Santiago Cárdenas: el ilusionista

Santiago Cárdenas: el ilusionista

La obra de este artista, que nació en 1937, es una de las más sólidas del arte moderno colombiano.

Santiago Cárdenas BOCAS

El artista colombiano Santiago Cárdenas.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

19 de abril 2017 , 02:56 p.m.


Cortando muñecos de papel periódico, Santiago Cárdenas fue intuyendo que lo suyo era el arte.

Lo supo también cuando el amor por el dibujo fue más importante que las matemáticas y que la historia, y cuando descubrió la obra de Diego Velázquez y de Norman Rockwell en la biblioteca de su padre.

Es bogotano, hijo de dos payaneses: Margarita Arroyo y Jorge Cárdenas, y el mayor de seis hermanos (cuatro hombres y dos mujeres). En 1947, cuando tenía diez años, su familia se trasladó a Pelham, un suburbio a veinte minutos de Nueva York donde su padre, ingeniero civil y periodista, dirigió la revista Selecciones. En el colegio era el niño exótico que venía de Suramérica, pero también el estudiante que sobresalía en clase de arte.

Cuando terminó bachillerato, estudió arquitectura durante un año hasta que, gracias a la asesoría de un profesor, asumió definitivamente la vocación artística. Se graduó de la Rhode Island School of Design, en Providence, y luego realizó una maestría en Bellas Artes en la Universidad de Yale. En 1964 regresó al país y un año más tarde presentó una exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Fue profesor de dibujo y de pintura en la Universidad de los Andes, la Tadeo y la Nacional, donde también se desempeñó como director de la Escuela de Bellas Artes entre 1972 y 1974. En la Bienal de Coltejer de 1970 ganó el Premio al Mejor Artista Colombiano y en el Salón Nacional de Artes Visuales de 1976 el Primer Premio de Pintura por el cuadro La corbata y el gancho (por el que obtuvo $75.000). En 1977 recibió una mención de honor en la Bienal de São Paulo por un tríptico de tres pizarras y en 1994 el Premio Especial a la Trayectoria Artística en el Salón Nacional de Artistas.

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Santiago Cárdenas.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Uno de los primeros objetos que aparecieron en sus pinturas fueron los paraguas negros que, con asombro, veía suspendidos de los antebrazos de los señores bogotanos. Luego llegaron los ganchos, las corbatas, los pantalones, las pizarras, los sobres y los espejos, pero también los cartuchos, las rosas y las orquídeas. Con convencimiento, disciplina y gran refinamiento técnico ha desarrollado una obra sólida que cuestiona permanentemente al espectador sobre la realidad, la ilusión y el propósito de la existencia.

En más de cincuenta años de carrera artística se ha dicho que Cárdenas es un pintor de estilo norteamericano, que su obra es un referente del arte pop en Colombia, que es hiperrealista e incluso existencialista. Pero él no se casa con ninguna tendencia, rechaza cualquier vínculo con el hiperrealismo y sostiene que su arte es absolutamente colombiano y latinoamericano. Ha participado en más de 50 exposiciones individuales y colectivas, y sus obras se encuentran en importantes colecciones como la del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Museo Rufino Tamayo de México, el Museo de Arte Moderno de Santiago de Chile, el Museo Prints de Noruega, el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro y el Museo de Bellas Artes de Caracas.

En su casa, construida y diseñada por su hermano Alberto, tiene un amplio estudio bañado de luz. Hay lienzos por todas partes, libros arrumados, un paraguas negro colgado de un bastidor, un pequeño cuadro de una pizarra que lo acompaña desde hace dos años, un gancho, un vestido de hombre, un lienzo de gran formato con fondo verde y un cartucho en el centro en el que está trabajando, y decenas de pinceles, brochas y óleos.

Ha realizado varios murales y ha diseñado muebles, lámparas y la escenografía para la obra Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, que se estrenó en el Teatro Libre de Bogotá en 1987. Es tímido y generoso. Colecciona floreros, le fascina leer libros de historia y está dedicado a releer las novelas que lo han marcado, como Cuento de dos ciudades, de Charles Dickens.

Tiene tres hijos: María Cristina, filósofa, y Guillermo y Nicolás, ambos artistas. Nunca les dio una clase de pintura, pero les permitió estar en su estudio, jugar con los materiales y observar su trabajo. Guillermo lo define como un hombre disciplinado con un gran corazón y Nicolás como un ejemplo de ética, integridad y bondad. Ambos admiran esa capacidad que tiene para crear una ilusión en la que la gente quiere creer. Frente a sus cuadros, en los que la luz y el espacio son fundamentales, el espectador olvida que lo que está viendo es una pintura.

