El caso del nieto del revolucionario: Joël Dicker

El caso del nieto del revolucionario: Joël Dicker

El suizo Joël Dicker, uno de los invitados principales del Hay Festival en conversación con BOCAS

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Joël Dicker, la promesa de la literatura en francés.

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Foto Archivo

28 de diciembre 2016 , 04:06 p.m.

 El bisnieto de un revolucionario ruso, la promesa de la literatura en francés.

Su bisabuelo fue un revolucionario ruso. Fue enviado por el zar Nicolás II a una prisión en Siberia, pero consiguió escapar para exiliarse en Suiza, donde hizo una carrera política en el Partido Socialista. Jacques Dicker lideró en 1932 una manifestación contra el fascismo en Ginebra, que culminó en una masacre que se convirtió en el peor episodio de violencia política vivido en el país y que sigue siendo conmemorado cada año.

Han transcurrido más de ochenta años y el bisnieto de ese ginebrino de adopción ha honrado la historia familiar. Joël Dicker es, con 31 años, la mayor figura literaria actual de Suiza y una de las mejores plumas jóvenes de la literatura en francés, con un éxito que se mide en más de cinco millones de libros vendidos y una popularidad en permanente ascenso.

A su segundo libro, La verdad sobre el caso Harry Quebert (2012), le debe su éxito planetario, los mayores galardones que ha recibido –el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Goncourt des Lycéens–, los viajes por el mundo promocionando sus novelas y las constantes peticiones para que participe en conferencias y eventos literarios.

El nutriente principal de esa novela es el suspenso, tan bien logrado que ya ha sido traducida a cerca de cuarenta idiomas y ha vendido cuatro millones de ejemplares.

Casi desde que aprendió las letras del alfabeto francés empezaron sus intentos rudimentarios de escribir historias imaginarias y las manipulaciones de la primera computadora que hubo en su casa, con la que cometía errores que hasta ahora recuerda con cierto terror. El primero que recuerda fue el de borrar páginas enteras para retroceder hasta una palabra que debía corregir, sin entender que podía ir directamente allí con el cursor.

A los nueve años, el niño escritor decidiría poner la ficción entre paréntesis para embarcarse en la elaboración de una revista mensual sobre la naturaleza. Siete años después y ya adolescente, Dicker dio por cerrada esta etapa y volvió a la escritura novelada, que no dejó más, ni siquiera durante los estudios de teatro que realizó en París, que abandonó rápidamente.

Su primer éxito vendría de manera inesperada a los veinticinco años, el mismo año en que culminó sus estudios de derecho, carrera que no solo siguió por si acaso la literatura no le llevaba a nada, sino por su evidente interés por la política.

Le entusiasma hablar del sistema político suizo, el único realmente basado en la democracia directa y en el que los ciudadanos son llamados a votar constantemente para decidir sobre todo tipo de cuestiones. Él siempre vota y se enoja con quienes por pereza no lo hacen en un país donde ni siquiera hay que moverse de su casa porque el voto por correo está generalizado.

Dicker les pone atención a los temas políticos de actualidad, ve los debates en televisión y escucha los comentarios en la radio porque le interesa formarse una opinión, asumir su responsabilidad de ciudadano y poder decidir sobre el futuro de su país. Cree que lo esencial es mantener los valores comunes, en particular del trabajo y de la solidaridad.

Considera que muy pocos entienden a los suizos y sus decisiones, como aquella reciente en la que el pueblo rechazó aumentar de cuatro a cinco el número de semanas de vacaciones pagadas. Los franceses hasta se burlaron de sus vecinos suizos, pero Dicker, que se graduó de jurista, dice que esa medida hubiera perjudicado a muchos pequeños empresarios, que no habría podido costear las cargas sociales adicionales.

La política le anima, pero por la literatura lo da todo. El primer libro que consiguió publicar fue Los últimos días de nuestros padres (2012), una novela histórica con trama de espionaje que recibió el Premio de los Escritores Ginebrinos y que no había hecho bulla hasta la ola creada por La verdad sobre el caso Harry Quebert, sobre la cual se subió, aunque mérito propio le sobraba.

