Melanio Porto Ariza, siempre en el recuerdo de los cartageneros
Por playball el 12 de Noviembre 2009 7:11 AM
Hoy 12 de Noviembre se cumple otro aniversario del sensible fallecimiento de ese gran Ser humano, excelente periodista y hombre de radio que fue el Gran MELANIO PORTO ARIZA, como un homenaje a su memoria y como una forma de mantener su vigencia en la mente de todos los colombianos me permito publicar un sentido escrito que hiciera su hija ESTHER PORTO y que fue publicado en el Diario El Universal al cumplirse un año de la muerte de quizás el mejor periodista que ha parido la ciudad de Cartagena y uno de los mejores que ha dado nuestro país. Los dejo pues con la reseña que hiciera en su momento su hija Esther:
Lo que más preocupaba a mi papá de su muerte, era la duda de que alguien escribiera de él, con los mismos ribetes poéticos y fragores humanísticos, con que él escribía sus notas necrológicas.
Racionalista incorregible, eternamente seducido por el poder de la palabra que dignifica y significa mas allá de su señuelo semántico, pretendía aún en medio del desenlace de su muerte, a conformar una noticia de antología periodística.
No aspiraba a un inventario preciso de logros transcritos al papel, como fríos datos enciclopédicos sobre su vida, sino a una especie de acta de defunción cabal y filosófica, que en medio del desafiante bosque del lenguaje, dejara traslucir resplandores literarios, y acaso, por primera vez, lo describieran dentro de la dimensión total de su tamaño, no dentro de la limitación conceptual de su adversario o partidario.
En junio del año pasado Sonia Gedeón la editora de este diario me publicó una reseña acerca de mi papá, dentro de una pagina especial que ella dedicó a él. Apenas me senté frente al teclado, supe que iba a escribir su obituario. Una nota necrológica que él iba a leer en vida, y que a tientas, entre espasmos de esperanza y espanto de certeza por su condición terminal, leyó y releyó, para esbozarme en privado la última vez que hablamos " Yo siempre intenté escribir Esther, tú escribes sin intentarlo. Escribe tú de mí si todo acaba" .
Esta semana se cumplió un año de haberse apagado la voz de mi papá para siempre. Tras muchas notas publicadas en los periódicos sobre su vida, unas memorables y honrosas otras deformantes y mezquinas, me doy a intentar cumplir ese ultimo deseo susurrado en mi oído. Pero ninguna composición afortunada podrá jamás contar el Everest espiritual que es asumir como definitiva la ausencia total de un padre. Ninguna palabra transpuesta de la emoción al papel podrá describir la soledad que hiela la sangre de pronto y para siempre, cuando el nombre del hombre que te dio la vida está impreso en un cartel póstumo en la calle. Y un mecedor quieto mece los sueños de nadie. Y una máquina de escribir oxidada calla las huellas que amaste.
Pido perdón entonces al alma de mi padre, que me pasó esta espada ensangrentada de valor, para que sea yo quien cierre su tarde.
Cuando yo tenía trece años descubrí a Beethoven. La tristeza irredimible de un piano que desde un tocadiscos agrietado sonaba desconsoladamente, frente a la figura abotagada de mi papá sentado en su mecedora de palo mirando al suelo, me hizo comprender la inexorabilidad de la desolación de un desadaptado.
La aguda melancolía del segundo movimiento del concierto número cinco para piano de Beethoven, causaba en mi papá la catarsis perfecta para exhumar la certeza de portar un distintivo que, por exclusivo y excluyente, imponía soledad. No importara que acaso le otorgara en consuelo un coeficiente intelectual que blandiera una condición mental excepcional.
Soledad que conoció a los cuatro años cuando apenas si podía amarrarse los cordones de los zapatos, pero leía y escribía con adulta fluidez. Pero la asombrosa precocidad de un talento especial para el lenguaje y la escritura, le valiera ser tildado de "anormal", y con su reseña de "raro" colgada de su blanda humanidad, antes de cumplir diez años fue expulsado del colegio por aprender de memoria las lecciones sin jamás presentar una tarea escrita.
