Álvaro Castaño Castillo: El último dandi

Álvaro Castaño Castillo: El último dandi

Una entrevista con uno de los pilares de la Colombia intelectual de mediados del siglo XX.

Álvaro Castaño Castillo Portada

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Foto:

Sebastián Jaramillo

06 de marzo 2017 , 06:35 p.m.

Esta entrevista fue realizada en 2011 y permaneció inédita hasta su publicación en BOCAS, en agosto de 2016.

Conocí a Álvaro vieja. Vieja yo, no él. Porque al maestro le pasaban los años, pero tenía la cabeza intacta, con una memoria de elefante. Lo invité a escribir una columna en la revista BOCAS y, aunque se sorprendió de que a los 91 años todavía siguiera vigente en los medios, aceptó el reto con alegría.

El legendario gestor cultural –fundador de la HJCK– le dictaba de un solo jalón a Esperanza, su secretaria de toda la vida, cualquiera de tantas historias que tenía por ahí guardadas. Se acordaba bien de todos los detalles. Sería por el ejercicio de todo buen reportero de preguntar y grabar todo, porque anduvo muchos años con una grabadora en el bolsillo y así, con ese truco secreto, guardó toda clase de voces legendarias que pasaron por la emisora que fundó el 15 de septiembre de 1950 y donde, físicamente, acumuló más de 50.000 entrevistas y programas culturales. El archivo sonoro más rico de Colombia. Años antes de morir, en un acto de enorme generosidad, le donó ese tesoro radial a Colombia.

Era un optimista redomado, un pionero y un gocetas. Habló del mundo en Bogotá –cuando Bogotá era un cuasi-pueblo– y acuñó la famosa frase: “una emisora para la inmensa minoría”.

Ya había cumplido noventa cuando lo conocí y estaba flaco –como siempre lo fue–, y se apoyaba en un bastón para caminar. Sin embargo, subía y bajaba escaleras con energía. Se sabía reír muy bien, con unas carcajadas contagiosas. Conversaba medio enredado, pero no se callaba. Y tuvo una vida social muy activa que lo hacía feliz. No era raro verlo llegar al lanzamiento de un libro o a algún evento cultural, vestido impecablemente, de la mano de Macario, su chofer y su sombra durante los últimos años.

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo.

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo.

Foto:

Acompañaba sus tardes con una "chichita", como le decía al vodka con Coca-Cola, que se tomaba entre cuento y cuento. Siempre me recibió con algún piropo –porque fue coqueto hasta la muerte–, elegantísimo –con fular y blazer de gentleman–, todo mientras recuperábamos 96 años de amistad con personajes de la talla de Jorge Luis Borges, Agustín Lara, Álvaro Mutis, Gabo, Alejandro Obregón, Chavela Vargas o Fernando Botero. Y también hablábamos de mujeres y de amores; sobre todo de doña Gloria Valencia, la primera dama de la televisión, su primera dama, con la que estuvo casado 64 años y con la que tuvo sus dos únicos hijos: Rodrigo, fallecido el 20 de febrero de 2015, y Pilar, la reconocida presentadora y experta en moda.

En su vieja casona en el norte de Bogotá, durante las largas tardes que pasamos juntos, recitaba alguna poesía de “pe a pa”, hablaba de música clásica o de rancheras por igual y recordaba bien los libros leídos y las entrevistas a los grandes personajes.

Me hubiera gustado conocerlo antes. Me hubiera encantado pasar más tiempo con él. Me hubiera fascinado preguntarle por más cosas, por más historias, más anécdotas de ese mundo que con él se fue, de ese país que ya nos parece tan lejano. Porque hombres como él no nacen ni se hacen todos los días.

¿Cuáles eran sus amigos?
Gonzalo Rueda Caro, Rafael Urdaneta, Santiago Pardo Umaña, Carlos Dupuy, Hernando Nieto Calderón “Toto”, Ernesto Gamboa… Eran cantidades.

¿Quién queda?
Nadie. Nadie es nadie. ¡Qué horror!, ¿no? Quedaba hasta hace poquito Dupuy, y murió.

¿A veces se siente solo?
Sí, porque los amigos, esos, dan un tono que solamente dieron ellos. Nadie los puede imitar, y si los imitan se siente la gente mal y yo me siento peor. Fueron entrañables, fuimos enormemente amigos, éramos ante todo amigos. Eran abogados, novios, esposos, pero ante todo eran amigos, fue un grupo de amistad total. Yo me acuerdo de diez mil anécdotas y te voy a contar, hasta donde pueda, ocurrencias fantásticas de los amigos. Eran todos talentosos. Gonzalo Rueda era un genio de la improvisación, de lo inesperado. El verdadero repentismo bogotano lo tenían mis amigos. Tú sabes que teníamos un templo, que era el Café del Rhin, un cafecito chiquitico en donde íbamos a tomar perico con cruasán por las mañanas y ron por las tardes, todos los días, porque éramos estudiantes. Todos eran estudiantes del Rosario y poquitos de la Nacional, como yo, pero vivíamos todo el día juntos, queriéndonos.