Con todo, Dicker parece ser consciente de que el éxito es un animal efímero, que al principio acaricia, pero que puede terminar mordiendo. Él mismo alude a una situación que hoy, contada tres años después, parece anecdótica, pero que ilustra bien esa fragilidad.

Un reconocido crítico francés había leído su segunda novela y había escrito una reseña muy positiva que debía ser publicada –días antes de su aparición en las librerías– en la revista literaria del diario francés Le Figaro, de amplia divulgación e influencia. Se daba por descontado que la crítica haría ruido y ayudaría a la promoción del libro.

El día de la publicación llegó, era un jueves, y Dicker se levantó muy temprano y salió corriendo al quiosco para comprar el periódico, pero este no había llegado, ni llegaría. Se enteró de que los distribuidores de periódicos en Francia estaban de huelga, así que ese día ni el diario ni su revista llegaron prácticamente a ningún sitio. Creyó que era el fin, pero no lo fue. En cambio, él recuerda ese día como un ejemplo perfecto de cómo el éxito pende de un hilo.

Hace quince meses apareció su tercera novela, El libro de los Baltimore (2015), que algunos críticos –particularmente franceses, a los que este suizo parece irritar– han atacado, aunque otro sector amplio de la crítica y del público ha alabado este trabajo. En él, Dicker decidió arriesgar y cambiar de género, pasando del policial al familiar, en un desafío y reinvención de sí mismo.

Este es el Joël Dicker que viajará en enero a Cartagena para asistir al Hay Festival. Será la primera vez que estará en Colombia, a donde retornará algunos meses después para pasar unas vacaciones en la sierra nevada de Santa Marta, que planeó antes de recibir la invitación para el evento cultural.

Aunque la conoce poco, sus lazos con América Latina atraviesan senderos insospechados y que conectan con uno de sus tres hermanos, adoptado por sus padres en Perú tres años antes de que él naciera. Se trata de un asunto familiar al que parece no darle ninguna importancia y que jamás requirió explicaciones en casa. Es su hermano y punto.

Toda la familia vive en Ginebra. Dicker nos da cita en un tienda de abarrotes italiana a la que llega en moto y que alberga en su parte posterior una impresionante bodega de finísimos vinos del mismo origen, en medio de los cuales nos sentamos para conversar.

El escritor recuerda que estamos a cinco minutos a pie del lugar donde ocurrió la masacre de Ginebra en la lucha contra el fascismo que su bisabuelo y otros encabezaron.

Usted tiene orígenes rusos. Su bisabuelo fue un revolucionario ruso que luego ejerció la política en Ginebra. ¿Qué ha significado él para usted?
Sí. Mi bisabuelo, Jacques Dicker, fue un revolucionario que huyó de Rusia en 1908. Los Dicker eran terratenientes de Crimea, una familia acomodada, pero a mi bisabuelo le consternaba el maltrato que sufrían los campesinos y pensaba que eso debía cambiar. Se convirtió en revolucionario y por esta razón fue encarcelado en Siberia, donde aprendió el francés. La leyenda dice que escapó, aunque un día me dijeron que simplemente había cumplido su pena, pero yo prefiero la versión en la que escapó porque es más digna de una novela. Fue después de eso que llegó a Suiza. Por el lado de mi familia materna, eran aristócratas rusos, que también huyeron de Rusia, pero diez años después y justamente a causa de la revolución. Empezaron una peregrinación de varios años a través de Europa, hasta que también terminaron en Suiza en 1942. Ambas familias eran mundos en oposición.

¿Qué influencia ha tenido ese pasado ruso en su familia?
Se trata de influencias que no necesariamente han sido explícitas, pero que estuvieron allí. Estoy seguro de que hubo una influencia en nuestra educación, en nuestra manera de pensar. Nosotros llevamos las raíces de lo que fueron nuestros padres y nuestros abuelos, con lo bueno y lo malo. Ellos fueron personas muy cultivadas, que amaban los libros e inclinados a la reflexión, así que quizás por allí viene mi apego a la literatura.

¿La cultura rusa tuvo un lugar especial en su educación?
Sí, muy importante. Mi abuelo materno murió cuando yo tenía nueve años y lo conocí poco, pero en cambio tuve una larga y hermosa relación con su hermano gemelo, mi tío-abuelo, que falleció en 2012 y con quien pasé mucho tiempo. Todas las semanas almorzaba con él, fue alguien que tuvo una gran influencia sobre mí y él se definía como ruso, era su identidad, a pesar de que nunca había vivido en Rusia. El ruso era su lengua materna y me la enseñaba. Aunque nunca la aprendí muy bien, por varios años mantuvimos conversaciones en ruso.