Chispa genial que un precario sistema educativo no supo percatar ni encausar...
Autócrata pues en su destino, trascendió intelectualmente gracias a la herramienta superdotada de su memoria, y a un sensible olfato por el saber que lo llevó a rodearse siempre de viejos. De viejos charladores de otros tiempos, que en una tertulia resumían un bachillerato.
Fue siempre un exiliado de lo establecido. Vivió encerrado turbulencia adentro de su propio mundo. Era un autista que podía hablar, pero nada lograba sustraerlo por completo de si mismo.
No cabía dentro de ninguna descripción formal de " vocación, oficio o profesión", ni mucho menos dentro de las insípidas directrices de comportamiento social de Cartagena, trazadas por un algún virrey iconoclasta, como una condena a la volatilidad cultural.
No frecuentaba clubes, no iba a fiestas, no podía bailar, no sabia prender un cigarrillo, y el máximo grado de alcohol que introdujo en su sangre lo portó una chicha de arroz. Pero tenía frases atiborradas todo el tiempo en la bóveda del pensamiento, intentando salir por la esclusa del verbo, que siempre, salpicaba ideas.
Nadie puede comprender el intríngulis comunicativo que habita la mente de un superdotado. No hablaba la lengua común de los sentimentalismos, pero era políglota en metáforas afectivas.. A la gente le parecía "inusual" el original estilo periodístico que manejaba mi papá al hablar, escribir o entrevistar, pero su diferencia era mas tangible dentro de la domesticalidad del hogar..
Nunca armó un árbol de navidad, me compró muñecas 'barbies', o me leyó un cuento infantil. A cambio, me traía bolas de baseball autografiadas, orejas palpitantes de toros recién toreados, y ríos interminables de poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, o Jorge Artel; Jamás me llevo a ver Bamby o Blancanieves, pero me llevo a todos los ciclos de cine de Sarita Montiel, Luis Bunuel, o Cantinflas. Y la máxima ficción en sus cuentos relatados era, imitando sus voces, interpretar inolvidables debates del congreso, entre Laureano Gómez y Romero Aguirre.
Nunca me enseñó un padrenuestro ni un ave maría, pero pacientemente me explicaba qué querían decir Gardel y Lepera en "Volver", al enunciar "Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno..
" Y de Estados Unidos mi hermana y yo conocimos primero las cuerdas de los rings del Madison Square Garden sofocadas de rostros sudorosos de boxeadores entrenando, el aire nostálgico del siempre atiborrado Yankee Stadium, que la sonrisa de Mikey en Disney World.
Nunca festejó un cumpleaños. Ni un día del padre ni un año nuevo. Mi diamante de quince me lo adelantó a los ocho cuando de pronto paró un camión en la puerta de la casa y bajó un hermoso piano de comienzos de siglo, que como una joya de mil quilates afectivos, aún conservo conmigo. Tenia escritas las paredes de su cuarto, que igual mostraban números de teléfonos, que citas espontáneas de su autoría, todo lo cuál amurallaba un basurero caótico de manuscritos sueltos, periódicos viejos, trofeos, libros, premios..
Cuando Rocky Valdez ganó el título mundial de boxeo, todos se fueron a celebrar brindando. El se vino a su mecedora a mofar viejos rechazos y a hilvanar nuevos sueños. Y esa noche transcribió, de su euforia serena al papel, el final de su antológico libro "El Cóndor del ring" laureado por los mas prestigiosos escritores del entonces renombrado 'boon' de la literatura latinoamericana, encabezado por Gabo.
En la casa convivimos con lo inusual como el eje de nuestra normalidad. Y asumí siempre esa "rareza" como el más grande privilegio al que pueda aspirar un literato aprendiz.
Siempre supe que a falta de un padre "normal" la vida me había otorgado -en un honroso canje de emociones por lecciones- una biblioteca verbal ambulante, locuazmente expuesta dentro de su propia sobredosis de sabiduría.
Y cuyas porciones de asombro el azar habría de suministrarme cotidianamente, si yo atendía con los sentidos, y asimilaba con la imaginación.
