niño. El día que yo me quede quieto es porque estoy muerto.

¿Qué le dice la palabra chikunguña?
Así me dicen en la Selección Colombia porque allá soy peor. Allá está todo el combo y, como todos nos conocemos, la recocha no para ni en los entrenamientos. Es que ni los profesores se salvan.

¿Cuál es su frase de batalla?
Son dos. Una pregunta que le hago a la gente: “¿Qué dijiste, coroné?”. Y la otra: “Estoy más contento que político en Navidad”.

Siempre la alegría, ¿no?
Sí, claro. Porque la vida es como el cucayo: duro pero sabroso. De eso se trata, de gozarse la vida. Esa es mi ideología.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 68 - OCTUBRE 2017​

BOCAS 68 - YUBER

La risa de Yuberjen
Por Mauricio Silva Guzmán
Fotografía Pablo Salgado

Foto:

Revista BOCAS.

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