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Sobre Semáforos en Rojo

Por Verónica Ucrós Aldana el 20 de Mayo 2012 4:13 PM

Foto del atentado con semáforo.png

          El editorial de La Hora de La Verdad el jueves pasado es un motivo de celebración. Ese día pudo haber sido el segundo de tantos en pasar de largo sin la voz de Fernando Londoño Hoyos por la radio matutina. El discurso del ex ministro transmite un dolor sincero frente a la muerte de dos de sus más cercanos colaboradores en los últimos 10 años: el intendente de la policía Rosember Burbano y el conductor de su camioneta, José Ricardo Rodríguez, a cuya puerta fue adherida la bomba con la que se intentó asesinar al ex ministro del interior. Unos cuantos segundos después el artefacto explosivo detonó en las manos de Ricardo cuando se bajó y lo arrancó del carro; tras él falleció el intendente, quien reaccionó de la misma forma. Conmovedora y valerosa como encontré la declaración de sobreviviente que dio Londoño en su editorial, quiero llamar la atención sobre uno de sus puntos más emotivos, del cual disiento:

 "...tengo el corazón partido de dolor por la muerte de mis grandes amigos, de quienes fallecieron, en últimas, al pie de su deber. Qué emocionante es el espectáculo de un colombiano que lo da todo por el cumplimiento de las obligaciones de su trabajo y de lo que considera grande y legítimo.¨

         Correr a ponerle el pecho a una bala antes de que ésta alcance al personaje protegido es uno de los requisitos medulares del oficio de un escolta. A eso se comprometen estas personas y muchas de ellas prueban con sus meros restos haber sido gente de palabra. No me emociona que un colombiano muera cumpliendo con su deber, cuando la obligación de anteponer la vida ajena frente a la propia le corresponde casi siempre a un colombiano pobre. El oficio de escolta está basado irremediablemente en la desigual atribución de valor a dos vidas humanas: hay una persona que el grupo aprecia tanto, como para estar dispuesto a prescindir de otra, hecho desafortunado pero en ocasiones insoslayable. Las sociedades, los grupos y los individuos enfrentan ese tipo de dilema y para hacer la tarea se necesita acordar un sistema de prioridades. Debe tener prelación, por ejemplo, una mujer por encima de la criatura que gesta, cuando el embarazo conlleva desventajas físicas, psicológicas o sociales para ella. Pero a lo que es mucho más difícil encontrarle justificación ética, es a que sea la desigualdad económica la muralla invisible que separa a las muertes inaceptables de las aceptables. ¿Qué es el fallecimiento de un tipo entrenado para hacerse matar por la integridad de otro, sino una pérdida aceptada y preferida? Bajo una serie de circunstancias dramáticas y extremas, claro está. Pero eso es lo que es, aunque reciban castigo judicial el asesino y palabras de solidaridad las viudas.

         No creo que los escoltas en Colombia, y presumo que tampoco en gran parte de los países del mundo, sean gente que se gane la vida haciéndole cosquillas a La Parca por vocación. Un guardaespaldas no es un deportista extremo, no es lo mismo que un torero o un escapista. Son miembros de familias humildes, como el sargento Burbano y Ricardo Rodríguez, cuyo acceso a la educación y demás oportunidades de movilidad social en ésta, una de las naciones más desiguales de la tierra, ha sido restringido. A sus 35 años y con un hijo de 10, Burbano murió a punto de anotarle a su hoja de vida el título tardío de psicólogo. Quizá, por eso mismo, aún más meritorio de su parte. En un país en donde el estado calcula que aquel que comienza a ganarse un salario superior a $194.696 salió de pobre, y alrededor del 10% de la población está desempleada, no es realista afirmar que meterse a escolta es una decisión del todo voluntaria. A las mejores universidades del país van guardaespaldas todos los días, pero no a estudiar sino a cuidar de algunos de los que sí hemos tenido el privilegio de escoger entre una variedad de alternativas. Sospecho que en la inmensa mayoría de los casos es el instinto de conservación y de protección a la familia y no su escasez, lo que hace posible convencer a un colombiano de que está haciendo un buen negocio al asumir el riesgo de dejar huérfanos a sus hijos por ir a cuidar los de su jefe.

         Si no he sido lo suficientemente hábil hasta aquí para dar a entender que esta reflexión no pretendería jamás convertirse en un reproche moral contra Fernando Londoño o contra la gente escoltada, pido disculpas y lo pongo de presente: vivir la vida bajo estrategias de paranoica vigilancia es otro drama, que muy a menudo entraña un sacrificio digno de todo reconocimiento. No sólo los ricos y los famosos contratan escoltas porque quieren y pueden pagarlos. A cualquier país del mundo, pero a Colombia como uno de los que más, le urge salvaguardar a periodistas, políticos honestos y capaces, defensores de derechos humanos, jueces y líderes de tierras, cuya lucha conjunta podría acabar o al menos aliviar las mismas injusticias que habilitan a unos grupos sociales para abusar de los otros. Es mi intención, nada más, señalar que el rojo de la sangre que juran de buena gana malgastar los escoltas colombianos es el mismo color de la luz de los semáforos que prohíben el paso a los sueños de tanta gente. El semáforo de la 74 con Caracas, para Rosember Burbano y Ricardo Rodríguez, nunca se puso en verde. Para ellos dos y sus familias mi homenaje.


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Comentarios

1. Por: jmcrescendo - 20 de Mayo 2012 a las 06:47 PM

Qué análisis más acertado, más estremecedor y más sentido. Maravilloso. Felicitaciones!!

Reporte de abuso

2. Por: 123critico - 20 de Mayo 2012 a las 11:01 PM

Verónica, no eres experta en nada, pero me encanta como escribes. Tu nota tiene muy buen fondo y refleja la tragedia de lo que es un "guardaespaldas" en nuestro país. Por favor, mandame tu dirección de correo a rafael@rafacal.com
Te cuento que el Ucrós nos relaciona. Rafa

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La verónica es un lance de capa en el toreo. No se crispe, no es un blog de tauromaquia. Lo que pasa es que trato de asimilar la política, las noticias y productos impotables de esa estirpe, pero llega la lógica y me embiste. Por eso aprendí a torearla, es el único mecanismo que me permite opinar y me doy el lujo de un blog.

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