Me criticaban porque había toda una idea de que el buen artista debía ser bohemio. Fue cuando le contesté a Luis Caballero: 'Puede que yo me vista como cajero, pero no pinto como cajero'

A los 79 años, trabaja de nueve de la mañana a seis de la tarde en absoluto silencio. Su nombre y su pintura hacen parte de la historia del arte en Colombia, pero él lo asume con discreción. Sabe que es la obra la que debe hablar por el artista.

¿Qué lo motivó a ser artista?
Cuando yo tenía unos 14 años admiraba mucho a mi tía Mariana Concha, ella era muy buena pintora y estudió arte en Nueva York. Y también a Ester Cárdenas, una prima mayor que estudió en Florencia. Los modelos para seguir eran estas dos mujeres. Quería ser artista, pero no sabía lo que eso implicaba.

Sé que antes de asumir su vocación artística casi termina convertido en mecánico. ¿Cómo es el cuento?
En bachillerato hacían una serie de exámenes y entrevistas con consejeros académicos para decidir a qué nos íbamos a dedicar cuando saliéramos del colegio. Mi consejero me dijo que yo no servía para ir a la universidad, que tenía que ir a una escuela técnica a estudiar algún oficio como mecánica, que para eso podía ser bueno, para nada más. Me pareció rarísimo, claro que me gustaba hacer cosas con las manos, pero seguí insistiendo con el arte porque lo que más me gustaba era dibujar. Además, yo sí quería ir a la universidad.

Sin embargo, escogió arquitectura. ¿Por qué?

Pensé que no valía la pena estudiar arte porque en la casa ya me habían convencido de que uno no se podía ganar la vida con eso. Mi familia no estaba de acuerdo y convine con mis padres que estudiaba arquitectura, pero en un sitio donde también hubiera cursos de arte, por eso escogí Rhode Island School of Design. Estuve un año estudiando arquitectura y un día me llamó un profesor, que era mi consejero, y me dijo: “Cárdenas, usted el año entrante tiene que definir si continúa o no en arquitectura, ¿por qué no se mete en Bellas Artes?”. Le dije: “No, si aquí enseñan arte moderno, como Picasso y Matisse, y eso me parece espantoso”, pero él insistió porque yo era buen dibujante y tenía muy buenas notas. Me pidió que ensayara un semestre y me aseguró que si no me gustaba podía volver a arquitectura. Me pareció un trato buenísimo. Gracias a ese profesor terminé siendo artista.

Cuando terminó la universidad, tomó la decisión de prestar servicio militar. ¿Por qué?
Me gradué como pintor, pero no sabía qué hacer porque no había trabajos para artistas. Tuve un empleo dibujando tarjetas de Navidad en una imprenta y realizaba eventuales trabajos comerciales haciendo avisos de publicidad, pero nada de eso me gustaba. En el año 62, un primo entró al ejército y me pareció chévere, no había guerra en ese entonces y cuando me llamaron a filas, porque el servicio era obligatorio, dije por qué no. Me mandaron a Baumholder, Alemania, donde tenían una base militar muy grande, y estuve dos años en el área de transportes. Me entrenaron para manejar tanques y camiones, y terminé como chofer de un teniente. También me pusieron a hacer afiches para el ejército cuando se enteraron de que tenía talento artístico. Manejar tanques me gustaba, pero en general detesté el ejército, las órdenes, la disciplina, la estupidez de la milicia, contaba los días para poderme ir. Un día me enteré de que, si me aceptaban en una universidad para hacer un posgrado, me podían soltar antes de tiempo. Dije: “Esta es mi salida” y mandé mis papeles y dibujos a Yale University. Para sorpresa mía me aceptaron y les tocó darme de baja.

¿Cómo hizo para costearse la carrera en Yale?
Estaba parcialmente becado, así que trabajé esos dos años en diversos oficios, especialmente como mesero, repartí periódicos y lavé platos. También trabajé en un restaurantico en donde me daban las comidas si les ayudaba a organizar exposiciones con los trabajos de los estudiantes. Y viví con un amigo en una guardilla sin calefacción. En invierno me quedaba hasta la medianoche en la universidad y solo iba a dormir.

Santiago Cárdenas BOCAS

Una de las obras de Santiago Cárdenas.

Foto:

Cortesía de Santiago Cárdenas para BOCAS.

