Eduardo Escobar, el santo y poeta

Eduardo Escobar, el santo y poeta

El también periodista y escritor habla de su vida y carrera con la revista BOCAS.

Eduardo Escobar portada

Eduardo Escobar nació en Envigado en 1943. Pasó por el seminario pero terminó en la poesía.

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Camilo Rozo

06 de marzo 2017 , 06:52 p.m.

Eduardo Escobar parece un monje, un ermitaño, un penitente. Tiene una camiseta blanca de manga larga, un pantalón de dril beige y una mochila tejida. Camina con parsimonia, como si cada paso representara una meditación en movimiento. Con dos dedos –largos, huesudos–, sostiene un colador por el que lentamente caen las gotas de café mientras canta, con esa voz melodiosa y tranquila, las primeras líneas de “Yo también”, un tango que Luis Rubistein escribió en 1940: “Me estoy sintiendo viejo, detrás del alba se va la vida. Hoy me miré al espejo y siento mi alma que está vencida”. El poeta saca la boquilla del bolsillo del pantalón. Enciende un cigarrillo Belmont. El humo gira y él se queda en silencio.

Nació el 20 de diciembre de 1943 en Envigado. Fue el segundo de diez hijos, aunque siempre se ha sentido el primogénito por ser el primer varón y porque dice que el nadaísmo –la corriente poética y filosófica que le dio un vuelco a las letras colombianas en los años sesenta y setenta–, a excepción de Gonzalo Arango, fue un movimiento de hijos mayores. Ha publicado 24 libros, entre los que se destacan Invención de la uva (1966), Del embrión a la embriaguez (1969), Cuac (1970), Confesión mínima (1975), Correspondencia violada (1980), Nadaísmo crónico y demás epidemias (1991) y Ensayos e intentos (2001). En 2013 publicó Cuando nada concuerda, un libro de ensayos, y ahora prepara Cabos sueltos, la lectura como pecado capital, que saldrá a comienzos de 2017.

Escribe tanto como lee y tanto como fuma. En los últimos años, sus textos y opiniones han aparecido en publicaciones como Soho, Cromos, Cambio, El Colombiano, Bacánika y la revista de la Universidad de Antioquia. Hace 25 años escribe “Contravía”, una columna en el periódico El Tiempo por la que recibió el premio nacional de periodismo Simón Bolívar en el año 2000.

El poeta come poco y a deshoras. En la mañana se toma un café, un jugo de naranja y un vaso de Ensure. En la tarde, un sándwiche y un té. Según él, comer poco es el secreto para mantener la salud. Todos los días se levanta a las seis de la mañana, enciende el radio, sintoniza a Darío Arizmendi y comienza la lectura obligada de varios periódicos del mundo. Luego se encierra a escribir artículos para revistas, a pulir los ensayos del próximo libro y a coquetearle a una novela sobre su madre. Algunas noches ve programas científicos sobre el colapso del sol o la entrada del mercurio en las minas del Perú o lee hasta que se cansa. Ahora está leyendo, por cuarta vez, la tetralogía José y sus hermanos, de Thomas Mann, uno de sus libros preferidos, y un trío de biografías de Marx.

Foto por Camilo Rozo.

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A veces pasa las tardes tomando cerveza en la plaza de San Francisco, un pueblito de Cundinamarca donde los borrachos lo confunden con el primo del expresidente Uribe y las quinceañeras le sonríen con cariño. Hace muchos años –más de veinte, tal vez– se instaló en una finca a las afueras del pueblo. El lugar está cercado por árboles de aguacates, naranjos y orquídeas. En la entrada hay una piscina, cubierta con una capa de musgo verde, que nunca usa.

Vive solo. Después de la muerte de Pedro, un perro fila de potentes ladridos, y de Paul, un golden retriever, hace un año llegó Rufián, una mezcla de fila con gozque que llora cada vez que Eduardo le prohíbe la entrada al estudio. Hace tres años desocupó la casa principal de la finca porque la quiere convertir en hostal –un proyecto que no avanza– y se trasladó a la casa que era de los cuidanderos. Una casita blanca con un baño, una habitación y un gran estudio donde tiene un computador Mac, un retrato que le hizo Raquel Giraldo, algunas fotos en blanco y negro, ceniceros repletos de colillas, un costal que hace las veces de caneca, un sillón de cuero viejo, discos y cientos de libros que permanecen desparramados en el escritorio, en una repisa, en una mesa, en el piso. Eduardo dice que quiere ordenarlos y tener una biblioteca que, algún día, pueda ser consultada por mucha gente. Por ahora se dedica a lo que siempre ha hecho. Escribir ha sido su manera de santificar la vida.

