Las batallas de Fidel Bassa

Las batallas de Fidel Bassa

Entrevista con el campeón mundial de boxeo que formó una empresa de tecnología para la educación.

Fidel Bassa para BOCAS

Fidel Bassa.

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Pablo Salgado

10 de marzo 2017 , 03:10 p.m.

Mucho antes de que Colombia supiera que Fidel Bassa Santana encajaba de manera perfecta en la condición de guerrero del cuadrilátero –estirpe heredada de Rodrigo “Rocky” Valdez–, él tenía ya un largo recorrido como gladiador de la vida.

El país entero conoció su nombre por la épica batalla frente al experimentado y favorito panameño Hilario Zapata, el viernes 13 de febrero de 1987, en el estadio de tenis del Country Club, en Barranquilla, cuando se le impuso por decisión unánime de los jueces en 15 asaltos y lo despojó del título del peso mosca de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB).

Esa lucha por no dejarse noquear por la vida –como él mismo lo contó alguna vez–, comienza con su primer recuerdo a la edad de ocho años, en Bandera (hoy llamado Párate Bien), entonces un caserío cerca de El Retén, a su vez en aquel entonces corregimiento de Aracataca (Magdalena). Ayudaba a su padre, Pedro, a sembrar yuca y arroz, y descansaba por las noches en una casa de barro y techo de paja, donde había que dormir en un altillo para evitar las serpientes.
 
Fidel solo veía al resto de la familia los fines de semana, en un recorrido que para él era feliz porque podía coger cuantos mangos se le antojaba en caminata de hora y media. Un día, Pedro y Pascuala (la madre) decidieron trasladarse con sus ocho hijos a Luruaco (Atlántico), célebre municipio por sus arepas de huevo.
 
Fidel ingresó a la escuela y vendió bollo de maíz, que hacía Pascuala, en la carretera de la Cordialidad  –única vía terrestre que comunicaba a Barranquilla con Cartagena–. Y cuando terminaba con los bollos, vendía gaseosas. A Calixta, una famosa vendedora de arepa de huevo en la carretera, le cayó bien y pidió a la madre que lo dejara trabajar con ella. Fidel ayudaba a los mandados.

Fidel Bassa gana el campeonato mundial de peso mosca

El 13 de febrero de 1987, Fidel Bassa ganó el campeonato mundial de peso mosca contra el panameño Hilario Zapata.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

Fue por esa época cuando tuvo su primer contacto con el boxeo: el cura de Luruaco sacaba el televisor cada vez que peleaba Antonio Cervantes, el legendario “Kid Pambelé”. Fidel, el cuarto hijo de la pareja, recuerda dos combates, ambos de 1973, el primer año del reinado de la estrella del peso wélter junior de la Asociación Mundial de Boxeo: las victorias frente al argentino Nicolino Locche y ante el japonés Tsudo “Lion” Furuyama.

En la misma Cordialidad, y por esa misma época, tuvo el segundo contacto con el boxeo: pudo tocar, por detrás, el carro largo y venezolano (cree que fue un Cadillac) que manejaba Pambelé, quien, cada vez que pasaba por Luruaco, bajaba el vidrio y enloquecía al pueblo. Ese día Fidel se sintió orgulloso porque tuvo contacto con “el más grande de Colombia”, sin saber que 15 años más tarde trabajaría en su cuerpo técnico en Barranquilla.

En esa misma carretera, al salir a hacer un mandado a Calixta, sufrió la primera y seria caída: no vio un carro que de Cartagena se dirigía a Barranquilla y salió disparado por el aire. “¡Lo mató!”, fue lo que alcanzó a escuchar de la gente. Pero no estaba dispuesto a dejarse noquear por la vida tan temprano. Quince días permaneció hospitalizado en el municipio de Sabanalarga. El conductor corrió con todos los gastos y cuando regresó a casa, el señor, que vivía en Barranquilla y que todos los días iba a visitarlo durante la hospitalización, le dijo a Pascuala que lo dejara irse con él. Sin embargo, a ella le dio miedo soltar a su hijo a la gran ciudad.

Fidel sí abandonó Luruaco, pero con su padre, y llegó a la casa de la abuela paterna, Francisca Ballesteros, en un pueblo de Sucre llamado Cucal, a trabajar de nuevo en el campo. Allá terminó cuarto elemental y luego regresó a Luruaco. Tenía 13 años.

