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Rapiña por una serenata

Por josenavia el 14 de Enero 2009 8:07 PM

En la avenida Caracas de Bogotá, en el tradicional Chapinero, existe un pedazo de México. A lo largo de una cuadra, docenas de mariachis se disputan a los clientes que buscan una serenata con rosas y video, a bajo costo. Los músicos cambian sus apellidos boyacenses o santandereanos por Juarez, Infante o Negrete. En el lugar se consiguen pinchos, chorizos de dudosa procedencia, arepas y papeletas de droga. Aquí comienza, también, el segundo territorio de ropa usada de Bogotá. Estamos próximos a San Luis.

 

COMO UN MARIACHI

"Su origen boyacense, tolimense o santandereano lo disimulan con la ropa de charro y con apellidos mexicanos"

En la fachada de una casona ubicada sobre la Caracas, entre calles 49 y 50, un gran letrero anunciaba hasta hace poco la entrada a un pedazo de México en esta parte de Bogotá: 'Plaza Garibaldi'.

Frente al edificio, sobre la acera oriental, deambulaban docenas de charros con sus trajes mexicanos y sus instrumentos al hombro. Durante casi un año, la 'Plaza Garibaldi' intentó pelearle a 'La Playa' la supremacía como sitio de reunión de los casi 150 grupos de mariachis que existen en Bogotá. Pero el letrero fue borrado a finales de 1998 y los charros regresaron a 'La Playa', en la misma Troncal de la Caracas, entre calles 53 y 54. Ahora el lugar se encuentra saturado de músicos.

En 'La Playa', los mariachis se consiguen a cualquier hora del día o de la noche. Los integrantes de la mariachada, como ellos mismos se denominan, usan botas texanas de puntera metálica, sarape y sombrero de alas anchas con tejidos en hilo dorado. Su origen boyacense, tolimense o santandereano lo disimulan con la ropa la charro y los apellidos mexicanos. Infante, Juarez y Negrete son los más comunes.

"Hay clientes que se sienten mejor si contratan a alguien con nombre mexicano.... aahh, porque no es lo mismo contratar, por decirle algo, el mariachi de Wilson Rodríguez que el de Pedro Juarez ¿entiende?. Eso le da cache", dice un charro que trabaja en la playa hace seis años.

Entre los charros de este sector también funciona un comercio especializado en materia de ropa usada. "Los mismos charros los venden porque ya no les queda bueno o quieren renovar o dejan la música. Un traje de músico sin la abotonadura, en buen estado, está costando entre 40 y 60 mil pesos así de segunda, y de músico porque el de cantante es más caro, es más adornado", dice el charro.

Casi todos ellos protegen sus instrumentos con fundas impermeables de color oscuro. Algunos se bajan de la acera y caen en gavilla, tarjeta en mano, sobre la ventana de algún auto que aminora la marcha. Las vidrieras de las edificaciones anuncian con letreros rojos y negros a los otros grupos que tienen sus oficinas en el sector. Algunos manda a pintar la cara de algún reconocido artista mexicano.

Además de los charros, durante las noches estas aceras permanecen repletas de tríos, dúos, conjuntos vallenatos y grupo llaneros que se pelean los contratos. En medio de los artistas se mueven los delantales de los vendedores de chuzos, mazorcas, arepas y chorizos. Aquí tampoco faltan los harapos de los ñeros. En esta misma cuadra está la primera compraventa de ropa usada que abre sus puertas sobre la Troncal de la Caracas, en el sector de Chapinero: Chiros de la 49.

Su propietario, Edgar Peña, lleva unos 15 años mal contados en el oficio de la ropa usada: "Yo comencé como saldero, o sea, cambiando afiches y utensilios plásticos por ropa, en toda la ciudad, y vendiéndola en la Plaza España. Pero ese es un trabajo muy duro, me cansé y entonces me propuse tener mi propia caseta". Con el dinero que alcanzó a reunir adquirió una caseta de ropa usada en la plaza de mercado de Tunja. Antes de un año, las pocas ventas lo convencieron de regresar a Bogotá para abrir un almacén en la calle 66 de Chapinero, cerca a los almacenes de ropa nueva.

De allí tuvo que salir por el alto costo del arriendo. Finalmente se instaló, hace siete años, en la calle 49. De este y de los otros ocho almacenes que quedan sobre la Troncal o en las calles vecinas, entre las calles 49 y 50, se surten algunos de quienes utilizan la Caracas y los sectores cercanos. A Chiros de la 49, María Luisa, Jhonny's, Bogotana del Usado y otros almacenes llegan los porteros de las tabernas a rebujar los estantes en busca de abrigos y zapatos.

"Los meseros preguntan por camisas blancas, trajes negros, zapatos y corbatines; los serenateros y demás músicos quieren chaquetas de paño. Les gustan mucho las verdes, 'camel', negras y vinotinto. Allí tengo una verde, de talla grande que me trajeron ayer y ya vino un músico y la separó con cinco mil pesos", relata Edgar Peña.

Por lo menos tres veces a la semana pasa una mujer que revende ropa entre las prostitutas y bailarinas de strip tease de las 'whiskerías' y casas de citas de Chapinero. En ocasiones pasa un coleccionista al que Edgar Peña vio alguna vez en la televisión diciendo que había traído de Londres un modelo que encontró en los estantes de su almacén.

