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        <title>El rollo de hoy</title>
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        <description>Trata sobre aquellos aspectos de la vida en los que nadie se fija pero que para algunos resultan cruciales. Tiene un tinte cómico. </description>
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            <title>Propósitos eróticos para el año nuevo</title>
            <description><![CDATA[<p>Hacer ejercicio, bajar de peso, dejar de fumar, cambiar de empleo, graduarse y conocer el mar. Estos son solo algunos ejemplos de la larga lista de propósitos que por esta época invaden la cabeza de la gente que quiere saldar deudas con el espíritu.</p>
<p>Todos reflejan la intención de mejorar en distintos aspecto de la vida, eso es natural... Lo que es curioso es que estas buenas intenciones obvian, de manera consistente y tendenciosa, el bienestar del departamento inferior del cuerpo.</p>
<p>En otras palabras, nadie reconoce, por lo menos en público, que el próximo año tratará de mejorar ese aspecto en particular. A nadie le oye uno decir que pondrá de su parte para aumentar la frecuencia de los orgasmos o que tendrá uno de ellos para saber cómo es la cosa. Nunca. Al parecer, hablar de erecciones no es políticamente correcto cuando pululan los villancicos.</p>
<p>Pues bien, a riesgo de ser empalizada me atrevo a hacerles algunas sugerencias para mejorar la vida bajo las sábanas, porque estoy segura de que para los demás aspectos de la vida, todos tienen ya una lista larga.</p>
<p>Primera recomendación: no se quede nunca con las ganas. Si en su cabeza ha rondado alguna fantasía, esfuércese por hacerla realidad. Despréndase de prejuicios, deje a un lado el miedo y propóngase alcanzar la meta antes de que acabe el próximo año. Eso sí, no está de más recordarle que la fantasía debe ser posible; mejor dicho, eso de querer acostarse con Brad Pitt, con Angelina Jolie o con los dos a la vez es una tontería... Sea realista.</p>
<p>Revise su arsenal de posturas en el aquello. Por nutrida que sea siempre hay una nueva que puede poner en práctica. No se inhiba. Revise el Kamasutra y vuélvase una autoridad en la teoría y en la práctica de una de ellas. Prometo que, además de sorprender a su pareja, lo disfrutará en extremo.</p>
<p>Como los orgasmos no se le niegan a nadie, y además son gratis, procúrese más de uno. Las mujeres multiorgásmicas no se han ganado esta dicha en ningún concurso, eso se logra conociéndose y entrenando: ¡Manos a la obra!</p>
<p>Cuente sus polvos a la semana y convénzase de que aumentar ese número es una ganancia. Ahora, si puede tener varios por día o por faena, perfecto. No solo no es pecado sino que además le pone a brillar los ojos.</p>
<p>Dedique un poco más de su pensamiento al aquello. Si piensa en sexo, las ganas, que a veces se alejan, retornan. Invite a la memoria encamadas memorables, recree sus ratos gratos, sus buenos momentos. No sobra ayudarse un poquito. </p>
<p>Deje los prejuicios y pruebe un juguete sexual. Si algunos magos han gastado horas en diseñarlos y en garantizarlos es tontería desconocer que existen. Hay para todos los gustos y bolsillos.&nbsp; </p>
<p>Deje de medir el tiempo. Dedíquele todo un fin de semana a la actividad perineal, por lo menos pruebe toda una noche, a no ser que sea un delicioso quickie. Deje las carreras y disfrute, procure que el año que viene les traiga calma a sus polvos.</p>
<p>Organice una excursión en busca de su punto G. ¿Quién quita que lo encuentre? Si lo logra no deje de visitarlo y comparta la experiencia. Qué bueno sería llegar al fin de año con unas nuevas coordenadas en su cuerpo.</p>
<p>Deje la timidez y escuche propuestas. No me refiero a que se encatre con la primera persona que se lo proponga, pero sí a que se sienta deseada y gustadora; eso eleva la autoestima y las ganas. Ah, si algo le atrae, no lo deje ir.&nbsp; </p>
<p>Finalmente, sálgase de la rutina y esmérese por hacer de cada polvo algo espectacular y digno de recordar. El sexo, no lo olvide, es bueno para todo: mejora el genio, fortalece el corazón, pone bonita la piel, oxigena y actúa como una especie de elíxir antiedad... Practicarlo como Dios manda, ya lo ve, le ayudará a cumplir con más de un propósito de su larga lista de Año Nuevo. Hasta luego.<br /></p>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 23 Dec 2010 16:30:47 -0500</pubDate>
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            <title>Las vacaciones también cansan</title>
            <description><![CDATA[<p>En el momento de escribir esta columna, a mi hijo le falta muy poco para salir de vacaciones. Y recuerdo las pasadas, en las que hizo de todo: salió de Bogotá durante un par de fines de semana, visitó a su prima y a sus amigos y sacó todos los juegos de mesa y las pistas de carros que tiene. Armó carpa en la sala, decidió que se acostaba a la medianoche (después de ver Scooby-Doo) y se levantaba a diario a las diez.</p>
<p>En este periodo cada día es un ejercicio agotador de planeación de actividades: el cine, un rato de lectura, una película, un ejercicio de escritura para que mejore la letra... Y cada día, mi hijo decía (y dirá): "Estoy aburrido. ¿Qué más hacemos hoy?". Y yo, como antes, terminaré molida a las once y media de la noche, sin haber podido trabajar, sin haber escrito ni una línea y con ganas de un poco de silencio.</p>
<p>Ya sea en diciembre o a mitad de año, las vacaciones largas son un martirio para todos. Para los hijos y para los papás. Los primeros pueden ir a campos de verano (que son carísimos), invitar amigos a la casa, desempolvar sus juegos viejos y clavarse en la televisión, pero igual se aburren. Y los segundos, que rara vez pueden darse el lujo de salir de vacaciones los dos meses que sus hijos no están en el colegio, terminan siendo víctimas también.</p>
<p>Hice la tarea de recordar cómo eran mis vacaciones de colegio. Es cierto que me aburría, y que para distraerme, mi mamá me llevaba al mercado y a sus clases de pintura en porcelana, lo cual no hacía sino aburrirme más. Me sentaba en una esquina con un plato a pintar mamarrachos, mientras las señoras dibujaban pensamientos de colores en unas bandejas y los firmaban como si fueran Dalí. Mis muñecos nunca llegaron al horno para inmortalizarlos, y la profesora me miraba con cara de piedad y me arrebataba pinceles y porcelanas de la mano, supongo que para lavar semejante esperpento. Yo salía de las clases aburridísima y con unas sospechosas ganas de ver a mi profesora de álgebra.</p>
<p>Pero también tenían otros ingredientes que las hacían más llevaderas. El barrio era un lugar seguro y salíamos con los vecinos a montar en bicicleta. Mis papás nunca se preocupaban porque sabían que no me pasaría nada. Teníamos un grupo de amigos que entraban y salían a discreción de mi casa, y con ellos nos inventábamos batallas heroicas en el lote de enfrente, donde nos lanzábamos bodoques de papel con tubos de pvc. Hoy, en el lote, hay un edificio con apartamentos del tamaño de una caja de fósforos y en los últimos años han robado llantas de carros, radios y bicicletas por ahí.</p>