¿Llegó a interesarle la literatura rusa?
A la edad de quince o dieciséis años descubrí la literatura rusa clásica y de inmediato tuve una atracción hacia ella porque relataba el periodo previo a la revolución y me llevaba a la época de mis bisabuelos. Por ejemplo, cuando leía Guerra y Paz, aunque no comprendía todo, encontré la fascinación de un mundo que era mucho más vivo y fuerte que el que mostraba la literatura francesa, que va menos en la explosión de los sentidos, de los colores y de los olores. La literatura rusa era todo lo contrario, la entendía menos porque era más compleja y quizás mal traducida en esa época, pero todos esos olores, del té, el frío, el calor, la gente, el idioma, eran algo muy fuerte para mí.

¿La historia del bisabuelo revolucionario, que luego hizo política en Suiza, le hizo interesarse en la política y posicionarse ideológicamente?
Siempre me interesó la política. ¿Si fue a causa de él o no?… Quizás hubo alguna relación. Lo que más me ha marcado de él fue su prédica sobre la importancia de la justicia y de vivir en una sociedad donde la gente tenga las mismas oportunidades.

Cuándo era niño fundó una revista de animales. ¿Cómo se le ocurrió? ¿Cuál era su público?
La publicación se llamaba La Gaceta de los Animales. La fundé cuando tenía nueve años y la escribí hasta los 17. La empecé porque me gustaban los animales y escribir. Descubrí el placer de contar una historia y compartirla con el mayor número posible de personas en un época en la que el acceso a internet todavía era muy limitado. Escribía en una computadora, imprimía, fotocopiaba y luego enviaba los ejemplares cada mes por correo a los abonados, que primero eran del círculo familiar y los amigos, que luego me hacían publicidad en sus entornos. Al cabo de los años tuve centenares de abonados.

¿Y le generaba alguna ganancia?
No, me costaba dinero. Yo hacía pagar un abono que solo tenía en cuenta el costo del papel y de las estampillas, pero que no consideraba mis horas de trabajo, el uso de la computadora y ese tipo de cosas. Mis padres estaban muy implicados, hacían las fotocopias en sus trabajos. Evidentemente no era rentable.

Al principio escribía artículos factuales sobre los animales u otros elementos de la naturaleza. Iba a la biblioteca, consultaba libros, me informaba, escogía un tema y hablaba de él en un artículo completo que acompañaba con fotos que buscaba y luego pegaba. Después desarrollé esto viajando un poco, veía directamente a los animales, les tomaba yo mismo las fotos y contaba mis propias experiencias en los artículos. En cierto momento pasé a una edición cada dos meses, pero con más páginas y mejor hecha.

¿Había un espíritu de denuncia en sus artículos sobre los animales?
Todavía no se hablaba del cambio climático, pero defendía la preservación de los animales y de los océanos. La revista tenía sobre todo la idea de mostrar la importancia de la naturaleza, sin espíritu de denuncia. No era un panfleto político.

Después de producir esta revista una vez al mes, durante siete años, ¿tuvo que hacer una especie de duelo cuando acabó?
El último año me di cuenta de que me tomaba demasiado tiempo. Además, en esa revista yo contaba cosas, no inventaba nada, era la limitación del periodismo. De pronto tuve ganas de tener libertad para contar historias sin límites, sin una enciclopedia que me dijera cómo eran las cosas. Entonces tuve ganas de escribir una novela, pero debí descubrir solo cómo hacerlo, trabajando mucho, probando y equivocándome.

¿Por qué estudió derecho? ¿Alguien lo convenció?
Yo mismo. A los 19 años fui a París para hacer teatro. Me gustaba, pero pronto entendí que en la vida, si uno quiere dedicarse a algo, no basta con que le guste, sino que hay que tener ganas de trabajar muy duro y me di cuenta de que yo no tenía tantas ganas como otras personas de trabajar en eso. Esto me hizo pensar que estaba en el mal camino y decidí estudiar derecho. Siempre me interesó seguir estudios universitarios y el derecho representaba para mí la cuestión política. Me encantó hacerlo, fue un enriquecimiento personal, pero al final el llamado de la escritura fue más fuerte.