¿Cuándo se enamoró de los libros?

Los libros me gustaron con un amor precoz antes de aprender a leer. Tuve un tío cura que tenía una pequeña biblioteca y a los tres años, sin saber por qué, me gustaba contemplar esos libros llenos de polvo, con cintajos y a veces con los lomos dorados, sin comprender que esos objetos iban a apoderarse de mi vida a la larga. El primer libro que leí fue una colección de cuentos de los hermanos Grimm.

¿Qué tanto lo marcó la relación con su tío cura?

El cura fue una figura poderosa para mí en mi primera infancia, una figura prometeica. Viajé mucho a caballo con él por esos pueblos antioqueños donde él fue párroco, lo acompañaba a consolar a los enfermos y a enterrar a sus muertos, y supongo que eso me daba importancia a mis propios ojos porque sentía que tenía una misión en la vida.

Cuénteme de sus padres.

No creo que tenga tiempo para oírme esa novela, la saga de esos dos personajes sin importancia colectiva que criaron diez hijos desde la inopia, sudando, ingeniándoselas para mantenerlos a flote, cambiando de ciudad y de casa como si huyeran de algún enemigo poderoso o como obnubilados por alguna esperanza.

¿Qué recuerda de su infancia?

Fui siempre un solitario, sin amigos, un poco raro entre los otros, no sé bien si porque los demás me aislaban para no soportar mis silencios y mis preguntas, pocas pero amargas, o porque yo me defendía de los demás, apartándome.

Además, aunque mis padres eran pobres se sentían poseedores de cierta nobleza, y consideraban que no existía nadie digno de relacionarse conmigo. O esa impresión me dejó su desdén por todos mis pequeños afectos. Me pasé la infancia sin amigos, contemplando las faunas que proliferaban bajo las piedras en los patios, la música que producían las gotas de agua de una llave desajustada sobre el horizonte de una alberca, o imaginando cosas, viajes, monstruos. Y que era santo y hacía milagros.

¿Qué clase de santo quería ser?

Quise ser un santo incomparable, particularmente muy parecido a mí, singular, con su propio estilo de milagrero. Pero de pocos milagros. Un santo sobrio. Como trato de ser un autor sobrio, sin adjetivos de manteca, ideas de porcelana ni efusiones de relumbrón.

Tenía diez años cuando ingresó al seminario de Yarumal. El asunto iba en serio.

Al seminario me atrajeron la pompa de la liturgia vieja, los escenarios de las grandes iglesias de antes y esa música noble del órgano de mil flautas que los curitas marxistas reemplazaron más tarde por las misas criollas con charangos. A esa edad no me habían ganado el alma la confusión y la desconfianza en todo. Y sobre todo la desconfianza en la desconfianza, que es la más pastosa.

Foto Archivo.

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¿Cómo se imaginaba la vida sacerdotal?

Siempre fui un arrogante, ahora que lo veo, y quería estar en contacto con las cosas eternas y entenderme personalmente, y en latín, con Dios. En secreto quise ser el primer papa latinoamericano, lo cual me decían que era imposible, sin saber que había un argentino haciendo cola.

En la biblioteca del seminario descubrió a Emilio Salgari. ¿Qué tan determinante fue ese autor en su vida?

Salgari me hechizó, me convirtió en un vicioso de los libros para siempre. Al descubrirlo, me aparté casi del todo de la sociedad humana, hasta hoy. Creo que me identificaba con esos ambientes paganos que pinta, con sus selvas de vegetaciones intrincadas y esas islas remotas plagadas de enemigos gratuitos. Sus horizontes coincidían con mi vocación de misionero, de ser sin familia. Salgari también me indujo a escribir mi primera novela, perdida hoy, a los diez años. Era una novela como las del autor italiano, con aventureros del pillaje, con piratas exóticos y llena de bestias incongruentes.

De aspirante a cura pasó a convertirse en nadaísta. ¿Cómo fue eso?

