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Adicción al Sexo (La historia de Lucía)

13 de Julio 2012 11:33 AM

¿En qué consiste la adicción al sexo? ¿Cómo saber si alguien cercano a nosotros la padece? ¿Cómo podemos evitarla? ¿Se puede superar?

Esperamos que el testimonio de Lucía pueda satisfacer estas y otras inquietudes de un tema considerado tabú. Por esa razón, es muy poco lo que se escribe o dice, y quienes padecen esta adicción hacen lo posible por mantenerla en la oscuridad.

 

Ramiro Calderón

Autor de "Un Favor Antes de Morir" - La primera novela que aborda con profundidad el tema de las adicciones del nuevo milenio (http://unfavorantesdemorir.wordpress.com)

Si necesitas ayuda, puedes escribirme a ramiro@ramirocalderon.com o contactarme en http://ramirocalderon.wordpress.com/coaching/

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Vengo de una familia Antioqueña en la que no se expresaba mucho afecto. No había casi contacto físico. No recuerdo haber recibido abrazos de mi padre; mi madre también era bastante fría y seca.

Yo era la de la mitad entre siete hermanos. Creo que mis padres siempre estaban pendientes de los mayores y los menores, mientras los del medio quedábamos en el olvido.

Cuando tenía ocho años, un primo de dieciséis me tocaba. Me decía que no le dijera a nadie. Yo estaba tan carente de cariño y caricias que lo disfrutaba; pero después me sentía culpable y cómplice. Pero me hacía falta recibir alguna expresión de afecto y terminaba buscando situaciones en las que mi primo abusaba nuevamente de mí.

Creo que desde ese momento comencé a confundir el sexo con amor. Lo que siempre he buscado es amor, pero lo busco a través del sexo.

Siempre me odié a mí misma. Así me enseñaron a verme, a punta de críticas, invalidaciones constantes y hacerme sentir que no era digna de ser amada.

Ese es el vacío que no puedo llenar con sexo. El de mi amor propio. He tenido que aprender a amarme y aceptarme. Reconocer que no soy perfecta, pero que como ser humano imperfecto, soy infinitamente digna de amor, afecto y aceptación.

Antes buscaba todo eso fuera de mí. Quería que me amaran. Quería que me dijeran que era bella... y me lo decían todo el tiempo... y tuve muchos pretendientes que me pedían una relación formal, pero mi vacío era tan grande que necesitaba que muchos hombres me lo dijeran... pero yo no me lo decía a mí misma... y terminaba sintiéndome fea, sola, indigna de ser amada y llorando sumergida en mi vacío... y sintiendo que mi vida era una farsa... que yo era una puta... y que todo el mundo se terminaba dando cuenta.

En la universidad me acosté con un compañero, luego con otro y otro más, y al final todos los muchachos me buscaban solo para sexo. Me irrespetaban y no me ofrecían protección, ni amor que era lo que yo tanto buscaba. Tuve que cambiarme de universidad, pues la vida se me volvió invivible.

Pasé un período en el que estuve "juiciosa" y terminé la carrera en otra universidad sin meterme en demasiados problemas. En esa época busqué un terapeuta, pero terminé acostándome con él.

Luego comenzó mi vida laboral. Recuerdo que en mi primer trabajo, un día mi jefe me invitó a un café y terminamos acostándonos. Luego me acosté con un compañero y luego con otro. Ninguno sabía que me acostaba con los otros dos. Yo vivía en un estado de ansiedad permanente, pensando que en cualquier momento me podían descubrir. Todos eran casados, así que no me preocupaba que fueran a hacer un escándalo, pero sí me preocupaba lo que cada uno de ellos podía pensar de mí, que a la larga era lo que yo misma pensaba de mí.

Un día se supo la verdad y me fui de aquella empresa con mucha vergüenza, jurándome a mí misma que no iba a ponerme en esa situación nunca más.