Estudió Derecho en la Nacional, ¿se graduó?
Claro, con tesis laureada –sumamente buena, te advierto–, sobre la Policía. El único libro serio que se ha escrito, orgánico, metódico, sobre la historia de la Policía lo escribí yo bajo las órdenes de Miguel Lleras Pizarro, que era un Lleras sensacional y mi jefe. Él me nombró secretario de la escuela de Policía con la condición de que escribiera una tesis seria sobre la Policía.

¿Y ejerció el Derecho mucho tiempo?
Nunca lo ejercí porque no me gustó como ejercicio… Desahuciar gente pobre, eso me aterraba. Me gustaba mucho la teoría del Derecho, el Derecho romano y qué es la reglamentación de la equidad, eso es lindo. Pero el ejercicio del Derecho en los juzgados es una cosa que me espanta y no lo quise nunca. Me gustaba por los amigos y porque movía cosas inteligentes, pero no más.

¿Iban todos encarrilados a la filosofía y a la poesía?
Sí, claro. Yo era el que recitaba en mi generación.

Ese ambiente bohemio, ese mundo literario, intelectual, ¿ya se acabó?
Yo creo que ha disminuido mucho. La poesía ya no es tan popular como lo era para nosotros, que era oxígeno. Era oxígeno la poesía de Carranza, él era un rey para nosotros, todos nos sabíamos sus versos de memoria. Y el piedracielismo de Jorge Rojas, un encanto de ser humano, y Camacho Ramírez, y mi cuñado también, Gerardo Valencia. Era el grupo de Piedra y Cielo, que fue muy importante y llegó como respuesta a la poesía helada de Guillermo Valencia. Carranza, precisamente, escribió un artículo que se llamó “Bardolatría”, en el que se burlaba de cierta forma de Guillermo Valencia, diciendo que era una poesía hiperbórea, una cosa jartísima. Valencia se indignó y vino el choque de generaciones.

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Foto:

¿Por qué se acabó?
Porque las cosas se acaban, pero, sobre todo, hubo una saturación de poesía. Esos tiempos de Carranza no se repiten. Han retoñado últimamente en el Gimnasio Moderno, bajo la dirección de Gonzalo Mallarino y de Federico Díaz Granados, poetas jóvenes, animosos, modernos, queridos, ya sin caspa.

¿Todavía recita?
Claro. Continuamente, linda. Yo me duermo siempre recitando, preferiblemente, a Borges, porque Borges es muy difícil, muy rocoso, muy duro. Me gusta medírmele y decir: “La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha. El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma”. Es muy lindo, ¿no? Ese es un consuelo para los viejitos. Es que mira, yo soy una mezcla de viejo y de joven: no puedo conformarme con envejecer, ¡qué vaina!, ¿no? Yo le tengo terror a convertirme en viejo verde, ¡terror!

¿Pero siente los años?
No, no los siento, y eso es lo peligroso, porque lo pone a uno al borde del oso y el oso es lo peor que le puede pasar. Entonces, a esta edad, los legendarios como yo tenemos que defendernos de las asechanzas de viejo verde, sobre todo yo. Es una vergüenza, porque como me siento totalmente entero y feliz y joven, entonces esa es la posibilidad más grande del oso.

¿Ha sido un hombre feliz?
Sí, lo soy, lo fui sin duda alguna. Primero por mi pasado, por mis recuerdos, porque Gloria me dio toda la felicidad posible, esa fue una barbaridad de felicidad, una cosa linda, entonces eso me acostumbró a vivir en la alegría, en la confianza de mí mismo, en tanta cosa que es la vida. Y es que no la siento pasar, linda, no la siento. ¡Qué vaina!, ¿no?

Y tiene una memoria…
Muy buena, porque la ejercito. Por eso te digo que me duermo recordando a Borges o a otros poetas, Ángel Montoya, por ejemplo, a Carranza…

Dígame un poema de Carranza, el que más le guste.
El que más me guste… el Soneto sediento: “Mi tú. Mi sed...” ¡Mira qué lindo! “Mi tú. Mi sed. Mi víspera. Mi te-amo. El puñal y la herida que lo encierra. La respuesta que espero cuando llamo. Mi manzana del cielo y de la tierra. Mi por-siempre-jamás. Mi agua delgada, gemidora y azul. Mi amor y seña. La piel sin fin. La rosa enajenada. El jardín ojeroso que me sueña. El insomnio estelar. Lo que me queda. La manzana otra vez. La sed. La seda… Me faltas tanto en esta lejanía, en la tarde, a la noche, por el día, como me faltaría el corazón”. Qué lindo, ¿no? Carranza era una brutalidad.

¡Qué belleza!
Así era Carranza. Carranza me dijo: “¡Te vas para Caracas!”. Y viajé a Caracas a fundar la HJCK. Me dijo Carranza: “Te instituyo jefe de relaciones públicas de mi ‘Soneto sediento’”, ese que te acabo de decir. Yo lo adoro. Yo soy muy amigo de Daniel Samper y ambos nos sabemos toda la obra de Carranza… ¡Una bestialidad! Muertos están todos los de mi generación, pero me queda el consuelo de gente como Daniel, como Granados, como otros grandes poetas y, sobre todo, amigos cercanos, sin los cuales no podría vivir. La poesía para mí es un alimento fundamental.