Me fue aburriendo la tristeza del seminario, ese edificio empotrado en el cielo de hielo de Yarumal y un día pedí permiso y me fui. Casi enseguida me encontré con los nadaístas en plena pubertad, después de un interludio límbico, digamos. Fue una voltereta atroz. De la fe a la indiferencia. Y de la indiferencia al cinismo del desorden del movimiento nadaísta. Fui el séptimo apóstol de la nueva oscuridad, como llamamos al pequeño amotinamiento.

¿Qué encontró en ese grupo?

Debí identificarme con ellos porque también andaban entre libros y escribían poemas. Al primero que vi y saludé fue a Gonzalo. Y después conocí a Amílcar Osorio y a Elkin Gómez. Y a Cachifo y después a Darío Lemos. Fue con Darío Lemos con quien establecí una relación más intensa por aquello de las perversidades que compartíamos. Los demás nadaístas nos llamaban las flores del mal. Nos gustaba el desorden nocturno, el pecado, las transgresiones. Y las muchachas de la calle Junín de Medellín, entre las cuales teníamos un éxito endemoniado.

¿Le preocupaba ser el más pequeño del grupo?

No. Como no tuve infancia siempre me sentí mayor, elegido, distinto y me sentía bien. Tenía novias, me emborrachaba, fumaba marihuana antes de que me saliera la barba. Los nadaístas me querían y yo los quería. Formábamos una tierna fraternidad. Gonzalo [Arango] me llamaba “el Nieto”. No me molestaba. Los otros, más irrespetuosos, me decían Eduardito. El diminutivo sí me escocía, pero jamás dije nada. Creo que yo era el más viejo de todos en el fondo, el de alma más vieja, dicho sin modestia.

Su cercanía con los nadaístas alertó a sus padres, quienes decidieron ingresarlo a un preventorio infantil. ¿Cómo fue esa experiencia?

Preventorio se llamaba la cárcel de menores de Medellín y era lo más parecido al infierno. Allí encerraban a la gaminería, a los pequeños transgresores, los ratoneros y los cosquilleros que eran expertos en vaciar bolsillos. Era un lugar horrible, lleno de plagas, chinches, carangas y ratas.

También estuvo preso en la cárcel La Ladera, de Medellín. ¿Por qué?

Estuve allá varias veces, en ese infierno mayúsculo. Me acusaron de rapto y estupro porque cometí el dulcísimo pecado mortal de acostarme con mi primera noviecita a los quince años. Pero más fue el susto que el pecado. Alberto Aguirre, el periodista antioqueño que algunos consideran una conciencia moral de Antioquia, tuvo su papel en esta injusticia conmigo. Era muy amigo de la muy burguesa familia de mi fruto prohibido.

Explíqueme eso. ¿Qué tuvo que ver Alberto Aguirre en ese episodio?

Alberto era el más burgués de los libreros, con una actitud feroz de liberal con bigote a la Nietzsche. Era un tipo muy raro. Ahora que lo pienso, él me tendió la trampa con policías primero y después me sacó de la cárcel haciéndome firmar un montón de papeles a ciegas. Y así quedó de perlas con la familia de la muchacha y con los poetas de vanguardia al mismo tiempo.

¿Qué pasó con esa novia?

Cuando salí de la cárcel ya tenía otro novio. Se trataba de Manuel Mejía Vallejo. Con mis amigos, solidarios con mi dolor, aterrorizábamos al novelista en las noches de Medellín, más en broma que en serio. Los seguíamos en silencio por los bares. Lo rondábamos con aires de pocos amigos, como hacían los matones de las películas de vaqueros que veíamos entonces. Mejía era un tipazo, después de todo. Más tarde él se encargó de publicar mi primer libro de poemas, Invención de la uva.

¿Cómo fue su relación con Gonzalo Arango?

Mi amistad con Gonzalo fue floreciendo con los años. Nos amamos mucho. Nos identificábamos en muchas cosas. Y sobre todo en cierto modo de entender la literatura como una responsabilidad con nosotros, con la lengua y con la sociedad, no como un adorno para lucir en los cocteles. Más que amigos fuimos hermanos.

Con Jotamario ha tenido diferencias. ¿Qué le admira, qué le critica?

Esa es una pregunta patafísica. Admiro sus primeros poemas. Le critico la frivolidad. Y lo quiero una barbaridad. Ya nos vemos poco. Él piensa que yo soy de derechas, lo cual me irrita mucho. Por mi parte, yo dudo de su sinceridad cuando se declara un artista de izquierda.