Recuerdo que duré unos dos meses sin tener relaciones sexuales con nadie ni conmigo misma. En esa época tuve mi primer síndrome de abstinencia. Estuve deprimida, llena de miedo, ansiosa, sudorosa, y con ganas de asesinar cuando me encontraba con tipos groseros en las calles.

Jamás había oído hablar de adicciones, pero ahora, viéndolo en retrospectiva, yo era una adicta. Era adicta a la droga que producía mi propio cuerpo. La droga estaba dentro de mí. Cuando tenía un orgasmo, una sensación de calma y plenitud llenaba mi cuerpo. Me dopaba. Los orgasmos eran el analgésico que me quitaba el dolor que me producía vivir; vivir como yo lo hacía, en medio del desamor y del odio hacia mí misma.

Cuando alguien me rechazaba, tenía que masturbarme. Cuando me iba mal en el trabajo, buscaba a un hombre.

Todo el tiempo estaba tratando de calmar mi dolor a punta de orgasmos.

Conseguí otro trabajo, y luego otro y otro más, y siempre terminaba teniendo sexo con algún compañero y salía huyendo por la vergüenza.

Un día conocí un sitio de contactos por Internet. Éste podría garantizarme que mi reputación en el trabajo podía seguir incólume, mientras yo daba rienda suelta a mi compulsión.

En cinco años no tuve sexo con ningún compañero de trabajo, pero viví el fondo más negro y vacío de mi vida. Mis compañeras me decían que no entendían cómo alguien tan bonita e inteligente como yo, no tenía novio. Me daban consejos para vencer la timidez. Yo me sentía fea y falsa. Todas las semanas tenía sexo con al menos dos hombres diferentes, generalmente desconocidos.

Y cuando algún hombre me gustaba mucho físicamente, terminaba repitiendo, pero nunca estuve con un hombre más de cuatro veces. Necesitaba conocer más y más. Quería estar con más y más desconocidos. Experimentar lo desconocido, lo prohibido. Cada vez buscaba experiencias más extrañas y aberrantes. Era un llamado de mi vacío al que no me podía negar. En el día era la tímida trabajadora. Por la noche me transformaba en la más descarada ramera.

En los moteles me conocían. No me decían nada por entrar con hombres diferentes, pero yo sé que me reconocían. Debían pensar que era una de las prostitutas del sector, con la diferencia de que me vestía como una mujer de oficina.

En el fondo, seguía buscando el amor y la protección de un hombre. Quería que me abrazara y me dijera que me amaba, pero no sabía cómo pedir eso. Lo más cerca que estaba de eso era revolcándome en la cama.

Algunas veces terminé recibiendo cachetadas y nalgadas... y cuando llegaba a mi casa me encerraba en la ducha a llorar. Siempre me bañaba después de tener sexo. Me sentía sucia. Quería quitarme el olor a hombre, quería lavar más allá de mi piel. Quería lavar mis entrañas y mi alma. Quería quitarme el ataque repentino de odio a mí misma que me daba.

Pero no sabía que lo que tenía que hacer era parar y buscar el amor... mejor dicho sí lo intuía, pero no me sentía capaz de hacerlo. Si no tenía sexo me sentía peor que una heroinómana sin heroína yo era esclava del sexo. El sexo se volvió la razón de ser de mi vida.

Un día, un hombre con quien me acosté unas cuantas veces, creo que se llamaba Carlos, me propuso que fuéramos a un encuentro Swinger.

Fuimos un par de veces juntos y me encantó. Estuve con hombres y mujeres. Sentía que había finalmente encontrado un espacio en el que me sentía cómoda, en el que podía ser yo.

Comencé a ir sola a estos encuentros de pareja. En ese espacio no es bien recibido un hombre solo, pero una mujer sola sí. Allí daba rienda suelta a mi sexualidad. Podía estar por horas, con uno y otro, con parejas o con grupos. Varias veces tuve sexo con todos los hombres que asistieron. Entre doce y veinte. Las mujeres comenzaron a mirarme con recelo. Comenzó a correr el rumor de que yo era una prostituta contratada por los organizadores para que nadie fuera a quedar aburrido.