<p>También íbamos al campo, a la finca de mis tíos, donde salíamos en la mañana temprano armados de una caña de pescar y unas lombrices y regresábamos victoriosos con una trucha para el almuerzo y una chocolatera llena de moras silvestres. O en la finca de mi abuela, donde caminábamos por las montañas y nos escondíamos en los bosques y jugábamos a ser asaltantes de diligencias o princesas en peligro. </p>
<p>Ahora los niños no tienen más que una cantidad de tecnología encerrada en un apartamento, ubicado en un edificio que pertenece a un conjunto donde es raro que se conozcan los vecinos, porque todos desconfían de los demás. Cada vez es más difícil pasar los días de vacaciones en el campo y lo normal es que se queden en su casa, sin siquiera visitar el parque más cercano por miedo a la inseguridad. Hoy las vacaciones largas son aún más largas y menos llevaderas. La única ventaja que tienen es que al final están tan desesperados, que la entrada al colegio les resulta, incluso, un acontecimiento feliz.</p>]]></description>
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            <pubDate>Wed, 24 Nov 2010 18:23:05 -0500</pubDate>
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            <title>Las brujas pierden su magia</title>
            <description><![CDATA[<p>El año pasado perdí mi inocencia. Mi papá compró dos paquetes de dulces para el Halloween y no abrió ni el primero. Se sentó a esperar a que llegaran los niños disfrazados de brujas, de duendes, de momias, y no apareció nadie. Los dulces se quedaron guardados y yo pensé que el día más feliz del año ya no lo era más.</p>
<p>Cuando era niña, creciendo en Medellín, mi abuela me cosía los disfraces. Siempre eran cosas ridículas, lo acepto, pero, ¿qué niño no se ha disfrazado de sus fantasías ocultas? Yo no me clavé jamás el corsé rojo y los calzones azules de estrellas blancas de la Mujer Maravilla, pero sí me disfracé de odalisca, de cavernícola y de hada madrina, con una varita mágica que prendía y apagaba, que me había hecho mi papá con un bombillo y un palito de madera.</p>
<p>Salíamos a recoger dulces con mi hermano y recuerdo que llegábamos a la casa con bolsas pesadas, llenas de lo que nos íbamos a comer durante todo el año. Como nosotros, los niños del barrio salían también y formaban una multitud maravillosa de voces que gritaban "triqui triqui". </p>
<p>La noche de Halloween era mágica. No como la Navidad, que ahora les da por poner muñecos de nieve en las casas como si aquí viviéramos en el Polo Norte y el tráfico es infame y la consigna es comprar hasta morir. No como el día del padre, o de la madre, o del niño, o de la mujer, o del amor y la amistad, o esas cosas que se inventan los comercios para que la gente salga a la calle enloquecida. Esta noche era de lo más simple. Dulces y disfraces. Y nosotros hacíamos nuestros disfraces, con la ayuda de los papás, y si quedaban chuecos, pues bueno, igual nos poníamos los mismos disfraces el año entero y la pasábamos bien.</p>
<p>Ahora no salen los niños. Por miedo, seguramente. Porque los edificios no son igual de divertidos que timbrar en cada casa como antes. Porque a los papás les parece aburridor, quién sabe. Ahora hay Halloween de día en centros comerciales, en algunos jardines infantiles y escasos barrios cerrados. </p>
<p>Ahora los disfraces se compran por tallas, y uno ve cientos de haditas iguales, o de Power Rangers o Jack Sparrows o el superhéroe de moda. Ya se volvió lo mismo: a salir como locos a comprar la última máscara aterradora o la calabaza que canta o la brujita que vuela con baterías. Y estaría bien, porque esos muñecos son bonitos, y porque los disfraces, aunque iguales, están bien hechos. Quién puede culpar, en fin, a los papás que no sabemos coser o no tenemos la imaginación para convertir el sueño de un niño en un disfraz de cauchoespuma. Lo terrible, lo aterrador, es que se nos quedan las bolsas de dulces sin destapar, y créanme, si esa es la noche de los niños como siempre han dicho, entonces la de un viejo sentado en la puerta esperando a que timbren, es la escena más triste de todas.<br /></p>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 28 Oct 2010 18:29:22 -0500</pubDate>
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            <title>Es tiempo de llegar a tiempo</title>
            <description><![CDATA[<p>Me encanta ir al dentista. Pero no a cualquiera, a MI dentista. La razón es simple: creo que es el único médico en todo el mundo que es puntual. No hablo de puntual "diez minutos tarde", hablo de puntual a lo inglés. Si uno llega con algo de atraso, él, con una enorme amabilidad, le dice: "ven otro día. Si te atiendo tarde, atraso todas mis citas". Y yo, que soy obsesiva con el asunto de llegar a tiempo, me pongo feliz con un comentario de esos y entiendo que la puntualidad se trata, sobre todo, de respeto.</p>
<p>Para hacer un contraste con otro médico, el otro día estuve dos horas en un consultorio esperando a ser atendida. Cuando pregunté si el doctor se demoraba, la recepcionista me dijo: "Hay dos personas delante de usted", como si yo quisiera saltarme el turno. Cuando ya era evidente que se me hacía tarde para una cita que tenía después, bastante lejos del lugar, me levanté y le dije a la señorita que no podía esperar más.</p>
<p>Ella se retiró sus gafas, me miró de arriba abajo y me preguntó: "¿Desea reprogramar?". A esas alturas, y con mi falta de paciencia, lo que deseaba era ahorcar a alguien.</p>
<p>La impuntualidad es un mal moderno, parece. Siempre se puede culpar al tráfico, a los hijos, a la esposa que no sale a tiempo, a las carreras de la vida cotidiana, en fin. Llegar media hora tarde a cualquier evento es socialmente aceptable y un "lo siento, estaba en... (inserte problema aquí)" es casi un formalismo que se dice entre dientes, más porque se espera algo así que por un sincero arrepentimiento.</p>
<p>Y también la gente espera de uno que sea impuntual. Aquel "nos vemos a las cinco" significa en realidad "nos vemos después de las cinco y media, más o menos, sin afanes". Y ni qué decir de cuando la invitación es a una fiesta. Si los invitados llegan a tiempo, lo más probable es que encuentren a la dueña de casa descalza, con rulos en la cabeza y la comida apenas en el proceso de preparación.</p>
<p>La manía de impuntualidad llega a todas partes: a los aeropuertos, a las peluquerías, a las citas de trabajo y hasta a la nómina (no digo mentiras, a mucha gente le pagan la quincena el 18).</p>
<p>Confieso que antes me molestaba mucho, pero ahora es rara la vez que realmente me enfurezco, y casi siempre es porque tengo otro compromiso después, al que llegaré tarde. Ya creo que he perdido la batalla contra la impuntualidad. Es tan así, que incluso hay un término -que nació primero en Estados Unidos, no vayan a pensar que es un mal colombiano- para designar a quienes acostumbran entrar cuando ya todo el mundo está ahí: "elegantemente tarde", dicen, o decimos, porque yo también lo uso, cuando en realidad no tiene nada de elegante llegar tarde.</p>