Y las tertulias con los amigos, y de poesía, y excesos…
De lo único de lo que me arrepiento fue de haber fumado. Afortunadamente fumé muy poquito, muy poquito, y alguien, Luis Patiño, me regañó una vez. Me dio un pastorejo en la mano sin darle al cigarrillo y me sentí tan humillado que dejé el cigarrillo para siempre.

¿Fumaba desde muy joven?
Sí, el solo hecho de fumar es un pecado que no me perdono, aunque fumé muy poco. Es que yo nunca fui obsesivo con nada, linda, no, ¡nosotros no nos emborrachábamos nunca! Todos esos amigos de los cuales te hablé, nunca nos emborrachamos; nos alegrábamos, que es otra cosa muy distinta.

¿Y cómo es una noche de alegría?
Era lo más zanahorio del mundo, porque nosotros no podíamos estarnos quietos un minuto, teníamos que tener una bolita de ping-pong, que es lo más esquivo, lo más difícil del mundo, y éramos los magos para manejarla con el pie, para meterla con la rodilla y el pie en un cenicero chiquitico, y la embutíamos ahí, tomando roncito, la cosa más inocente del mundo. Otras veces luchábamos: los más cuajados, como la bolsa de Mendoza, o Luis Robledo, los más poderosos, nos cogían de caballos a los más flacos, y luchábamos a muerte y apostábamos plata, poquita, nunca fuimos tahúres.

O no tenían…
O no teníamos. Los estudiantes no teníamos nunca nada, pero los que trabajaban sí, como Álvaro Martín, Luis Robledo, que trabajaban en Avianca, que eran todos buenos mozos y que eran los dueños del mostrador de Avianca, por donde pasaban las churras de Bogotá a coquetearles. Los estudiantes, como te digo, tomábamos café y cruasán a las dos de la tarde y, después, roncito, hasta las siete de la noche, nunca mucho. Las discotecas empezaron en ese tiempo, había una que era el Unicornio, era el único bailadero, entonces bailábamos y vivíamos unas noches de baile impresionantes.

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Foto:

¿Qué música había en esa época?
Boleros, linda. Yo era muy regular, pero Hernando Murillo, por ejemplo, tenía una voz maravillosa, era muy alegre. Éramos muy musicales. Por ejemplo, cuando vino Agustín Lara, lo invité con Gloria y los amigos y pasamos una noche que nunca olvidaré. Gloria se sabía todo el repertorio de Agustín Lara, entonces se le parqueó en la cola del piano y empezó a preguntarle: “Maestro tengo libertad…”, “De todo señora”. Gloria era linda, entonces Agustín Lara estaba encantado con ella, él le decía: “¿Usted cómo sabe todo?”. “Sé todo”, decía ella, “sé cómo le cortaron la cara, el nombre del burdel. Cuénteme cómo se llamaba la dama que le cortó la cara”, entonces se introdujo en la intimidad de Agustín y logró sacarle todo, e hizo felices a los amigos del Café del Rhin. Alberto Peñaranda era el empresario que lo trajo de México, pero me dijo a mí: “No puedo ir, pero te ruego que me reemplaces”. Imagínate a quién le dijo.

Fuimos Gloria y yo, y le dije: “Maestro Lara, somos Álvaro Castaño y mi señora Gloria Valencia de Castaño. Alberto Peñaranda no puede venir, no está en Colombia y yo tengo el placer enorme de atenderlo”. “Apenas termine mi show en el Tequendama nos vamos”, nos dijo.

Cuando salimos a la fiesta fantástica me preguntó: “Don Álvaro, ¿qué marca es su piano?”, una pregunta lógica entre músicos. Entonces, yo haciendo una cara de imbécil absoluta le contesté: “No, maestro, yo no tengo piano”. Me respondió: “¿Cómo? Es tan idiota usted de pensar en hacer una fiesta…”. Entonces le dije: “Un momentico, maestro, atiéndame lo que le voy a decir: yo no tengo piano, pero soy bogotano y tengo muchos amigos en Bogotá para atenderlo a usted. Va a ver que nos sobran pianos”. Y así fue. Llamé a Cristina de Peñaranda, precisamente la señora del amigo que me había pedido que atendiera a Lara, y le dije: “Mona”, era una alemana encantadora, vive todavía, “necesito que me des tu piano, tu casa, todo”. Me dijo: “Con mucho gusto, pero ¿quién es ese señor Lara?”. Y me fui volando con Agustín Lara, con Gloria, con Hernando Murillo, con Gonzalo Rueda, con Rafael Urdaneta, nos fuimos todos y nos apoderamos de la casa. Fue el culto a la amistad, nosotros éramos eso, unos cultivadores de la amistad, leales, alegres, buenas personas, zanahorios.

Y las mujeres…
Las mujeres también iban.