De allí saltó a Barranquilla, el lugar donde aprendió a boxear y donde logró su consagración frente a un tal Hilario Zapata, que no solo era el favorito, sino que días antes de llegar a la ciudad había sido declarado el mejor boxeador del mundo en 1986, por la AMB, a raíz de sus cinco defensas exitosas. Un Zapata que en tres reinados mundiales acumulaba 21 peleas de campeonatos mundiales, cuando Bassa apenas tenía 16 combates profesionales.

Fidel Bassa para BOCAS

Fidel Bassa, en su oficina, a principios de 2017.

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Pablo Salgado

Fue una batalla que Fidel afrontó con gran despliegue físico, sin descanso, para descargar su arsenal de golpes, hasta el punto que la prensa especializada lo catalogó como un “verdadero gladiador”. Aquel incansable guerrero mostró su casta en sus dos primeras defensas en casa de sus rivales. Ni aun caído perdió el título. Sufrió, sí, e hizo sufrir al país entero, pero se levantó para noquear en Belfast al norirlandés Dave “Boy” McAuley y también para empatar contra el propio Zapata en Panamá.

A partir de entonces, su nombre se encumbró tanto como el de los destacados deportistas colombianos de aquellos años: el ciclista “Lucho” Herrera, el también campeón mundial de boxeo Miguel “Happy” Lora y el futbolista Carlos “Pibe” Valderrama. De esa primera pelea con Zapata, hace treinta años, de su recorrido como deportista y de la superación para hoy ser un empresario del mundo educativo y de la tecnología, habla el héroe de 54 años, que ahora registra un peso de 148 libras.

¿Cómo llegó a Barranquilla?
Siguiendo a un tío, Lucio Santana, hermano de mi mamá. Él nos fue a visitar a Luruaco y me invitó a Barranquilla. Era 1978. Me dio la dirección y, al poco tiempo, llegué a la casa donde vivía, en Los Nogales, un barrio en construcción donde las casas eran de los guajiros. Eran los tiempos de la “marimba” [marihuana]. Mi tío celaba la casa, que estaba desocupada. Él dormía en la cama de “spring” y yo dormía en el suelo, encima de unos cartones, y con la almohada que me prestó mi tío. A los pocos días conseguí trabajo en el barrio, como ayudante de albañilería.

¿En qué momento empezó a vender pescado por las calles?
Conocí un muchacho que pasaba vendiendo pescado por las calles, que llevaba en una ponchera de aluminio. Me contó cuánta plata ganaba, que era más de lo que yo recibía como ayudante. Tenía ahorrado dinero ganado en la construcción. Me interesé, compré la ponchera y un día, bien temprano, a las cuatro de la mañana, estaba en el caño de la Ahuyama, comprando pescado con él. Así dejé la albañilería, trabajo en que duré poco tiempo, y me convertí en vendedor de pescado callejero.

¿Y qué tal le fue como vendedor de pescado?

Puedo decir que me fue bien: ganaba el doble de lo que invertía. El muchacho amigo me enseñó los trucos: ir temprano a comprar lo mejor, pagar para picar el pescado y rematar a más tardar a las diez de la mañana. Como sabía que había plata en Los Nogales, me fui a vender bocachico, róbalo y corvina en ese barrio, todos los días, de lunes a sábado. Compraba lo que cabía en la ponchera y que no me pesara tanto. Había un señor guajiro de mucha plata, y en cuya casa paraban los músicos vallenatos, a quien le caí bien. Él, que luego como campeón del mundo fue mi amigo hasta su muerte, me compraba todo el pescado.

¿Cuándo se va a vivir al barrio El Bosque, donde se metió al boxeo?
Para ayudar a sus sobrinos, mi tío se llevó dos primos míos para la casa. Éramos cuatro y alguien le dijo al dueño. El hombre se molestó, con razón: contrató una persona para celar y se metieron cuatro. Nos sacaron. De esa casa nos mudamos a un cuarto que alquilamos en el barrio La Manga. Allá nos metimos los tres varones, porque la cuarta persona, una prima, consiguió trabajo y se fue a otro lado. En La Manga duramos cuatro meses, porque mi tía “Mela” Santana, hermana de mi mamá, compró casa en El Bosque y con ella llegaron, de Luruaco y El Retén, siete familias mías más, entre ellos mis padres. Éramos ocho casas de familiares cercanos.

Fidel Bassa para BOCAS

Fidel Bassa.