Los andenes se ven menos congestionados que en el centro, y la gente que visita el sector comercial de Chapinero camina más desprevida. Aparte de los mariachis, de los porteros y de los vigilantes uniformados, el resto de transeúntes no tiene un denominar común. En las aceras y en los paraderos de los buses se cruzan el muchacho de jeans, la señora de abrigo de paño, la adolescente de blusa hindú, el oficinista de traje formal, la estudiante de falda escocesa y el jovencito con chaqueta de la NBA.

La mayor actividad en el costado occidental la ejercen los compradores de peces ornamentales, pájaros, conejos y otras mascotas, y los empleados de estos almacenes. Los primeros casi siempre ocupan las aceras con sus carros. Llegan sobre todo los sábados, vestidos de jeans, pantalones y chaquetas de dril, camisetas, busos de lana y chaquetas gamuza. Rara vez falta un niño en estos grupos de expedicionarios. Los encargados de las mascotas visten blusas blancas u overoles y, en ocasiones, botas de caucho. En las mañanas es común ver a los dependientes aseando las jaulas, dando de comer a las mascotas y lavando el piso, incluida parte de la acera, con una manguera.

Por los carriles de la Caracas se ven los harapos de los indigentes y de los recicladores junto a sus carros esferados. Por la mañana van hacia el norte, por el costado oriental y en la tarde regresan al centro, donde están los depósitos de basura reciclable y la zona del Cartucho. La zona de mariachis termina en la 54. Enseguida aparecen los empleados y dueños de las compraventas de joyas y electrodomésticos, en mangas de camisa, detrás de los mostradores protegidos por vidrios de seguridad y rejas de hierro.

También están los empleados de camiseta azul y bluejean de un almacén de zapatos, y los dependientes y propietarios de los almacenes de artículos de cuero. La mayor parte de estos laboran con ropa de paño.

La falda extremadamente corta, las botas altas de cuero, el exceso de maquillaje y los coqueteos con los hombres que pasan por su lado delatan la entrada a otra zona de prostitución. Sin embargo, en esta parte de la ciudad, alrededor del eje de la calle 60, la mayor actividad se realiza de puertas para dentro.

Diseminadas en este sector, está la mayor parte de las compraventas de ropa usada de Teusaquillo y Chapinero.

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Comentarios

1. Por: salamanca1962 - 15 de Enero 2009 a las 08:32 AM

Que triste país..

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2. Por: SUSPENSO - 15 de Enero 2009 a las 04:24 PM

muy malo...

que les pasa a estos "cronistas urbanos"?
los leyeron antes de ponerlos a escribir esto tan malo señores editores?
no son capaces de pasar de lo evidente?
no es lo que usted escribe la misma vaina que se ve desde el transmilenio?

haga mas trabajo de campo
cuente algo extraordinario
genere inspiracion,

LA VERDAD mejor DEDIQUESE A VENDER EMPANADAS porque muchos estaran de acuerdo conmigo en que: POR MAS FEAS QUE LAS HAGA NO PRODUCIRIA TANTO MALESTAR ESTOMACAL COMO EL DE SU ARTICULO

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3. Por: pedroramosramos - 15 de Enero 2009 a las 08:21 PM

Muy bueno su texto de la Playa. Yo hice una investigación académica en la antigua troncal de la Caracas hace unos doce años y he recordado mucho lo que ocurría desde San Victorino hacia el norte con cada uno de los relatos que ha publicado. Lástima que no haya hecho su exploración periodística a lo largo de los casi 16 kilómetros que tiene esta vía desde Tunjuelito hasta los Héroes. Y lástima también que exista gente con tanto veneno es su sangre y de ánimo tan destructivo en este país. Y además, ignorante, pues lo que queda escrito forma parte de la memoria y de la historia de la ciudad, lo que se ve desde las ventanillas de Transmilenio son imágenes fugaces, recuerdos superficiales e individuales que termina por llevarse el tiempo. Lo invito a que haga una acercamiento de este tipo en la carrera séptima, sobre la cual viví cuando estaba en Bogotá, y estoy seguro que se topará con muchas cosas sorprendentes.

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Perfil

Por josenavia

La gente es la principal motivación en mi oficio de contador de historias. Sobre todo la gente que ríe y llora con cada latido de este país. Los he hallado en caseríos fantasmales, arrinconados por la violencia; enrumbados en jolgorios indescriptibles; los he visto perseguir cada peso, de día o de noche, o celebrar con cerveza por la nueva hilera de ladrillos que pegaron en la casa que levantan durante años con sus manos... he intentado escribir para la memoria durante 24 años de periodismo, 18 de ellos en EL TIEMPO. Nací en una vereda de Popayán, soy de ancestros nasas o paeces. Tengo algunos reconocimientos por mi labor periodística, entre ellos cuatro premios nacionales de periodismo, el Premio Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, 2007 y el Premio Rey de España en Periodismo Digital-2007. He publicado tres libros de historias urbanas. Pueden escribir a: josenavia2000@hotmail.com; josenavia2000@yahoo.com.

Descripción

Hallarán historias publicadas en diferentes épocas por el autor en el diario EL TIEMPO. Son relatos de dramas cotidianos de gente común y corriente, crónicas en texto y video, galerías de fotos, audioslides y especiales multimedia de zonas urbanas, indígenas y campesinas. Algunos relatos son muy recientes. Otros no los son tanto, pero lo parecen, porque por alguna extraña razón, en Colombia la historia se repite o, quizá, en el fondo, permanece inalterable

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