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El día en que llovieron discos

Por andresospina el 1 de Febrero 2010 1:05 PM

calle231.jpgLas primeras memorias son las últimas que se nos borran. Y las menos dispuestas a abandonarnos. Tal vez ello se deba a que éstas suelen ser también las más tercas. Las más remilgadas. Las menos flexibles y las más resabiadas.

Aquellas a donde ni siquiera las cerdas gruesas y burdas de los cepillos espinosos que lavan los cerebros de los olvidadizos alcanzan a llegar.

Por eso a los seniles les es más fácil acordarse del nombre de sus abuelos que del de sus bisnietos. O del sabor de los Polares que vendía don Joaquín en su carrito de rodachines oxidados, a cinco centavos, que del de los Popsy en presentación litro, servidos como postre en la visita de hace tres días.

Los recuerdos remotos son los que mejor saben encontrar refugio en los túneles menos accesibles y vulnerables de la mente, sometida --como todo lo que está hecho de materia viva, inanimada o muerta-- a los rigores del desgaste, al exceso de maltratos y a la sobreabundancia de cosas prácticas en qué pensar. Además, nadie, por memorioso que sea, es inmune a un alzheimer.

Las primeras memorias --aquellas que suelen fijar su lugar de habitación eterna cuando sus dueños tienen tres o cuatro años-- encuentran durante aquel lejano entonces un abundante suelo virgen, lleno de baldíos por colonizar, de bosques perdidos en donde esconderse, por siempre, y sin ser molestadas.

Es prudente temer menos al deterioro del cerebro que a su sobresaturación por exceso de pensamientos inoficiosos. Tan inútiles y aburridos como el punzante golpe de ariete de las cuentas por pagar, de las obligaciones paternas, de las listas de supermercado, de las minucias contables, de los compromisos fiscales, o de decirle a un mundo sordo lo inteligentes, apuestos e indispensables que somos.

Hay entre los humanos cierta estirpe privilegiada de obsesivos que nunca olvida nada. Que podría dar buena cuenta de casi todo cuanto les ha ocurrido, porque lo tienen bien almacenado y bajo llave en las bóvedas secretas de su mente, desde el mismo día en que despertaron a la conciencia. Hay quienes se ufanan de recordar casi todo cuanto han vivido. Hay hechos de infancia que nunca se van. Y que a veces, incluso, alcanzan a levantarse a su alrededor una trinchera. Un muro de contención a prueba de olvidos, del que sólo salen muy de cuando en vez, cuando necesitan aire o cuando quieren rosar la superficie craneana, para acariciar sus sueños, desgastados y escasos.

De entre todos estos especímenes, aún hoy, con casi todo el contenido de su memoria revuelto y desconectado, por cuenta del mal cerebral padecido por quienes que ya no son capaces de acordarse de nada, hay alguien a quien admiro por sobre todos. Se llama doña Débora.

Sin entrar en detalles acerca de las circunstancias que me llevaron a conocerla, hoy procuraré destacar un hecho excepcional y curioso de su vida, extraviada en imprecisiones, desconexiones y olvidos. Porque sólo hay una cosa de la que hoy doña Débora puede hablar, sin que sus ocasionales interlocutores nos percatemos de que su cabeza funciona a media máquina.

En medio de sus delirios desmemoriados, y a cada tanto, doña Débora menciona a unos discos voladores. Pero no es que doña Débora esté loca. Es sólo que ella se encuentra tres rangos arriba en la pirámide asocial de las más olvidadizas.

Más que palabras o cifras, los recuerdos son imágenes, sonidos y --sobre todo-- estímulos olfativos. Y las ideas --como las palabras y los hechos mismos-- son candidatas más firmes y seguras al olvido que los sonidos, las imágenes o los aromas.

Doña Débora no es tan anciana. Sólo tiene 73. O, mejor aún, no lo es tanto como para que su senectud sea justificación amplia y suficiente al haberse deshecho de casi todo lo que una vez archivó. Pero la memoria, al igual que el tiempo. Al igual que la fortuna. Al igual que los años, y al igual que la enfermedad, es asimétrica, azarosa e injusta. Y castiga a sus súbditos con látigos desiguales.