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Pablo Salgado

La vinculación al boxeo es por seguir a unos muchachos bien vestidos. ¿Cómo es ese episodio?
En la casa vendíamos pescado mi padre y yo, y además, en las otras casas de familiares, mis tíos y primos [entre ellos el futuro medallista olímpico y campeón mundial de boxeo Eliécer Julio Rocha]. Éramos como 15 personas. Uno llegaba a la casa a las 12 del mediodía, se bañaba, almorzaba y se iba a la terraza de Mela, a las dos de la tarde, a echar cuento. Ella vivía en la calle principal de El Bosque. Como a las cuatro de la tarde, todos los días, pasaban unos muchachos bien vestidos, con zapatos tenis y con bolsos. Me mató la curiosidad y le dije a mi primo Carlos Rocha [después boxeador del Atlántico], hijo de Mela, que los siguiéramos. Así fue: los seguimos como cuatro cuadras y entramos al gimnasio de boxeo de “El Campeón”, como llamaban al entrenador Ernesto Ramírez.

¿Qué pasó allá adentro?
En esos momentos había una pelea de entrenamiento y yo le dije a Rocha: “A esos ‘pelaos’ me los gano”. Pero como que lo dije duro porque me quisieron poner los guantes, y no acepté. La verdad, me dio miedo y también sentí que si perdía me iban a mamar gallo mis primos, pero al día siguiente, sin decirle nada a Carlos Rocha, fui solo. Pedí que me pusieran los guantes, pensé que si perdía nadie en casa se enteraba. Yo peleaba en la calle, ganando y perdiendo, pero ese día le pegué una “muñequera” al “pelao” que me pusieron... Llegué feliz a contarles la historia a mis primos.

El Campeón me contó que le costó convencerlo. ¿Cómo fue aquello?
Yo no regresé al gimnasio, que quedaba en el patio de El Campeón. Entonces él me mandó razón y nada. Me fue a buscar y nada. Hasta que se enteró que yo vendía pescado y me mandó razón con mi tío Lucio. Me mandó a decir que “era bueno para el boxeo y que si me iba bien podía dejar de vender pescado con la ponchera en la cabeza y podía hacerlo comprando una bicicleta o un carro de mula”. Tener un carro de mula me pareció maravilloso y me motivó. Al día siguiente entré a practicar boxeo en ese patio con implementos remendados.

Recuerdo su primera pelea, un sábado por la tarde en el barrio La Magdalena. Más que por la pelea, porque usted vomitó en el mismo cuadrilátero al terminar el encuentro. ¿Lo recuerda?
Tenía como tres semanas de estar practicando cuando me llevaron a pelear. Comí bastante arroz antes, porque pensé que eso me daba fuerza. Unas cuantas manos abajo me revolvieron el estómago y no aguanté las ganas de botar todo cuando terminó la pelea, que gané. Por ganar me llevaron en carro a mi casa. También me motivó. Creo que a partir de ese mismo día crecí, porque cogí el boxeo en serio, con juicio: no falté ni un día al gimnasio y me levantaba más temprano, a las tres de la mañana, para correr media hora e irme al mercado a comprar pescado. Hasta entonces yo no hacía el trote matinal.

Fidel Bassa gana el campeonato mundial de boxeo en 1987

Fidel Bassa se enfrenta a Hilario Zapata en la pelea que le dio el campeonato mundial de boxeo en 1987.

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Archivo EL TIEMPO.

¿Cómo llegó al profesionalismo?
Gané el Torneo Nacional Aficionado de 1983 y mis fotos salían en los periódicos. Me daba pena vender pescado. Quería otro trabajo. Vi que al gimnasio iba, bien vestido, un muchacho que apodaban “Vilarete” [Orlando Blanco], por el parecido con un futbolista [Eduardo Vilarete]. Me contó que trabajaba en la bodega de un almacén de telas y ropa. Le dije que me recomendara, pero respondió que tenía prohibido llevar gente. Entonces me lo gané invitándolo a comer patacón con queso, en la esquina del gimnasio del coliseo Humberto Perea, hasta que lo convencí que me llevara. La única condición que me puso era que no podíamos llegar juntos. Primero entró él y como a la hora entré yo: pregunté por el gerente.

