El legado de Arturo Calle a su hijo Carlos Arturo

El legado de Arturo Calle a su hijo Carlos Arturo

Es médico, pero su futuro estaba al frente de la marca de su padre. Ahora es el CEO de Arturo Calle.

Calle portada

Viste de pies a cabeza con Arturo Calle, pilotea con frecuencia un bimotor, se lanza a bucear desde su propio yate, prepara paellas y tiene 5.500 personas a su cargo.

Foto:

Ricardo Pinzón

06 de marzo 2017 , 05:34 p.m.

Lo primero que llama la atención es que se refiere a su padre como “Don Arturo”. Pero así sucede en el trabajo, explica, en donde las jerarquías laborales importan. Por fuera, cuando los reúnen las celebraciones familiares o se ven por cualquier otro motivo, es simplemente “papá”. (Lea también: Arturo Calle habló de su juventud, a 50 años de la marca que creó)

Y ese papá es nada menos que Arturo Calle, sin duda el nombre más conocido en Colombia en lo que se refiere a ropa masculina. Creador de un verdadero emporio hecho a punta de pulso y trabajo, el fundador de la dinastía aun acude todos los días a su oficina ubicada en el piso once del imponente edificio al norte de Bogotá, que remplazó las espartanas instalaciones de la zona industrial de la capital en las que tantos años pasó.

En algún momento se asoma al sitio de la entrevista a charlar un rato y señala que ya no tiene que ver con el día a día de la empresa, que cuenta con 78 almacenes en Colombia, tres en Costa Rica, dos en Panamá, uno en El Salvador y otro por abrir, el próximo año, en Guatemala. Ahora las decisiones y el porvenir de 5.500 empleados recaen en los hombros de Carlos Arturo, su hijo mayor, quien lleva a su lado más de un cuarto de siglo. (Además: La expansión de Arturo Calle vale $ 23.000 millones)

Carlos Arturo Calle. Foto Ricardo Pinzón.

Carlos Arturo Calle. Foto Ricardo Pinzón.

Foto:

Hace tres décadas habría sido difícil creer que este ejecutivo de 56 años acabaría manejando la compañía familiar. A fin de cuentas, por ese entonces era un médico que venía de terminar rural y residencia y cuya especialidad soñada era la ortopedia. Pero cuando se dio cuenta de que su futuro estaba en la venta de confecciones, el doctor Calle volvió a empezar de cero como estudiante de Administración de Empresas en jornada nocturna.

Se ve totalmente a gusto en el cargo para el cual se preparó durante tanto tiempo. Viaja buena parte del mes, ya sea visitando proveedores, escogiendo materiales o definiendo la colección de la temporada que viene. Vestido de pies a cabeza de la marca que maneja, es más audaz que su progenitor a la hora de escoger la pinta del día, la misma que seguirá creciendo en los años por venir y que debería ampliar su portafolio a la ropa femenina, un proyecto que lleva años dando vueltas en la firma.

Dice que se desconecta volando un bimotor, el cual pilotea cada vez que puede. Casado un par de veces, con dos hijos mayores y otro más joven, afirma que lo suyo no son las fiestas sino las comidas en casa, en las que a veces prepara una paella de la que se siente orgulloso. Sobre ese y muchos otros temas, Carlos Arturo Calle habló con BOCAS, mientras a pocos metros de ahí lo esperaban los ejecutivos del grupo para un almuerzo casero en el que no podía faltar la presencia de “Don Arturo”.

El éxito de los almacenes Arturo Calle les hace pensar a muchos que siempre lo rodeó la prosperidad. ¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

Nosotros éramos una familia de escasos recursos económicos. Recuerdo una Navidad en la que yo le había pedido al Niño Dios una bicicleta y no me la pudo traer. Yo me puse a llorar y a llorar tanto, que mi papá se acerca y me dice: “Mira, te voy a contar una cosa, el Niño Dios soy yo y no tuve para comprarte la bicicleta”. Por esa época mi papá trabajaba todos los días y desde que tengo memoria en las vacaciones de Navidad le íbamos a ayudar, primero limpiando el almacén. En esa época se le echaba al piso como un aserrín con agua y entonces eso se barría y se trapeaba.

¿Era el Dante?

Se llamaba Danté, con tilde en la é. No me acuerdo del primer almacén que estaba en San Victorino.

Y ese, ¿dónde quedaba?