Hablemos de poesía. ¿Cómo fueron recibidos sus primeros poemas dentro del grupo?

Al primero que le mostré mis poemas de colegial de catorce años fue a Amílcar Osorio, comiendo una banana Split en la heladería San Francisco, en Medellín. Y digamos, si no es un falso recuerdo, que me hizo prometerle que los rompería al llegar a mi casa. Recuerdo que le leí un poema que decía más o menos: “las campanas del olvido para todo el mundo suenan, para mí no sonarán”. Él me dijo “eso es muy malo, así no funciona la poesía moderna”, entonces cogió una hoja y escribió: “Las horas en el reloj son verdes”, y yo también quedé verde, y más tarde me prestó las odas elementales de Pablo Neruda.

Foto por Camilo Rozo.

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¿Cuál ha sido su mejor poema?

Hay uno que escribí como a los veinte años y que no tiene nombre. Me vino una vez en una playa de Córdoba, me senté en un tronco y me vinieron de alguna parte estas palabras: “Todas las cosas se ocupan en su misterio, la amarilla mariposa marina bebiendo del filo de la ola, la espuma del banco de sardinas que cruza el horizonte y las gaviotas en el vómito de los marineros”. Tampoco me avergüenza haber escrito “Cucarachas en la cabeza”, que un gran poeta cuyo nombre me reservo, por si cambió de opinión, piensa que es un poema emblemático del siglo veinte en Colombia. Y también me gusta “Mi padre el anticuario”. Manuel Mejía pensaba que es un poema antológico.

¿Hacia dónde debe dirigirse la poesía?

En el nadaísmo usamos como motivos de la poesía las cosas de la ciencia, al principio, y el lenguaje de la física y la astrofísica, y siento que el poeta moderno debería acercarse mucho más a esos ámbitos. Los poetas ahora siguen suspirándole al lector en la cara y hablándole de sentimientos personales. Los más famosos, como William Ospina, paisajean. Y Juan Manuel Roca y Benedetti hacen poesía vieja, antigua. Creo que los nadaístas hicimos un intento verdadero de una nueva poesía y eso debería ser tenido en cuenta, aunque después de nosotros la poesía volviera a echar para atrás, a un cierto romanticismo más o menos deleznable, con cieguitos tropezando y oficinistas enamorados de la palabra “ternura”.

¿Por qué cree que la poesía echó para atrás?

Es un problema del mundo. En el Festival de Poesía de Medellín uno oye a los de Alemania, Egipto, Finlandia o Pereira y todos escriben la misma pendejada, tal vez porque la poesía se va a acabar o va a cambiar. Si el poeta no se involucra en la ciencia posmoderna y con la metafísica es difícil atraer a la gente. Yo creo firmemente que todo lo que dicen los físicos modernos cuando hablan del origen, de los agujeros negros donde los relojes se deforman y marchan más despacio, de las cópulas entre las galaxias que se abrazan, está lleno de poesía auténtica. Pero los poetas hoy suelen ser muy ignorantes, leen muchas solapas en vez de leer los libros completos y con eso se defienden. Como en todo, en la política también, la simulación prima en la poesía. La mayoría, yo que los conozco, se mantienen borrachos de coctel en coctel.

¿Cómo surgen sus poemas?

Los poemas vienen. Hacía muchos años que no escribía poemas porque no venían y ahora parece que quieren que yo los vuelva a escribir. Yo creo que la poesía sirve para devolverle a la gente el sentido del misterio. Para escribir poemas necesitamos mucha limpieza interior, me parece. Mucho desapego y al mismo tiempo mucho respeto por el lenguaje donde el hombre habita.

¿Qué tanto lo han inspirado las mujeres?

Yo no escribo casi poemas de alabanza a las mujeres, porque cuando me enamoro de una mujer es para disfrutarla, no para hacerle odas a los ojos. Eso se lo dejo a su oftalmólogo.

¿Cómo define su poesía?

