'En Colombia es más fácil hacer la guerra que la paz': Pablo Catatumbo

'En Colombia es más fácil hacer la guerra que la paz': Pablo Catatumbo

Una entrevista de la revista BOCAS con uno de los principales miembros del secretariado de las Farc.

Pablo Catatumbo - REVISTA BOCAS

Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, pasó cuarenta años en las Farc e hizo parte de la mesa de conversaciones en La Habana.

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Diego Santacruz / Revista BOCAS

23 de junio 2017 , 12:22 a.m.


El fusil es, para el guerrillero, un objeto preciado. Durante todos estos años de guerra, ya fuera en el páramo o en un morichal en la llanura, ningún combatiente se iba a dormir a su caleta sin desarmar el fusil, pasarle un trapo por sus partes y revisar el funcionamiento de sus mecanismos. Ver limpiar a un guerrillero su arma es un acto que raya en lo invasivo: es un acto íntimo entre el hombre y el objeto del que depende su vida. No en vano, perder el fusil, refundirlo, incluso desatenderlo, fue siempre castigado entre las filas de las Farc.

El día que me encontré con Pablo Catatumbo, no llevaba el fusil al hombro. Tampoco el camuflado. Camisa azul pegada al cuerpo por el calor y jeans holgados, la misma pinta corriente con la que asistió durante cuatro años a las rondas de negociación en el Palacio de Convenciones de La Habana. Catatumbo estaba desarmado. Descansaba en una casa campestre a las afueras de Cali, luego de una visita al médico por la que se había retirado de la Zona Veredal de Transición y Normalización de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, donde hoy pasa buena parte de su tiempo.

Ha de ser difícil para un guerrillero que, como él, lleva cuatro décadas empuñando un arma para garantizar su supervivencia en la guerra, saber que en pocas semanas estará entregando el fierro, destinado a ser fundido para convertirse en monumento, para luego someterse, como todo colombiano, a la seguridad que debe garantizar el Estado.

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Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo.

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Diego Santacruz / Revista BOCAS

En eso pensaba cuando lo vi, sentado como cualquier hombre que, pasados los sesenta, comienza el lento tránsito a la vejez. Catatumbo me saludó con amabilidad, pero de entrada lo noté sobrio y sombrío. Dos días atrás, la Corte Constitucional había tumbado dos importantes disposiciones del Acto Legislativo para la Paz, que le permitían al Gobierno vetar las modificaciones que el Congreso le hiciera a las leyes que reglamentarán los acuerdos de La Habana. Al comienzo, el país político recibió con pánico la noticia, para luego entrar en modo optimista y asegurar que, así como con el triunfo del “NO”, la decisión de la Corte dotaría de mayor legitimidad al acuerdo, al permitir que otras fuerzas políticas intervinieran en su proceso de reglamentación.

Pero para el Catatumbo desarmado que yo tenía al frente, la decisión de la Corte significaba, por encima de todo, un enorme peligro, pues, como en el resto de los puntos, sometía al vaivén político del Congreso las disposiciones de garantías de seguridad que se habían pactado en La Habana. “La paz es un acto político, no jurídico”, me dijo cuando, después de saludarlo, le pregunté por el tema. Y sin que hubiera tiempo para prender la grabadora comenzó a recitar la larga lista de nombres de líderes y guerrilleros, de Rafael Uribe Uribe a la Unión Patriótica, pasando por Guadalupe Salcedo y el estado mayor de las guerrillas, asesinados en Colombia tras la firma de acuerdos de paz. Para él, la Corte le había abierto un boquete de consecuencias imprevisibles a un pacto que había sido cuidadosamente negociado entre dos partes.

Así comenzó una larga conversación con Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo, quien perdió a su padre en un accidente de tránsito cuando tenía once años y siguió a su hermano a las filas de las Farc cuando apenas salía de la adolescencia. Formado políticamente en el Komsomol, la Escuela Internacional de la Juventud Comunista en Moscú, Catatumbo es, además de comandante, un lector voraz de historia y ficción y puede en una misma conversación hablar del asesinato de Antonio José de Sucre y de las novelas de espionaje de Frederick Forshyre, del que, dice, aprendió buena parte de lo que sabe sobre inteligencia militar.

Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve. Teníamos la idea de que después de estar listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana.