¿Eran muy novieros?
No tanto, ¿sabes? Yo era muy coqueto, pero muy superficial. Además, cuando vi a Gloria, ahí quedé fijado como una mariposa en la pared. Gloria era una belleza, los 15 años de Gloria eran una cosa del otro mundo, eso nos purificó a todos, porque todos la adorábamos. El Café del Rhin se pasó a vivir a la casa de Gloria, en la calle 24 con carrera 12.

Y las novias eran amigas de Gloria…
Claro, claro.

¿Dónde conocían a las niñas?
En los colegios. Yo estudiaba en La Salle, los demás en el Gimnasio. Acostumbrábamos a despedir a las niñas en sus tranvías. Las veíamos coger el tranvía y cuando se iban hacia el norte. Darles un besito era la audacia más grande del mundo.

¿Y uno cómo hacía para hacer las visitas?
Estaban las fiestas nocturnas en las casas, entonces íbamos todos, invadíamos las casas y las asolábamos. Los que tomaban mucho tenían que contenerse, porque no podían hacer quedar mal al grupo. “Hoy hay que tomar bien, caballerosamente”. De verdad, éramos demasiado caballerosos. Creo que fue la última época que hubo señorío en Bogotá. Hoy esa palabra hace reír a la gente, la hace burlarse, pero eso lo vivimos nosotros, fuimos los últimos señores totales que hubo en Bogotá. Además, eran muy talentosos.

¿Y su talento, aparte de ser encantador, cuál era?
Yo recitaba, naturalmente, ese es mi fuerte brutal. Los amigos del Gimnasio no estaban tan untados de poesía como yo, porque yo era de la misma generación, pero no sé por qué en mi casa yo era el que recitaba. Te voy a decir qué recitaba: El brindis del Bohemio. “Brindo por la mujer, pero por una… por la mujer que me arrulló en la cuna… Por la anciana adorada y bendecida, por la que con su sangre me dio vida, y ternura y cariño; por la que fue la luz del alma mía, y lloró de alegría, sintiendo mi cabeza en su corpiño”. Ese es un poema larguísimo y como ese recitaba doscientos. En el colegio recitaba los primeros viernes. “¡Que recite Castaño!”. Algunas veces decía: “No me soben, hoy no quiero nada”.

¿En el colegio?
En La Salle, en donde tuve mis grandes amigos. Tuve dos clases de amigos: los del colegio, que eran Hernando Durán Dussán, un tipo que adoré; Parmenio Cárdenas, Rafael Iriarte, Manuel Laserna, esos eran del colegio. Y en la universidad eran ya los gimnasianos. Tenía en la Nacional, pero paralelamente los del Rosario, que venían todos del Gimnasio Moderno. ¿Por qué? Porque yo era campeón de tenis, eso fue fundamental. Yo era el campeón de La Salle y me batía furiosamente contra Gonzalo Rueda, campeón del Gimnasio, y alrededor de ese duelo, que era semanal, a muerte, se creó un núcleo de alegría de deporte. Gonzalo fue mi gran amigo y la casa de él, que era la casa del doctor Rueda Barrera, fue mi segunda casa. Yo vivía más en Santa Ana, de donde eran los Rueda, don Tomás Rueda y Margarita Caro, que en mi casa, mucho más.

¿Qué era lo mejor de su tenis?
La agilidad tan brutal que tenía, era un caucho, tenía sentido de anticipación, era muy elástico. Gonzalo Rueda era el mago del revés, el lado izquierdo era responsabilidad de Gonzalo, y yo en la derecha haciendo toda clase de monerías y toda clase de cosas. Fuimos campeones intercolegiales.

¿Cuándo dejó el tenis?
Hace bastantico ya, eso me ha dolido mucho. Lo dejé por el viaje a Nueva York. Yo jugaba tenis todos los días y cuando viajé a Nueva York no podía jugar sino en campos públicos, que era una cosa jarta: gente desconocida, otro ambiente, porque el tenis era la alegría y ahí en Nueva York era una cosa reglamentada, helada, con tipos desconocidos, entonces le cogí antipatía y perdí mucho nivel. Cuando regresé a Colombia ya me ganaban todos los tipos a quienes yo les ganaba antes. El tenis para mí fue una religión, un idioma, una alegría, una manera de vivir, un prodigio.

Y si uno hace deporte tampoco puede dedicarse por completo a la rumba, ¿no?
No se puede, es verdad. Sin embargo, nosotros le mezclábamos roncito, era increíble pero así fue. Al cambiar de lado nos tomábamos un sorbito de ron. Después supe que la famosa campeona francesa Suzanne Lenglen tomaba roncito. Gonzalo Rueda y yo, que éramos campeones nacionales en dobles, nos aplicábamos un roncito en el cambio de campo. ¡Era increíble!

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Foto:

¿Su trago siempre ha sido el ron?
No, fue ron porque no podía pagar whisky, no teníamos plata. Después del ron vino el vodka, que es lo que tomo hoy, pero no mucho, porque el vodka da tufo y yo le tengo fastidio al tufo. Claro que el vodkita también me gusta, siempre hemos tenido alcoholito por ahí cerquita.

¿Siempre con algo o solo?
No, siempre con Coca-Cola, con agua tónica o con jugos, con algo.