Ahí comencé a sentirme excluida en ese, el único espacio en donde me sentía verdaderamente libre y donde creí que ninguna mujer podía juzgarme.

De todas maneras, siempre, cuando volvía a mi apartamento, sentía la soledad y el vacío infinitos. El eco de mi propia voz diciéndome: "¡Eres una decepción para los demás".

Pensaba en las parejas que habían ido, en lo felices que serían yendo juntos a sus respectivas casas, comentando todo lo que había pasado en esa noche, en quién sería esa muchacha loca que se había acostado con todos... mientras yo me consumía en mi soledad. Sentía que mi pequeño y acogedor apartamento era un castillo inmenso, frío e inhóspito. Me sentía como una niña abandonada en la oscuridad.

Cuando no pude entrar más a los encuentros de parejas, volví a las redes sociales y el chat. Corrí muchos riesgos saliendo a encontrarme con desconocidos en la oscuridad de la noche. Tuve relaciones en sitios públicos, escaleras, ascensores, parques y todo lo que alguien se pueda imaginar.

Una noche me puse una ropa provocativa y me fui a una cita que tenía con un hombre. Después de tener sexo, él me dio dinero. Me sentí horrible. Llegué a mi casa a llorar. Muchas veces me acosté sobre el teclado a llorar sintiendo mi impotencia. Sintiendo que toda mi vida era una farsa.  

Otra vez un hombre con quien ya me había acostado, me citó frente a uno de los prostíbulos elegantes de Bogotá. Me pareció que podría ser interesante, ya fuera ver el show, o hacer trío con una prostituta. No sabía qué quería él, pero me pareció creativo y accedí a entrar.

No habíamos terminado de atravesar un largo túnel que había a la entrada, cuando otro hombre me abordó y comenzó a irrespetarme. Era repugnante y estaba borracho. Yo odio a los borrachos, detesto el olor a licor en un hombre. Este tipo olía a tufo, cigarrillo y apenas se podía tener. Era amigo del que me había citado.  Comenzó a irrespetarme y tocarme sin siquiera conocerme. Yo lo rechacé y él, sin decir otra palabra, me dio un puño y cuando estaba tirada en el piso trataba de patearme. Su amigo lo detuvo, pero me sirvió de lección.

Me devolví a mi apartamento sola, con un ojo morado, el tacón roto, el maquillaje corrido por haber llorado. Cuando llegué al edificio, vi que el portero me miraba con una sonrisa cómplice. Subí a mi apartamento a llorar. Hacía cortas pausas durante mi llanto para masturbarme y en ese momento pensé que así no se podía vivir una vida.

Pensé en el suicidio, pero estaba cansada y adolorida, y no quería que mi familia me encontrara muerta y con un ojo morado.

Decidí que iba a esperar un tiempo para suicidarme. Debía cambiarme de apartamento, pues no podía exponerme a que el portero le contara a la gente que la loquita del 402, había llegado llorando y golpeada un tiempo antes del suicidio.

Me dio pereza todo lo que tenía que hacer. Mi vida no valía tanta planeación y desgaste. Mientras pensaba en cómo suicidarme proyectando la imagen de mujer responsable, tímida y seria que había proyectado durante mi vida, me senté frente al computador. No quería fallar y comencé a buscar historias de suicidios.

Gracias a Dios no encontré la forma de suicidarme, sino la forma de salvarme. En ese zapping de sitios que hacía, terminé encontrando un grupo de apoyo para personas con mi problemática. Yo era atea, pero ahora digo gracias a Dios, porque creo que lo mío fue un milagro.