En la Jiménez con 13, subiendo. Era muy particular porque sacábamos muchos productos a la acera. Nos ponían puestos, incluyendo uno para que no se robaran las corbatas porque estaban después de la vitrina, entrando. Ayudábamos a cuidar y surtir: que hacía falta una camisa y entonces la traíamos de la bodega que quedaba en el mismo almacén pero en la parte de arriba. Mejor dicho, se ayudaba en lo que se podía y se trabajaba toda la Navidad.

Cuando habla de nosotros, ¿a quién se refiere?

Iniciaba yo, después Martín Enrique y después Juan Manuel. Los tres en esa época trabajábamos desde por la mañana como hasta las cinco o seis de la tarde. Después nos íbamos para la casa, en esa época se tiraba pólvora y entonces nos íbamos a jugar con totes y otras cosas. Cuando pasaba la Navidad nos íbamos a la finca de mi abuelito por el resto de las vacaciones.

¿Dónde vivían en esa época?

Teníamos un apartamentico pequeño en la 48 con 13, cerca de la clínica Marly. Mi papá era muy orgulloso de muchas cosas, pero una de las que más le enorgullecían era tener nevera, que era importantísimo en esa época. Entonces la teníamos en la sala para que todo el mundo la viera. Fue un periodo de muchas limitaciones, pero nos divertíamos y pasábamos muy bueno. Cuando se podía íbamos al mar, por supuesto en carro, a El Rodadero en Santa Marta.

¿La vida giraba en torno al almacén?

Siempre. Yo estudiaba en el Gimnasio Moderno, ahí me gradué y recuerdo ver que mi papá tenía un negocio y después montaba otro y otro. Pero uno era chiquito y no le veía la dimensión. Después, cuando fui ganando años, empecé a darme cuenta de lo que había hecho. Pero, a decir verdad, el crecimiento no fue muy grande en la primera etapa. Cuando yo comencé, hace 28 años, había once almacenes, o sea que la empresa duró más de dos décadas para llegar hasta ahí.

¿Cuándo se dio cuenta de que ya había para comprar la bicicleta?

Pasarían unos tres años, y me acuerdo mucho de esa bicicleta. Estábamos festejando la Navidad en la casa de un amigo y el Niño Dios –que yo ya sabía quién era– nos trajo bicicleta a cada uno. Era tanta la ansiedad que los dos dormimos amarrados a la bicicleta, porque después de tanto tiempo de espera no se podía perder. Esa anécdota refleja el desarrollo de la empresa y la economía de la familia, en la que nunca se pasó hambre, pero sí había unas restricciones. Poco a poco, las limitaciones fueron menos. Entonces ya no se viajaba a la costa en carro sino que se iba en avión…

¿La rutina de ir a trabajar a los almacenes siguió después del colegio?

No. Yo quería estudiar Medicina y me dediqué a eso. Además me casé muy joven, cuando estaba comenzando la universidad. Iba y colaboraba de vez en cuando en los almacenes, pero no me quedaba mucho tiempo. Después vino el rural en La Mesa [Cundinamarca] y el internado en Tunja y ambos los disfruté muchísimo. La verdad es que estaba en lo mío.

¿Qué pasó después?

Terminé la carrera y abrí un consultorio en la 71 arribita de la Caracas, como médico general, pero yo quería estudiar ortopedia. Hacía los exámenes de ingreso de la empresa, veía a los tres o cuatro familiares que uno tiene y el amigo que necesitaba una consulta. Plata, no se ganaba nada. Me sobraba tiempo y comencé a colaborar aquí, pero no como empleado sino yendo a algunas juntas o haciendo cosas paralelas. Entonces el gerente comercial, que es Jorge Caballero, empezó a hacerme más encargos y ese “viene y me colabora” resultó en que era cada vez más la empresa, menos la medicina y menos la preparación para la especialización en ortopedia.

¿Cuándo decidió dar el salto?

Con el paso del tiempo decidí que lo que iba a hacer era tomar unos cursitos de derecho, de contabilidad. Entonces, a través de mi papá, le pedimos una cita al rector de la Universidad Javeriana, que era el padre Arango. Cuando llegué le dije: “Vea tengo este problema, soy médico, me acabo de graduar y me está sucediendo esto”. Él me escuchó y empezó a contarme de la gente que estudió una carrera y se dedicó a otra cosa completamente diferente con mucho éxito. Así que le dije: “Listo padre, perfecto, estoy de acuerdo con usted, lo voy a hacer, quiero los cursos que estoy diciendo”. Me dijo que tenía que hacer la carrera completa, a pesar de que yo le insistía que llevaba ocho años estudiando medicina, para meterme otra vez cinco años a clases...