¿Qué fue lo que más le gustó de los estudios de derecho?
El derecho constitucional y el análisis del funcionamiento constitucional suizo, que es tan particular. Me gusta la idea de votar, pienso que la población acude poco a votar y desperdicia la oportunidad que tenemos con respecto al resto de los países donde se vota tan poco.

¿Cómo se define usted políticamente?
Me he hecho esta pregunta muchas veces y cada vez me convenzo más de que en mi generación no somos ni de derechas ni de izquierdas, que estamos menos marcados por las ideologías. En las votaciones que tenemos en Suiza nunca he creído que un partido siempre tiene razón y que el otro nunca la tiene. Lo que debe imperar es el sentido común.

¿Cómo se posiciona frente a la inmigración?
Yo soy un nieto de refugiados. Mi bisabuelo, Jacques Dicker, fue un refugiado político, que huyó de su país para encontrar un lugar donde tuviese libertad de expresarse sin que su seguridad o su vida estuviesen amenazadas. Soy consciente de las preocupaciones que tiene la gente en Europa por la situación económica, pero estoy convencido de que debemos abrir nuestras puertas a los refugiados.

Me consterna que permitamos que la gente muera a las puertas de Europa tras atravesar el Mediterráneo. ¿Cómo podemos tener valor de pasar vacaciones de playa, en el sur de Francia o de Italia, y bañarnos en ese mar donde dejamos morir a miles de personas?

¿Qué piensa de la radicalización de jóvenes europeos que viajan a Siria o a otros países para participar en conflictos con trasfondo religioso?
Todas estas cuestiones, de la radicalización, de la migración o del auge de la extrema derecha en Europa me llevan a una idea de fondo, que es la falta de apertura y de educación. Creo que los radicalizados son jóvenes con los cuales la sociedad ha fracasado en una parte de su educación, en inculcarles el valor de la convivencia.

Usted, que aboga por la importancia de la convivencia y que ha pasado periodos relativamente importantes en Estados Unidos, ¿qué pensó cuando Donald Trump fue elegido presidente?
Aparte de que es un hombre que considero absolutamente horrible desde varios puntos de vista, pienso que si los estadounidenses votaron por él y decidieron confiarle las riendas de su país, es su problema. Lo que me inquieta son, por ejemplo, las cuestiones medioambientales, porque esto tiene un impacto en mí y en todos. Si el presidente Trump decide salir del Acuerdo de París o construir un oleoducto que puede averiarse y causar una marea negra, entonces esto sí me concierne.

Está escribiendo su cuarto libro. ¿En qué fase se encuentra?
No estoy seguro de dónde estoy porque trabajo sin un esquema y este es el placer que tengo, el de preguntarme lo que va a pasar, ya que no tengo un plan que seguir. Esto hace que yo sea a la vez autor y lector de mi propio libro. El lado negativo es que a veces me pregunto hacia dónde voy, en qué parte del libro estoy y no entiendo si estoy más bien al principio, al medio o quizás al final.

¿Pero este nuevo libro avanza? ¿Cuántas páginas tiene?
Sí, avanza [sonríe abiertamente]. No acostumbro responder a este tipo de preguntas, pero lo haré. Tengo 300 páginas escritas. Si el libro tiene 305 páginas estoy al final, pero si tiene 600 estoy a la mitad y si tiene 900 he avanzado un tercio, y no tengo idea de esto. Así que avanza, pero a qué velocidad, no estoy seguro.

¿Diría que es una historia muy distinta de las que ha escrito hasta ahora?
Sí, me parece. Pero tampoco puedo prometer que Marcus Goldman [protagonista de su segunda y tercera novela] acabó. Quizás el próximo año, o en veinte o en cincuenta años tendré ganas de finalizar esa trilogía que creía haber comenzado. Quizás nunca será una trilogía, sinceramente no tengo idea.