Estaban dadas para mi, en el laberinto mental de mi padre, el magnifico jeroglífico literario con que un escritor podría soñar jugar en el fantástico cuento ilustrado de la infancia.
Su único talón de Aquiles familiar: su querido "hijo- sobrino" Eduardo Pardo Porto. A nosotras nos adoraba con la desdeñosa resignación con que los señores se amoldan al mundo de las mujeres, a Eduardo lo empollaba con el celo que el águila picotea a la rapiña que sobrevuela el nido.
Su desgracia más oculta: haber sido llamado siempre "Periodista Deportivo". No porque sea indigno ser periodista deportivo, sino porque los periodistas deportivos son periodistas deportivos.
No columnistas que escriben a cinco manos todas las secciones de un periódico de un día para otro, desde sucesos hasta el editorial (Diario de La Costa) entrevistadores de personajes de todos los géneros, conductores de reinados de Belleza, especialistas en temas tan disímiles como: sociología, literatura, poesía, psiquiatría, Deportes, cine, tango; directores de programas radiales, oradores que reciten de memoria desde diálogos socráticos hasta Oscar Wilde; y tengan una capacidad de improvisación a prueba de cualquier desprevención, que en medio de la irrupción de una pregunta a quemarropa, esgriman siempre una respuesta 'nockout'.
No lo son. Y si lo son, entonces no son periodistas deportivos. Son Meportos.
"La Biblia del boxeo" "La enciclopedia del baseball" "El genio del deporte", le fueron siempre títulos imprecisos y amañados, que le adulaban menos de lo que le maltrataban. La calificación de sí mismo en un cuestionario de opción múltiple hubiera sido: ' ninguna y todas las anteriores.
Porque no era versátil. Era ubicuo; podía estar en muchos campos a un mismo tiempo, viajando solo a través de la máquina imparable de su talento.
Pero esa era la imagen que de él percibían muchos a través de agudas cataratas intelectuales, que les hacían ver chispitas mariposas en un pensador que disparaba cañones.
Su elocuencia deportiva era talvez la más palpable de sus habilidades, el atributo voluptuoso, el recurso inmediato de su supervivencia económica en una cultura que cierra las puertas al ejercicio de la filosofía y de la disectomia periodística de los fenómenos sociales, como oficios prácticos. Pero la estruendosa evidencia de fondo exponía una capacidad superior para descomponer el átomo de la 'realidad aparente', en mil partes desiguales, y reexponer el núcleo de la verdad de fondo en un análisis agudamente certero.
Pocos hombres, (Germán Mendoza Diago, Manuel Zapata Olivella, Gabriel García Marques) tenían la gentileza de llamarlo "maestro", o "pensador", o simplemente "periodista".
Pero es que el genio ajeno, causa resquemor en la propia mediocridad.
Y solo los grandes se reconocen entre el sí. O, simplemente, como dijo alguien, "uno no ve a los demás como son, sino como somos.
" La grandeza trae por añadiduras incomprensión y rechazo, por la misma razón de su esencia exclusiva. Y el mundo es cruel con los 'distintos'. Y los distintos arrastran una susceptibilidad exacerbada por la sensación constante de no encajar. Entonces cargó toda su vida con el dolor inmenso de haber sido perseguido en sus comienzos editoriales, elevando la crueldad de una burla callejera que lo persiguió algún tiempo, a cadena perpetua de dolor en su autoestima. Y que luego convirtió en excusa necesaria para su melancolía, y para su filosófico testamento de reproches "Periodista sin Periódico".
Pero ninguna discordancia en la armonía de sus recuerdos, pudo destemplar jamás el aplauso cotidiano que durante sesenta y tres anos recibió de la venia del 'rating' de sus oyentes y lectores.
Aunque como Beethoven, inclinara la cabeza por momentos sobre el piano de sus resonancias creativas, para oírse de cerca y reafirmarse, desconociendo la estruendosa ovación que tronaba a sus espaldas.