¿Gloria no tomaba?
Nunca. Se tomaba de vez en cuando un aguardientico, en la finca en el Tolima cuando estaba muy contenta. Le gustaba el Tapa Roja, porque era del Tolima. Se tomaba uno o dos y yo la molestaba. Yo nunca he tomado aguardiente, lo detesto, y ni por complacer a Gloria me lo tomé nunca.

Pero ella nunca fumó.
Nunca, nunca. Cantaba lindo.

¿Usted también?
No, yo no, soy una marrana para el canto, Gloria sí sabía. Hay una anécdota muy linda. Gloria era famosa, y además de eso cantaba. Una vez estábamos en una fiesta con una niña a la que yo le estaba caminando –Gloria no la resistía, claro– y oímos una voz linda allá al fondo y, entonces, la niña que estaba bailando conmigo me dijo: “No me digas que Gloria está cantando”. Me pidió que la llevara hasta allá y le dijo a Gloria: “Tú también cantas”. Y Gloria le contestó, genialmente: “Sí, tú tan poco cantas”. Son cosas de la vida que no olvida uno nunca.

Qué cuerda la que debía tener Gloria para este señor…
Imagínate, tenía toda la gracia del mundo.

¿Cómo hacía para espantarle las niñas? Ella era celosa.
Sí, con razón, yo era muy sinvergüenza, muy coqueto, demasiado. Ella me decía: “Álvaro, por favor, respétame”. Era tan linda. Gloria nunca le dio trascendencia a ese defecto, por eso fui tan feliz; ella sabía que en mí había un límite muy rápido, inmediatamente yo no volvía a mirar a la niña, nada de nada. De todas maneras, no habríamos vivido 64 años juntos si no hubiera habido esa imposición de la tolerancia por encima de todo, nunca hubiéramos podido ser tan felices. La inteligencia y la cultura… Gloria sabía todo, había leído todos los libros, pero con gracia, con alegría, nada de doctora, que era tan jarta. Una mujer culta, pero mucho, y con gracia y con humor.

¿Usted es celoso?
Yo sí. Eso es una vergüenza, no tenía derecho a ser celoso.

¿Y ella era coqueta con sus admiradores?
Sí, pero muy poco, muy contenida. Además, ellos, que eran tan amigos míos, llegaban a un punto que hasta ahí llegaban, todos, con nombres propios.

¿Peleaban mucho?
No, casi nunca. Vivimos en absoluta alegría, porque era la vida tan linda y era tal el humor de esos amigos que no había razón sino para estar felices.

¿Hablaban de cuando no estuvieran el uno con el otro?
Esa pregunta es tremenda, es cierta. Sí, alcanzamos a hablar en los últimos días y Gloria sufría mucho de pensar en morirse.

¿Porque lo iba a dejar solo?
Sí, sufrió mucho en las últimas semanas, pobrecita. Es que tuvo un defectico en un pulmón que nunca logró superar, no se notaba, solamente lo sabíamos los más cercanos, la mamá y yo, y los hijos ya grandes, pero ella sufrió mucho con eso, y eso la mató, porque nunca se curó totalmente de esa fallita.

¿Todavía la extraña?
Sí, claro, sueño continuamente con ella, con alegría, claro, y además cosas rarísimas, misteriosas. Ella está muy dentro de mí, muchísimo.

¿Hubo otros amores?
Cuando Gloria apareció en mi vida desaparecieron todas mis novias, que eran bastanticas y churros, hoy en día tienen noventa años. El otro día hubo una reunión a la que iba a ir una novia, recién viuda, para verse conmigo, y finalmente no se decidió a ir. Era la novia que yo tenía cuando llegó Gloria, una niña de origen extranjero, linda, y cuando conocí a Gloria nunca más volví a tener ojos para ella. Esa niñita se quedó, se casó y fue muy feliz, no la olvido.

¿Se le ha dañado el genio?
Creo que sí, eso es malo, porque uno tiene que ser un poquito mejor todos los días, y me avergüenza ser, por ejemplo, violento con la pobre secretaria, que es un ángel de bondad y de tolerancia, esa es mi secretaria, Esperanza Toquica. A mí me da pena porque soy muy necio y conflictivo, y no me disculpo fácilmente, pero ella sabe que la quiero tanto que me perdona todo, ella sabe que mis excesos de mal humor son siempre pasajeros. Es una mujer muy buena.

¿Qué tal abuelo es?
Regular, he debido ser mejor. Gloria era una abuela impecable. Es que Gloria todo lo hizo bien. Yo no, yo soy medio feo, medio distante, no soy el abuelo perfecto.

¿Cómo fue de papá?
Creo que fui demasiado tolerante, yo malcrié a Rodrigo y a Pilar, me he arrepentido mucho de eso, sobre todo viendo a Pilar que trabaja como una bárbara, no te imaginas cómo trabaja, la cantidad de campos que cubre, cómo lo hace todo de bien, cómo es de intrépida, cómo es de valiente. Rodrigo también es muy buen trabajador, ahoritica está mandando unas corresponsalías de México excelentes, porque él tuvo muy buenos amigos en México, gente mayor que él. Rodrigo, por ejemplo, es una autoridad en Hernán Cortés.