<p>Decía que ya he perdido la esperanza con el asunto, pero no es del todo cierto. Hay situaciones en las que la puntualidad aún cuenta: el cine, que siempre empieza cuando dice el horario; los almacenes, que abren exactamente a la hora que dice el letrero; el horario de los colegios (las universidades son más laxas, pero eso en parte es culpa de los profesores) y, por supuesto, personas como mi dentista, que me devuelven la fe en la capacidad de organización de los seres humanos, así sea el único que hace eso en el planeta.</p>]]></description>
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                <category domain="http://www.sixapart.com/ns/types#tag">puntualidad</category>
            
            <pubDate>Thu, 30 Sep 2010 10:44:53 -0500</pubDate>
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            <title>Sexo, mejor si es con ciencia</title>
            <description><![CDATA[<span lang="ES">
<p align="justify">Advierto, para empezar, que no tengo nada en contra de las celebraciones con rosas de todos los colores, del consabido peluche regalado, de las esquelas melosas que prometen amor eterno, de las cenas románticas a la luz de las velas y del manido broche de Cupido. Insisto: nada de eso me molesta. Es solo que siento que le falta algo.</p>
<p align="justify">Mejor dicho, considero que debería llamarse el Día del Amor, de la Amistad... y del Sexo. Esta fecha debería consagrarse a las delicias de la cama. Es más, no solo es un remate perfecto cuando se habla de amor, también es necesario. Más todavía cuando este es consecuencia de una buena amistad.</p>
<p align="justify">Si la idea lo seduce, y la intención es aprovechar para fajarse con su pareja bajo las sábanas, les recomiendo echar mano de los consejos aportados por investigadores del sexo, la conducta y las relaciones.</p>
<p align="justify">La doctora Debra Lynne, de la Universidad de Indiana (Estados Unidos), recomienda no tenerles miedo a los sabores y a los olores íntimos del otro. Esta catedrática afirma que tanto ellos como nosotras nos sentimos seguros cuando la pareja es capaz de soltar lo bien que nos vemos (y sabemos) allá abajo. </p>
<p align="justify">Claro, todo tiene su límite. Tristram Wyatt, otro erudito de la Universidad de Oxford, asegura que como no se ha comprobado la existencia de las feromonas que hacen al otro completamente irresistible, no está de más, antes de meterse a la cama, pegarse una duchita, eso sí, teniendo cuidado de no quitar del todo el olor natural (que en algunos casos es más que excitante). </p>
<p align="justify">No olviden, además, que sin relajación no hay sexo que se disfrute, y que para gozarse un polvo hay que desactivar la ansiedad y el estrés. Prueben a bajar la luz mientras comparten un pensamiento y un abrazo de 30 segundos al menos. De este modo -dicen sabios de la Universidad de Harvard- los niveles de oxitocina, una poderosa hormona sexual, y de testosterona aumentan en las mujeres, lo que, de paso, incrementa las ganas.</p>
<p align="justify">Si el propósito es que se mantenga alta esta hormona cómplice en ella, pase suavemente sus manos por su cuerpo, a manera de caricia. "Y si es con aceite, mucho mejor", dice Carol Cassell, ex presidenta de la Sociedad americana para el estudio científico de la sexualidad.</p>
<p align="justify">Hay más. Andrea Kuszewski, de la Universidad de Boston, recomienda desvestir lentamente a la pareja, "eso da más tiempo para que sustancias como la dopamina y la oxitocina alcancen niveles que hacen orgasmos intensos y prolongados".</p>
<p>A mí me encanta, además de todo lo anterior, seguir el consejo de Helen Fisher, de la Universidad de Rutgers: indagar por los gustos en el aquello de mi pareja y, a cambio, darle a entender qué posiciones me enloquecen. Ahora, esto es lo que la ciencia aconseja. Eso no quiere decir que deje por fuera fórmulas de su propia cosecha. El objetivo es no poner un mal rato entre usted y una erección. Hasta luego.</p></span>]]></description>
            <link>http://www.eltiempo.com/blogs/el_rollo_de_hoy/2010/09/sexo-mejor-si-es-con-ciencia.php</link>
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            <pubDate>Thu, 16 Sep 2010 18:35:04 -0500</pubDate>
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        <item>
            <title>¿Cerdo o no cerdo?</title>
            <description><![CDATA[<span lang="ES">
<p align="justify">En una serie de televisión mostraron un video perturbador: un aparato les cortaba los picos a los pollos de una granja avícola. Decían en el programa que lo hacían porque los animales estaban tan apeñuscados y sufrían tanto de estrés que se atacaban unos a otros. Por lo menos mientras veía el programa, pensé que era incapaz de volver a comerme un pollo en mi vida.</p>
<p align="justify">"Es terrible como tratan a los animales", le comenté a un amigo, que me dijo que el asunto era aún peor con los cerdos. Yo juré no volver a comerme unas costillitas, a sabiendas de que voy a romper mi promesa... pronto.</p>
<p align="justify">Sin embargo, me quedé pensando. Antes esas cosas no nos importaban tanto. De dónde venía el pollo o cómo mataban a la vaca o incluso qué pesticidas les rociaban a las lechugas. Ahora la onda es otra: cuidemos el medio ambiente y cuidémonos a nosotros.</p>
<p align="justify">Supongo que buena parte del asunto es cuestión de moda. Como está de moda ser vegetariano, pues comamos tofu, cosas así. Pero también están quienes creen de verdad en el asunto de la pureza y la desintoxicación y la vida sana.</p>
<p align="justify">Yo confieso que tengo una disyuntiva con el asunto. Por un lado, me parece loable que queramos meditar y vestirnos de blanco y limitarnos a consumir vegetales orgánicos y harinas integrales. Pero por el otro, me parece que estamos contradiciendo la esencia del ser humano. </p>
<p align="justify">Antes de ser recolectores, antes de aprender a sembrar, el hombre era un animal carnívoro. Cazaba mamuts, ciervos y cualquier bicho que se moviera. Nuestros dientes están hechos para arrancar la carne y nuestras muelas tienen la fuerza para triturarla. Por otro lado, las mujeres embarazadas necesitan la carne y los niños para crecer sanos también requieren de algún tipo de proteína animal. ¿Será que estamos contradiciendo la naturaleza?</p>
<p align="justify">Una de las razones que dan mis amigos vegetarianos para haber tomado esa decisión es que, dicen, la carne nos vuelve agresivos. La verdad sea dicha, yo me vuelvo terriblemente agresiva cuando llevo varios días a punta de pescado. Me hace tanta falta un ojo de bife sangrante que me pongo de un pésimo humor. Y, para ser honesta, yo no veo a ninguno de mis amigos "sanos" como un ser particularmente evolucionado, del que espero que se levante dos centímetros del suelo en cualquier momento (perdónenme, por favor, los que se sientan aludidos). Incluso un par de ellos son bastante más malgeniados que yo. Así que ni por moda, ni por salud, ni por tranquilidad me parece del todo válida la opción del vegetarianismo.</p>
