El cura del 'cartucho' madrileño (I)
Por amgaribello el 12 de Junio 2009 10:58 AM
En el barrio Valdemingómez, en el corazón de la Cañada Real al sur de Madrid, sólo hay una parroquia. Sin fe, desahuciada y en medio del infierno, la iglesia está cercada por decenas de almas en pena en cuyos ojos desentendidos se dibuja la clemencia. De las escasas cuatro paredes blancas de la edificación ya no se acuerda ni siquiera el santo que prestó su nombre para bautizarla: Domingo de la Calzada, que irónicamente es el patrono de los ingenieros de obras públicas, el único santo en este descampado de tierra y piedras.
Eudalio Rodríguez gira el cerrojo de su parroquia con dificultad. A un lado de la verja, un joven en vaqueros y camisa dormita en un colchón sucio, sin que el hedor acumulado de orines y heces le quite el sueño. El cura Rodríguez lo ignora, mira hacia abajo y con el pie despeja la entrada de la iglesia de jeringuillas abandonadas por los drogadictos que día y noche se pinchan en ese lugar. "Esto es la miseria miserable", repite varias veces en voz baja el sacerdote de 65 años.
Edualio o Billy, como lo llaman desde los años 70 -quizás porque estaban de moda las películas western- es uno de los dos párrocos responsables de las almas católicas en la Cañada. Allí fue por primera vez hace dos años, cuando el padre Agustín Rodríguez Tejo, el otro párroco, le animó a trabajar juntos en proyectos sociales porque la parroquia había quedado abandonada. El último sacerdote se aburrió y se marchó, con la certeza de que Dios se había olvidado de él y de ese rincón. "Es lo más miserable que he visto en mi vida", repite Billy como un estribillo.
En medio del infierno -asentado en calles sin pavimentar y hecho de chabolas a punto de colapsar y edificios abandonados- aparecen habitualmente los evangélicos que reparten bocadillos. Los gitanos siguen a los Aleluyas, que se reúnen en un rito de cantos. En otro frente, los marroquíes asisten a una mezquita improvisada y utilizan una fábrica de muebles abandonada para enseñar a los niños el Corán y el árabe. Los pocos católicos tienen a Billy y a Agustín por lo menos tres veces a la semana (no viven allí porque es imposible hacerlo) y a la pequeña parroquia que fue construida por el obispado hace por lo menos medio siglo. Allí celebran misa los domingos, sin altar y sin coro. Asisten religiosamente los 10 abuelos españoles tercos y supervivientes de la Cañada, que se apostan alrededor de un viejo escritorio de madera que -dice Billy- es de "charla, de misa y de vida".
Precisamente estos abuelos, de origen obrero, le confiesan que se sienten secuestrados entre la delincuencia y el supermercado de la droga. Le dicen, con desesperación, que no pueden salir a la calle durante días, pero le afirman que no se van porque hace 40 años hicieron esas casas con el sudor de sus trabajos, cuando la Cañada era utilizada para el paso de ganado entre los pueblos aledaños a Madrid. Lo cierto es que ellos están rodeados por un grupo de rumanos que pasan la noche en chabolas y que se buscan la vida en la delincuencia. Hay otro de gitanos españoles que consiguen dinero con la venta de droga, y el de los marroquíes, muchos sin papeles, que viven de cualquier trabajo, e incluso algunos del trapicheo. Estas comunidades, que reúnen a unas 40.000 personas, se han asentado ilegalmente en los últimos 20 años en terrenos públicos.
Continuará...
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Perfil
Por amgaribello
Andrés Garibello, ex periodista de EL TIEMPO. Sudaca colombiano que estudia en España.
Descripción
Este es un blog hecho desde Madrid con el único pretexto de contar historias, de hablar de libros, de cine, de inmigrantes, de periodismo, de política, de relaciones exteriores, de economía, de fútbol, de paz, de guerra, de amores y de odios… Una especie de pequeña Nación, alimentada en el hervidero de la capital española. En realidad, las cuatro paredes de la Embajada Sudaca son un escaparate donde se van a ir guardando, periódicamente, historias cortas sobre lo que se ve, se oye y se huele.
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