Lo primero que hice fue parar. Lo siguiente, que he venido haciendo poco a poco, es encontrar a Lucía, esa Lucía que estaba abandonada desde que era una niña, esa Lucía que durante toda la vida ha clamado por amor, que pedía amor y protección a gritos.

Ahora yo la estoy protegiendo y amando. He ganado seguridad. En la oficina me dicen que ya no soy la niña introvertida y tímida que han conocido toda la vida. El otro día me vi al espejo, y por primera vez en mucho tiempo, me gusté. Me dije a mí misma que me veía bonita. También he comenzado a abrazar a las personas. Antes ni determinaba a la niña de la señora del aseo. Ahora le traigo chocolatinas. Veo el brillo en sus ojos y entiendo que ese es un espejo de la alegría genuina que estoy buscando. Mi mirada ha comenzado a brillar. Antes era inerte. Como la de un muerto.

Cuando la niña me abrazó la primera vez, sentí un corrientazo que recorría todo mi cuerpo y me paralizaba. Ahora le devuelvo el abrazo y cada vez soy más fluida en expresiones de afecto. Eso es algo que nunca antes había experimentado. No sabía lo rico que es no solo recibir, sino dar abrazos... y dando amor es como creo que me estoy abriendo para permitir que el amor entre a mi vida. Todavía no me siento lista, pero poco a poco voy haciendo ejercicios.

El otro día un amigo del grupo de apoyo me agarró la mano y yo instintivamente la traté de retirar. Él me dijo: "No te preocupes. No te voy a hacer nada". Solo quédate quieta un minuto y siente el contacto físico sin sexo.

Lo hice y fue un buen ejercicio. Ese día me di cuenta de que todavía no estoy lista para agarrar la mano de un hombre que me guste, pero estoy segura de que si sigo por este camino, llegará mi momento.

Cada día me siento más contenta conmigo misma y a pesar del dolor y el tabú de este tema, creo que si mi testimonio sirve para ayudar a una sola mujer que no vea salida en su situación, todo ese dolor que pasé habrá tenido una razón de ser.

A las mujeres que han sufrido abuso en la niñez, que ven que éste está afectando su vida, su capacidad de confiar en los hombres o en las personas en general, su capacidad de intimar, su propia imagen haciéndolas sentir una porquería, busquen ayuda. Todas esas heridas se pueden sanar y no es justo que después del daño que les hicieron, ustedes continúen haciéndose daño a sí mismas.

 

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Espera el próximo viernes a las 11:30 am, Adicción a la perfección


Ramiro Calderón

Autor de "Un Favor Antes de Morir"

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Perfil

Por Razafina

Ramiro Calderón: Después de haber obtenido una de los mayores puntajes del país en las pruebas de estado ICFES y recibir los premios Andrés Bello y Bachilleres por Colombia, lo perdió todo por el alcoholismo. Hace más de quince años dejó el alcohol; en el año 2003 recibió, gracias a uno de sus libros, el Premio al Pensamiento Caribeño otorgado por la UNESCO, ha sido catedrático universitario, asesor de importantes empresas en Colombia, Ecuador, y Perú; ahora es escritor, conferencista y coach (presencial y online) con énfasis en manejo de todo tipo de adicciones. Autor de la novela “Un Favor Antes de Morir” (http://unfavorantesdemorir.wordpress.com) disponible en formato electrónico a nivel global. Email: calderon.ramiro@gmail.com - Twitter: @ramiro_calderon

Descripción

Este blog busca, a partir de ejemplos reales, ilustrar al público en general sobre todo tipo de adicciones (algunas desconocidas y extrañas), su naturaleza y las ayudas terapéuticas gratuitas o casi gratuitas existentes hoy en día. A los adictos, mostrarles que la adicción es una enfermedad; no un problema de seres pusilánimes o sin carácter; al mismo tiempo alentarlos a que busquen ayuda, pues aunque pueden no ser responsables de la enfermedad o su pasado, sí son los únicos responsables de su recuperación.

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