En la guerra, Catatumbo llegó a ser comandante del Bloque Occidental Comandante Alfonso Cano. Fue el responsable de convertir el cañón de Las Hermosas, en el sur del Tolima, en una fortificación militar de las Farc en los años noventa. Fue el que lideró la destrucción de infraestructuras eléctricas y petroleras, el que comandó repetidos ataques a estaciones de policía en municipios del sur de Colombia, el que planeó el secuestro de los diputados del Valle del Cauca y el que organizó innumerables emboscadas al Ejército a lo largo de tres décadas. En la paz tuvo un papel central, no solo como punto de contacto de las Farc con los gobiernos Uribe y Santos –como bien lo relata en detalle Henry Acosta en su libro El hombre clave (Editorial Aguilar, 2016)–, sino como uno de los miembros de la mesa de diálogos durante casi cuatro años en La Habana.

¿Cómo vislumbraba usted el futuro cuando ingresó a las Farc? ¿Alguna vez se imaginó que se iba a pasar toda la vida en la selva?
Uno tenía una idea muy romántica de la revolución. En la experiencia de todos estaba muy presente Cuba. Los guerrilleros rasos pensábamos que esto era algo muy breve, tres años, como Fidel. Teníamos la idea de que después de estar fuertes, preparados y listos para el combate, el pueblo nos apoyaría y que se repetiría la experiencia cubana. En pocos años debía ser posible derribar el sistema.

Evidentemente nada de eso ocurrió. ¿En qué momento cree usted que la guerrilla perdió la simpatía de la gente?
Yo no creo que hayamos perdido la simpatía. Siempre tuvimos mucho apoyo de la población en las regiones donde nosotros actuábamos. De otra manera no habría sido posible que superviviéramos por más de 52 años. El problema fue que el adversario entendió que había que romper esa ligazón entre el pueblo y las guerrillas, y comenzó a golpear ahí a través de la guerra sucia. Fue una estrategia perversa basada, por ejemplo, en asesinar dirigentes populares y líderes que tenían cierta simpatía con la guerrilla. Yo creo que esa estrategia hizo que la guerra en Colombia comenzara a degradarse.

Pero ustedes también emprendieron acciones que degradaron la guerra…
La guerra siempre afecta a la población civil, pero hay unos que afectan con unas intenciones y otros con otras. La intención nuestra nunca fue la de hacer daño. Pero de hecho se hace daño en la guerra. Si usted va y ataca un cuartel de policía, pues obvio que le causa efectos a la población. Por eso le decíamos al Gobierno: hombre, si vamos a hacer una confrontación, si ustedes nos van a declarar una guerra como la que han declarado, saquemos los cuarteles de la policía del centro de los caseríos. Pero la estrategia del Estado siempre fue la contraria: construir cuarteles en el centro de las plazas, al lado de las escuelas, al lado de los hospitales, para que, cuando atacáramos, siempre resultara afectada la población civil. Eso fue una estrategia perversa, realmente.

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Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo.

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Diego Santacruz / Revista BOCAS

La guerra también cambió sus dinámicas con la aparición del narcotráfico, ¿cuál es su primer recuerdo de la aparición del narcotráfico en el conflicto?
Yo conocí el narcotráfico desde que nació. Estando yo en el Frente 27, por ahí en el 86, llegué a una región que se llama Piñalito, en Vista Hermosa, Meta, y me sorprendió que estaba llena de marihuana. Con el tiempo me enteré de que a esa región había llegado un narcotraficante que se llama Caro Quintero, mexicano. Los campesinos me contaron que ese señor llegó allá con una avioneta cargada con bultos de dólares y bultos de semillas. El tipo se bajó de la avioneta, repartió dólares y semillas y les dijo: “Siembren eso que yo dentro de dos años vengo y les compro”. También les regaló uno o dos tractores. En esa época el peor insulto que le podían decir a uno es que era marihuanero. Nosotros comenzamos una labor de pedagogía con los campesinos y combatimos muy fuertemente eso.