<p align="justify">Tal vez por lo único por lo que consideraría el asunto sería por la crueldad con los animales. Ese video me impresionó tanto que de verdad me cuesta trabajo pensar que diariamente somos los causantes de tantas cosas malas, cuando nos comemos un simple sancocho de gallina o unas alitas. Pero me gusta el pollo. Me gusta la carne. Me gustan el cerdo y el cordero y las codornices y los conejos. ¿Qué hacer entonces? ¿Sigo comiendo carne y sintiéndome sucia y culpable, como una criminal que no puede contenerse, o me vuelvo pura y sana y un poquito amargada porque ya no disfruto la vida como antes? Como ven, tengo una disyuntiva.</p></span>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 19 Aug 2010 18:30:33 -0500</pubDate>
        </item>
        
        <item>
            <title>Días de independencia</title>
            <description><![CDATA[<span lang="ES">
<p align="justify">En estos de días de centenarios y bicentenarios de independencia me he puesto a pensar en irme de la casa. </p>
<p align="justify">A esta tierna edad, me digo, que arribita de los treinta y pico hay que tantear el mundo exterior, correr una aventura, comerse el mundo a dentelladas... me doy vuelta en la cama y escucho la voz de mamá: "mijo, el desayuno está servido" y cambio de parecer. </p>
<p align="justify">Es que la vida es muy áspera, muy dura para una criatura, dice ella, acariciándome la cabeza y papá se burla y le dice: "¡sírvele la compota y la papilla a bombrilito!"</p>
<p align="justify">Y bueno, qué le vamos a hacer, la casa de papá y mamá es mi refugio, mi primera y última estación y no estoy dispuesto ceder este paraíso por nada en el mundo, así se burlen las tías, me hagan mofa los primos y me dejen las novias... no saben nada de amor materno. </p>
<p align="justify">Es que la comidita caliente, la ropita planchada, la camita tendida y otras tantas comodidades no se consiguen ni en el mejor hotel del mundo, lo sé, y lo compruebo a diario. </p>
<p align="justify">Claro que no todo es color de rosa. A veces las novias se niegan a ciertos polvos cuando la vieja cama suena y dicen con cara de susto: "¡Huyy no, qué dirá tu mamá!". Pero ya habrá oportunidad de ir tirando me digo yo. </p>
<p align="justify">Es una tendencia mundial. Lo pude comprobar leyendo el periódico. En Italia, por ejemplo, los solteros maduritos, chinvegüenchones, se toman los apartamentos en arriendo para protestar por la falta de trabajo e ingreso y celebran en ellos pequeñas fiestas con bombos y platillos preparados por sus mamás... y para burlarse de los costos astronómicos de los cánones de arrendamiento. </p>
<p align="justify">No pueden y no piensan en casarse, tener hijos, construir familia y alimentar mascotas, ¡no!, esas minucias perturban la existencia y obligan a buscar un trabajo, que por cierto no hay, pagar una renta o una hipoteca por el resto de la vida o como dice un amigo: "cipote vaina maluca, pana: tirar sin ganas y mercar sin plata, ¡eeeche!" </p>
<p align="justify">Es que la crisis económica internacional ha retrasado el despegar del nido de las nuevas generaciones, dicen los expertos en economía. Y leo que en países como Grecia, y debido a la crisis y la falta de empleo, ya ni piensan en despegar. Ni hablar de Colombia. </p>
<p align="justify">Noticia que me cae como anillo al dedo. </p>
<p align="justify">Es un hecho cierto. A esta prematura edad, nuestros papás habían conquistado el mundo, tenían trabajo, ingreso seguro, alcanzaban a pensionarse antes de morirse y estaban en el 'laburo' de sol a sombra... es que, sospecho, no todo tiempo pasado fue mejor. </p>
<p align="justify">Y bueno, no todos me critican. De hecho mi primo costeño me dice: "Mira, cuadro, el secreto de la felicidad está en vivir de los viejos mientras a uno lo puedan mantener los hijos... tómala suave que el afán arruga".</p>
<p align="justify">Le agradezco sus palabras de solidaridad y no me preocupo más, no busco más empleo, ni elaboro hojas de vida, ni mido paso a paso las calles, mejor guardo en el baúl mis diplomas pues, de tanto aplazar la ruptura del cordón umbilical, he descubierto en estos largos años de amor materno que pocas cosas me afanan y las que me afanan... me afanan poco.</p></span>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 05 Aug 2010 18:30:59 -0500</pubDate>
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            <title>Recuerdos que provocan</title>
            <description><![CDATA[<p>Hace muchos años, mi restaurante favorito era Le petit bistrot. Me encantaba ir allá a que Madame Colette, una francesa bajita y menuda, me regañara a modo de saludo y luego empujara su carrito de patés hasta mi mesa. Había paté de conejo, de hígado de pollo, tres tipos de terrines y unos panes exquisitos para acompañar. <br />Le petit bistrot quedaba en una casa vieja que ahora es de alguna entidad financiera. Madame Colette, me dicen, está en Cartagena, y yo me quedé sin sus patés.</p>
<p><br />Parecida suerte corrió Intermezzo, el restaurante de Luis, que estaba en una hermosa casa con enredaderas de hiedra en Quinta Camacho. Allá la comida era una mezcla entre alemana y lo que le diera la gana al chef. Las sopas eran únicas, así como la papa rösti y sus langostinos con tocineta. Luis siempre se acercaba a las mesas (muchas estilo Luis XV, con sillas orejonas de brocados dorados) y les decía a sus comensales, como si revelara un secreto de estado, que había hallado unas verduras preciosas en la plaza y se le había ocurrido cocinar un plato especial. Nadie decía que no, todos sucumbíamos a sus encantos, y nunca, nunca, nos defraudó.</p>
<p><br />Aún quedan lugares así. La table de Michel, por ejemplo. Sus meseros llevan tanto tiempo ahí que ya tienen acento francés. El mural imitación Monet en su comedor principal o la torre Eiffel en el segundo piso evocan sabores tan parisinos como la siempre presente Edith Piaf, con su música de desamor. Lo mejor, aún así, es la comida. Ningún lugar como La table para comer escargots, chuletas de cordero, habichuelas con crema o el fabuloso coq au vin. La Poularde es otro de esos. Rústico, real, con una cocina a prueba de los años y una música tan francesa como los Campos Elíseos.</p>
<p><br />Otro más, esta vez colombiano, es Los cauchos. Qué mejor lugar para un sancocho un domingo que esa casa vieja en La Macarena, en un patio sombreado y atendido por los dueños, una familia entera metida en la cocina desde tiempos inmemoriales.</p>
<p><br />Pero no me queda más que pensar que esos restaurantes, como los dos primeros, también van a desaparecer. Y en su lugar se construirán otros como los que están de moda ahora: establecimientos minimalistas, con música electrónica, comida fusión (mucho maracuyá, mucho tomate de árbol y mucha papa criolla) y unos chefs que estudiaron máximo tres meses de cocina en Nueva York y ya se creen Ferran Adrià.</p>
<p><br />Esos restaurantes no dependen de su comida. La gente no va a probar algo rico, sino a ver y a ser vistos, a hacer alarde de que "están en la onda" o que leyeron la última reseña de tal o cual revista, que siempre es demasiado benévola. ¿Qué ocurre luego? Que las modas pasan, la gente se aburre de ir a comer feo y a pagar caro, y se van en manada al siguiente lugar de moda.</p>
