Mi hermano Vicente

Mi hermano Vicente

Citas de Casas - Noviembre de 2017

26 de noviembre 2017 , 08:00 a.m.


Bien vestido y con gran sentido del humor. Admirado entre las mujeres por su facha y entre los hombres por la originalidad de sus conceptos. Hacía bromas inocentes que no le hacían daño a nadie y que se volvían virales, como se diría en el lenguaje de hoy. Las facciones de su cara, elegantes y geométricas, le servían para mantener la misma rigidez cuando expresaba opiniones de la mayor seriedad o del más alto y sofisticado mamagallismo.

Tenía una suerte del demonio: se casó con Silvia Bonnet, mujer espléndida y atractiva a quien logró convencer de romper un compromiso previo para formar una relación maravillosa, sin la cual no habría podido construir las empresas exitosas que les dejó a quienes más amaba, sus hijos y sus nietos.

Sembró cebada en la sabana. Importó vodka Yubileynaya de Rusia y para lanzarlo al mercado colombiano ofreció, con mi modesta asesoría, un coctel histórico en el restaurante Balalayka, del cual ninguno de los participantes salió sobrio. Brilló con luz propia en la Bolsa de Valores de Bogotá, donde perfeccionó la operación más grande de la época. Le ganó a la salud deteriorada varias peleas. La última prueba la iba ganando, pero se agotó y se quedó sin gasolina en contra de mi pronóstico.

Jugando a las cartas, al dado, o a cualquier deporte, sin distinguirse por su destreza, conseguía resultados excelentes. En una tómbola repleta de centenares de miles de cartas que concursaban por un pasaje de la BOAC a Londres, que se transmitió en directo por televisión y que por casualidad yo vi sin saber que él estaba participando, salió favorecido. Acertó los números de la lotería en dos ocasiones, sin jactarse de su buena estrella en todos los campos en los que actuó.

Tenía también la habilidad de decir las cosas más pesadas sin herir a su interlocutor. A García Márquez, por ejemplo, el día en que lo conoció, le dijo: “Maestro, ¿por qué a usted no lo quieren en Colombia?”. Yo me metí debajo de la mesa, pensando que Gabo lo iba a mandar al carajo, pero no fue así: para mi sorpresa se interesó muchísimo en la pregunta y terminó haciendo buenas migas con él.

En otra ocasión, una muy comprometedora para mí, le pedí que me acompañara a Washington a presentar la campaña de publicidad para las elecciones de 1986 al futuro candidato Álvaro Gómez, quien se desempeñaba como embajador de Colombia en los Estados Unidos. Me fue picho y él sirvió de samaritano para restablecerme con el apunte oportuno e inmediato, que siempre tenía, y pedir un whisky que mejoró el ambiente.

También, en otra ocasión, me acompañó a Nueva York para atender un compromiso profesional con Julio Mario Santo Domingo. Me dijo que quería conocer la oficina del empresario barranquillero, a lo cual Julio Mario accedió. Al terminar la visita Santo Domingo le preguntó qué opinaba y Vicente le contestó: “Es la oficina más linda de Nueva York, pero, con todo respeto, los cuadros –unos óleos inmensos de Fernando Botero– me parecieron inmundos”. Santo Domingo, en lugar de mortificarse con la opinión impertinente, soltó una gran carcajada.

En Girardot frecuentábamos el casino El Peñón, previa visita al restaurante de Tadeo, debajo del puente maravilloso sobre el río Magdalena. Allí consumíamos grandes dosis de aguardiente Néctar y un regio pescado frito, al tiempo que un trío destemplaba canciones colombianas y mexicanas con violines y guitarras. En el casino, un complejo turístico de moda en los años setenta, el dueño acostumbraba jugar black jack bloqueando las sillas restantes con sus piernas estiradas; un gesto de pésimo gusto para impedir que otros jugadores usaran las casillas restantes de la mesa. Entonces Vicente reclamaba su derecho a usar una de las sillas y el señor Duque se negaba a retirar las piernas para atender el requerimiento del intruso, hasta que después de la molestia inicial terminaba celebrando de buena manera las formas divertidas y pacientes del nuevo compañero de mesa.

Su afición de coleccionista lo llevó a profundizar en la importancia del bronce para la historia del arte y, además, se enamoraba de toda clase de objetos bellos para él, en especial los que tenían que ver con caballos. Con ese temperamento fue haciéndose empresario afortunado y les sirvió a los demás. Los últimos años los dedicó a trabajar por la sostenibilidad de la Fundación Cardio Infantil, donde su recuerdo se traduce en alegría y sonrisas a tutiplén. Más que un hermano, Vicente era la amistad en persona y en la casa de mis padres, donde fuimos muchos, fue el divertimento por antonomasia.

“Mi problema es que yo creía que me iba a morir y no me morí”, me dijo al final. Dos días después falleció y cada vez que utilizo el espejo para cuadrarme el nudo de la corbata lo veo a él. Por eso no he logrado superar el dolor que me causa no hablarle por teléfono, como lo hacíamos todos los días.

ALBERTO CASAS SANTAMARÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 69 - NOVIEMBRE 2017

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