¿Se castigaba con pena máxima a los campesinos? ¿Los fusilaban?
Sí, hasta con pena máxima se castigaba. Pero luego los campesinos nos convencieron: “¿Ustedes por qué nos persiguen, si esto nos da de comer a nosotros? ¿Qué más hacemos aquí si no hay carreteras, no hay posibilidad de mercado? En cambio este señor llega...”. El tipo volvió a los dos años con otro avión cargado de plata y ya no trajo semillas de marihuana, sino semillas de coca. Ahí nació la coca en esa zona y se extendió por el Caquetá, por los llanos del Yarí. Recuerdo que en aquella época, ese que llamaban el Mexicano, Gonzalo Rodríguez Gacha, era un arriero en Vista Hermosa, un tipo próspero, tenía como treinta mulas. Ahí fue donde se produjo ese empate entre ellos dos. Caro Quintero, cuando se fue, lo dejó a él como encargado y eso se plagó de narcotráfico.

¿A usted le alcanzó a tocar Tranquilandia, el famoso megacomplejo de cristalización de cocaína de Rodríguez Gacha?
A mí me tocó asaltar Tranquilandia.

¿Cómo fue eso?
Nosotros fuimos los primeros que asaltamos a los campamentos de narcotráfico en el Yarí. Esa zona fue, durante mucho tiempo, como el triángulo de las Bermudas. Todo el que pasaba por el Yarí desaparecía. De hecho, botaban a los pacientes en el río La Tunia, que está lleno de pirañas. Hasta que un día comenzamos en el Bloque Oriental a hacer inteligencia, descubrimos que ahí había una cosa bien extraña y decidimos asaltar ese sitio. A mí me tocó comandar el asalto: fue un combate muy intenso, con unos grupos que nosotros creíamos más débiles. Ahí descubrimos que había mercenarios ingleses custodiando eso. Hubo más de veinte muertos de parte nuestra y de parte de ellos por ahí unos veinticinco muertos. Una cosa fuerte.

¿Lograron ingresar?
Sí, pero no logramos capturar la mercancía. Ellos defendieron eso. Lo que me sorprendió a mí es que eso solo tenía una entrada y el batallón Cazadores estaba a menos de una hora. Tranquilandia quedaba exactamente en esa zona de El Recreo, Los Pozos, donde se dieron los diálogos con Pastrana. Eso era un emporio de cuatro o cinco fincas –Canadá, Buga, El Recreo, La Polonia– donde tenían unos laboratorios sofisticados y producían toneladas de coca. Pero ahí estaba el Batallón Cazadores, donde solo hay una vía para entrar ahí. ¿Cómo hacía esa gente para sacar la coca a Neiva por San Vicente del Caguán? ¿Y los insumos?

La droga también salía por aire…

Sí. Ahí tenían una pista que es la misma pista de El Recreo, pista a la que le dio legalidad el doctor Álvaro Uribe Vélez. En esa pista, en ese laboratorio, fue donde encontraron el helicóptero del papá de Álvaro Uribe cuando el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla asaltó eso. Entonces uno dice: Hombre… ¿Cómo es posible que no haya una conexión? ¿Cómo se explica el narcotráfico en Colombia con esas realidades? A mí no me las contaron, yo las viví. En aquella época esa pista estaba en una parte de Colombia inhóspita. Para que alguien le dé legalidad a una pista de aterrizaje que tiene más de tres mil metros, usted tiene que tener una justificación, porque una pista de tres mil metros, que es casi como un aeropuerto internacional, que es una pista que tiene condiciones para que aterricen aviones comerciales ahí... ¿Cómo se explica que en el año 87 pueda una persona, un ganadero, una persona normal, decirle “concédame una pista allá” y usted no sospechar qué tiene allá y cuál es el interés, cuando allá no había necesidades de la población? ¡Además, era una pista privada! No nos digamos mentiras, una pista para el narcotráfico. Perfectamente se pudiera averiguar quién dio la autorización… En ese tiempo el que hacía de jefe de la Aerocivil era el doctor Álvaro Uribe, pero esos archivos están borrados. Si usted va ahora a encontrar quién firmó el acta, no aparece. Esas son las cosas que a uno le sorprenden.

¿Y ustedes? ¿Cuándo comenzaron a cobrarles gramaje a los narcos?
Cuando comenzamos a ver que el campesino no tenía la responsabilidad, pero que sí se movía mucho dinero en las narices de nosotros. Habría sido una ingenuidad o una torpeza ver que se estaba moviendo toda esa cantidad de dinero y decir: “No, yo no”. El Secretariado nunca ordenó involucrarse ni en el cultivo ni en el tráfico, pero sí cobrar un impuesto. Era un impuesto que cobraba todo el mundo: el Ejército, la Policía, el alcalde… Así fue como comenzó a legalizarse el narcotráfico en Colombia.