Esa tarde, cuando las turbas comenzaron a invadir el centro, y cuando las primeras explosiones dieron aviso del peligro inminente, doña Hercilia (su madre), que era maestra de escuela en la normal de doña Cecilia Luque de Duque, fue comisionada para llevarse, por entre el tumulto de energúmenos histéricos, al grupo de niñas estudiantes que vivían en las vecindades de San Diego.

Una de ellas era la propia Débora, su hija, quien a la fecha tenía 12 años. Para protegerse de la chusma, doña Hercilia se fue caminando con sigilo por toda la carrera Quinta, la que a su parecer tendría que ser menos riesgosa que la Séptima.

Hasta la calle 22 no hubo contratiempos. Pero una cuadra más al norte --ya por la 23-- la profesora doblada de heroína fue detenida por unos guaches que afilaban sus machetes contra los zócalos de las puertas de las casas del barrio.

Sin consideración por la escasa edad de las paseantes, los revoltosos enchichados le hicieron señas a doña Hercilia para que se detuviera. Querían confirmar la temprana filiación política de sus protegidas. Ese día no hubo inmunidad infantil.

calle23c.jpg--¿Y estas niñas qué son: azules o rojas?
--Pues verán ustedes, señores --atinó a responderles, mientras trazaba una línea invisible, justo en medio de las pequeñitas, señalándolas compasivamente con su índice derecho en el eje x--: De la mitad para allá son de Millonarios. Y de la mitad para acá son del Santa Fe--.

La broma pareció gustarles a los furiosos amoladores de machetes. La hilera de menores pudo seguir su curso, y cada una llegó a su respectivo domicilio con vida.

Pero de eso doña Débora no se acuerda. Porque estaba muy asustada. Y porque de todas maneras, aunque no lo hubiera estado, tampoco lo recordaría.

Hoy doña Débora, con sus 73, luce normal al primer vistazo. Y quizá lo sea. Pues lo único irregular en ella son sus recuerdos, transformados en una especie de gran rompecabezas: completo, pero muy desordenado. Revolcado al azar en una urna sellada cuya clave se perdió y a la que nadie jamás podrá volver a entrar. Tal vez tampoco sea muy corriente su incapacidad para convertirlos en palabras entendibles. Y su mirada, un poco perdida dentro de sí misma. Como intentando volverse hacia adentro para organizar toda esa farfulla incomprensible que hoy son sus pensamientos.

Lo único de lo que doña Débora se acuerda. Lo único que puede describirles a los demás sin que éstos tengan que hacer un esfuerzo excesivo para que ella no se percate de la angustia ajena por estar oyendo una historia imposible de terminar, es la combinación de una imagen clara de primera adolescencia, con sus sonidos y aromas intactos.

Es el ruido y el aspecto distintivo de unos discos de 78 revoluciones por minuto, cayendo desde el tercer piso de su casa de la 24 con cuarta, en medio del olor a humo, a lluvia, a fuego y a carne tostada, de aquel 9 de abril de 1948.

Ya con Débora y doña Hercilia a salvo y en casa, por la acera de enfrente venía subiendo un vendedor de cierta reconocida tienda de música, llamada Discos Daro. Su nombre era Eustaquio, y su apellido Briñez. El almacén era harto conocido por la familia, pues era allí en donde habían comprado su primer y único gramófono, del que Martín, hijo del matrimonio entre don Urías y doña Hercilia, era el más entusiasta usuario.

Despavorido, Eustaquio Briñez huía de la turbamulta y de la chusma enardecida que se abastecía por la fuerza de costosos abrigos de piel y de hectolitros de finos licores a los que apuraban con presteza.

A cuestas, por encargo de su jefe, don Simón Daro Dawidowicz, Briñez llevaba un lote de discos de acetato, de los de 78 revoluciones por minuto. De aquellos para los que una sola caída al suelo, dada la frágil rigidez del material, era mortal. Si él no hacía algo para protegerlos, era muy posible que la chusma, interesada en probar la aristocrática disciplina urbana del lanzamiento de disco, esta vez con el estímulo adicional de descalabrar a unos cuantos, iba a tomárselos para sí.

calle23d.jpgPesaban mucho, y aunque pensó en llevárselos, para mantenerlos protegidos en su residencia de San Fasón, al suroccidente, Briñez concluyó a medio camino que semejante esfuerzo no se justificaba, teniendo en cuenta el exiguo salario asignado por el ahorrativo de don Simón a cambio de sus servicios.