Ese fue su primer encuentro con el empresario “Billy” Chams. Pero él lo recomendó a un amigo, Elías Jattin, que tenía otro almacén y se le ofreció para ayudarle en cualquier momento. Es bueno que cuente cómo regreso a él ese mismo día…
Billy me reconoció y me felicitó. Me mandó donde don Elías y allá me iban a dar el empleo. Pero me pidieron una hoja de vida. Yo no sabía qué era eso. Regresé esa tarde donde Billy y le dije lo que me pasó. Él se echó a reír y me dijo que le gustaba mi sinceridad y me quedé trabajando con él en la bodega, cargando los bultos de telas. En diciembre de ese 1983 me puso a debutar como profesional y le gané a Emilio Tamarillo. Después, con ustedes los periodistas, fundó Cuadrilátero, una cuerda de boxeo para ayudarnos a nosotros los jóvenes. Yo metí a Billy en el boxeo.

¿Cuándo pensó que podía ser campeón mundial?
Desde el campeonato nacional de mayores. Yo, que solo tomaba ron en diciembre, dejé de hacerlo porque quería ser campeón mundial y me entrenaba ciento por ciento para ello. Claro que en ese camino mundial casi tuve un tropiezo: la pelea con el dominicano Ernesto Sánchez [el 27 de septiembre de 1985, con el entrenador panameño Ramón “Curro” Dossman por primera vez en su esquina]. En pleno combate sentí que ese hijueputa me iba a noquear. Digo hijueputa porque así lo califiqué durante la pelea que gané apurado.

¿Usted pidió el cambio de entrenador o quién fue?

Yo. Sentí que me faltaba un mejor entrenador, a pesar de que le tenía mucho aprecio a El Campeón. Con las primeras clínicas sobre boxeo que nos dio Curro supe, de inmediato, que ese era el indicado. El Campeón quedó como asistente.

Su primera oportunidad mundial era en Tailandia contra el campeón del Consejo Mundial de Boxeo, Sot Chitalada, pero al final se dio con Hilario Zapata. ¿Cómo tomó el cambió?
Cuando se cayó la pelea con Chitalada, por enfermedad del campeón, lloré tres días seguidos en el hotel Eslait, donde Billy nos concentró. Pensé que nunca pelearía por el título mundial, pero Chams me dijo que estaba comprometido a que combatiría por el título y me dio su palabra. Entonces se trajo a Barranquilla una pelea que en principio estaba programada para Panamá y eso me dio más confianza de que sería campeón mundial.

Fidel Bassa gana el campeonato mundial de boxeo de 1987

La celebración del campeonato mundial de peso mosca, en Barranquilla, el 13 de febrero de 1987.

Foto:

Archivo EL TIEMPO.

Y sucedió así, con el apoyo incondicional del público en el estadio de tenis del Country Club. ¿Imborrable el aliento de los barranquilleros?
Soy un agradecido del pueblo de Barranquilla que se volcó como nunca para apoyarme. Yo era bueno, pero no era ídolo. El nacionalismo se impuso y la gente estuvo conmigo de principio a fin, sin descansar en su aliento, lo cual me dio más fuerza para desarrollar el tren ofensivo de combate ante un gran campeón como lo era Hilario Zapata.

¿La orden era presión sin descanso?

Sí: había que hacerlo, no podía dejar pensar a Hilario, un veterano que sabía mucho, que era hábil en defensa y al cual no se le podía dar la iniciativa. Como hiciera su boxeo, jamás iba a verlo toda la noche. Hice lo que pocos creyeron que iba a suceder.

De esa pelea hay dos recuerdos que no fueron públicos: primero la “guerra verbal”, que ganó Zapata porque usted no quiso participar. Él dijo que acabaran la rueda de prensa debido a que usted estaba “cagado”. ¿Por qué no hablaba?
El Curro conocía a Hilario muy bien. Cada rato me tocaba la puerta de la habitación y me decía que había que cortarle la salida a Zapata y para eso debía tener un segundo aire. El trabajo físico era al extremo. También la parte de la estrategia: ante un mañoso como el campeón, no podía perder energía en el amarre. Igual la parte mental: me dijo que no cayera en el juego de la provocación de palabras, que lo dejara que hablara, y siempre estuviera concentrado. Además, yo era un “pelao” callado y tímido.

El otro recuerdo es el trabajo sicológico de Dossman, que camino al gimnasio, en el vehículo desde el hotel Royal, le decía que se sentara adelante y observara cómo se metían los cambios, porque como campeón iba a comprar un carro económico para aprender a manejar.
Con ejemplos, como el del carro, siempre me impulsaba a ser campeón. Recuerdo que era un carro viejo, de color blanco, marca Lada, que manejaba Ricardo Leyva, el cuñado de Billy. Muchas veces me tocó empujarlo para llegar al gimnasio… Años más tarde, ya retirado, me enteré de las palabras sobre mi persona que dijo el Curro a Billy en la primera evaluación al grupo de boxeadores: “No es el mejor del grupo, pero llega primero; no tiene técnica, pero sí corazón: será campeón del mundo”.