Y cuando dice que los malcrió, ¿por qué lo dice?
Porque les di todo lo que debía darles y lo que no debía darles.

¿Hay algo que le falte por hacer?
Conocer San Petersburgo, el Museo del Hermitage. Tal vez eso sería lo único de lo que me arrepiento, porque yo realmente gocé mucho la vida, viajé mucho y gocé mucho, realmente la vida fue muy buena conmigo. Cuando llego a esta cumbre de edad, no tengo sino gratitud para con Dios: el matrimonio con Gloria, que me hizo tan feliz, los amigos, es que se me vienen al escuadrón todos y a todos los quise tanto, claro que uno tiene sus preferidos, como Gonzalo Rueda, que hizo conmigo la emisora, que fue mi otra casa.

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Foto:

¿Cómo nació la HJCK?
Gonzalo y yo dijimos que teníamos que hacer alguna vaina importante, porque ambos éramos inteligenticos. Yo no podía trabajar sino en la cultura, yo no podía ejercer la carrera del Derecho. “¿Pero qué hacemos?”. “Pues mira, no soy tipo de prensa, además uno tiene que ser propietario de las vainas, deben ser de uno, uno debe mandar”. Entonces yo me iba a Santa Ana, con mi roncito en la mano y con Gonzalo, que también tomaba ron en la misma medida reglamentada, y en un momento dado le dije a Gonzalo: “Hagamos una emisora, compremos una emisora. Hay que trabajar sobre terreno propio, sobre las cosas de uno, no arrendatario, no concesionario, nada”. Entonces nos salimos a buscar qué emisoras estaban vendiendo, y todas estaban destartaladas, empobrecidas, arruinadas. Entonces, unos señores Caicedo Ibáñez y Marciales –es mi castigo y mi salvación al mismo tiempo, la memoria, qué cosa tan brutal–, fui con ellos y les dije: “Señores, ustedes se aburrieron. ¿Cuánto vale la emisora?”. Forcejeamos un largo rato y finalmente nos vendieron la emisora en sesenta mil pesitos.

¿En qué año fue?
En 1950, 15 de septiembre. Los socios eran Eduardo Caballero Calderón, mucho mayor que yo, un tipo de carrera, maduro, muy importante. Estaba entre los tres escritores antes de Gabo, que fueron Eduardo Caballero, Germán Arciniegas y Hernando Téllez, los tres campeones de la literatura, pero vino Gabo y arrasó con ellos. Entonces, a Eduardo, que estaba también buscando cómo vivir, le dije: “Oye, Eduardo, estos señores cobran sesenta mil pesos por la emisora, que por más cascarón que sea es un buen regalo”. La compramos seis amigos: Caballero Calderón, Gonzalo Rueda, Alfonso Peñaranda, los hermanos Hernando y Alfonso Martínez Rueda y yo, y los seis fuimos a la notaría. El negocio estuvo hecho por la mitad de la emisora, pero finalmente logramos que fueran sesenta mil pesos, una suma ridícula. Claro que la emisora era pésima en sus instalaciones, bueno para qué te cuento la pobreza, tú fuiste el otro día a la emisora, y luego fuimos poco a poco subiendo, muy valientes. Quiero decirte que la emisora tiene un gran mérito que es la honestidad y el valor civil para imponer lo que considera la verdad. Fue la única emisora entre los centenares de emisoras de Colombia que grabó el discurso de Alberto Lleras cuando tumbó a Rojas Pinilla, eso era un acto suicida. Yo fui con mis manos a grabar a Alberto Lleras. La gente se volcó a la emisora porque sabía que habíamos sido muy valerosos y eso es para mí un timbre de orgullo muy grande. Y con mis 93 añitos a cuestas mi integridad es mi tesoro, porque nadie puede decirme que he cometido una falla moral, que he cometido una inconsecuencia grave. La emisora se ha respetado y se ha hecho respetar en todas partes.

¿Hubo algún momento en que hubiera querido tirar la toalla?
No, y mira que eso tiene mérito. Otros socios, como Eduardo Caballero Calderón, que si leyera estos renglones tendría que aceptar que él sí dijo: “No, me jarté, esta vaina no da plata”. Y le dije: “Eduardo, te recuerdo que nunca te dije que la emisora daría plata y no entiendo por qué vendes la acción”. Y me mandó a un señor de apellido Fajardo para que yo le mostrara los libros de la emisora y que demostrara que estaba dando pérdidas. Y qué placer me da contarte que ese día recibí una lección de honestidad y de lealtad de mi secretaria, doña Aleida de Martínez, que en paz descanse, que cuando le pedí el favor de mostrarle los libros al señor que había mandado Eduardo, me dijo poniendo los brazos en jarra: “Doctorcito, me da muchísima pena, pero esa orden no se la cumplo, yo no le muestro la intimidad de la emisora a nadie. Vea, señor Fajardo, siento mucho, puede retirarse”. ¿No es eso una maravilla? Qué belleza, una jovencitica, la mamá de Néstor Humberto Martínez. Finalmente le vendió a otra persona y yo que me quedé con Gonzalo Rueda, que era todo lo contrario: valiente, desprendido, generoso.

