Última voluntad anticipada
Por andresospina el 15 de Abril 2010 2:00 PM
Para que nadie vea mi vergüenza indigna de no existir. Para cumplir con el sublime sueño de abandonar la tierra sin dejar tras de mí despojo material alguno.
Hoy decidí que en lo posible trataré de que mis allegados me permitan una tranquilizante soledad al momento de expirar. Y aunque en secreto ansío que el día esté lejano, desde ya anticipo mi inquebrantable voluntad de que nadie -ni el más cercano entre los cercanos- vea mi cadáver.
No quiero que nadie me cierre los ojos, inexpresivos y apuntando insensibles hacia un objetivo que no existe. No quiero que nadie me acompañe hacia el comienzo de un camino que ni ese alguien ni yo, conocemos. No quiero desaparecer en una habitación sobrevolada por el hálito indigno de la compasión ajena. No quiero dejar en la retina afectada de algún doliente morboso, la marca de agua de mi figura, despojada de energía vital.
Tal vez sería lindo ocultarse e irse a agonizar allá en donde nuestro cuerpo sea imposible de encontrar. Pero ese sitio, en el que ya estoy pensando, no es susceptible de ser revelado. Lo voy considerando.
Morir es un hecho tan natural como lamentable, y tan lamentable como bochornoso. La biología, en sí misma, es la conciencia documentada de nuestra propia vulnerabilidad, y de nuestra potencial condición de seres inexistentes.
Fallecer es un poco incómodo. El cuerpo inanimado se vuelve aparatoso, y deja en los presentes y ausentes un mal sabor. Tal vez por eso algunos animales sabios se repliegan al intuir cercana la llegada de lo inevitable.
Cuando muera, quisiera estallar, convertido en una infinitud de cosas indefinibles, dispersas por mi ciudad. Quiero pensar que ellas solas irán encontrando su lugar en el universo, sin tener que someterse a la degradación paulatina y humillante de una sepultura, o al polvoriento y pesado lastre de unas cenizas, metidas en alguna urna lamentable.
La muerte, sin duda, y en contra de lo que acostumbramos, debería ser el acto más privado de cuantos acontecen en nuestra vida imperfecta. Y no quiero que mi último lugar en la tierra sea el albergue para flores malolientes, bebiendo las turbias y desgastadas aguas de un recipiente al que nadie advierte.
En algún momento, confiado en que nuestro ingenio futuro habría de ser más grande que nuestra propia naturaleza perecedera, contemplé la idea demente y vanidosa de congelar mi cuerpo, con la esperanza de que alguna venidera especie de profesionales de la ciencia y la taumaturgia, hubieran de devolverme el espíritu. Pero hoy lo creo imposible.
No quiero que nadie vaya a mirarme, maquillado y falso, tras el cristal de un féretro, expuesto en un podio triste. No quiero que un tanatopráctico de turno me maquille, me falsee y me hidrate, cual payaso.
No quiero sumar a mi desaparición, el molesto protocolo legal y económico de la cancelación de servicios funerarios, honorarios médicos y minucias necrológicas evitables. No quiero que un doctor diagnostique mi inexistencia en forma oficial, ni que se haga a honorario alguno por tal concepto. No quiero condolencias ensayadas a destiempo, ni quiero escaparme de la Tierra en medio de enfermeras antipáticas que sin saber mi nombre me llamen 'paciente', o de alguna sala de velación, en medio del vapor de los cafés amargos, el azúcar en cubos, las tisanas aromáticas, el hacinamiento o el ausentismo de las gentes, cuya presencia habría de esperar.
No quiero una cinta con mi nombre completo, ni viajar acostado en esa especie de limosina luctuosa. Aunque mi mente indecisa jugó por varios años con la idea monumental de reposar en un mausoleo en piedra bogotana del Cementerio Central, con algún motivo heráldico grabado, hoy comienzo a pensar en sentido inverso.
Hoy decidí que, si bien preferiría no morirme, en caso de que no haya forma de contrarrestar el dictamen de la corte suprema de la justicia cósmica, intentaré salir de aquí sin hacer ruido.
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Perfil
Por andresospina
Andrés Ospina nace en 1976. Durante 1980 cursa preescolar en las guarderías La Frasadita y Juan Salvador Gaviota. Recibe su grado de kínder en el Jardín Infantil Piloto Federico Froebel. Desde 1982 hace parte del Gimnasio del Norte, entidad de la que cancelan su matricula en 1991. En 1992 ingresa al Gimnasio Los Robles, de donde se titula en 1994, tras repetir Décimo Grado. Trata de aprender Música y Literatura en la Universidad de Los Andes. Durante 1998 y 2000 co-redacta y funda el desaparecido sitio El Utensilio. Desde 2002 ha sido colaborador con revistas como Cambio, Rolling Stone o CARAS; realizador 99.1, hoy Radiónica (emisora en la que trabaja para los espacios 'La Silla Eléctrica' y 'Rockuerdos'), y libretista e investigador para el magazín de televisión Culturama. Entre los proyectos en los que comparte las culpas están www.museovintage.com y www.elblogotazo.com. De momento prepara una novela sobre un psiquiatra forense demente, y la exposición Bogotá Retroactiva.
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Hablar con compulsión sobre Bogotá, convertirla en eterna modelo de fotografías bien y mal-intencionadas, contar historias inútiles que a muchos y pocos interesan, robar el anonimato a quienes deberían ser contados y descontados. De eso se trata. ¿No?
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Comentarios
1. Por: patriota1 - 15 de Abril 2010 a las 02:10 PM
Lo ideal sería fenecer e inmediatamente ser colocado en una pira funeraria griega. Que no queden ni las cenizas, que todo arda; y el lugar que sea el perfecto para que se siembre un árbol.
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2. Por: anbar207 - 15 de Abril 2010 a las 05:15 PM
A mi me pareció chevere la idea tuya de tener musica de lo Beatles, que en todo mi funeral solo se escuche al cuarteto de Liverpool. Nada que lo vean a uno y si es con algodones en la nariz menos, Que a ninguna tia loca se le ocurra ponerme un vaso de Agua debajo del Cajón. y al desgraciado que se le ocurra abrirme el cajón que pa' verme por última vez le arriaré la madre desde el mas allá...............Por cierto ya le perdoné lo de Mockus
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