<p><br />Hay que impedir que cierren más restaurantes tradicionales. Hay que evitar que destierren a sus chefs curtidos para que vengan muchachitos varados y sin preparación. Tenemos que preservar la buena comida y la decoración heterogénea, la música vieja, los meseros que han envejecido en sus puestos de trabajo, las familias que transmiten sus recetas de generación en generación.</p>
<p><br />Que no nos vuelva a pasar como ocurrió con El gran vatel, ese restaurante ubicado en aquella mansión fantasmagórica en la calle 70 con carrera 7, donde antes se servía el mejor steak tartare de Bogotá, y que ahora se ha convertido en un desangelado parqueadero.</p>]]></description>
            <link>http://www.eltiempo.com/blogs/el_rollo_de_hoy/2010/07/recuerdos-que-provocan.php</link>
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            <pubDate>Thu, 08 Jul 2010 20:54:26 -0500</pubDate>
        </item>
        
        <item>
            <title>El Día de la Madre en tres actos </title>
            <description><![CDATA[<p>El Día de la madre suele ser una tragedia. Para ser precisos, una tragedia en tres actos.</p>
<p>El primer acto comienza unos días antes, cuando hay que decidir qué regalo darle a la mamá. ¿Una cartera negra? Ese fue el regalo del año pasado. ¿Unos zapatos? Todos le tallan. ¿Y si uno le pregunta? Bueno, la respuesta siempre es la misma: "Lo que quieras, mi amor, cualquier pendejada". Entonces uno se cree el cuento y llega con cualquier pendejada, con una rosa medio muerta, con una tarjeta repujada o con un chocolate, y comienza la tragedia número uno: la mamá llora, dice que nadie la valora y uno termina tirándose el día.</p>
<p>Lo cierto es que las únicas pendejadas que aceptan gustosas las mamás son las que les regalan los niños menores de diez años, hechas en el colegio, ayudados por profesoras carentes de imaginación: una cajita hecha con palitos de paleta, un cenicero de barro seco o un muñeco con pelos rojos que dice (sic): "Felis dia mama. Erez la megor". De resto, siempre van a querer algo bonito, que no sea una olla de presión o una sanduchera.</p>
<p>El segundo acto viene en el desayuno del Día de la madre. Cuando era niña, despertábamos a mi mamá con una serenata en un disco rayado. Eran las cinco de la mañana. Le dábamos los regalos y le llevábamos el desayuno a la cama. Pobre mujer. Ahora que soy mamá comprendo que uno lo que quiere es dormir, y cuando lo despiertan para llevarle el desayuno, más vale que sea algo decente. De nuevo, si lo hace un niño menor de diez años, uno resiste que le dé una barra de cereal de chocolate partida en dos con un vaso de agua; pero si lo acompaña un adulto es inhumano un mal desayuno. El año pasado, por ejemplo, mi hijo y mi esposo me dieron una arepa quemada, y se quedaron mirándome con sadismo, mientras me metía en la boca los trozos de carbón. Cuando terminé, salieron gritando, felices: "Ahora sí vamos a pedir un domicilio delicioso para nosotros". El resultado es el mismo del primer acto: la mamá llora, se queja de que no la quieren y el día está echado a perder.</p>
<p>En el tercer acto la cosa empieza en el almuerzo. A pesar de ser un día especial, la mayoría de las mamás cocinan para hijos, abuelos, sobrinos y un par de viejitas que nadie sabe de dónde salieron, pero que están aplastadas en la sala desde las once y media. La comida siempre es la misma: ajiaco, fríjoles o pasta, y la única condición es que sea capaz de alimentar a treinta personas. La mamá sirve, recoge, lava, ofrece, camina, calienta, cocina, adoba, prueba, sonríe y al final del día está como si le hubiera pasado una aplanadora por encima, y empieza, por tercera vez, a llorar.</p>
<p>La otra opción es que la 'reina' de la casa, la que cocina los otros 364 días, sea la víctima de uno de los restaurantes de la ciudad. El resultado no es muy diferente: colas interminables, comida tibia, meseros confundidos y órdenes mal servidas. El papá se queja de que salió carísimo y la mamá regresa a la casa llorando.</p>
<p>No hay que preocuparse, sin embargo. Hagan lo que hagan todo va a salir mal el Día de la madre. Las mamás siempre se van a sentir subvaloradas y con alguna razón: nada de lo que nadie hace es suficiente para pagarles todo lo que ellas hacen por uno. La ventaja es que al día siguiente la mamá vuelve a ser ese ser cariñoso y alegre y todo queda olvidado... por lo menos hasta dos semanas antes de aquel fatídico domingo de mayo. </p>
<p>&nbsp;</p>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 29 Apr 2010 22:27:02 -0500</pubDate>
        </item>
        
        <item>
            <title>Viejas señales</title>
            <description><![CDATA[<p>Estamos viejas. Pero no solo yo, sino usted, así tenga ocho años, catorce o noventa. No hay duda. La vejez no se mide en los años, ni siquiera en el espíritu, sino en ir quemando ciertas etapas, alcanzando algunos mojones y pensando que esos momentos en la vida nos han marcado para siempre y nos han hecho envejecer, así sea un poquito. Estos son algunos de los hitos de la vida que hay que tener en cuenta para ver cuándo y a qué velocidad nos van pasando los años.</p>
<p>Estamos viejas si...</p>
<p>-La tía gorda del sastre rosado nos pellizca los cachetes y nos dice: "¡Cómo está de grande! Si yo la conocí cuando era una bebé".</p>
<p>-Se nos caen los dientes y nuestros papás susurran una noche, entre chasquidos de lengua, "ay, se nos creció la niña, ¡Qué pesar!", como si uno tuviera la culpa de ser, además de mueca, vieja.</p>
<p>-Cuando vamos al centro comercial y está Papá Noel, es él quien se quiere tomar una foto con nosotras sentadas en sus piernas y no al revés y, además, nos ofrece darnos nuestro 'regalito'.</p>
<p>-Dejamos de crecer para arriba y empezamos a hacerlo hacia los lados.</p>
<p>-Se nos acaba el acné.</p>
<p>-Nos toca teñirnos las canas... O dejamos de hacerlo, porque ya pa'qué.</p>
<p>-Nos da pena decir cuántos años tenemos.</p>
<p>-No nos importa decir cuántos años tenemos, porque estamos convencidas de que nos van a decir: "Huy, pero no pareces tan vieja".</p>
<p>-Nos cuesta trabajo manejar un aparato electrónico, desde un DVD hasta un celular, pasando por una consola de videojuegos.</p>
<p>-No sabemos qué carajos es una consola de videojuegos y cuando nos explican, exclamamos: "Ah, ¡el Atari!"</p>
<p>-Decimos en la calle, "tan linda esa moda de ahora, lástima que yo no me la pueda poner".</p>
<p>-Nos da pereza salir a rumbear porque preferimos ver Loco por Mary... por décima vez.</p>
<p>-Dejamos de pensar cuándo la embarramos con nuestros hijos para empezar a pensar cómo la podemos embarrar con nuestros nietos.</p>
<p>-Nos descubrimos diciéndoles a nuestros hijos exactamente lo mismo que nuestros papás nos dijeron ("lávate los dientes, ¡cómo vas a salir vestida así!, yo a tu edad no tenía todo lo que tú tienes o ¡desagradecida! Después de que te traje al mundo...").</p>
<p>-Vemos las fotos de las personas que estudiaron con nosotros y nos preguntamos, ¿y esta gorda quién es? Y luego nos miramos al espejo y nos preguntamos, ¿será que yo me veo así?</p>
<p>-Ya no nos piden cédula en los bares.</p>
<p>-Cuando nos piden cédula en los bares, nos abalanzamos en los brazos del barman y le zampamos un beso de agradecimiento.</p>