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Pablo Catatumbo.

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Christian Escobar Mora / EFE

Hablando de narcotráfico, a usted también se le relaciona con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, ese histórico rapto del M-19 que a comienzos de los ochenta terminó provocando la creación del MAS, Muerte a Secuestradores.
Yo nunca participé en ese secuestro. Lo que pasa es que yo era muy amigo de Elvencio Ruiz quien, en ese entonces, era el jefe del M-19 en Medellín. Nos habíamos conocido en Cali, militamos juntos en la JUCO, y un día en 1982, de manera casual, me encontré con él en Medellín. Conversamos largamente y Elvencio me planteó que él estaba consiguiendo finanzas allá. Como comenzamos a vernos frecuentemente con él, un día nos capturaron. Yo realmente no participé en ese secuestro, pero sí me secuestró la mafia de Medellín.

¿Cómo ocurrió eso?
Nos capturó Pablo Escobar. Yo no había ni oído mencionar a Pablo Escobar. Pablo tenía el control de Medellín y se enteró de que unas estructuras estaban tratando de producir un secuestro. Al primero que cogieron fue a mí. Yo acababa de salir de la cárcel y para legalizar mis documentos le pedí a alguien de esos que trabajan en sacar cédulas y documentos falsos, y me confié de un tipo que me dijo que me los conseguía. Resulta que él era de Pablo Escobar. Lo cierto fue que él personalmente me capturó, en una moto. Cerró el carro y todo. Pablo.

¿Pablo mismo lo agarró?
Pablo mismo, sí. Yo iba con mi esposa y una amiga mía. Me llevó a su oficina que quedaba en el barrio Castropol, creo. Yo me quedé impresionado porque eso era como un cuartel de la policía: una casa gigantesca, con unos 200 carros ahí parqueados, gente armada. Allá me dijo: “Yo soy Pablo Escobar –a mí el nombre no me decía nada–, yo sé que usted anda planeando un secuestro y necesito hablar con usted, no se meta conmigo, no joda”. Yo, inicialmente, le dije que no tenía que ver con eso y ya después me llamó al señor que me estaba consiguiendo los documentos falsos y me dijo: “Mire, ¿se acuerda de quién es él?”. Entonces yo ya me di cuenta de que la cosa estaba complicada, dijéramos. Y sí, hablamos con él. Yo le dije, hombre, sí, yo andaba consiguiendo esto, pero si hay algo, yo no soy. Entonces me dijo: “Pues dígale a su amigo, al que sea, que paren eso y que vengan y conversen conmigo. Yo soy el jefe de la mafia de Medellín”. Yo sin saber quién era él… Únicamente vi que tenía un aparato poderoso…

¿Y logró encontrar a Elvencio?
Fue una odisea, yo sabía que me estaban vigilando y a mí me daba temor ir a llevarle la persecución a él. Después de muchas peripecias logré encontrarme con él y le dije lo que estaba pasando. Él se preocupó mucho y decidimos ir juntos a hablar con Pablo. Elvencio le explicó: “Este muchacho no es nuestro, ese negocio es de nosotros, pero pues vamos a frenar eso”. Esa fue la primera vez que vi a Pablo Escobar.

¿La única vez?
No. Después se produjo el secuestro de Martha Nieves. Yo no tenía nada que ver, pero yo ya estaba, como se dice, involucrado. Entonces por segunda vez me capturaron en Bogotá y esta vez me capturó fue el Ejército. Me llevaron a un batallón, al Binci [la Brigada de Institutos Militares, más conocida como la Brigada XX]. Ahí volví a ver a Pablo Escobar.

¿Pablo Escobar en un batallón del Ejército? ¿Qué militares estaban ahí?
No sé, el comandante de esa época, en el año 82. Y yo veía cómo Pablo Escobar llegaba ahí, en el helicóptero de él, Gacha llegó, nos interrogaron… Elvencio ya estaba capturado. Ahí conversamos y se hizo el arreglo de la liberación de Martha Nieves.