Su venganza más íntima: haber trascendido en la vida por su seudónimo, no por su apellido. Descendiente tanto en su ancestro materno como paterno de honorables patriarcas Cartageneros como Joaquín F. Vélez, Bartolomé Calvo La Madrid, Luis Ariza Pimiento o Manuel Porto Gallardo, le parecía una derrota aceptada, recurrir a los triunfos pasados de otros, para ensalzar la propia valía. Y jugó siempre en el diamante de los luchadores sencillos y humildes, y pegó un 'homerun' insuperable en la aceptación popular.
"Es que uno es más grande en la medida en que puede contar con valentía y honestidad las realidades duras de la vida, que no lograron empequeñecerlo, y no las grandezas pasadas de otros, que no logran engrandecernos".
Con profunda dignidad me enseñó que en la suma final del propio mérito, "qué le puede agregar al valor de un ser humano lo que lograron otros por si mismos..? Si el valor propio es intransferible, indecodificable, no heredable... muy a pesar de que en sociedades cerradas como las nuestras muchos pretendan trascender en la vida colgados de su árbol genealógico".
Apostador incorregible, no podía ver a un gallo fino pararse frente a otro, o a un bateador frente a un pitcher, sin meterse la mano al bolsillo y arriesgar un centavo. Pero no hubiera apostado jamás una ilusión a la posibilidad de que la ciudad lo conmemorara después de su muerte. Convencido de que el "Corralito.." es de piedra.. sabia que Cartagena no fraguaba inmortalidad. Y que los hombres grandes, no mueren aquí de vejez, sino de olvido.
Siempre tienen que pasar mas de cien anos para que la grandeza de un hombre aflore en la conciencia colectiva de una sociedad. Siempre tiene que haber un Van Gogh suicida que se dispare a su propio corazón en medio del bosque frío de la soledad, para que tres cuartos de siglo después alguien pague 120 millones de dólares por sus "Girasoles".
Si hubo un hombre que en el curso de este siglo dedicara todos los días de su existencia a enaltecer los mas enraizados componentes de la cultura Cartagenera, fue Melanio Porto Ariza. Sesenta años de Baseball, Toros, Gallos, poesía cartagenera, Boleros, Boxeo, campeones y campeonatos mundiales de anhelos llevados a 'rings' o a estadios o a estudios o a soberbios linotipos de imprentas fulgurantes de colores pintorescos. Notas necrológicas sobre los grandes ciudadanos perdidos. El noble culto que rindió siempre en sus crónicas a los hacedores del progreso cartagenero.. Enrrique Roman Velez, Don Pepe Mogollon, Abrahan Ibarra Bustamante, Rafael Escallon Villa, Raymundo Emiliani Roman, Vicente Martines Martelo, y tantos mas que vivirán para siempre en el glorioso archivo 'Meportiano', de la antología periodística editorial de la ciudad.
Si hubo un ciudadano cuyos sueños más íntimos repercutieran en los intereses más comunes, fue MEPORTO. Porque en masoquista delirio, no era Cartagenero, sino Cartagenerista.
Un hombre distinto, un padre distinto, un maestro distinto.
Que por colosal en su tamaño humano, como a los grandes monumentos, no pudieron valorarlo de cerca por completo.
Ojalá en la perspectiva de la muerte se aviste la total dimensión de su reflejo en la pupila del alma del criterio de un pueblo.
Su pueblo, su cuna, su cielo y su infierno.
Su Cartagena del alma de poesía cotidiana escrita con tinta de sangre en sus sueños..
Esther I. Porto A.
En unos pocos meses se hará el lanzamiento de mi libro y mi disco. Era algo que fui a contarle a mi papá, y no alcancé.
Dedico esta estrofa a la memoria del ídolo insuperable, que me hizo posible escribir todas las canciones de mi disco y el grueso de versos y prosas, que conforman mi libro.
Cuanto voy a extrañarte papi.
Extraño palabras. Extraño silencio.
Extraño promesas que vendan reencuentros.
Extraño su calma leyéndose cierto,
Mientras se mecían mi risa y su pecho.
Extraño mirada, gafas de aumento,
Sonrisa vedada, mecedora, y lecho,
Menticol, auyama, 'cariseca', incienso
Desazón de alma, estruendo de anhelo.
Se apagan bengalas de su voz de trueno,
Y opaca mi alma, un mecedor quieto.
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