¿Y qué pasó?

Después de muchas negociaciones logré que me eximiera de tomar ética porque ya la había visto. Salí a la oficina de admisiones y cuando le dije a la señorita a qué iba me dijo: “No señor, usted está equivocado, eso ya se venció hace mucho tiempo”. Llamó al padre Arango y ya al mes empecé en administración en el horario nocturno.

¡Qué cambio…!

Enorme. Para comenzar, me fui a trabajar a un almacén y roté por todos los que había en esa época, como vendedor, ganando comisión por ventas. La única diferencia es que yo trabajaba hasta las cinco y media porque a las seis tenía clase, que se acababa a las diez de la noche. Los sábados tenía clase de ocho de la mañana a doce del día, y salía de la clase a trabajar por la tarde. El único día mío era el domingo que, era el de descanso, pero había que hacer trabajos para la universidad. Entonces fueron cinco años muy difíciles.

¿No tuvo dudas?

Me sucedió una cosa muy particular. Empecé por un almacén de calzado, en el cual lo usual era sentarse en un butaco a medirle el calzado al cliente. Me acuerdo que llegó una persona que era obesa, le puse los zapatos, le vendí los zapatos y cuando se fue me pregunté: “¿Yo qué estoy haciendo acá?”. Pocos meses atrás había sido en más de una ocasión director encargado del hospital de Tunja y ya estaba acostumbrado a eso de “doctor” y “doctor”. Y uno se cree el cuento. Entonces le dije al administrador: “¿Me hace un favor? ¿Me da cinco minutos para ir a tomarme un café?”. Fui y me senté a pensar en eso, y me di cuenta de una cosa: que yo no estaba ahí para vender zapatos, porque, para eso, seguía en la medicina; me di cuenta de que tenía que vender zapatos para poder manejar la empresa, que todo formaba parte de un proceso. Entonces así lo hice, y de cada almacén yo le presentaba a don Arturo un informe de lo que pasaba.

¿Y la universidad?

Lo otro que pasó, que fue igual de impactante, es que después de años de Medicina uno cambia completamente su mentalidad, pues estudia unos temas completamente diferentes. Entonces llegué a la primera clase, que fue de matemáticas. El profesor puso en el tablero siete u ocho ecuaciones y dijo: “Listo, resuelvan eso”. Yo miré ese tablero y me preguntaba: “¿Eso qué es?”. Cogí la hoja, las copié, coloqué una raya y firmé. Cuando se paró el primero, seguí yo y entregué la hoja en blanco. Cuando voy saliendo y me dice: “Señor Calle, venga para acá”. Y me preguntó: “¿Qué significa esto?”. Le dije: “Doctor, vea, lo más parecido que yo he visto en los últimos siete años en mi vida ha sido un parcial de orina y no tiene nada que ver con lo que usted puso”. Es que no tengo ni los recuerdos de esas matemáticas.

¿Cómo hizo?

Me dijo que empezara de cero y que comprara otra vez el Álgebra de Baldor. Yo estudiaba los capítulos que él me decía y los del libro de la clase, antes de que la dictara. Entonces empezó un reto personal porque yo no quería ser bueno en matemáticas, sino el mejor en matemáticas. En esa época saqué 4,7 sobre 5 y de ahí ya siguió la carrera de administración. Nunca olvidé una conversación que tuve con el padre Arango en la que me dijo: “En el futuro usted puede ser el gerente de la empresa y la gente va a decir: ‘¿Y ese señor por qué está ahí?’, y todo el mundo va a responder que es el hijo de don Arturo y punto: ‘Es médico, es una pelota, no sabe absolutamente nada, pero es el hijo de don Arturo’”. Y añadió: “Pero usted puede demostrar que tiene todo para ser un administrador de empresas y ser el gerente porque se lo tiene merecido”.

Carlos Arturo Calle. Foto Ricardo Pinzón.

Carlos Arturo Calle. Foto Ricardo Pinzón.

Foto:

¿Qué pasó después de que rotó por los almacenes?