Entonces comenzó a pensar en lo desequilibradas que eran las cosas. El simple costo una caja de agujas, que sólo alcanzaban para reproducir dos canciones completas desde uno de esos discos, bastaría para alimentarlo a él y a sus vecinos de inquilinato por dos o tres meses completos.

Martín lo vio ascender desde el balcón, penosamente, por la 24. Pensó que darle algún dinero a un hombre como él a cambio de la sonora mercancía, era una forma decente de hacerse a una buena colección de música, y de cooperar con el noble propósito de calmar el hambre del proletariado bogotano.

Pero además, aquella podría ser la mejor manera de comenzar a hacer una colección. Una colección con historia. Porque lo que diferenciaba una verdadera colección de una ordinaria, eran los datos precisos en cuanto a fechas y procedencias. Y porque aquellas colecciones en las que no había ninguna de las dos, eran propias de los nuevos ricos. Y porque él ya intuía la diferencia sustancial que existía entre los millonarios de viejo y nuevo cuño.

Sin que Briñez se lo estuviera insinuando, desde la lejanía de la ventana, el joven Martín le hizo señas para que le entregara los discos. Eustaquio se detuvo a la puerta. Martín bajó. Eustaquio se los dio. Martín sacó un peso de su bolsillo y lo extendió hasta sus manos. Eustaquio enderezó sus espaldas y se alegró de poder caminar tranquilo y libre por entre los despojos.

Ahí, convertidos en una gran línea de rueditas negras sin desempacar, cada una envuelta en un papel delgado y rústico y estampado en serigrafía con el logotipo de Sonolux, o de la RCA Víctor, o de Odeón, estaban consignados algunos de los sonidos más memorables de la primera mitad del siglo XX para la comunidad hispanohablante. Muy orgulloso de su adquisición, Martín fue subiendo las escaleras de madera de su casa hasta ecalle23b.jpgl balcón, para reproducirlos en su Victor Talking Machine.
El alegre joven ascendió cada escalón, muy satisfecho. A medida que avanzaba, iba desenvolviendo cada unidad, para examinar, los títulos impresos en los sellos. 'Mis flores negras', de Efraín Orozco. 'Alma mía', de María Grever. 'Cuidado nos ven', de Eduardo Armani. 'Esta noche me voy de parranda', de Tito Cortés. La 'Fantasía colombiana' de Jorge Camargo Spolidore. Orgulloso, el joven Martín llegó hasta donde padres y hermana para exhibirles su reciente trofeo de guerra.

A don Urías no le complació la perspectiva de tener a un comprador de objetos robados por hijo. Por eso, al sospechar de la sucia procedencia de la mercancía lo miró a él con gesto descalificador. Luego contempló a la colección de discos con el debido repudio y la trasladó consigo, pateándola hasta el balcón. Se asomó, para contemplar el paisaje lúgubre de final de tarde. Luego volvió la vista hacia su mujer y descendientes.

--¡Yo no traje hijos al mundo para convertirlos en criminales, ni en auspiciadores de la vagabundería, el latrocinio, ni de ningún otro tipo de forma consentida o no consentida de apropiación de lo ajeno. Dios no me perdonaría el haber procreado a una estirpe entera de truhanes!

Luego su voz tomó un furor convencido y fervoroso. Casi solemne. Y continuó:

--Mal haría un padre en alentar los deseos de su primogénito al auspiciar los arrebatos delincuenciales de los malhechores que hoy, ebrios de latas de sardinas robadas y ahítos de caviar, ostras, y galletería fina, han renunciado a la decencia, combinando sus puercas alpargatas con costosos sobretodos y saqueando y vendiendo cuanto objeto ajeno se les atraviesa por delante. ¡Parecen nuevos ricos!

calle23e.jpgEntonces tomó el fonograma que más a su mano estaba. El correspondiente a 'La hiedra', de Pepe Quintero y su conjunto. Lo contempló desdeñoso y lo arrojó al vacío, ante el triste gesto de Martín, testigo impotente del injusto ajuiciamiento de semejante joya, que ahora perecía contra la calle, perfumada por las emanaciones vaporosas de los cuerpos en descomposición, por la munición quemada y por el polvo que se levantaba.

Irónico espectáculo ese el de ver reventarse contra el planeta, y por turnos, a un objeto capaz de producir tanta música. Y de saber que su último quejido no habría de ser un canto de cisne, sino el sonido seco y lamentable de su material, rodeado por algún sello circular de la RCA Víctor; o de Fuentes, o de Sello Vergara, o de Discos Daro, reventándose contra el planeta, para convertirse en miles de partículas que nunca volverían a estar juntas.
Don Urías siguió lanzando los 99 discos restantes, uno a uno, en caída libre, desde la ventana, sometidos ante la ley inquebrantable de la gravedad. Los curiosos contemplaron el melodicidio desde afuera.

A medida que las pastas se acercaban al suelo iban tomando mayor velocidad, como si quisieran apresurar el dolor de irse y de saberse enmudecidas, de ahí hasta siempre. Trazando una trayectoria semiparabólica, en un intento por apresurar su inmediato y triste fin, reventados contra el pavimento.

Mientras los iba lanzando, investido por cierta dignidad patriarcal al cumplir a cabalidad con el sagrado compromiso de hacer de sus vástagos unos ciudadanos de bien, don Urías continuó con su discurso aleccionador.

--Por más lustrosos y sonoros sean, su superficie estará para siempre manchada con la huella indecorosa del hurto. Y el sagrado claustro de nuestro hogar no será jamás almacigo de contaminados botines de guerra. Ese deshonor habremos de reservárselos a las garras apestosas y afiladas de la guacherna y de la chusma. Que sean ellos quienes nutran los inventarios de las compraventas y las prenderías. Pero en lo que a nosotros respecta, nuestra casa seguirá limpia de tanta porquería".

calle23f.jpg
Y así el sermón paterno se fue agotando, a medida que los discos por eliminar eran cada vez menos.
Ya con la lluvia a su favor, y satisfecho por la lección impartida, don Urías señaló hacia el sur, condenando el humo que salía de las edificaciones quemadas.

--Espero que el día de hoy se les quede en la cabeza hasta el que el Santo Padre se los lleve al cielo. Las cosas robadas se deben ir por donde vinieron.

Luego, con la angustia profética que produce el saberse vaticinador de malas cosas por venir, gesto al que los pequeños entonces no alcanzaron a entender, miró hacia el sur, y continuó:

--Y oíganme bien: ¡aunque lloviera seguido de aquí hasta la eternidad este fuego va a tardar mucho en apagarse!.

Durante la semana siguiente ni Martín ni Débora no pudieron comer Polares o salir al Parque de la Independencia. El mensaje de don Urías, al menos en lo referente a los objetos robados, les quedó más que claro. Pero no sus augurios.

Quince días después, el mismísimo Simón Daro Dawidowicz tocó a las puertas de don Urías, justo cuando el ejemplar cabeza de familia había regresado del trabajo. Sorprendido por la venturosa visita, y después de ofrendarle los saludos veniales del caso, el bueno de don Urías, que estaba solo, le preguntó a su lejano conocido el motivo del inesperado, aunque honroso advenimiento.
 
"Aunque poco le conozco, yo sé que usted es hombre de bien, un buen vecino, y un amante de la música. Por eso el 9 decidí enviarle, como obsequio, algunas de las más recientes novedades disponibles en mi tienda. Así de pronto usted se podría animar a volver por el almacén y comprarme otras. Lamentablemente el empleado al que encargué de traérselas no ha aparecido desde ese día. Yo no sé en dónde vive ni quiénes sean sus parientes. Pero me temo que haya muerto ahogado por las chusmas, o sorprendido durante el toque de queda. Por eso vengo a preguntarle, primero, si usted recibió mi regalo de ese día, y segundo, dado el caso, si sabe algo del paradero del hombre. Se llama. ¿O se llamaba? Eustaquio Briñez. Aunque no sé en dónde podrá estar, yo confío en su honradez. Si usted supiera el buen trabajo que hizo en mi vitrina cuando salió el disco aquel del 'Gallo tuerto'. Él solo diseñó dos maniquís. Uno de un gallo con bastó y ojo apagado, y otro de su esposa, la gallina, llorando su muerte frente a un ataúd. El disco se vendió como ningún otro. Un tipo así de ingenioso no se pondría a robar discos. Y en cambio sí sería una gran pérdida para mi tienda. Si algún día lo llega a ver...".

calle23g.jpgAl final los discos, aquellos por los que había castigado a sus pequeños, sí eran suyos, Briñez no era un ladrón y todo parecía haber sido un malentendido, ocasionado por su el miedo natural de todo buen padre a no serlo.

Arrepentido, don Urías se guardó la vergüenza para sí hasta el día en que murió, y ni Débora, ni Martín, ni doña Hercilia lo supieron jamás.

De eso ya hace 62 años. La olvidadiza de doña Débora sigue ahí, con media memoria borrada.

Con nombres, fechas y rostros confundidos. Ya no se acuerda del nombre de Martín, ni del de sus padres, ni del señor Daro, ni del infeliz empleado que desapareció esa tarde y al que el difunto Urías tomó por ladrón. Y ya ninguno de ellos, ni siquiera los discos voladores, están ahí para recordárselo.

Pero aún en medio de su sopor de experiencias extraviadas, doña Débora --hundida en su eterno adormecimiento sin memoria-- le vuelve a dar la razón a quien ese día quiso enseñarle que las cosas robadas no son para nadie. Y tampoco olvida que los discos --incluso los que perecen tirados contra el pavimento desde un piso tres-- viven y mueren haciendo ruido; o que, de hecho, el fuego de ese día en que los vio volar, no se ha apagado del todo.

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Comentarios

1. Por: scorpiona - 1 de Febrero 2010 a las 09:47 PM

una historia muy bonita. gracias!

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2. Por: effer - 2 de Febrero 2010 a las 06:39 AM

extraordinario cuento !!!!!! sea por la "materia" en cuestion , los discos, sea por la ambientacion y los personajes,, y claro la descripcion del momento historico........ me gustò mucho !

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3. Por: jurgenmueller - 3 de Febrero 2010 a las 11:10 PM

excelente historia, muy bogotana, me agradan su estilo y forma de escribir. Lo felicito por este "blog"tan interesante. Que ha pasado con los otros "podcasts" de la "silla electrica"?

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Perfil

Por andresospina

Andrés Ospina nace en 1976. Durante 1980 cursa preescolar en las guarderías La Frasadita y Juan Salvador Gaviota. Recibe su grado de kínder en el Jardín Infantil Piloto Federico Froebel. Desde 1982 hace parte del Gimnasio del Norte, entidad de la que cancelan su matricula en 1991. En 1992 ingresa al Gimnasio Los Robles, de donde se titula en 1994, tras repetir Décimo Grado. Trata de aprender Música y Literatura en la Universidad de Los Andes. Durante 1998 y 2000 co-redacta y funda el desaparecido sitio El Utensilio. Desde 2002 ha sido colaborador con revistas como Cambio, Rolling Stone o CARAS; realizador 99.1, hoy Radiónica (emisora en la que trabaja para los espacios 'La Silla Eléctrica' y 'Rockuerdos'), y libretista e investigador para el magazín de televisión Culturama. Entre los proyectos en los que comparte las culpas están www.museovintage.com y www.elblogotazo.com. De momento prepara una novela sobre un psiquiatra forense demente, y la exposición Bogotá Retroactiva.

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Hablar con compulsión sobre Bogotá, convertirla en eterna modelo de fotografías bien y mal-intencionadas, contar historias inútiles que a muchos y pocos interesan, robar el anonimato a quienes deberían ser contados y descontados. De eso se trata. ¿No?

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