Comparo mi poesía con los cajones de mi papá, el anticuario. Cuando vendía antigüedades, mi padre compraba unos guacales y los llenaba de paja y ahí metía unos platicos de porcelana, unos medallones de bronce, unos relicarios con cadejos de pelos de princesas, unas cartas de algún amor histórico. En el fondo, mi obra puede ser eso, un montón de paja donde alguna persona de buena voluntad, si se decide a escarbar sin prejuicios, y sin miedo a las cucarachas, puede encontrar, de pronto, algo valioso. Algún pequeño tesoro transitorio.

¿Cuál es su objetivo como poeta?

Enseñarle a la gente a mirar el mundo.

¿Qué poeta colombiano admira?

A León de Greiff. Creo que es el gran poeta colombiano de todos los tiempos y uno de los mayores de la lengua. Es un poeta fabuloso, humorístico, melancólico, excesivo. Muchas obras suyas son para leerlas bailando. Es una fiesta del lenguaje. Y claro, los poemas del primer Álvaro Mutis, el de los hospitales de ultramar.

¿Qué tan difícil es ser poeta en Colombia?

Ser poeta en Colombia es tan difícil como en todas partes pero peor. Porque no hay un público con el gusto afinado. Porque la gente se babea consumiendo cuidos mediocres. Se vive de la poesía cuando no queda otro remedio.

Quiero preguntarle por las drogas. ¿Qué probó, qué le gustó?

Conocí la marihuana desde jovencito. El LSD, el STP, el DMT y los hongos los conocí pasados los veinte años. Pero no es posible hablar de la experiencia íntima de Dios, el bien y la belleza que viví en mi primer viaje de LSD, por ejemplo. Las drogas pueden ponerte en contacto con otras dimensiones del pensamiento y de la vida. Y tampoco puedo hablar del espantoso encuentro con el demonio como encarnación del mal que se me dio más tarde en el apartamento de Elmo Valencia, en Cali. Solo puedo decir que las drogas me enseñaron sobre mí mismo muchas cosas que mi educación en colegios confesionales no fue capaz de revelarme.

Foto Archivo.

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¿Cómo fue ese encuentro con el demonio?

El diablo somos nosotros mismos. Eso lo sabe todo el mundo, aunque algunos fingen bien que lo ignoran. Es lo nocturno en nosotros. Y por eso es indescriptible en palabras publicables.

En su juventud militó en la izquierda y hasta intentó ser parte de una guerrilla. Hábleme de esa experiencia.

Tenía 17 años. Fue una aventura cómica que me convirtió en ladronzuelo y por poco me convierte en asesino y en todo caso en un peligro social. Mis jefes me mandaron en un bus intermunicipal desde Medellín a Cartagena, con unas cajas de cartón llenas de tacos de dinamita. Eran unos locos, enloquecidos por un par de libros de las ediciones extranjeras de Moscú que habían leído, y uno era tan ingenuo, que aunque no tenía en qué caerse muerto, arriesgaba la vida por los gangsters del Kremlin. Por fortuna ese episodio del marxismo-leninismo ya pasó.

A Álvaro Uribe usted lo defendió en su columna de El Tiempo. ¿Después de haber sido de izquierda es posible volverse de derecha?

La izquierda no es más que una forma del conservadurismo hace tiempos. El liberalismo de Uribe también recoge muchos ideales de la izquierda clásica. Pero es preciso hacer una aclaración. Yo apoyé a Uribe en su ascenso al poder, no como mandamás. A Uribe lo entendí como un instrumento para la purificación de los pecados de la izquierda ortodoxa, la que viola niñas, envilece niños, quema escuelas y perfora oleoductos. Como reconocen sus propios enemigos, debilitó esa lumpen guerrilla nuestra de los comunistas de Gilberto Vieira, y fue un factor muy importante para obligarlos a sentarse en La Habana. Y eso siempre se le debe agradecer.

Es cierto que Uribe lo nombró representante de la presidencia en el Consejo Nacional de la Cultura. ¿Usted qué le dijo?

Es cierto. Y leí todas las leyes que sobre la cultura expidió el Congreso en los últimos años. Una sopa de anzuelos. Pero yo vivo muy ocupado escribiendo y me hice el pendejo.

Defender a Uribe le trajo muchos problemas con sus amigos más cercanos, artistas e intelectuales.

Mis amigos no entendieron un carajo. Cómo van a entenderme si creen que Petro es un hombre de izquierda y que el Canal Capital es mejor que RCN. Y que el Che Guevara fue un gran hombre y que Fidel Castro le dio al pueblo cubano la palabra, según dijo William Ospina. Mis amigos, en general, han confundido el papel del escritor con el lagarteo, y la gloria con la fama de la vida social.