Entre sus compañeros de curso en Yale estaban Richard Serra y Chuck Close, ¿qué recuerda de ellos?
Los tres trabajamos en el restaurante de la universidad. Ellos lavaban platos y yo era mesero. Serra era un tipo muy inteligente, pero engreído y envidioso. Close era lo opuesto: extrovertido, agradable y sencillo.

Usted vivió el auge del expresionismo abstracto y el surgimiento del arte pop, por el que terminó inclinándose. ¿Qué lo atrajo de ese movimiento?
El expresionismo abstracto era un movimiento introspectivo contra la figuración, un derrame psicológico de las emociones. En cambio el arte pop me ofrecía la posibilidad de mirar el mundo como era y de aceptar que existían cosas y objetos. Para mí era la posibilidad de volver a hacer arte figurativo.

¿Por qué decidió regresar al país?
En el 64 me gradué y conseguí un empleo en una oficina de arquitectos de New Haven haciendo trabajos de diseño. Mis padres ya habían regresado a Colombia y, como exsoldado, estaba obligado a seguir prestando servicio militar si me llamaban. Además, la guerra de Vietnam ya estaba bien caliente. Decidí venir a Colombia y ensayar.

Edgar Negret fue determinante en esa primera etapa de su carrera. ¿Cómo se acercó a él?

Cuando estaba en Rhode Island me enteré de que el maestro tenía su taller en Nueva York y, gracias a un pariente lejano de Popayán, Juan y yo conseguimos ir a su estudio y conocerlo. Cuando llegué en el 65 lo llamé y vino a ver mi obra en casa de mis padres. Me aseguró que si quería darme a conocer Marta Traba tenía que ver mis cuadros. Me dijo: “Yo no soy muy amigo de ella porque tenemos nuestras diferencias ideológicas, pero soy amigo de Feliza Bursztyn y ella es íntima de Marta”. Feliza vio mi obra y llamó a Marta. A Marta le gustó y me pidió que hiciera una exposición en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, del que ella era directora. Yo estaba aterrado, pero le dije que sí. Marta me apoyó muchísimo, se podría decir que me lanzó.

Sin duda, usted fue uno de los preferidos de Marta Traba. También lo metió al mundo de la academia.
Marta manejaba todo. A ella la había llamado el maestro Roda, que era el director de la escuela de Bellas Artes de los Andes, porque se le había ido un profesor, Luciano Jaramillo. Me dijo que fuera a entrevistarme con Roda. Asistí y ese mismo día Roda me dijo: “contratado”, y me llevó de una vez al salón de clase. Así comenzó mi carrera como profesor universitario.

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Santiago Cárdenas.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿Qué lo seducía de la academia?
En el país se estaba formando una idea intelectual de lo que debería ser el arte. Se estaba entendiendo que el arte no era solo una disciplina para pasar el tiempo y decorar casas, sino una disciplina intelectual, filosófica y artística para pensar. Eso me entusiasmaba muchísimo.

¿Cómo fue esa experiencia en los Andes?
Fue mejor de lo que me imaginé, pues yo venía de Nueva York con una cantidad de ideas muy fuertes sobre lo que debería ser el arte contemporáneo. Era muy contestatario en ese momento y Roda era muy buen profesor, muy buen artista, pero un poco pesimista. Él pensaba que no se podía hacer nada y yo le decía: “Todo lo podemos cambiar, llamemos al maestro Rojas, a otros artistas importantes que ayuden a transformar esto, cambiemos el programa, pongamos un examen de admisión, casi todas son mujeres, atraigamos a más hombres”. Hicimos que todos los miércoles fueran artistas de otras universidades, especialmente de la Nacional, a discutir sobre arte. Eso cogió mucha fuerza y parece que no les gustó a los directivos de los Andes porque nos echaron y cerraron la escuela.

¿Qué no les perdonaba a los estudiantes?

Que no fueran a clase. No toleraba la vagancia, me parecía que la gente tenía que estar ahí trabajando, discutiendo, transformándose. No había tiempo que perder. Pero es tan difícil ser profesor, especialmente de arte. No hay nada que uno le pueda enseñar a la gente. ¿Cómo se enseña a ser artista? Uno como profesor lo que hace es tratar de estimular a un grupo a trabajar, a conversar, a alegar, a criticarse, de ahí salen las ideas y de ahí sale el arte.