¿La literatura es su único medio de subsistencia? ¿Piensa que podrá vivir de esto siempre?
Sí, es el único ingreso que tengo. Si podré vivir siempre de la escritura, es una pregunta que me hago frecuentemente. Vivir del arte implica que uno tiene éxito y el éxito es muy frágil. Ahora tengo 31 años y si creemos que todavía me quedan muchos años por delante significa que necesitaría tener mucho éxito para conseguir vivir de esto y nadie puede decir que esto será así. Quizás ya viví la cumbre del éxito y ahora estoy frente a una pendiente que baja.

¿Esto le angustia?
No, porque hay que recibir las cosas como vienen y como son. Hay que saber reconocer que hay cosas sobre las cuales no podemos influir. Un artista puede hacer la mejor pintura, película o pieza de teatro para él, pero por una razón u otra el público no piensa lo mismo. Lo que quiero decir es que la cuestión del éxito no me angustia porque en realidad se trata de una sucesión de eventos que uno no controla, pero que tienen impacto sobre uno.

Su tercer libro ha sido un éxito, pero que no se puede comparar al que tuvo el anterior. Al mismo tiempo, ciertos críticos franceses han dicho que usted tomó prestados escenarios y personajes de un escritor estadounidense. ¿Cómo le afectan estas críticas?
No quiero parecer pretencioso, porque no lo soy, pero el segundo libro fue tan exitoso, y lo dije en su momento, que si vendía dos o más millones de ejemplares, el siguiente vendería un millón. Y aunque fuera la mitad, serían muchos libros, más de lo que muchos escritores han vendido en toda su vida. No me gusta pensar en que el éxito está en vender más o menos, porque entonces será el fin. Por eso, el éxito debe medirse en función de uno mismo, del placer y de la pasión de escribir un libro y de lo que nos aporta. Hay autores que tienen tal apego a su obra que cualquier cosa que les digan los afecta. Esto lo experimenté con mi editor, que tiene 91 años y que al principio no se atrevía a hacerme todos los comentarios que quería. Yo le pedí que lo hiciera, le dije que tengo 31 años y que quiero saber lo que él piensa porque es importante para avanzar y desarrollarme.

¿Recibe alguna presión de sus editores?
No, porque no tengo contrato. Mi editor me ha dicho que escriba mi libro y que si le gusta lo publicará y yo prefiero esta relación, me genera una autopresión, pero diferente y más sana.

¿Después del éxito planetario de La verdad sobre el caso Harry Quebert algo cambió en sus hábitos cotidianos?
Nada, trabajo lo más que puedo. Comienzo temprano y llego fácilmente a doce horas diarias porque escribo lentamente, en la computadora, a mano y a veces también dibujo escenas para intentar entender lo que estoy haciendo, así que finalmente es un proceso muy artesanal.

¿Qué idea tiene de la literatura latinoamericana?
Mi conocimiento es escaso. Leí Cien años de soledad como a los veinte años y lo que más me impactó fue su densidad y su fuerza, sobre todo para alguien que, como yo, viene de la literatura francesa, que a veces carece de relieve. Ese libro era como tener en las manos algo que le explota a uno en la cara, como ocurre también con la literatura rusa, donde hay algo más fuerte que la vida misma.

En enero participará en el Hay Festival en Cartagena. ¿Qué expectativas tiene?
Estuve en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara [México] y en el Festival Internacional de Literatura de Paraty [Brasil], donde tuve experiencias hermosas, con lectores mucho más interesados de los que vi en Europa. De hecho, nunca tuve tanto público como en esos lugares, que difícilmente podrían estar más lejos de donde vivo. Esto me fascina, así que voy a Cartagena con mucho entusiasmo, hacia esa energía tan especial y de la que necesitaríamos más en Europa.

En América Latina la inspiración está por todos lados, en cada esquina. En Europa las cosas son por regla general previsibles, tranquilas, y en Suiza todavía más. ¿No cree que si sigue en Suiza le faltará algún día la inspiración?
No creo y si me faltara iría a otro lugar. Tengo la suerte de viajar mucho y sé que mi estadía en Colombia será una inspiración adicional. De todos modos, pienso que la inspiración no es una materia que se agota, sino que se estimula. Así que lo más importante no es dónde está uno, sino estimularla lo suficiente como para que se regenere. La inspiración no viene del exterior, sino del interior.

ISABEL SACO-BOHR
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 59 - DICIEMBRE 2016

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