¿En qué consistió el arreglo?
No sé, porque yo no hacía parte de eso. Yo simplemente vi que Elvencio delante de mí les dijo: “Ese muchacho es de las Farc y esto es del M-19. Podemos negociar para soltarla”. Ellos dijeron: tenemos cuarenta familiares del M-19 secuestrados, y si no la sueltan, vamos a seguir secuestrando. Fue cuando entendí que Muerte a Secuestradores [MAS] nunca existió. Los del MAS eran realmente los guardaespaldas de la mafia y las fuerzas de seguridad del Estado. Algún día eso tocará establecerlo en la Comisión de la Verdad. Ahí yo decidí devolverme al monte, estaba complicado, me iban a matar. Elvencio Ruiz terminó en la cárcel. No sé como salió de la cárcel, pero luego me enteré de que estuvo en el Palacio de Justicia y murió allí.

Me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido.

De todas maneras, usted tuvo sus propias confrontaciones con los narcos…
No fue con los narcos. Era una guerra contra los paramilitares que hacían parte de toda una estrategia contrainsurgente del Estado, para combatirnos a nosotros, pero a la vez apoderarse de territorios.

Y en esa guerra terminó siendo afectada su familia. El capo del Cartel de Cali, Chepe Santacruz, secuestró a una de sus hermanas…
No, pero eso sí fue una retaliación que yo no tuve nada que ver. Yo ni siquiera estaba por aquí. Yo estaba operando en esos tiempos en el Meta y el Guaviare. Tuvo que ver con que un frente de las Farc del Cauca había retenido a una hermana de Santacruz, y Santacruz en retaliación retuvo a unos familiares nuestros, entre esos a mi hermana. Posteriormente eso se resolvió, la soltaron.

Y luego Carlos Castaño secuestró a su hermana Janeth, un capítulo muy difícil para usted…
Obvio, de los más difíciles que me ha tocado pasar en la vida. Porque una cosa es que lo afecten a uno en lo personal, porque uno asumió unos riesgos y uno está en una confrontación armada. Pero muy distinto es que se metan con la familia. Nosotros durante toda la confrontación siempre tuvimos unos principios: nunca afectamos a la familia de nadie por razones del conflicto. Puede que se haya afectado un familiar en la confrontación, pero no de manera pensada: “Bueno, ahora voy a matarle la hermana o el papá o la hija”. No, eso no.

Alrededor del secuestro y asesinato de su hermana ha habido siempre mucho ruido. En su momento se dijo que se había convertido en amante de Carlos Castaño… ¿Cuál es su versión de lo ocurrido?
Mi hermana era una muchacha joven, que tenía su pareja. La secuestraron en Cali. La llevaron para Córdoba, donde estaba Carlos Castaño, y en el momento en que los fueron a soltar a todos, pues la soltaron también a ella. Lo que yo sé, lo que me ha contado mi familia, es que a ella le tocó exiliarse en Costa Rica, dejó roto su matrimonio, su hijo, su familia y su pequeña empresa. Tenía cierta estabilidad económica. Y entonces ella, desesperada, trató de volver a su país y los paramilitares la engañaron ofreciéndole que ella ya no tenía problema, que ya había pasado todo. Ella, confiada en que eso era así, intentó regresar a Colombia y cuando llegó a Panamá, la desaparecieron. Luego apareció muerta. Poco tiempo después en la revista Cromos salió un artículo diciendo que había un problema de romance con Carlos Castaño, lo cual me parece una infamia.

¿No esgrimió pruebas el artículo?

No. Y eso se quedó así. Le hicieron un daño terrible a mi familia. El hijo de mi hermana, que era un niño de seis, siete años, sufrió consecuencias terribles. De hecho, hoy todavía no se repone de las consecuencias de eso. A mi familia la destruyó. Y luego, con el tiempo, nos entregaron los restos de mi hermana, picados a machete, en pedacitos, ni siquiera un cuerpo entero. Entonces, no solamente nos causaron el daño de matar a mi hermana, sino que la mataron dos veces, porque la mataron moralmente. La destruyeron. Y el daño para mi familia fue terrible. Para mí también fue un episodio muy doloroso, porque fue tal vez la única hermana que nunca tuvo vocación política, la más inocente de todas. No tenía nada que ver con eso. Y sí me pareció un crimen muy perverso, muy cobarde. Bueno, Carlos Castaño era un psicópata. No sé qué motivaciones tuvo distintas a vengarse de mí.

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Jorge Torres Victoria, alias Pablo Catatumbo.