¿Por qué cree que sus cuadros de mujeres en automóvil, con minifalda y gafas de sol causaron tanto impacto en la Bogotá de los años sesenta?
Aquí la mujer no se había liberado tanto y esas pinturas resultaron ser un poquito fuertes y lanzadas, pero yo no me daba cuenta de eso porque venía de Nueva York, donde la mujer estaba encontrando un espacio en la vida moderna. Cuando abrimos la Cooperativa de Artistas, los profesores me decían que eso estaba lleno de señoras que querían pintar. Pero para mí la mujer tenía la libertad no solo de ser ama de casa, sino también de ser artista. Era un mundo muy machista, algunas mujeres también lo eran.

Beatriz González alguna vez dijo que usted parecía un contador público juramentado y Luis Caballero que parecía un cajero de banco.

Me criticaban porque había toda una idea de que el buen artista debía ser bohemio. Fue cuando le contesté a Luis Caballero: “Puede que yo me vista como cajero, pero no pinto como cajero”.

¿Tuvo algún momento revelador en su formación como artista?
Siempre me gustó Miguel Ángel y, cuando era estudiante y estuve en Europa, fui a la catedral de San Pedro en Roma, donde está la Piedad. En esa época uno podía tocar la escultura y, cuando lo hice, tuve un shock tremendo porque me di cuenta de que eso lo había hecho Miguel Ángel hace 500 años. Si uno tocaba esa escultura le transmitía 500 o 2.000 años de historia. En ese momento supe que el arte era la máquina del tiempo.

¿Cómo logró conciliar ese gustó por la pintura de artistas como Miguel Ángel y Velázquez y la exigencia de novedad que hay en el arte moderno?
Cuando estaba estudiando había muchas preguntas filosóficas sobre arte. El arte moderno comenzó con Cézanne porque él, que se suponía era un mal pintor, se dio cuenta de que la pintura era plana. Eso transformó completamente la perspectiva del Renacimiento y me pareció interesantísimo. Uno ya no estaba ahí para copiar, sino para proponer y crear algo diferente. Pero a mí me parecía tan interesante el arte de Miguel Ángel y de Velázquez. Entonces pensé que a nadie se le había ocurrido que las tres dimensiones ilusorias podían salirse del cuadro. En lugar de que el espacio fuera hacia adentro podía crearse hacia afuera.

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Una de las pizarras de Cárdenas.

Foto:

Cortesía de Santiago Cárdenas para BOCAS.

Cuénteme la anécdota del cuadro Enchufe en la pared que presentó en la Segunda Bienal de Coltejer en Medellín en 1972.
Es un cuadro enorme y a la gente le parecía muy realista. Para comprobar que era una pintura iban y lo tocaban. En ese momento estaba permitido tocar la obra porque Marta Traba había dicho que la gente tenía que acercarse al arte. El cuadro terminó sucio, lleno de huellas y tuve que restaurarlo. Me pasó lo mismo con las tres pizarras que presenté en la Bienal de São Paulo. La gente pensaba que eran pizarras de verdad. Rayaron y escribieron encima de los cuadros.

¿Alguna vez le han devuelto un cuadro?

Varias veces. Recuerdo mucho a un señor que me devolvió una pizarra porque su señora dijo que no salía con la decoración de la sala.

Los cuadros de pizarras de alguna manera han marcado su obra. ¿Cómo surgió la idea?
Cuando era director de Bellas Artes en la Universidad Nacional mandé a poner una pizarra en la oficina para las reuniones de profesores. Una noche me quedé observando la pizarra y me pareció que era un cuadro y que yo debería pintarlo. Pensé que era imposible, pero esa misma noche pinté una pizarrita chiquita que se llama a, e, i, o, u. Un día llegó mi hermano Juan y, mientras estaba viendo mis cuadros, me dijo: “Tú deberías pintar algo como esa pizarra”. Le dije: “Pero es que esa es pintada”. Juan no lo creía y ahí me convencí de seguir ese camino. Pinté el cuadro sin pensar que lo estaba logrando y Juan me convenció de que lo había conseguido. Fue algo extraordinario.

¿Y los espejos?
Vienen de Velázquez, de ese gran espejo que hay en el cuadro de Las meninas. Pero todo es muy complicado, todo tiene una cantidad de fuentes que se van tejiendo y le van creando a uno estas ideas. Por eso pienso que el arte no puede ser ingenuo. Un espejo es un espejo, pero también es una cosa mágica. Alicia se mete en el espejo, pero yo he querido que mis espejos saquen al espectador del cuadro. El espejo te devuelve una imagen que está aquí afuera.

