Paros + paros

Paros + paros

En su columna para BOCAS, Alberto Casas Santamaría comenta los paros que azotaron al país.

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El veredicto de NinaColumna de Alberto Casas Santamaría en Revista BOCAS

Foto:

02 de agosto 2016 , 05:57 p.m.

 “¿Qué se fizo el Rey Don Juan?
Los infantes de Aragón, ¿qué se fizieron?”.
Jorge Manrique.

¿Los partidos qué se fizieron? ¿Los infantes de La U, el liberalismo y el conservatismo dónde se metieron que no los vimos ni en las curvas? No conocimos sus opiniones con respecto al paro camionero que tuvo sin abastos a las ciudades y que les dejó pérdidas cuantiosas a los campesinos por la imposibilidad de llevar sus productos a los centros de distribución y los precios por las nubes.

Mientras la opinión pública responsabilizó y castigó al Gobierno por el manejo oficial –según una encuesta de Caracol Noticias, el 7 % está de acuerdo con el manejo y el 80 % está en contra– debido a la protesta violenta con bloqueos en la vía pública que dejó heridos a varios agentes de la autoridad, los voceros de los partidos se limitaron a expresar preocupación por el despelote. Pero ellos no salieron a los medios a explicar y condenar a los que organizaron los desórdenes y atacaron con violencia a unos oficiales de la policía, que sufren en la dificilísima tarea de graduar la fuerza que cada circunstancia requiere.

En contraste con los políticos, que se hicieron los de la vista gorda, los cafeteros se hicieron sentir para “rechazar los actos de violencia y el entorpecimiento de la libre circulación de vehículos de carga”. Los gremios también condenaron el paro y apoyaron al Gobierno, pero el grueso del público, confundido por la desinformación de las redes sociales, subestimó los esfuerzos de la Administración.

Sin partidos que respalden al Gobierno y que expliquen las consecuencias desastrosas de atender las peticiones de los huelguistas que bloquean las vías y atacan a la policía, es muy difícil ganar la batalla de opinión que se deriva de los paros. Así sucedió en la época del terror de Pablo Escobar: cuantas más bombas y atentados había, la gente más culpaba al gobierno de turno.

Que nadie se equivoque: vendrán más paros y, por tanto, más bloqueos. ¿Prefieren acaso los políticos que se aceptaran las peticiones de los propietarios de tractomulas para privilegiar a un sector, en detrimento del resto de los agentes económicos? ¿Prefieren reducir la competencia para elevar los fletes? ¿Prefieren que hubieran fijado ellos, los transportadores, el precio de los combustibles y de los peajes sin tener en cuenta el impacto del factor competitividad? Los políticos que coadyuvaron la protesta han debido reflexionar sobre la posibilidad de ser ellos, en el futuro, quienes deban torear como gobernantes esos bravos bloqueos.

La diferencia entre los países que tienen partidos disciplinados y Colombia es tanta como la que tienen el presidente Maduro y el secretario de la OEA. Basta con mirar la campaña en los Estados Unidos, donde los aspirantes a la candidatura presidencial de un mismo partido se dan en la jeta –y muy duro– hasta que escogen por mayoría un ganador en franca lid. Entonces los perdedores abrazan al escogido, se unen para dar la batalla y acompañan de verdad al ganador.

En Colombia nos priva el retrovisor para reclamar a los perdedores su falta de coherencia cuando reconocen al ganador y lo apoyan con sus gregarios. A diferencia de los norteamericanos, como fue el caso del senador Sanders y la candidata Hillary Clinton el pasado 12 de julio. Los republicanos, con menos entusiasmo pero con igual disciplina, también hicieron una sola fila con su candidato Donald Trump. Nadie puede asegurar quién será el ungido. Depende, ahí sí como en Colombia, del odio mayor. Los gringos van a escoger entre el odio menor y el odio mayor. Si odian más a Trump que a Hillary o viceversa.

Allá, en Norteamérica, el que se mueva no sale en la foto. Acá, en Colombia, el que se mueve, divide y funda un partido nuevo con base en la norma constitucional que establece el derecho de constituir partidos, movimientos y agrupaciones políticas (sic) sin limitación alguna. Y, obvio, que hace de la gobernabilidad un laberinto muy complicado de resolver.

La U y Cambio Radical son hijos del liberalismo. El Centro Democrático es hijo putativo del liberalismo y hermano natural del conservatismo. Los conservadores, no obstante las diferencias, se mantienen en la misma casa de “La Soledad”.

Por: Alberto Casas Santamaría

REVISTA BOCAS
EDICIÓN 54 - JULIO 2016

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