Tal vez el periodo de aprender más. Don Arturo tenía su escritorio y al lado me puso un escritorito en el que cabían la calculadora y unas hojitas. Yo entraba a trabajar con él y salía de trabajar a la misma hora que él. Más allá de los oficios que tuve, lo importante es que aprendí a pensar como Arturo Calle, aprendí cómo atendía a la gente, cómo atendía al proveedor, cómo atendía al cliente, cómo negociaba, cómo compraba, qué compraba, qué no compraba, qué le gustaba. Estuve ahí año y medio o dos años al lado en ese escritorito, oyendo todo, todas las conversaciones de la empresa. Entonces lo que sirvió mucho de esto es que de una manera práctica yo tuve la posibilidad de conocer a Arturo Calle jefe, el que maneja la organización y cómo la maneja, cuáles son los principios fundamentales y qué se debe hacer y qué no se debe hacer. Es difícil de creer, pero él me llama y mientras voy caminando, ya sé lo que me va a preguntar.

¿Cómo fue la evolución?

Le colaboraba en toda la parte administrativa y poco a poco me fui metiendo más en las compras y así fue delegando muchas de las tareas que él hacía, siempre supervisado, digamos también cada vez menos supervisado.

¿En qué se diferencian?

Él tiene un feeling, es muy intuitivo. Yo soy más analítico, más de presupuesto, más del número. Él es mucho más tranquilo, mucho más metódico, lleva las cosas diferente, y eso a mí me ha servido porque yo era más explosivo antes, más impulsivo. Con el tiempo me he dado cuenta de que las cosas se pueden solucionar no “ya-ya”, sino que se puede esperar un momento, pensarlas, retomarlas y mañana resolverlas. Él no se deja presionar, no toma decisiones en caliente.

¿Negocia duro?

Con una sutileza impresionante. Recuerdo que quería tener un almacén en Cali en un sitio preciso que estaba ocupado. Cada rato llamaba al señor a decirle que le compraba el almacén y la respuesta era no. Un día le dijo que por qué no lo invitaba a tomarse un tinto a la oficina, un sábado. Esta persona le dijo “Don Arturo, con mucho gusto, pero yo no estoy interesado en vender el negocio”. Llegamos a Cali en el vuelo de las siete de la mañana y nos fuimos a verlo. Lo primero que le dijo fue: “Don Arturo, nuevamente me da pena con usted, le insisto en que no estoy interesado en vender el negocio, no toquemos el tema porque está cerrado”. La respuesta fue: “No hay ningún problema”. Y empezó a hablar de cosas: “Cuénteme de su familia, cuénteme una cosa…”, cuénteme por aquí, cuénteme por allá; y cuando el señor le estaba contando todas sus historias, mi papá sacaba una cifra o hacia un comentario. Para no hacer largo el cuento, Don Arturo le organizó el negocio y le demostró que podía vivir mejor y más tranquilo. Conclusión, de un señor que lo primero que decía era que no, nos montamos en el vuelo de la una de la tarde habiendo cerrado la compra un negocio en Cali.

¿Alguna vez pensó en renunciar?

Una vez tuvimos una discusión, pero nunca pensé en renunciar a la empresa. ¿Por qué renunciar a algo que es mío? Una vez me llamaron de una compañía que está aquí en el país, muy grande, para que me fuera en muy buenas condiciones, pero no me fui porque yo estoy trabajando para mi empresa no para la empresa de otro.
Hay ciertas decisiones en las que ustedes se toman su tiempo…

Lo que pasa es que en Arturo Calle no existe el afán de tener más plata. Cuando el objetivo no es tener plata, sino crecer bien, entonces uno se toma tiempo para pensarlo. Hay dos ejemplos que son claros: el lanzamiento de la línea Kids, que no era evidente porque todo el mundo esperaba que nos fuéramos por la femenina. Y lo segundo fue salir al exterior. Hubo muchos debates frente a eso. Él, al principio, no estuvo de acuerdo, no le creyó mucho al proyecto, y como aquí no es “yo impongo”, sino “venga, sentémonos y vamos a dialogar el tema”, en eso nos tomamos un tiempo hasta que él dijo: “Bueno, listo”.

¿Sin esa luz verde no se habría hecho?

Así es. Lo más complicado de trabajar con el papá y con los hermanos es que uno tiene que saber que aquí en la empresa está es don Arturo Calle, el dueño del aviso, el jefe. Punto. Ahí no hay nada qué hacer. Puedo pensar yo o no pensar, eso no interesa, si el señor dice: “Hágase blanco” y yo en contravía... Pues le hago blanco porque él es el jefe y punto.

¿Y por fuera?