¿Pero nunca quería hacer plata?
No, no me hubiera chocado nada hacerla, pero no la buscaba. No me gusta decirlo, porque suena presuntuoso, antipático, pero es verdad. Mi vida completa lo demuestra, no me interesó la plata, ¿qué hago?

Pero tenía que sobrevivir, ¿era buen vendedor de pauta?
No sé. Gloria era la que vendía, linda, atractiva, inteligente, con una facilidad de expresión, ella fue fundamental. Lo que le debe la emisora a Gloria no tiene nombre.

¿Y trabajaban juntos?
Todo el día, en la misma oficina.

¿A ella le gustaba más la radio o la televisión?
Ella fue muy feliz con su triunfo en televisión. Ella fue impecable.

¿Cuál fue el logro más grande de su carrera?
Muy difícil de escoger, es que hubo tantas cosas lindas. Por ejemplo, una que compromete mucho mi gratitud. Cuando nosotros salimos no teníamos con qué pagar a los grandes shows, pero vino Víctor Mallarino e hizo contrato con Caracol para pasar Hogar, dulce hogar, y naturalmente yo estaba empezando y con una gran nostalgia vi pasar por delante de mis narices el éxito de Hogar, dulce hogar. Recuerdo muchísimo que Víctor no le recomendó su obra a mi emisora sino a Caracol, que era la gran empresa, la que vendía, y entonces yo muy suavemente le dije a Víctor: “Víctor querido, carajo, qué dolor no poder pagarte lo que tú mereces por tus derechos intelectuales en Hogar, dulce hogar”. Entonces se quedó mirándome, y me dijo: “Ay, Álvaro, yo sé lo que estás sintiendo, transmitirás en tu emisora”. Le dije: “No, tú no me invitaste, yo no tengo plata”. “No me importa, transmitirás Hogar, dulce hogar”, y cambió el contrato con Caracol. Caracol se indignó y Mallarino, mira lo que son los amigos, Víctor impuso a la HJCK. Pues bueno, me regaló la transmisión y la HJCK pudo darse el lujo de salir transmitiendo Hogar, dulce hogar al mismo tiempo que Caracol, que finalmente aceptó.

¿Quién se inventó lo de “la inmensa minoría”?
El doctor Castaño, yo. Es que había mucha filosofía metida en esa frase porque nosotros estábamos contradiciendo la lógica, la ley de la radio es la sintonía, es decir, las mayorías, y yo estaba contra la corriente, dirigiéndome a las minorías. Entonces, como era tan evidente, pensé que era bueno decirlo, afirmarlo. “Que no seas bruto, no digas eso, eso es suicida”. Hoy suena bonito, pero eso era una locura.

¿Cómo conoció a Gabo?
Me lo llevaron Gonzalo Mallarino y Álvaro Mutis, que eran íntimos amigos suyos, y también nos hicimos íntimos.

¿Cómo se hacen íntimos un cachaco rolo con el más costeño de todos?
Hay una explicación que no es explicación, pero es la verdad. Cuando una muchacha del periodismo, que se llamaba Alejandra Buitrago, le preguntó a Gabo, él contestó: “Eche, eso fue amor a primera vista”.

¿Fueron realmente amigos?
Mucho, mucho, la poesía. Lo que la gente olvida es que Gabo ante todo es un poeta, pero qué poeta, después es escritor, después es amigo, después es lo que tú quieras, pero ante todo es un poeta, un poeta creativo, que inventa personajes, y nuestra amistad se inició en el terreno de la poesía. Y vino Carranza, que ya era amigo mío, y entonces era todo fácil, todo lógico, era un juego de afinidad. Gabo me decía: “Álvaro, oye, yo no podría haber escrito Cien años de soledad nunca si no hubiera leído ese soneto de Carranza. Es que ese nivel de talento, de la inspiración, son misteriosos, esos han sido mi mundo, mis personajes”. Yo adoré a Carranza tanto como a Gabo, como a Gonzalo Rueda, como a Gloria Valencia, ese fue mi universo.

¿Cuál de los libros cree usted que es el mejor, cuál el que más le gustó?
Cien años de soledad, sin duda.

Existe una foto muy famosa de ustedes dos en Estocolmo…
Él en calzoncillos y yo de traje impecable. Yo estaba solo con Gabo y recuerdo eso, eso fue una cosa muy linda.

Celebraron…
Sí, claro. A Gabo le gustaba mucho también la chichita, la champaña. Gabo, que tomó toda la vida todos los tragos del mundo, llegó a un punto en donde dijo: “Eche, no bebo sino champaña”.

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Álvaro Castaño Castillo. Foto: Sebastián Jaramillo

Foto:

¿Cómo conoció a Alejandro Obregón?
Lo conocí jovencitico y fuimos íntimos del alma. Viajaba a Cartagena solamente a verlo y tomaba el avión de regreso solo para hablar con él. Lo conocí hace mucho tiempo aquí en Bogotá, en la emisora. La emisora era un surtidor de todo, una maravilla, me dio muchas cosas lindas, una de ellas, Alejandro Obregón.