<p>-Nos parece que todo está carísimo.</p>
<p>-Dejamos de obedecer a nuestros papás y son ellos quienes comienzan a obedecernos.</p>
<p>-Todos los días nos levantamos con un dolor diferente.</p>
<p>-En lugar de hablar de moda o de política, hablamos de médicos, cirugías, dolencias y pastillas.</p>
<p>-No sabemos qué están dando en el cine. </p>
<p>-Oímos a la gente cantando la canción de moda y no entendemos ni siquiera la letra, mucho menos la forma de bailarla.</p>
<p>-Vamos a más entierros que a matrimonios.</p>
<p>-Nos damos cuenta de que la tía gorda que pellizca a la niña ahora somos nosotras.</p>
<p>Por Marta Orrantia</p>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 11 Mar 2010 09:52:58 -0500</pubDate>
        </item>
        
        <item>
            <title>El martirio del turista</title>
            <description><![CDATA[Ser turista es un desastre. No importa si es en Roma o en Santa Marta. Los aeropuertos son fatales, arrastrar maletas es terrible, tratar de entender otro idioma es estresante y la comida siempre termina por enfermarnos. Pero caemos de nuevo. Volvemos a empacar, a desempolvar el pasaporte, a hacer las eternas filas de las visas, a reservar hoteles, a planear el itinerario y, a cargar la pila de la cámara. Olvidamos con facilidad todo lo que nos ocurrió en el viaje pasado y nos sometemos de nuevo a detectores de metal, a cuentas infladas en los restaurantes, a convertir dólares en pesos a punta de calculadora, a comprar regalos para la familia y los amigos y a regresar agotados, extrañando la almohada propia, la comida de la casa y un jabón grande.<o:p></o:p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;"><o:p>&nbsp;</o:p></span></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;">Esto lo digo por experiencia. Hace poco estuve en Roma y me impresionaron los precios. Si uno quiere comprar una gaseosa, cuesta dos euros. Hasta ahí bien. Pero si se la quiere tomar sentado, le cobran ocho euros. Y la propina. Los mapas también son una farsa, y me parece que están diseñados para que uno se pierda y tenga que terminar en un restaurante, sentado, pidiendo gaseosa. Las ruinas del foro romano y el Palatino son incomprensibles, y las audioguías (unos aparatos parecidos a un teléfono a través de los cuales un narrador explica lo que uno está viendo) no tienen nada que ver con el recorrido que hay que hacer, así que uno termina, además de perdido, furioso.<o:p></o:p></span></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;"><o:p>&nbsp;</o:p></span></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;">Después de llegar de Italia, como no aprendo mi lección, me fui para Santa Marta. Inocente de mí, pensé que en Colombia me tratarían como una local y no como a una turista. Me equivoqué. Los doscientos cuarenta y ocho vendedores que conté en la playa no fue lo que me molestó, aunque he sabido de gente que no los resiste. Lo que me pareció aberrante es que los precios varían SM (según el marrano), pero en realidad debería decirse SC (según el cachaco). Por un pargo en un kiosco me cobraron cuarenta mil pesos. Qué digo kiosco. Una carpa de plástico raída. En el restaurante no había ni siquiera una cerveza para acompañar la comida, así que, además de envenenada, salí atragantada. Otra cosa que me molestó (y no lo digo por mí, que conste) es que en el Parque Tayrona -como en todos los del país, incluido Guatavita- hay una tarifa para nacionales y otra para extranjeros. Ah, me dirán, pero es perfecto, porque así los europeos pagan más y los gringos también. Bueno, ¿pero y los bolivianos? ¿los ecuatorianos? ¿los chilenos? Eso sí que me parece injusto, que ahora por poner a pagar más a los israelíes tengamos que clavar también a los 'sudacas'. <o:p></o:p></span></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;">Lo último que me molesta, y eso sí es en todas partes del mundo, es esa manía de hacer el check-out del hotel cada vez más temprano. Ahora les ha dado porque uno tiene que salir a las 11 de la mañana. ¿Y si el vuelo es a las nueve de la noche? ¿Qué carajos hace uno vestido con pinta para Bogotá, frito del calor, sin poderse meter a una piscina y en un lugar donde uno se siente extranjero?<o:p></o:p></span></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;"><o:p>&nbsp;</o:p></span></p>
<p style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; color: rgb(51, 51, 51); font-family: Arial;">Ahora que pasó la temporada de vacaciones, habría que erigir una estatua al turista, ese mártir bobo, ese ser sacrificado, que se expone cada año a que lo vilipendien, a que lo humillen, a que lo roben, y todo por incrementar el ingreso de los demás, siempre a costa del propio.<o:p></o:p></span></p>
<p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 0cm 0pt;"><span style="font-size: 10pt; font-family: Arial;"><o:p><font color="#000000">&nbsp;</font></o:p></span></p>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 28 Jan 2010 14:13:54 -0500</pubDate>
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            <title>El encanto entra por el oído</title>
            <description><![CDATA[<p><font face="Fairfield LT Std Light" size="3">Empiezo por&nbsp;decir que es absolutamente falso que ellas tengan menos ganas de irse a la cama que los hombres.</p>
<p align="justify">Si bien es cierto que los señores serían capaces de abalanzarse sobre una mujer en la primera cita, incluso en la mesa de un restaurante, con solo imaginar lo que hay después de una rodilla al aire o en lo más profundo de un escote, no quiere decir que ellos sean más ganosos. Nada de eso. Lo que pasa, simple y llanamente, es que sentimos distinto.</p>
<p align="justify">No quiero meterme en problemas con nadie, pero ojalá todos entendieran que el deseo femenino toma un desvío que deja fuera del camino a los ojos y cruza justo por el centro del oído. Mejor dicho, a todas se nos alborotan las hormonas y las ganas con lo que escuchamos, con las palabras dichas por quien tiene que decirlas, en el momento justo.</p>
<p align="justify">Aquello de que todo entra por los ojos se desvanece en el terreno de lo erótico femenino. Un hombre es capaz de arrastrarse, de abdicar a un trono y hasta de convertirse en codeudor por un nalgatorio redondeado y firme o por unos senos turgentes, así sean trazados con compás y armados con relleno fluido.</p>
<p align="justify">Una mujer, en cambio, necesita más que eso: si Cristiano Ronaldo se quita la ropa delante de ella, pero permanece silencioso y estático, cual guardia suizo, hay más probabilidades de que lo invite a tomarse un café, así sea en pelota, que a meterse bajo sus sábanas.</p>
<p align="justify">Claro que las hormonas contribuyen, en buena medida, en la puesta a punto de caramelo, y que su ausencia puede hacer que resulte más estimulante una sesión frente a la lavadora que sobre la cama, pero sería tonto desconocer que el deseo sexual femenino también va de la mano de la tranquilidad emocional, del sentirse queridas y respetadas, del gusto que se siente por el otro y de un entorno grato. </p>