Foto:

Diego Santacruz / Revista BOCAS

¿Usted nunca pensó en desertar?
No, nunca. Porque a pesar de que hubo momentos muy difíciles, yo siempre tuve un compromiso muy grande con los muchachos, con los guerrilleros. Yo vi morir muchos guerrilleros, muchos comandantes, muchos muchachos jóvenes que al igual que yo creían en la revolución y me parecía que desertar de la guerrilla era traicionarlos. Nunca, nunca vacilé. Siempre, cuando tenía momentos de debilidad, que también los hubo, siempre pensé en ellos. Pensé en los muertos, en los que ya habían dado su vida, y fueron muchos, muchos. Hombres, mujeres, mucha gente que dio la vida por mí en momentos en que estuve en peligro, muchos muchachos de mi guardia se enfrentaron y los mataron, muchachos que uno dirigió y mandó al combate murieron, y eso genera unos lazos muy estrechos. Muy complicado.

¿Y se le aparece alguna vez la guerra cuando duerme?
No, no tengo pesadillas. Yo soy muy consciente de lo que hice en la guerra. Para mí la guerra fue algo que no fue traumático. Yo soy muy sano mentalmente, mejor dicho. Cuando uno tiene todo racionalizado, no tiene por qué. Fue una guerra muy cruel, muy dura, sí, pero siempre cuando se hace con principios eso le da a uno mucha fortaleza.

¿Cuál fue su mayor dilema como comandante?
[Vacila…] Hay muchos, fueron muchos. En la guerra hay muchos días terribles en los que hay que tomar decisiones drásticas. O situaciones difíciles. Pero creo que de las más difíciles… No sé... Tal vez… [Vacila de nuevo, silencio largo]. Tal vez cuando uno ve morir la gente. Cuando no se puede hacer nada… También haber dejado a mi familia cuando me fui para la guerrilla, eso fue terrible. Mi madre quedó con hijas mujeres, todas menores de edad. Yo era el único que trabajaba en la familia.

¿Y dilemas relacionados con la dinámica de la guerra?
Pues hubo muchos. Incluso decisiones que no tomé. Una vez íbamos a tomarnos a Ginebra, Valle, teníamos todo preparado. Estábamos ya con las fuerzas listas, con todo listo para eso, y finalmente en una reunión que tuvimos dijimos: “No, una incursión militar en Ginebra, en el centro del Valle, implica mucha destrucción”. Era el lugar donde se hace el Festival del Bambuco, y desistimos. Dijimos “no”. Lo mismo pasó con Génova, Quindío. Tuvimos una ocasión en que estábamos a punto de tomarla, estábamos casi a dos horas del lugar, y dijimos “no”. Destruir ese cuartel, la población donde Manuel Marulanda nació, no… Hubo mucha discusión sobre eso. Mucha gente que no estuvo de acuerdo.

¿Y alguna vez se equivocó?
Pues yo creo que todo el mundo en la vida se ha equivocado, sí.

¿Qué le pesa?
Pues, hombre, dijéramos que me pese, que yo diga: “¿Por qué hice esto?”. No. Pero sí hay cosas que pienso que no debieron haber ocurrido. Por ejemplo, me dolió mucho la muerte de los diputados. Me parece que fue un hecho de esos absurdos, que me hizo reflexionar acerca de que la guerra no tiene sentido.

Usted en el curso de esos años no tuvo un momento de detenerse a decir: ¿esto tiene que acabarse? El secuestro no puede existir…

Sí, por supuesto.

¿Cuándo ocurrió?
Eso era una preocupación que teníamos varios. Alfonso Cano fue uno de los primeros que empezó a plantearlo. Jacobo Arenas también. Esa situación de la retención de personas empezó a afectar no al sector contra el cual estaba dirigida esa política, que eran los grandes empresarios, sino que comenzó a desvirtuarse. ¿Cuál era la justificación? Bateman la dio muchas veces: la insurgencia tiene que financiarse de algo y los pobres no pueden financiar una guerra, la plata la tienen los ricos. Esa era la lógica bajo la que operábamos los guerrilleros. Pero cuando se prolonga en el tiempo, comienza a generar contradicciones. Yo creo que uno de los graves problemas de esta guerra es que se prolongó mucho. Una guerra no puede ser eterna. Una guerra que pasa de cincuenta años hace mucho daño. Por eso llegamos a decir: “¿Vale la pena seguir, o no?”, “¿esto tiene posibilidades de triunfar, o no?”. Y eso fue lo que hicimos.