En sus cuadros siempre hay un halo de misterio, un puente entre lo real y lo ilusorio. Para usted, ¿qué tan importante es el misterio?
Todo es un misterio realmente. El cuadro no solo decora la pared, cumple una función de intervención del espacio físico. Esa es la importancia de la obra de arte, que evoca pensar en por qué está ahí. Si la obra evoca ese misterio es porque uno también lo evoca. Yo por qué estoy acá, quién soy y qué relación tengo con el mundo en que existo.

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Santiago Cárdenas.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Esa es una postura muy metafísica, ¿sigue alguna corriente espiritual?
Soy católico. Aunque el expresionismo abstracto estaba muy basado en el budismo zen y eso me influenció mucho. El mismo cristianismo también es un cuestionamiento de la existencia, todo el arte tiene mucho que ver con eso.

A finales de los años ochenta dio un giro en su pintura y comenzó una etapa muy colorida y de brochazos rápidos, por la que lo criticaron muchísimo. Hoy cómo ve ese momento.
Me regañaron mucho los artistas, Carlos Rojas me vació. Me decían que por qué estaba traicionando al arte contemporáneo regresando a artistas como Matisse y Picasso. Pero yo quería estudiarlos, no copiarlos, y saber por qué hicieron lo que hicieron, ¿por qué el mundo puede ser verde, rojo o naranja? Parecía un retroceso, pero tenía que hacerlo sin importar lo que dijeran.

Usted ha sido muy fiel a la técnica del óleo. ¿Por qué?
El óleo es muy difícil de manejar, pero tiene una maravillosa supervivencia en la historia. Se inventó en el Renacimiento y no ha sido superada como técnica en cuanto a su permanencia, su color y su calidad como materia sobre un soporte. Lo que pasa es que la técnica no es una cosa que se aprenda o se enseñe en la escuela. La verdadera técnica de un artista es la que él mismo se inventa, basándose en lo que la historia le ha enseñado.

¿Cómo es su proceso de trabajo?
Ahora pinto más que antes. Antes llegaba de la universidad, comía y me quedaba pintando hasta las dos de la mañana, pero la luz es clave y había cuadros que por la mañana se veían de otro color. Ahora solo pinto de día. A las nueve de la mañana ya estoy en el taller y a las seis de la tarde paro. Casi nunca hago bocetos, generalmente voy directamente a trabajar el cuadro. Primero lo siento y luego me pongo a pensar, dejo que llegue la idea. Arranco y, a medida que voy trabajando, me voy armando de fuerzas que me van indicando qué tengo que hacer, pero siempre es una lucha. La vida de un artista es muy dura. Lo más duro es ganarse la vida.

¿Cómo es vivir en una familia llena de artistas?
Es una tragedia familiar. Nos criticamos, se comentan mucho las obras, se habla mucho de arte, es interesante por ese lado. Con Juan la relación ha sido muy buena. Opinamos de ambas obras y eso es muy fructífero. Yo digo que aunque yo soy mayor ahora Juan es más viejo. Y mis hijos de vez en cuando me piden consejo y me muestran su trabajo. Ellos todo el tiempo se meten en mi taller y miran lo que estoy haciendo. Aprecio mucho las críticas de ellos porque sé que me las hacen de buena fe, aunque la crítica de mala fe a veces es la mejor de todas. La crítica de la gente que realmente lo detesta a uno es la que dice las verdades más duras.

¿Qué crítica dura recuerda?
Especialmente duras eran las de Antonio Montaña. Él tenía una columna en EL TIEMPO en la que firmaba como Camilo Solvente. En todas las críticas que hacía de las exposiciones en Bogotá me metía. Me cogió pique. He tenido muchas críticas. Ahora no porque lastimosamente ya nadie hace crítica en Colombia.

Hace mucho andan diciendo que en el arte contemporáneo no hay cabida para la pintura. ¿Usted qué cree?
La pintura lo lleva a uno a muchas partes y mientras la gente tenga paredes en las casas no se va a morir, siempre habrá un muro donde pintar algo.

En diciembre cumple ochenta años, ¿cómo piensa celebrarlos?

No creo que haga nada especial. Si llego a los ochenta celebraré tomándome un whisky con mi familia.

MARÍA ALEXANDRA CABRERA
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 61 - MARZO 2017

BOCAS 61 - Cárdenas

"El ilusionista". Entrevista a Santiago Cárdenas publicada en BOCAS.

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Revista BOCAS

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