<p align="justify">Preguntarán entonces con quiénes se acuestan los hombres en sus primeras citas. Obvio que no es con muñecas de hule sino con mujeres de carne y hueso. Lo reconozco. Sin embargo puedo decir con certeza que muchas de ellas no lo hacen ni enamoradas ni con el deseo alborotado. ¡No se hagan ilusiones, señores!</p>
<p align="justify">El deseo sexual femenino está alojado en el cerebro y depende de muchos factores. Para la muestra está el reciente cuento de magos de la farmacología que dicen haber hallado el 'viagra' femenino; se trata de un estimulante del deseo sexual que primero se ensayó como antidepresivo. Dicen que aquella que se tome una dosis diaria es capaz de ver sexy al propio míster Bean. ¡Qué horror! Qué pereza que pretendan vendernos siempre la felicidad en pastillas. </p>
<p align="justify">Lo que no dicen es que los efectos de la tal píldora apenas son un poco mejores que los de una pastilla de harina. Eso no ha sido obstáculo para que la vendan como el remedio contra la frigidez. ¡Al diablo! </p>
<p>Más que medicamentos lo que necesitamos es buenos polvos. En otras palabras, hombres capaces de hablarnos seductoramente en la oreja antes de mandar la mano, de escucharnos antes de botársenos encima y de esperarnos cuanto sea necesario. Mejor dicho, hombres de verdad capaces de dar eso que no se puede concentrar en un frasquito. Hasta luego.</p></font>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 26 Nov 2009 12:14:29 -0500</pubDate>
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            <title>Un asunto de psicólogo</title>
            <description><![CDATA[Las c<font face="Fairfield LT Std Light" size="3">osas han cambiado mucho desde que yo estaba en el colegio. En mi época solo existían los niños pilos y los vagos, y mientras que los primeros eran los consentidos de las profesoras, los otros eran los dueños de las fiestas, las novias y de toda la diversión. 
<p align="justify">En las raras ocasiones en que un alumno era enviado al departamento de psicología, no iba porque tuviera problemas académicos serios, sino por algún asunto familiar que inquietaba a las directivas del colegio. Un divorcio, una muerte cercana, la bancarrota del papá. La psicóloga del colegio era usualmente la mamá de un alumno, una señora comprensiva y cariñosa, que ayudaba a que el alumno en cuestión capara clase con excusa válida.</p>
<p align="justify">Eso ya no es así. Tal vez es porque los divorcios ya son comunes y las bancarrotas también. Lo cierto es que ahora las psicólogas de los colegios tienen que inventarse nuevas formas de atraer a los descarriados a sus oficinas, y es por eso que, junto a terapeutas ocupacionales, fonoaudiólogas y otras especies de esas, han creado una nueva gama de enfermedades espantosas y potencialmente fatales que deben tratar.</p>
<p align="justify">Así pues, los niños sufren todos de algo. Unos son hiperactivos, otros tienen déficit de atención, otros hipotonía, los de más allá son lentos o tienen dislexia o problemas motrices o falencias afectivas o dificultad en el lenguaje o cualquier otra cosa que los convierte en, francamente, anormales.</p>
<p align="justify">Mi hijo, por ejemplo, tuvo varias enfermedades de esas. La psicóloga me citó al colegio y, con cara de acontecimiento, me dijo que el problema era que el niño, a sus cuatro años, quería demasiado a su mamá. Cuando le refuté el asunto por evidente (¿sus hijos acaso no la quieren?), ella procedió a decirme que en realidad la falla era otra. No era sociable. Puede ser cierto eso, pero es que yo no soy una mamá sociable. Muchas veces prefiero la compañía de un libro a la de una persona (en especial una psicóloga de colegio), así que no me pareció una falencia, sino una cualidad. No todos somos 'milamigos'.</p>
<p align="justify">Después de negarme a tratar esa disfunción, apareció otra. Ahora mi hijo tenía problemas de motricidad. Y eran graves. No es ilógico, dado que el niño crece a unas velocidades mayores que las del promedio y es el más alto de su curso. Es lógico que le duela la espalda, que los músculos sean débiles, que sea torpe y que escriba enroscado sobre el pupitre. Aún así, ante la insistencia, accedí a llevarlo a terapias. </p>
<p align="justify">Durante tres años, mi hijo fue a un lugar para que lo ayudaran a mejorar. Ahora pronuncia la erre, algo que no hacía antes, pero todavía no se sienta muy derecho que digamos y para nada mejoró la letra, que sigue siendo un desastre, como la de toda mi familia. </p>
<p align="justify">Fueron tres años, dos veces a la semana, además de los controles del departamento de psicología, que me citaba trimestralmente para pedirme cuentas de qué era lo que estaba haciendo para mejorar al niño. Como inquisidoras, me interrogaban sobre los progresos y se quejaban de que si no avanzaba tan rápido como yo quería, era mi culpa, porque no lo obligaba a poner la mesa o a escribir la lista del mercado. Yo salía casi disculpándome, avergonzada por ser tan mala madre, preocupada por el futuro de mi hijo torpe (me advirtieron muchas veces que no iba a ser triatleta) y preguntándome si no sería que el colegio era demasiado exigente para él. </p>
<p>Sin embargo, fue otra psicóloga la que me sacó de mis dudas. Ella me dijo que no todos sirven para todo en la vida. Puede que no sea atleta, pero mi hijo construye robots hechos con cajas de cartón. Tal vez no tenga una letra bonita, pero escribe fabulosas historias que yo le paso al computador. A lo mejor no se sienta derecho ni es capaz de quedarse una clase entera mirando a la profesora, pero sí tiene la disciplina para leer Tintín antes de dormir. Yo no sé si vaya a ser rico o pobre o famoso o exitoso, pero de lo que sí estoy segura es que tiene un corazón grande, le gustan los animales y disfruta con </font><font face="Fairfield LT Std Caption Light" size="3">Yellow Submarine</font><font face="Fairfield LT Std Light" size="3">. El problema de muchas psicólogas de colegio es que ni siquiera hablan con sus pacientes antes de diagnosticarlos. Y eso tampoco pasaba en mi época. Y yo no creo haber salido tan mal.</p></font>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 29 Oct 2009 17:30:48 -0500</pubDate>
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            <title>La tecnología ataca</title>
            <description><![CDATA[Teóricamente, la tecnología le hace a uno la vida más fácil. A mí no. Para mí (y esto puede ser una señal de vejez, pero en realidad es una muestra de torpeza), los adelantos tecnológicos son bastante peligrosos. Empecemos por lo chiquito. Un cepillo de dientes, por ejemplo. ¿Cuál compra uno? El de cerdas para un lado, el que termina en punta, el que tiene un cepillo para la lengua, el que vibra, el que indica cuándo hay que comprar otro, el que tiene una cabeza chiquita, el que es flexible... Y bueno, uno termina comprando cualquiera. Ahora el reto está en abrirlo. El empaque es tan sofisticado que mínimo se parte una uña tratando de separar los plásticos, y a lo mejor hasta termina partiéndose un dedo. Yo no sé ustedes, yo extraño la época en la que los cepillos eran "duros" y "blandos" y uno los escogía por el color.