De sus seis defensas exitosas, es clave la primera en Belfast, contra el local Dave “Boy” McAuley…
Todo fue raro. Salimos a Caracas y de allí viajamos a Londres. Me dormí y de pronto siento que aterrizamos, en medio de bulla: la gente estaba llorando porque hubo un daño en el avión, que regresó a Caracas, y se pensaba en un siniestro. No sentí miedo. Luego no aguantaba el frío de Europa, en Londres y en Belfast me moría de frío. Nunca pensé que hubiera un frío más bravo que el de Bogotá. En Belfast sentía temor por la guerra que se libraba: íbamos en el carro y de pronto cerraban las calles. Decían que ponían bombas y eso asusta. En Irlanda del Norte le tenían miedo al número 13, que corresponde a la mala suerte. Por eso me asignaron la habitación 13 del hotel y me dieron el cubículo 13 del camerino. Pero ese es mi número y me sirvió: le gané a McAuley en el asalto 13.

Fue una pelea dramática por sus dos caídas. ¿Mueve la cabeza de manera negativa por estar desconcertado?
Sí, por eso. Era quien pegaba y de pronto él sacaba una mano y me tumbaba. Pensé: “No puede ser. Tengo que aguantar más y caerle con todo a este ‘man’ o de lo contrario, pierdo”. La gente pensó que yo no podía más, pero yo me levantaba con más ganas de combatir. Esa pelea es la que más recuerda la gente…

Hay algo que se asegura y no creo: Que “Curro” Dossman, todo un caballero, le dijo en el descanso: “Tienes que ganar o regresarás a vender pescado por las calles de Barranquilla”. ¿Lo dijo?
El Curro nunca dijo esa frase. Pero eso es culpa mía: alguien lo dijo y me gustó. Yo lo cogí de mamadera de gallo y empecé a repetirla. Hoy los aficionados en Barranquilla me dicen que si no es por lo que me dijo el Curro, yo no reacciono y, sin más título y sin dinero, estaría vendiendo pescado por las calles. ¡Ja!

Fidel Bassa

Fidel Bassa se volvió a poner los guantes para BOCAS.

Foto:

Pablo Salgado

Otra pelea clave fue la segunda defensa, la revancha con Zapata, en Panamá, en medio de la hostilidad jamás vivida.
En Panamá decían que yo le había ganado a Hilario con trampas en Barranquilla. Hubo un suceso [su compañero Rodolfo Blanco lo jaló de una pierna y derribó al campeón], pero la pelea en sí la gané yo. Desde la llegada a Panamá hubo problemas: un aficionado me pegó al terminar un entrenamiento y el Curro, que conocía bien su país, decidió que entrenaríamos en Colón, sin avisar a nadie. Después lo hicimos en el propio hotel para evitar problemas y desconcentración.

Para colmo, Hilario, que no pegaba, lo derribó en el primer asalto. ¿Qué pasó?

Me cogió saliendo, mal parado. Eso hizo que se creciera y dominara al comienzo. Pero después me repuse, hice la misma pelea de Barranquilla, lo acorralé y le pegué: terminé dominando una pelea que debieron darme en el fallo, pero la empataron.

¿Tuvo más miedo de perder el título en esa pelea o de perder la vida después del fallo?
Como el ambiente no era bueno, pensé que me iban a quitar el título con una decisión localista. Me dio miedo perder el título. Con la decisión, que me permitió seguir con el título, no pude ni celebrar porque cayó una lluvia de botellas que me llevó a estar debajo del ring por casi una hora. ¡Todo el tiempo estuve asustado! Tuve miedo de morir.

Hasta que llegó la séptima defensa, el 30 de septiembre de 1989, cuando perdió el título, en Barranquilla, frente al venezolano Jesús “Kiki” Rojas, pelea en que recibió un golpe ilegal en el primer asalto.
Voy a confesar algo que jamás he dicho, y lo digo con el dolor de mi alma: esa pelea la perdió el grupo, mi esquina, el Curro. Resbalo y Rojas me pega en el suelo. Debió acabarse sin decisión y así hubiera retenido el título. El Curro tuvo la decisión en sus manos, pero mi esquina sabía que yo me hacía matar y ganaba. ¡Y más en Colombia! Ellos sabían que yo era guapo y que no iba a decir “no”. Salí a pelear, pero nunca me recuperé del golpe y perdí el título.