Si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario.

Usted el año pasado se encontró con los familiares de los diputados en Cali y les pidió perdón. ¿Qué significó eso para usted?
Fue muy doloroso. Muy duro… [Vacila] Escuchar de boca de ellos los relatos de todo el daño que sufrieron, que sintieron, a causa de la guerra y a causa de actos que habíamos producido las Farc… Por eso yo decidí asumir la responsabilidad.

¿Algún testimonio particular lo impactó?
Todos. En especial el de los niños menores de edad, en ese momento. Pero también el de las madres, el de las esposas, los hermanos, todos. Por eso nuestro pedido de perdón fue muy sincero. También me alegró escuchar que, con grandeza, muchos de ellos dijeron que estaban dispuestos a perdonarnos.

No todos…
Sí, pero bueno, al fin y al cabo es una opción personal, individual. Y lo importante es que nuestro pedido de perdón fue realmente sincero y de corazón. Yo les dije que era algo de lo cual no puede enorgullecerse un revolucionario. Ese es tal vez el episodio más terrible que yo viví en la guerra. Pero también quisiera uno que esa reflexión la hicieran otros… Esa autocrítica hay que hacerla colectivamente. La sociedad colombiana no puede creer que solamente las Farc tenemos responsabilidad en esta guerra cruel.

Hablando de quienes se han opuesto a los acuerdos, ¿qué estaba haciendo usted, qué sintió, qué fue lo primero que dijo el 2 de octubre del año pasado, cuando triunfó el “NO”?
Pensé con mucha tristeza que en Colombia es más fácil hacer la guerra que hacer la paz, que en Colombia los enemigos de la paz tienen mucho poder y que la gente no tiene conciencia de los beneficios que puede tener la paz para este país.

¿No se ha preguntado qué pasa por la cabeza de todas esas personas?
Pues mentiras, es gente engañada. Cuando nos reunimos con algunos sectores religiosos en La Habana, por ejemplo, nos dimos cuenta de que lo que había era unas confusiones terribles. Por ejemplo, muchos creían que era cierto que en las Farc había cinco mil menores de edad o que los comandantes tenemos esclavas sexuales. Mire, las listas oficiales dicen que somos siete mil guerrilleros. ¿Cómo va usted a creer que con cinco mil menores usted va a sostener una guerra contra el ejército más poderoso de América Latina? ¿O cómo va a creer usted que en las Farc se puede estar violando a todas las mujeres, cuando el 40 % de las fuerzas nuestras son mujeres y esas mujeres están armadas? Muchos de esos líderes religiosos dijeron “no, hombre”. Incluso algunos nos pidieron perdón. En Colombia el engaño siempre ha sido un arma terrible. Un pueblo ignorante, decía Bolívar, es esclavo de su propia esclavitud.

¿Usted le tiene miedo a la muerte?

Yo creo que todos los seres humanos tienen cierto temor a la muerte. Pero cuando se ha estado tanto tiempo en la lucha guerrillera, uno la asume. La asume cuando piensa que muchos otros compañeros durante tantos años perdieron la vida en esta lucha. No se trata de posar de valeroso, pero sí de realista: la muerte es una realidad, estuvo presente durante muchos años y casi a diario nos tocó jugarnos la vida. Yo tuve muchos episodios. Puedo contar diez, doce episodios donde estuve a punto de morir, y me salvé por milagro o por intuiciones de último minuto. A uno lo que a veces le da como preocupación –y rabia, también– es que después de tanto esfuerzo y tanta lucha, vayamos a perder la vida pendejamente. Eso sí no me gustaría. Porque si no se perdió la vida en la guerra durante tantos años, no sería justo que uno viniera a morir a manos de un sicario, por falta de protección, por falta de asumir medidas que hubieran podido evitarlo.

JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR
FOTOS: DIEGO SANTACRUZ
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 64 - JUNIO 2017​

BOCAS 64 - CATATUMBO

"En Colombia es más fácil hacer la guerra que hacer la paz"
Entrevista con Pablo Catatumbo
Por: Juan Camilo Maldonado Tovar. Fotos: Diego Santacruz.

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Revista BOCAS

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