El lienzo de la moda

El lienzo de la moda

El veredicto de Nina - Abril de 2018.

29 de abril 2018 , 05:00 a.m.

La semana pasada fue la nieve. Hoy la lluvia cubre Nueva York de un color gris que observo desde las ventanas de la torre Hearst, al lado de Central Park. El genio arquitectónico de sir Norman Foster nos protege hoy de una tormenta que ha activado el sistema de emergencias de la ciudad por la posibilidad de inundaciones generalizadas. Desde esta azotea observo la cuadrícula de Manhattan que parece silenciosa y nada agresiva hoy lunes. Este paisaje melancólico y un poco surreal me ayuda a concentrarme para escribir esta columna que tienen en sus manos.

No hay ninguna duda de que una de las tendencias más destacadas en esta temporada primavera-verano fue la conexión entre el mundo del arte y el de la moda y que hizo acto de presencia en la mayoría de las colecciones: desde Calvin Klein hasta Prada, pasando por Carolina Herrera, Oscar de la Renta o Comme des Garçons. Animada por este diálogo tan fructífero decidí pasar una linda tarde de sábado en uno de mis refugios favoritos de la ciudad, el Museo de Arte Metropolitano.

Golden Kingdoms (Los Reinos Dorados) fue la primera exposición temporal que visité. Y no se pueden imaginar lo orgullosa que me sentí al ver cómo las piezas del Museo del Oro de Bogotá se robaban todas las miradas en una muestra que nos hace viajar en el tiempo y por el espacio: desde el arte de los incas y de los aztecas, pasando por el arte de América Central y México. Criaturas extraordinarias, tapices hechos de plumas multicolores (que parece de lejos un cuadro de Donald Judd), máscaras mortuorias, pendientes y diademas parecían escapar de las vitrinas de metacrilato abriendo la puerta de la ensoñación y el asombro. Con ojos de exploradora iba paseándome sala tras sala pensando en la riqueza cultural y artística de nuestra América Latina. Cerrando los ojos hacía conexiones con mi otro mundo: la moda. Ver La Corona de los Andes, esta maravillosa pieza de oro y esmeraldas (originaria de la Catedral de Popayán, donde creo que debería estar), me hizo recordar los desfiles de John Galliano para Dior y de Christian Lacroix, donde la opulencia, la exuberancia y el lujo plantaron cara al minimalismo de los años 2000. Observando las piezas de orfebrería que abrazaban el cuerpo femenino no pude dejar de pensar en las piezas de oro que Claude Lalanne hizo para la colección de alta costura de Yves Saint Laurent en 1969.

Las conexiones no terminaron aquí. En la primera sala de la exposición temporal titulada Los visitantes de Versalles empecé a realizar conexiones con el presente. Un vestido masculino de la corte del año 1774 me hizo viajar al desfile de Louis Vuitton del pasado mes de febrero donde Nicolas Ghesquière hizo dialogar historicismo con el presente más radical: zapatillas deportivas con bordados del siglo XVIII en una colección que se presentó en el museo del Louvre. Viendo los retratos de la gran María Antonieta (por cierto, les recomiendo la biografía que el gran Stefan Zweig escribió sobre este personaje tan fascinante) no pude dejar de pensar que le hubiera gustado ver cómo los colores pasteles se han convertido en otra de las tendencias claves para este verano. Observando las mangas voluptuosas de sus vestidos pensé en los volantes de Johanna Ortiz, en el drama de las lentejuelas en las mangas de un vestido de Carolina Herrera que se paseó por el Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York. Y por supuesto, fijándome en los zapatos de esta gran dama no pude dejar de gritar: ¡Manolo! (Blahnik).

Last but not least, otra exposición temporal de este gran museo me hizo viajar a la Francia de finales del siglo XIX. Una de las cosas que siempre me han fascinado de los franceses ha sido su pasión por los jardines. Si tengo que elegir entre la torre Eiffel y los jardines de París siempre elegiría estos últimos. Diseñados durante el Segundo Imperio, los parques de la capital francesa son un regalo para los sentidos. Los cuadros de Monet, Cézanne, Van Gogh, Corot, Pissarro, Seurat y las fotografías del gran Eugene Atget y de Gustave Le Gray pusieron la nota de color en un sábado invernal en plena primavera en Nueva York. No hay ninguna duda de que los llamados pintores impresionistas han tenido una gran influencia en el mundo de la moda. Es imposible no pensar en Christian Dior y en su jardín de Granville en Normandía. Dior trasladó estas flores que decoraban su villa en bordados sublimes en los vestidos que marcarían un capítulo imprescindible en la historia de la moda: el llamado new look (el nuevo look que nacería después del fin de la Segunda Guerra Mundial). El belga Raf Simons rindió homenaje a esta pasión por las flores en la que fue su última colección de alta costura para Dior, donde no solamente el set parecía un lienzo de una pintura impresionista, sino que la mayoría de los vestidos rendían homenaje a estos artistas que revolucionaron nuestra manera de ver y procesar el mundo a través de nuestros sentidos.

Salgo del Museo de Arte Metropolitano y abandono mi refugio de paz y tranquilidad. Abrir la puerta de la calle es volver a pisar la realidad. Un viento frío me hace despertar del sueño del arte. A lo lejos escucho rugir a la fiera de Manhattan. Sonidos de ambulancias y camiones de bomberos. Taxis amarillos que aceleran para no quedarse parados en un semáforo en rojo. Pienso en la velocidad de nuestro siglo y creo que los museos son una de las mejores armas para vacunarnos contra la mayoría de las enfermedades del siglo XXI. Si algún día me pierdo: ya saben dónde encontrarme… ¡Nos leemos en un mes!

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