Le digo: “Papá, no estoy de acuerdo contigo en esto”, y ahí hablamos. Pero tiene que haber esa claridad de que el señor es el jefe, porque lo que yo veo es que en muchas partes eso se une. Aquí no es así y a mis hermanos les tengo a veces que decir las cosas en la empresa como jefe. ¿Por qué? Porque yo considero que no. Los argumentos son válidos y todo, pero yo estoy viendo que para la empresa no es bueno y por eso lo hacemos de esta forma. Pero esas “diferencias” en el trabajo no se pueden volver familiares, ni tampoco las diferencias familiares se pueden traer al trabajo. Es una regla de oro que tenemos aquí.

¿Tienen protocolos?

He visto empresas que son manejadas por familias donde se acaban las familias y la empresa, donde en las juntas se levantan la mano. Aquí esa parte la tenemos absolutamente clara. Entonces ya hemos llegado a acuerdos familiares, sobre qué tiene que tener un nieto para trabajar aquí. El mensaje es que así sea hijo del que sea, tiene que cumplir con unos requisitos.

Usted mira a Zara, ¿y qué le produce?

Admiración. Es una firma que realmente ha hecho las cosas bien, tiene un sistema de logística envidiable, que nos ha llevado a nosotros a modernizarnos en ese campo y hacer grandes inversiones. Lo que uno ve en ellos es un ejemplo a seguir.

¿Cuál es su fascinación por los aviones?

Para mí volar es como el momento de relajación total. Hay dos cosas que me fascina hacer porque me relajan: volar y bucear. El solo hecho de montarse al avión y volar es una sensación indescriptible.

¿Cada cuánto lo hace?

En la medida de lo posible. Lo ideal sería hacerlo cada ocho días, pero a veces no lo logro por los viajes. Eso me gusta de ir a Centroamérica o a los almacenes que tenemos en Colombia fuera de Bogotá, que me voy piloteando. Cada vez que me monto en el avión, me siento en total libertad

¿Cuál es su mayor extravagancia?

Tener un yate. Fue precisamente por mi papá, que compró un yate, que me empezó a gustar el tema; viajando con él. Uno empieza a ver que si en esta vida uno puede disfrutar de joven, en algunas cosas lo hace. Pero no solamente fue una extravagancia comprarlo, sino mantenerlo, que es otra extravagancia.

Y no poder usarlo muchas veces…

Esa es la mayor, porque pueden pasar meses sin que yo vaya a Cartagena. Cuando uno viaja tanto lo que quiere el fin de semana es quedarse en la casa.

¿Receta como médico?

Ya no porque sería una irresponsabilidad.

Y cuando llega alguien y dice: “Tengo una gripa…”

Las cositas sencillas, sí. En todo caso, voy donde los médicos sin decir que soy médico y cuando en una conversación tocan el tema de medicina, yo me quedo callado. No receto porque no estoy en el día a día y entonces me atengo a lo básico. Y no cuento lo que estudié para que me atiendan como paciente. Además, no me meto en los temas de medicina, porque la gente es muy emotiva y todos saben mucho. ¿Para qué uno se mete en la mitad de una conversación a decir: “Mire, está completamente equivocado”?. ¿Para qué se tira el paseo? Oigo todas las barbaridades que dice la gente y eso no me molesta.

¿Qué placeres sencillos disfruta?

Me gusta cocinar y el plato que me gusta hacer es la paella. No soy una persona a la que le guste mucho salir. No lo hago porque me levanto muy temprano, faltando un cuarto para las cinco más o menos. Entonces a las ocho de la noche estoy dormido. En mi casa suena un teléfono a las nueve y media y yo me levanto asustado a ver qué pasó, cuál fue emergencia. Solamente el fin de semana voy a un restaurante.

¿Sabe pegar un botón?

Aprendí cuando trabajé en la fábrica donde hice algunas labores, incluyendo la de planchado. Aclaro que fue con máquina especial para pegar botones. Conozco de confección, ¿pero hacerlo yo? Para nada, no tengo esa experiencia.

¿Qué es lo mejor de Arturo Calle?

La gente que trabaja en Arturo Calle. Hay una particularidad y es que nadie puede decir, per se, que hizo algo. En muchos casos aquí no se contrató a ningún supergenio traído de cualquier parte del mundo para que nos dijera algo, sino que se creó un grupo de trabajo para analizar un tema. Pero lo que más destaco es que aquí cada cual le mete amor a lo que hace, desde el que fabrica hasta el que vende. Es increíble que un país hable bien de una firma, pero es el resultado del cariño de los clientes que se sienten bien tratados. Esa es nuestra apuesta.

RICARDO ÁVILA
FOTOS RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 57 - OCTUBRE 2016

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA