Esa ciudad que se nos va
Por andresospina el 5 de Junio 2009 4:43 PM
Hoy, aquí, tranquilo, pienso en la muerte gradual y definitiva de la vida de vecindario. Pienso en aquello a lo que los urbanistas denominan espacio público y en la forma como los centros comerciales han ido devorándoselo a bocados grandes, sin dejarnos nada. Pienso que esa clase de lugares secuestra sin quererlo y con su propio consentimiento a quienes en otro caso habrían de habitar las calles y parques de mi ciudad.
Pienso en las casas de familia ahora transformadas en edificios de oficinas, o abandonadas a la espera de alcanzar el grado de deterioro suficiente como para alegar amenaza de ruina y para convencer a algún curador corrupto.
Pienso en los parques maltrechos, en sus columpios y balancines oxidados y en los pequeños y ancianos que alguna vez los habitaron, hoy relegados al confinamiento autista de algún juego de video, o de alguna silla mecedora con espaldar de mimbre y madera crujiente.
Pienso en los que hoy, con menos de 21 años a cuestas, jamás han visto alzarse a ninguno de los dos oncenos de su ciudad como campeones del rentado local. Pienso en los conjuntos cerrados y en los sectores exclusivos a los que no todos podemos entrar.
Pienso en la gradual y definitiva desaparición de las cosas de barrio. De la tienda de barrio. De la panadería de barrio. De la lavandería de barrio. Del restaurante y del cine de barrio. Del almacén de discos de barrio.
Y de todos esos bienes que hoy van sucumbiendo ante la llegada inatajable de inmensas, impersonales y estandarizadas cadenas de supermercados. De colosales conglomerados corporativos que de a pocos han ido transformando los grandes auditorios antes dedicados la cinematografía en aquellos nuevos ambientes cómodos y fríos denominados múltiplex.
Pienso en el vallenato romántico, que de repente comenzó a convertirse en la opción musical primordial en lo tocante a cigarrerías, bares, discotecas y demás. En nuestra vida nocturna sometida a las oleadas cambiantes de turno. En el reggaetón trepidando desde los amplificadores de los centros nocturnos. Y no dejo de dolerme al contemplar que si bien desde que estoy vivo las cosas ya andaban mal, hoy parecen estar aun peor que en aquel lejano y añorado entonces.
Pienso que ya no hay peinadores, ni solterones, ni bidés. Y que ya pocos contemporáneos tienen idea de lo que es un bidé, un solterón o un peinador. Pienso que el jardín de la casa ahora es un parqueadero. Que las habitaciones ahora son oficinas, y que los patios han sido cubiertos por cielorrasos.
Pienso que los cerros se han ido ocultando tras un montón de edificios. Y que sobre las ruinas de lo que una vez fueron salones, solares, ante la mirada desinteresada de muchos, se habrá de levantar una ciudad simétrica, encajonada y aburrida.
Pienso que ya no hay habitaciones para el servicio doméstico ni comedores auxiliares, ni baños de emergencia, ni chimeneas. Porque ahora la propiedad es asunto de horizontalidad y no de verticalidad. Pienso que las familias son otras, y que una vez los abuelos no puedan evitar marcharse entonces algún constructor habrá de convertirlas en aparcaderos o en los cimientos para un centro comercial y empresarial cuyo nombre sin duda habrá de ser del tipo 'Infinity Offices".
Hoy es atardecer de viernes y ahora, cuando estoy a un poco más de un mes de tener 33 me voy preguntando qué habrá de ser de este espacio que hoy habito y que, sin que haya nada que yo yo pueda hacer, habrá de convertirse en la propiedad de otro. Porque me voy a morir.
Hoy pienso que mi Bogotá cada vez es menos de sí misma y más de los otros. De las sedes locales de almacenes internacionales de grandes superficies. De las grandes cadenas del mundo cinematográfico y discográfico. De las tiendas que habrán de irse cuando los supermercados hayan conquistado para siempre los hábitos de una ciudad entera. De los vecindarios que habrán de convertirse en escombros para luego edificar sobre sus escombros una seguidilla de conjuntos impersonales con salón comunal y gimnasio y zona de juegos.
Pienso que todo ha cambiado, y en la mayoría de los casos no para bien. Pienso que no sólo hacemos mal a nuestro entorno natural, dado que el artificial también ha sufrido.
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Perfil
Por andresospina
Andrés Ospina nace en 1976. Durante 1980 cursa preescolar en las guarderías La Frasadita y Juan Salvador Gaviota. Recibe su grado de kínder en el Jardín Infantil Piloto Federico Froebel. Desde 1982 hace parte del Gimnasio del Norte, entidad de la que cancelan su matricula en 1991. En 1992 ingresa al Gimnasio Los Robles, de donde se titula en 1994, tras repetir Décimo Grado. Trata de aprender Música y Literatura en la Universidad de Los Andes. Durante 1998 y 2000 co-redacta y funda el desaparecido sitio El Utensilio. Desde 2002 ha sido colaborador con revistas como Cambio, Rolling Stone o CARAS; realizador 99.1, hoy Radiónica (emisora en la que trabaja para los espacios 'La Silla Eléctrica' y 'Rockuerdos'), y libretista e investigador para el magazín de televisión Culturama. Entre los proyectos en los que comparte las culpas están www.museovintage.com y www.elblogotazo.com. De momento prepara una novela sobre un psiquiatra forense demente, y la exposición Bogotá Retroactiva.
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Hablar con compulsión sobre Bogotá, convertirla en eterna modelo de fotografías bien y mal-intencionadas, contar historias inútiles que a muchos y pocos interesan, robar el anonimato a quienes deberían ser contados y descontados. De eso se trata. ¿No?
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Comentarios
1. Por: JERP - 5 de Junio 2009 a las 08:35 PM
Por eso me fuí a vivir a Chía....
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2. Por: pfrj - 5 de Junio 2009 a las 09:21 PM
Pues sí, que lástima pero a eso tienden todas las ciudades por esta época. Al menos en mi barrio todavía hay donde sentarse a comer unos huevos pericos con chocolate, pero quien sabe por cuanto tiempo.
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3. Por: BAMBOO - 5 de Junio 2009 a las 11:10 PM
Y eso piensas tú, qué será de la gente que se viene del campo a esta selva de cemento
..."Pueblito de mis cuitas, de casas pequeñitas,..."
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4. Por: RuyDiaz - 6 de Junio 2009 a las 06:01 PM
Me agrado mucho su articulo, muy chevere y acertado. Vivo fuera del pais, pero guardo los recuerdos de lo que era la Bogota de antes, mi ciudad, y la prefiero recordar asi como era antes y no como es ahora. Tiene ud razon al hablar de esa "standarizacion", la "aglutinacion", de la "monotonia" no solo en la arquitectura sino en la forma de vida....sobre todo en la forma de vida, que ya parecen mas "robots" que seres humanos. Las personas se levantan, tienen una rutina impuesta, llegan se acuestan solo para repetir la misma rutina al dia siguiente...todo dentro de los mismos "conjuntos cerrados" donde ya no hay verde. Estube en Bogota hace poco y me causo mucha tristeza ver el grado de desinteres de las personas por su ciudad, el caos en el que se vive, y aun asi la gente cree que esta bien. Me dolio no ver "verde", las alamedas han sido arrasadas para poner ciclovias que nadie usa, se acabaron los arboles y ya no hay pasto...que triste pero como ud bien dice: todo ha cambiado.
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5. Por: carloscarlines - 10 de Junio 2009 a las 05:39 PM
tampoco hay que exagerar, tal vez sucede en algunos barrios llamados "tradicionales" pero en general no creo, bueno tal vez por lo de los cines, pero no creo que el autor tenga tanta edad como para recordar con nostalgia aquellos lejanos recuerdos, pues tengo casi la misma edad y muchas cosas no me suenan, de hecho me perece que la ciudad ha mejorado, no que uno diga, que bruto!!! pero recuerdo la epoca de la caracas encementada, y otras joyas de nuestro pasado reciente, me recuerda que todo tiempo pasado pudo ser peor.
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6. Por: smontejo - 23 de Septiembre 2009 a las 05:26 PM
Hoy encontré su escrito. Me gustó. Pero además me alivió saber que alguien más está sintiendo lo que yo siento desde hace años: que la ciudad se nos fue.
Como usted dice que va a cumplir 33 años, deduzco que nació en 1976. Para mi Bogotá fue Bogotá hasta 1975. Pero esa Bogotá de los años 50’s y 60’s se negó a morir del todo como hasta finales de los 80’s. Es decir, quedaban algunas cosas que son las que seguramente le sirven de punto de referencia.
Imagínese lo que es para alguien que no esta muy lejos de doblarle la edad lo que es ver una ciudad con una cara nueva. De la cual desaparecieron barrios tradicionales como El Chicó, El Antiguo Country, El Lago. Otros simplemente los abandonaron como bien lo dice Ud.: cuando los abuelos no pudieron evitar marcharse, como Teusaquillo, La Soledad, Palermo, Sears, en fin. En el recuerdo quedan miles de sitios que infortunadamente nunca volverán a ser lo mismo como la Avenida de Chile, la séptima, la Jiménez.
Pero lo peor es que la ciudad seguirá degradándose gracias a ese desarraigo colombiano que menosprecia la provincia y empuja a todos a abandonar sus orígenes y migrar. Y aclaro que no estoy hablando del desgarrador problema de los desplazados. Desde hace mucho, muchos años, la gente deja los pueblos, se va a la capital del departamento y de allí a Bogotá. El resultado está ahí, los pueblos mueren, las ciudades intermedias son ahora simples sitios de paso y la capital cada vez más impersonal.
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