<p align="justify">Pero la tecnología, mientras más grande el aparato, más compleja es. Tomemos, por ejemplo, la licuadora. Compré una licuadora hace poco y es tan elegante que no sé cuál botón espichar para hacer un jugo de piña. Un botón hace puré, así que asumo que ese no es. Otro pica, que tampoco quiero eso. El de más allá machaca, otro estruja, otro disuelve, otro macera... ¿Cuál es el botón del jugo? Nunca lo he podido descubrir, así que me quedan pedazos de piña flotando en el vaso. Pero no me puedo quejar, porque la licuadora es supertecnológica y la burra debo ser yo.</p>
<p align="justify">¿Qué tal, por ejemplo, la televisión? Antes uno prendía y cambiaba de canales y listo. A veces le tocaba quitarle rojo porque las caras de los actores parecían como si se hubieran quemado en Tota, pero de resto, no había mayor misterio. Ahora hay un control para la tele, pero el DVD tiene otro, y el cable otro más, y ni hablar de la consola de juegos, y el equipo de sonido. Y cuando uno logra unificar todos en un solo control, tiene tantos botoncitos y tantas explicaciones, que uno termina siempre equivocándose, hunde el botón que no es y desprograma todo y entonces se queda sin servicio dos días hasta que llega un técnico con cara de puño y le arregla la vaina en cinco minutos.</p>
<p align="justify">Pero lo peor -para mí, por lo menos, que vivo de esto- es el computador, con sus aditamentos (léase impresora). El computador tiene vida propia. Se bloquea cuando se le da la gana -y siempre se le da la gana cuando uno está a punto de grabar un documento importante-, esconde los archivos, pierde los correos, y lo único que conserva, como si fuera evidencia, son las fotos comprometedoras, que uno trata de borrar y vuelven a aparecer de protector de pantalla. La impresora no se queda atrás, claro. La mía es de altísima tecnología y suena como una matraca vieja, escupe el papel a medio imprimir, se queja porque hace un mes no le cambio los cartuchos y se niega a seguir trabajando hasta que no le ponga un magenta nuevo porque el que tiene, según ella, ya no tiene garantía. </p>
<p>Todo ahora es más complicado. Los teléfonos que no sirven para hablar pero que sí toman fotos, son además reproductores de música, tienen juegos y reciben correos de Internet. Los tenis, que ya no son tenis sino que son especializados para correr, o para brincar, o para caminar, o para subir y bajar. El champú, la crema de dientes, el desodorante (¡hay uno para la noche nada más!), el horno, la nevera... todo es más preciso, más perfecto, más sofisticado. Y a mí todo me parece, cada día, más enredado y sobre todo, más susceptible </p>]]></description>
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            <pubDate>Fri, 02 Oct 2009 07:41:48 -0500</pubDate>
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            <title>Por qué se rascan los señores</title>
            <description><![CDATA[<font size="3">
<p align="justify">Soy una defensora a ultranza de los hombres como complemento perfecto de las mujeres. Pero debo confesar que hay dos cosas que no tolero de ellos: la primera es su irresistible necesidad de rascarse ciertas partes en público; cuando les da por esas se juran transparentes, porque lo hacen con una desfachatez subida. La otra es su incapacidad genética para orinar sin mojar el borde del inodoro. Tan mal entrenados están algunos que su rociada, que alcanza pisos y paredes, solo cabe compararse con la instintiva marcada de territorio que hacen los animales salvajes.</p>
<p align="justify">Aunque no me queda claro todavía si el problema es de diseño anatómico o de mal uso de esas estructuras, estoy segura de que con un poco de esfuerzo ellos pueden atenuar esas costumbres. Nos evitarían tener que voltear la cara cuando se rascan y nos permitirían compartir sin disgusto el mueble principal del cuarto de baño. </p>
<p align="justify">No soy una experta, pero acá van unos consejos que construí con la ayuda de gente que sí sabe. Empiezo por la orinada, que tiene su hidráulica y su mecánica; aunque son ramas que tanto les gustan a los hombres, para este menester nunca las tienen en cuenta. Orinar es en esencia un juego de presiones y de fuerza de gravedad que antes de empezar exige que el señor se ubique lo más cerca que le sea posible de la taza del inodoro; lo ideal es que esta quede casi metida entre las piernas.</p>
<p align="justify">Levante el bizcocho. Lo que sigue es relajar los músculos, no hacer fuerza (como creen muchos) y ayudarse con la mano dominante a apuntar hacia el centro del recipiente. Hecho esto, quédese ahí y deje salir hasta que sienta que la vejiga se desocupó por completo. Solo en ese punto contraiga varias veces los músculos para presionar la salida de lo que quede y no se mueva de ahí hasta estar seguro de haber cumplido con su cometido. Sacuda con suavidad (recuerde que no es un aspersor) y sin pena séquese con papel higiénico. ¿Muy difícil?</p>
<p align="justify">Si lo logra, felicitaciones, pues puede decirse que está eliminando parte de las causas de la impresentable rascada. En un alto porcentaje de los casos esta es fruto de la irritación que en esa zona causan el calor y la humedad; si bien la fuente de esta última es el sudor, también se nutre de los residuos provenientes de operaciones miccionales incompletas (¿adónde creen que van esas últimas gotas?). </p>
<p align="justify">Si de nuevo nos atenemos a las leyes de la hidráulica resulta imposible que en un ducto como la uretra no queden remanentes si ésta adopta tránsitos tortuosos por culpa, esencialmente, de los diseños de la ropa. Basta revisar los modelos de calzoncillos, muchos de ellos sin aberturas o con ventanas que nunca coinciden con las del pantalón. Esto entorpece la acción de la fuerza de gravedad.</p>
<p>No entraré en más detalles, solo diré que lo ideal es que para orinar preferiblemente se bajen los pantalones. ¡Dejen esa cara, que eso no les quita masculinidad! A lo sumo les exigirá tomarse un poco más de tiempo y, como es natural, buscar privacidad. Quiero decir que no aplica ni para los orinales de pared ni para los postes de la luz y mucho menos para las llantas de los carros. Pero en la casa sí. Si les parece muy enredado, hay otra opción: orinen sentados. Hasta luego.</p></font>]]></description>
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            <pubDate>Thu, 03 Sep 2009 18:22:37 -0500</pubDate>
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