Hablemos de algo de más terrenal: el fútbol.
Santa Fe, linda.

¿De dónde sale la decisión de fundar Santa Fe?
Nació de nosotros, los dueños del Café del Rhin, es decir de Gonzalo Rueda, de Santiago Pardo, de Rafael Urdaneta, de Roberto Urdaneta…

¿Porque les gustaba mucho el fútbol?
Claro, y porque jugábamos. “Paquetes” Gamboa era un hampón, le tiraba a darles a las espinillas del contrario, no al balón, nunca, sino al enemigo; y decía que no había enemigo pequeño. “Paquetes” Gamboa era una institución. Éramos muy unidos.

¿Iban al estadio?
Claro, con termos y con la exquisitez que nos daba Gloria. A las nueve de la mañana nos íbamos todos a parquearnos detrás del arquero de Millonarios, que era de apellido Cozzi, y allá nos hacíamos todos, y cuando había un tiro libre contra Cozzi, todos gritábamos “¡Maniflojo!”, y Cozzi nos demandó.

¿Qué había en ese termo?
Café. La chicha iba por otro lado.

¿Sigue el fútbol o le aburre?
No, anoche estuve viendo, no me aburre si juega el Santa Fe; a Millonarios no lo veo nunca. Pero ya no es la pasión de antes, nunca.

¿No le duele nada?
Nada. El único dolor que tengo es que me operaron de cataratas y no quedé viendo muy bien, es lo único.

¿Lee o le leen?
Me leen, y leo con lupa.

Para usted es importante la ropa, verse bien, es vanidoso y se ve bien, un verdadero dandi…
Me gusta usar cosas bonitas. A mí en un tiempo Álvaro Mutis me dijo así, “el último dandi”. Gloria me asesoraba en todo, en todo.

Su fular es todo un sello.
Toda la vida, toda la vida es toda la vida, antes de todo, yo he usado mi fular, ha sido mi característica.

¿Y quién le hace el nudo?
Yo, claro.

En qué época le hubiera gustado vivir
Mira, a mí me habría gustado vivir en la época de los trovadores, escoltando a Leonor de Aquitania, cantándole, hurgándola y sobándola, esa mujer… Mi novia en la historia, ella nació en 1121 y murió en 1204, es mi novia, yo la regaño cuando se pone muy insolente. Ella fue la mujer que dijo: “Soy reina de Inglaterra, por la rabia de Dios”, ella era así, una maravilla de mujer, la más grande de Francia.

Yo no quería hablar de política, y a usted no le gusta, pero si esa fue la mujer más importante en la historia de Francia, ¿quién ha sido el presidente más importante de Colombia?
Alberto Lleras. Yo trabajé con él. Los Lleras son gente verdaderamente importante, que salvó a este país de la mediocridad, de la impureza, son todos honestos, es un caso especial, en las familias siempre hay alguien impuro, los Lleras no, los Lleras todos son honestos.

¿Y el peor?
A mí me chocó Turbay, me chocaba. Era buen tipo, pero yo le tenía como lástima, un pendejo gordo, no sé, no digamos el peor. Mi amigo del alma fue Alfonso López Michelsen, pero bueno, categoría de gran presidente, tampoco.

¿Si será cierta esa frase tan de cajón, aburrida, “que todo tiempo pasado fue mejor”?
No, esa es una pendejada de pregunta. Yo me he preguntado muchas veces si será cierto eso, “todo tiempo pasado fue mejor”, yo creo que no, yo creo que el tiempo que uno vive uno, lo puede embellecer, uno puede mejorarlo, uno puede hacerlo un poquito mejor con su acción, por eso hay que ser tan buena persona, tan honesto. Yo en el fondo soy un puritano, porque adoro los principios importantes de la vida, del patriotismo, que a veces es ridículo. Mi papá me decía: “Mijito, yo no te voy a poder dejar plata, automóviles, casas, haciendas, no, porque he trabajado toda la vida para educar a tus trece hermanos, pero te voy a dejar consejitos”. El viejo tenía mucho humor. “Mira, yo quiero que seas puro, honorable, pero que lo seas por convicción, ese es mi deseo, ahora, si no eres honesto por convicción, hazlo por conveniencia, porque no hay mejor negocio que ser honorable en la vida”. Esa frase es mi tesoro y la practico. Qué linda frase, eso es un testamento. Papá tenía razón, no me dejó fortunas materiales, pero me dejó esos consejos que hacen mi vida. ¿Por qué crees que he sido en la emisora íntegro? Por consejos de papá. Papá murió de 84 años, y yo ya había fundado la emisora, y él me vigilaba mucho moralmente. En fin, yo me felicito con mi vida. Yo la quiero mucho, a mi vidita.

¿Y piensa en cómo se quiere morir?, ¿le da miedo morirse?
No, en absoluto, no pienso en eso, y no me da miedo, porque tengo una salud tal. Yo escribí un poema que te lo voy a dar, que se llama “No tengo presa mala”, es muy simpático, porque es que hay que ponerle humor a la vida.

MARIA ELVIRA ARANGO
FOTOS: SEBASTIÁN JARAMILLO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 55 - AGOSTO 2016

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA