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Historias y prehistorias de árboles santafereños

Por andresospina el 21 de Mayo 2009 1:44 PM

Del sinnúmero de especies arbóreas nacidas, crecidas y muertas en suelo bogotano.

 
pinocolombiano2.jpg
A veces, cuando estoy seriamente escondido detrás de mi ventana de octavo piso. Cuando con pobres resultados trato de contemplar lo poco que de cerros orientales alcanza a verse desde aquí, mi refugio misántropo, me pregunto en solemne tono de ensoñación cómo pudo ser este lugar hace tres milenios.

¿Qué clase de paisaje fue aquel al que ningún ojo humano alcanzó a contemplar y que una vez debió haber estado aquí? ¿Qué tan verde o qué tan poco verde era el verde de aquel invisible entonces? ¿Cómo era mi ciudad antes de ser mi ciudad? ¿Qué estímulos olfativos debían brotar desde su superficie? ¿A qué podía sonar aquel silencio de una tierra sin palabras, llena de especies animales ahora extintas? ¿Qué tipo de vegetación crecía sin problemas por lo que hoy son estrechas vías principales y rectangulares conjuntos de vivienda multifamilar?

Pienso en silencios. Pienso en aromas. Pienso en temperaturas. Pienso en árboles. Y aún mi mente de bogotano colonizado se rehúsa a suponer que los pinos, eucaliptos y brevos, aquellos amigos a los que durante años creí tan bogotanos como Bernabé Bernal, Clímaco Urrutia o el Doctor Pardito, no son del todo nuestros. Lo estuve comentando hace poco en alguna conversación de comedor con una pareja de amigos. Y así, algo que hasta entonces me había parecido despojado de relevancia se sumó a mi lista extensa de obsesiones sin resolver.

Hay datos a los que a veces consulto sin fe. Los científicos, geólogos, biólogos, arqueólogos, evolucionistas y demás científicos serios, sabrán perdonar mi ignorante y descarado atrevimiento. Pero, por alguna escéptica razón que no consigo entender del todo, aún me cuesta creer que la magia no existe. Que nada puede escapar al indiscutible entendimiento de la ciencia, y que por tanto la prueba del carbono 14 o los postulados darwinianos, son, como suele enseñarse, postulados y técnicas tan inamovibles como infalibles.

Cuentan las historias que durante el pleistoceno, penúltima etapa de la era cuaternaria, el área correspondiente a la sabana de Bogotá debió contener dentro de sí un lago cuya extensión se prolongaba hasta las estribaciones de los cerros, extendiéndose hacia el centro a medida que la profundidad acuosa se iba incrementando. Pero aquel lago, como muchas de las cosas que una vez fueron nuestras, un día hubo de irse.

De acuerdo con investigaciones documentadas en la "Guía de árboles de Santa Fe de Bogotá" las primeras variedades arbóreas que habitaron nuestra sabana eran el tuno esmeralda, el granizo, el tíbar y la pagoda. Eso fue hace la impensable cifra de 70 millones de años atrás, cuando no había cordilleras, ni policías cívicos, ni falsas intenciones de dotar a la ciudad de un sistema decente de transporte metropolitano.

Según el concepto del profesor Thomas van der Hammen, experto geólogo, el paisaje bogotano de hace 40 millones de años estuvo poblado por los llamados pinos colombianos.

Pero alguna vez, hace cinco millones de años, al suelo firme y regular de la planicie, comenzaron a salirle cerros, dotando a la zona de la vistosa contextura que aún sobresale a la distancia y que, aunque a veces edificios como el mío pretendan ocultarlo, sigue siendo una de las grandes virtudes de nuestra capital ciudad.

Con semejante elevación muchos de los árboles que entonces habitaban en lo que más tarde habría de llamarse Bogotá, pudieron sobrevivir bajo las nuevas condiciones de frío. No obstante nos quedaron el arrayán, el chusque y los cauchos sabaneros y Tequendama.

Aquella aparente naturaleza sedentaria de las especies vegetales no lo es tanto, si las miramos en conjunto. Con las corrientes de agua, y las aves, y los vientos ellas también vienen y van de viaje. El encenillo nos vino del sur, de Norteamérica el laurel de cera y el té. Ya más adelante, hace casi un millón de años, nos llegó el Roble.

Para el siglo XV, ya cuando había en la ciudad hombres para recordar, contar y distorsionar la historia, había en el lugar un paisaje nativo debidamente decorado por nogales, cedros, alcaparros, chicalás, helechos palma, arrayanes, pinos romerones, sangregaos y alcaparros.

nogal2.jpg
Eso ocurrió antes de que en 1540 Carlos V ordenará sembrar sauces por todo el territorio americano, y de que, cosa terrible, Juan de Castellanos decretara la destrucción de las especies nativas por considerarlas 'criadero de pestilencias'. Los nativos siguieron, sin mucho éxito, defendiéndolas a muerte.

La llegada de ganado procedente de España y el incremento en el consumo de carnes de origen bovino ocasionaron un preocupante aumento en los índices de tala de árboles. Los actos de depredación continuaron por muchos años y alcanzaron su más crítica cúspide cuando en 1541 se decretó la utilización de tejas de barro y muros en adobe, con lo que la tala para la obtención de maderas para las estructuras continuó.

Entre los muchos atropellos en contra de nuestros árboles estuvo la persecución a todos los nogales de la ciudad, en virtud de su condición de especies sagradas para el pueblo muisca, lo que hizo sentir amenazados a los misioneros, preocupados por la aculturación a su cargo.  Para expiar las culpas e indemnizar los daños en 2002 la Alcaldía Mayor de Bogotá habría de declararlo árbol insignia de la ciudad. 

Por esa misma época, y a propósito de la arquitectura colonial, fundamentada en un solar central en el que por lo general había algún árbol, creció la siembra de árboles frutales como el manzano, el durazno, el papayuelo, y el brevo, quizá el más granado representante de los frutos bogotanos por adopción, cuya conjugación con el arequipe se constituye en uno de los mejores maridajes jamás logrados por la cultura repostera cachaca.

Sin quererlo, tal disposición arquitectónica relajó los intereses de los habitantes de la ciudad en lo tocante a los parques públicos, dado que en su propia casa estos podían disponer de su propio jardín particular.

cera.jpg
Para destacar queda la salida de la expedición botánica, cuyo punto de inicio fueron los majestuosos cerros orientales de la ciudad, y un hecho, un tanto posterior y un tanto lejano a la ciudad, que no obstante se constituye en hecho trascendental para la fauna colombiana. En 1801, el barón Alexander von Humboldt se encontraría con una gigantesca palma de curioso aspecto a la que denominó ceroxylon quindiuense, y que más adelante habría de convertirse en árbol nacional y que 100 años más tarde se convertiría en uno de los pobladores vistosos del gran Parque de la Independencia.

Como emblema de la libertad, y un tanto angustiado por la ausencia de verde en el país, Simón Bolívar ordenó la siembra de un millón de árboles a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, disposición que nunca fue llevada a cabo.

Para 1850 fueron 'importadas' desde Villa de Leiva algunas muestras de pimiento muelle, originalmente provenientes desde Perú.

Con respecto al aromático eucalipto y su llegada a Bogotá hay teorías variopintas. La mayor parte de ellas apunta a suponer que, ansiosos de sentirse en Europa, muchos ciudadanos acaudalados decidieron conferir a sus entornos cierta ambientación postiza.

Ernesto Guhl dice que fue importado por el presidente Murillo Toro desde Nueva York; el padre Enrique Pérez Arbeláez, por su parte, dice que fue don Pepe Urdaneta quien trajo el primero a su finca de Soacha, en 1893. Con todo el daño infligido al suelo de mi ciudad por el eucalipto algo en él aún me hace quererlo como a uno de los míos. Será por las muchas vaporizaciones medicinales a su cuenta que a lo largo de mis 32 años de vida han despejado mis obstruidas vías respiratorias.

Para la segunda década del siglo XX la monstruosa tala adelantada por tantos años con el fin de abastecer las cocinas colombianas se vio frenada por la generalización en el uso del carbón y de las estufas a gas. No obstante, casi al mismo tiempo muchos robles sufrieron los rigores del ímpetu civilizador pues de éstos eran extraídas tablas utilizadas para servir como base al revestimiento en acero utilizado por las líneas del ferrocarril y el tranvía.

Además de la creación de la OEA y de los trágicos acontecimientos adyacentes del 9 de abril de 1948, la Novena Conferencia Panamericana trajo consigo algunos hechos relevantes para el paisaje urbano y vegetal de Bogotá.

Con la obligación de ornar la ciudad con una especie vegetal de crecimiento rápido y seguro, el arquitecto japonés Hochín optó por la siembra del urapán, procedente de su tierra. El mismo que en los 90 habría de caer irrecuperablemente enfermo, por causa de algún insecto impertinente denominado chinche chupador. Entonces recuerdo a los urapanes del pequeño parque de la 86 con 19, y de la 82 con 11, luchando sin éxito por seguir vivos, alimentados por una especie de suero amarrado a sus troncos.

urapanes.jpg
En una década, gracias al extraño designio de una dolencia incurable, el que por número superaba con facilidad a cualquier especie de árboles en Bogotá terminó en un quinto lugar, desplazado por el sauco. Las casillas dos, tres y cuatro, son ocupadas hoy por el jazmín del cabo, la acacia negra y la japonesa. Entonces el copetón bogotano tuvo que buscarse nuevos domicilios en liquidámbares y ramas varias.

Ahora vengo caminando hacia el norte, por la carrera séptima. Me pregunto cuántos como yo han trazado esta misma trayectoria en ambos sentidos. Cuántos sentimientos de diferentes intensidades, índoles y orígenes se han concentrado aquí, con tantos años encima. Cuántas esperanzas han viajado de ida y vuelta por aquí. Cuántos cortejos fúnebres han rodado por aquí, en su lenta marcha hasta eso que sin haberlo podido corroborar, suponemos es el final. Cuántos amores comenzaron y terminaron aquí. Cuántos negocios nacieron y murieron en algunas de estas oficinas. Cuántas historias se han escrito y cuántas se han borrado justo en este mismo lugar en donde hoy estoy.

Miro a la araucaria sesentona de las vecinas Residencias El Nogal, y entonces pienso... otra vez... ¿cuántos árboles han muerto y han nacido en este suelo olvidadizo, que nos dio la sabana?

¿Alguien tiene una historia de árboles por contar?


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Comentarios

1. Por: scorpiona - 21 de Mayo 2009 a las 02:24 PM

en la casa de mi tia habia un arbol de brevas, un brevo, como estaba lleno de ratones lo cortaron y yo me puse muy triste

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2. Por: Eresunsol - 21 de Mayo 2009 a las 03:10 PM

Ya esta todo dicho....

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3. Por: Cronopios - 21 de Mayo 2009 a las 05:06 PM

Andres, sabe usted a que especie pertenecen los árboles que sembraron en las calles bogotanas desde 1998 cuando comenzaron a arreglar y ampliar las aceras de la 15 y otras muchas avenidas de la ciudad? Son unos árboles de hojas estrelladas, de color verde claro.

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4. Por: N0directi0nH0me - 21 de Mayo 2009 a las 05:12 PM

Y el cerezo??? por la nacho y la 26 hay muchisimos... asi como en el noroccidente....

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5. Por: N0directi0nH0me - 21 de Mayo 2009 a las 05:13 PM

Y el cerezo??? por la nacho y la 26 hay muchisimos... asi como en el noroccidente....

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6. Por: N0directi0nH0me - 21 de Mayo 2009 a las 05:13 PM

Y el cerezo??? por la nacho y la 26 hay muchisimos... asi como en el noroccidente....

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7. Por: vccarrillo - 21 de Mayo 2009 a las 06:06 PM

Lo de los urapanes resultó ser un descuadre que tuvieron por ser árboles provenientes de donde hay estaciones y una ocasión más para que los biólogos trataran de ignorantes a los forestales.

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8. Por: bogonauta - 21 de Mayo 2009 a las 06:11 PM

Mi historia por contar es una "cronica de una muerte anunciada", y son todos los arboles que seran talados en la Av Eldorado pues para los contratistas es mucho mas rentable tumbarlos que trasladarlos. La avenida mas bonita de Bogota sera cementada y gran parte de los jardines y arboles pasaran a la historia.

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9. Por: ceix - 21 de Mayo 2009 a las 06:57 PM

Para mi los preferidos son los Urapanes, me parecen que en cada lugar que se encuentran adornan de manera espectacular el paisaje, y no comparto el aprecio de Andrés por los eucaliptos, los cuales aparte de acidificar el suelo, hacen un daño importante en edificaciones, pavimentos y andenes.
En mi casa existió un brevo, el cual daba abundante fruto, y por consiguiente el dulce de brevas era frecuentemente servido, logrando generar en mi repulsión por este dulce. También alguna vez tuvimos un arbol de tomate (me suena raro decirlo así este en vez de tomate de arbol), papayuelo, durazno. Otros que tambien habitaron la casa pero eran arbustos fueron las moras y las uchuvas.
Un arbol que según mi madre es bendito para mas de una dolencia es el Sauco y también lo tuvimos en la casa, ahora está al frente de la misma en un separador. Este servia para inflamaciones, dolores, cortadas, y no recuerdo para cuanta cosa más me lo aplicaron.

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10. Por: byxor - 22 de Mayo 2009 a las 03:03 AM

Ja ja ja, totalmente de acuerdo!

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11. Por: calopi - 22 de Mayo 2009 a las 10:57 AM

Andrés: el artículo me parece muy ambientalesco. Salen a flote importantes infortunios de nuestros bosques urbanos, como por ejemplo, el reemplazo de especies nativas por nostálgicas y virulentas siembras Europeas. El usufructo mal venido de nuestros antepasados.... más árboles nuestros!

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12. Por: anbar207 - 22 de Mayo 2009 a las 11:05 AM

A mediados delos 80’s vivíamos en la 127, tal vez recordarán el canódromo o el puente subterráneo. El plan de todas la noches era treparnos en los árboles del sector, pasando horas y horas en nuestros escondites sin ser percibidos por los transeúntes, realizábamos épicas batallas con las pepas de la mata de mirto, las verdes dolían cuando pegaban, las rojas manchaban la ropa que tampoco se salvaba con la goma que algunos árboles emanaban. Es triste ver como los dueños de las casas modificaron sus jardines de pasto y árboles, por tabletas y cemento o peor aún reemplazaron todo por enormes edificios. Cuando paso por el sector y les cuento a mis hijos esas hazañas y esa forma de divertirnos en esa época, con nuestras patinetas de madera y nuestras bodoqueras, percibo el desapruebo en sus rostros....a veces me siento viejo, con 36 años....SNIF,SNIF.

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13. Por: SuperAlen - 22 de Mayo 2009 a las 09:04 PM

Pensar en Bogotá es pensar en eucaliptos, el suave frío del Parque Nacional y el sonido de sus riachuelos internos, mientras te humedeces los pies caminando a través del pasto lleno de rocío, y te golpeas la cara con un rama también goteante, buscando la cima de la montaña vecina de Monserrate, la del lado izquierdo, en donde las ráfagas de viento gélido de las mañanas de los domingos te invitan a suspenderte en el aire, el zumbido que produce cuando se cuela en tus oídos, la paz y la tranquilidad que contrastan con los ruidos lejanos de la ciudad.

Andrés, todo lo escribes con la nostalgia de los que estamos en el tercer piso. Un abrazo.

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14. Por: anita222 - 25 de Mayo 2009 a las 03:46 AM

scorpiona siembra otro brevo y a tí al igual que a todo el mundo , lo invito a que no nazca más gente, por lo menos un buen tiempo, necesitamos equilibrar el planeta, que dolor ver como lo tenemos.

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15. Por: sebastiansp75 - 3 de Junio 2009 a las 12:28 PM

Hola, los quiero invitar a una campaña muy bonita en pro de la educación de los niños, lo pongo aca para que la gente tenga acceso, es una donación virtual, no nos cuesta nada, solo hay que hacer un click y simbolizar un objeto para dar a un niño, con la recaudación de los click, oasis dona el material para los niños con el programa de acción social juntos para evitar la deserción escolar, vale la pena ya que es una causa social y por una colombia mejor, aca les dejo la página www.ayudarrefresca.com con esto podemos garantizar una buena educación, es un detalle bonito

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Perfil

Por andresospina

Andrés Ospina nace en 1976. Durante 1980 cursa preescolar en las guarderías La Frasadita y Juan Salvador Gaviota. Recibe su grado de kínder en el Jardín Infantil Piloto Federico Froebel. Desde 1982 hace parte del Gimnasio del Norte, entidad de la que cancelan su matricula en 1991. En 1992 ingresa al Gimnasio Los Robles, de donde se titula en 1994, tras repetir Décimo Grado. Trata de aprender Música y Literatura en la Universidad de Los Andes. Durante 1998 y 2000 co-redacta y funda el desaparecido sitio El Utensilio. Desde 2002 ha sido colaborador con revistas como Cambio, Rolling Stone o CARAS; realizador 99.1, hoy Radiónica (emisora en la que trabaja para los espacios 'La Silla Eléctrica' y 'Rockuerdos'), y libretista e investigador para el magazín de televisión Culturama. Entre los proyectos en los que comparte las culpas están www.museovintage.com y www.elblogotazo.com. De momento prepara una novela sobre un psiquiatra forense demente, y la exposición Bogotá Retroactiva.

Descripción

Hablar con compulsión sobre Bogotá, convertirla en eterna modelo de fotografías bien y mal-intencionadas, contar historias inútiles que a muchos y pocos interesan, robar el anonimato a quienes deberían ser contados y descontados. De eso se trata. ¿No?

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