Usted se retiró con esa, que fue su única derrota profesional, y con una marca de 22 éxitos, 15 de ellos por nocaut, un empate y un revés. ¿Por qué tomó la decisión?
Ya no daba el peso [112 libras]. Siempre trato de sacar de lo malo algo bueno: lo mejor que me pudo pasar fue que mi esquina se equivocara en esa pelea y yo perdiera el título. Supe tomar una decisión en un momento difícil y lo agradezco: me retiré porque quería disfrutar de la vida en perfectas condiciones, con la gran fama y lo poco que había ganado de dinero sin tener que pedirle permiso a la lengua para hablar, como sucede con otros boxeadores golpeados. Así como ocurrió esa vez en el boxeo, así ha sido mi vida hasta hoy en día: tomando las decisiones correctas en el momento difícil. Hay gente que no entiende, pero yo lo tengo claro.

¿Cómo fue eso de amanecer retirado del boxeo e incursionar en la vida empresarial?
“Billy” Chams también me orientó en mi vida empresarial. Me decía cómo invertir. Por ejemplo, un hermano de él construyó un centro comercial en Barranquilla y Billy me dijo que comprara en planos. Antes de inaugurarse el centro comercial, vendí el local, me gané bastante plata y compré mi primera oficina en el norte de Barranquilla. Pero recién retirado traje telas de Panamá con Billy y, cuando no había el libre comercio, traje mercancías de Estados Unidos y me iba bien. La oficina de Billy era mi oficina. También tuve una compraventa llamada Guantes de Oro, pero me di cuenta de que eso no era lo mío.

Fidel Bassa para BOCAS

Fidel Bassa

Foto:

Pablo Salgado

Saltó a las letras y a la educación con Editorial Planeta, en 1991. ¿Cómo hizo, si apenas tenía cuarto elemental encima?
Planeta nos contrató como relacionistas públicos a “Cochise” Rodríguez, a Willington Ortiz y a mí para que abriéramos puertas y que sus ejecutivos vendieran enciclopedias a las empresas. Viví en Bogotá, Apartadó, Medellín y Cali. En ese tiempo me di cuenta de que leyendo uno podía expresarse bien y no tener miedo a equivocarse. A los tres años regresé a Barranquilla como distribuidor de Planeta para toda la costa. Me independicé en la oficina que había comprado. Le puse a mi empresa el nombre de Comercializadora Fidel Bassa. Además, empecé a recibir clases en mi casa.

Hoy, su vida empresarial se mueve entre la educación y la cultura… ¿Valió la pena aceptar la invitación del “Curro” Dossman a recorrer Europa, luego de la primera defensa?
Yo acompañé al Curro por Londres, Roma, España... A él le gustaban muchos los museos y a mí me parecían aburridores. Ir al Coliseo Romano o escuchar una misa del papa en El Vaticano fueron días sensacionales. El Curro me dijo: “Todo lo que veas te lo llevarás en la mente y te servirá para el futuro”. Ahora toda esa enseñanza del Curro me ha servido para mi vida de empresario y soy un agradecido de él. Hoy, voy mucho a los museos de Europa y cada vez que entró en uno me acuerdo de mi entrenador.

Usted preside su propia empresa, ahora llamada Mundo Científico, que desde 2005 tiene su sede en Bogotá. ¿Cómo van los negocios y cómo ve la educación en el país?
Tengo dos líneas de negocio: educativa y empresarial, divididas en muchas ramas. Tengo 25 empleados. Represento a 13 firmas internacionales, 9 de ellas en tecnología y capacitación para educación. Conozco el proceso de la educación en Finlandia, el mejor país educativo del mundo, y quiero ayudar a implementar eso en Colombia. Que aquí también los profesores sean doctores de la educación. Me he asesorado bien. Ese es el modelo a seguir. Cuando eso se dé, Colombia va a cambiar, lo digo con más seguridad que cuando yo cambié mi vida, en aquella pelea de guerrero, hace treinta años.

ESTEWIL QUESADA
FOTOS: PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 60 - FEBRERO 2017

Entrevista de Fidel Bassa en BOCAS

Entrevista de Fidel Bassa en la revista BOCAS.

Foto:

Revista BOCAS

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