¿Cómo nació la idea de escribir Cuando nada concuerda, el libro de ensayos que publicó en 2013?

Los libros en mí van surgiendo solos, secretados. Primero son una bruma y después un entusiasmo y de repente se descubren listos, acabados. Hasta cierto punto, claro. Porque uno jamás termina de escribir el libro que quiere.

Un libro de ensayos es una apuesta poco comercial. Sé que lo mandó a varias editoriales. ¿Qué le dijeron?

En una editorial de mucho prestigio se me dijo que mi libro era rechazado porque estaba muy bien escrito y era muy erudito, y paliaron los elogios acusándolo también de desequilibrado. Pero ¡cómo quieren de mí un libro equilibrado! Y al final me dieron un consejo: que se lo propusiera a una editorial universitaria porque no compaginaba con el perfil de sus lectores. Hoy los editores calculan la excelencia de un libro según las proyecciones del departamento de contabilidad. Y por eso circulan tanto los libros de los simuladores que suelen redactar tan bonito y saben decirle a la gente lo que quiere oír, sin desgarrarla. Pero yo no voy a cambiar.

En ese libro es muy crítico con Cien años de soledad, lo describe como un Disney World para los pobres. ¿Por qué lo decepcionó un libro que ha marcado a millones de lectores?

El mismo García Márquez me dio la razón a través de su amigo Iader Giraldo. Y se sabe que por superar ese que llamó un vallenato largo, a mí no me gusta el vallenato, escribió El otoño del patriarca. Lo dejo explicado en Cuando nada concuerda. Dejémosle la tarea de descubrir cómo a los lectores.

Ahora está preparando Cabos Sueltos, otro libro de ensayos. ¿De qué se trata?

Está compuesto por una serie de ensayos sobre literatura, como el anterior. Pero si en Cuando nada concuerda me limité a registrar los libros más decisivos en la vida cultural del siglo XX, en Cabos sueltos me ocupa también en gran parte una visión, la de mi vejez de lector irredento, de la literatura colombiana, la vieja de Carrasquilla y Epifanio Mejía, el dulce cantor de La tórtola y Fernando González, mi amigo y pariente inolvidable, y Fernando Vallejo y William Ospina. También va a incluir un reflexión sobre el Tao Te Ching, que es un libro que he trajinado desde la adolescencia y del cual guardo un montón de traducciones tan distintas que parecen todas traducciones de un libro diferente.

¿En qué va el proyecto de montar un hostal en su finca de San Francisco?

Estoy esperando un socio que me ayude. A mí todo el tiempo se me va sentado ante el computador. Sería bueno establecer en este lugar tan hermoso un hostal, un tertuliadero para venir a hablar de estas pendejadas. Ya se dará. Las cosas suceden a su tiempo, cuando el deseo ha terminado la gestación y está listo para parir.

Uno tiene la idea de que a los poetas les va muy bien con las mujeres. ¿Cómo le ha ido en el amor?

Yo creo que el hecho de que un hombre se haya encamado con muchas mujeres no quiere decir que haya tenido suerte con ellas. Al contrario, una historia sentimental demasiado variada cuenta siempre el fracaso del amor.

¿Cuándo fue la última vez que se enamoró?

Ayer. Yo me enamoro, al menos, cada 48 horas.

Hace unos años me dijo que pensaba en la muerte todos los días. ¿Cómo va eso?

La vejez y la muerte anulan los proyectos. Pero son parte de una honesta concepción de la vida como es. Lo que pasa es que hoy la gente, la mayoría, no tiene tiempo para enfrentar la realidad y cuando ataca lo que Heidegger llamó la nada, huyen al ruido que les propician los medios de comunicación, encienden la radio y la televisión o se van a aturdirse en las bibliotecas.

Sé que compra el Baloto todas las semanas. ¿Qué haría si se lo gana?

No sé qué haré cuando me lo gane. Quizás me compre una tractomula con un vagón biblioteca o un yate. Pero no me gusta el condicional de la pregunta. Eso es falta de fe en mí y en el azar que siempre fue generoso conmigo.

MARIA ALEXANDRA CABRERA
FOTO DE CAMILO ROZO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 56 - SEPTIEMBRE DE 2016

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