Cerrar

Publicidad

Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

LOS ZENÚES PERDIERON SU MEMORIA

El rancho de Tranquilino Ayala se levanta en la falda de una pequeña colina, frente a una alfombra de hierba que brilla con el rocío de la mañana y a una trocha fangosa que comunica con la vereda Vidales. Hasta ese lugar fue llevado el lunes pasado, por una romería de indígenas sollozantes, el ataúd de color gris con el cadáver baleado de Porfirio Ayala, el hijo mayor de Tranquilino.

Los indígenas se echaron el cajón al hombro desde la calle principal de Vidales, donde los dejó un campero de servicio público, y ascendieron, entre rezos y letanías, hasta el rancho de paja y caña brava de los Ayala.

El cadáver fue velado sobre el piso de tierra, junto a un altar de flores de verano, cuadros de vírgenes y sagrados corazones, y dos velas que llevaron los vecinos. Ferenciana Suárez, la madre de Porfirio, puso sobre el mantel blanco del altar una taza de agua fresca para que el espíritu de su hijo calme la sed.

La taza de agua permanece en el mismo lugar nueve días después del sepelio de Porfirio Ayala, el secretario suplente de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), asesinado a la media noche del pasado 26 de marzo, a kilómetro y medio del casco urbano de San Andrés de Sotavento.

Junto con él, fueron asesinados el cacique mayor del resguardo y segundo en la lista que encabezó Gabriel Muyuy al Senado, Héctor Aquiles Malo; el ex secretario de la ONIC Luis Arturo Lucas y el conductor de la camioneta en que viajaban hacia la comunidad de Gardenias, César Meza.

Los cadáveres de los indígenas fueron encontrados al día siguiente a unos treinta kilómetros del lugar del atentado, en la carretera que une a Chinú y San Marcos. La camioneta del resguardo fue incendiada. Algunas personas afirman que el crimen fue cometido por cinco hombres que se movilizaban en un campero de color blanco.

Las muertes de los líderes indígenas de ese resguardo a manos de desconocidos no son hechos aislados. El 19 de marzo de 1993, dos hombres asesinaron al profesor y líder indígena Gerardo Moreno, que había figurado en el segundo renglón de la lista de Gabriel Muyuy en las elecciones parlamentarias de 1991.

El pasado 11 de febrero, el secretario del cabildo menor de Aserradero, Clemente Mendoza, fue fusilado por cuatro hombres que lo sacaron de su casa. El 3 de marzo murió en la misma forma, en el cabildo menor de Nueva Esperanza, el dirigente Hernando Solano. Catorce días después, varios hombres mataron cerca de su vivienda al líder de la comunidad de Palmito, Ferney Alvarez Conde.

La muerte de los indígenas zenú se inició cuando nos organizamos para recuperar las tierras que los terratenientes nos habían quitado con engaños , dice José Lucas, hermano de uno de los líderes asesinados la víspera de semana santa.

Los líderes indígenas y los familiares de los muertos piensan que detrás de la masacre existen motivos políticos, debido a la fuerza que el movimiento indígena ha cobrado en esa zona.

El capitán Feria El alcalde de San Andrés de Sotavento, Juan Bautista Casado, afirma que es apresurado hablar sobre los motivos de la masacre y es mejor esperar a que termine la investigación que por estos días realiza la Fiscalía General de la Nación.

Han asesinado a nuestros dos candidatos al Senado, y el aspirante indígena a la Alcaldía de San Andrés, Eder Espitia, fue amenazado , dice un dirigente del corregimiento de Tuchín, un poblado sumido en el abandono, sin agua ni alcantarillado ni alumbrado público. Aun así, Tuchín es considerado el centro comercial y artesanal del resguardo. Dos calles arenosas atraviesan la población de siete mil habitantes. Por la más angosta hormiguean los vendedores de sombreros de caña flecha, los pregoneros de cachivaches y la gente que va para el mercado.

En la vía principal se estacionan los camperos que viajan para las veredas, las vendedoras de fritanga atizan los fogones y algunos viajeros esperan flota para Sincelejo, Lorica y Montería.

El calor es infernal. Por todo el pueblo y por las trochas y carreteras del resguardo se ven figuras adormiladas bajo los sombreros vueltiaos, meciéndose suavemente sobre el lomo de los burros que caminan sin prisa.

Tuchín es el reflejo de lo que ocurre en el resto del municipio, excepto el casco urbano de San Andrés de Sotavento, pavimentado, con vías amplias y edificaciones de ladrillo y eternit.

En Tuchín también se vive un clima de zozobra. A pocos kilómetros de allí vivían dos de los muertos del 26 de marzo. Existen, además, otros líderes amenazados. Uno de ellos, Alvaro Ortiz, logró escapar ileso hace unos diez días, cuando varios hombres con armas automáticas fueron a buscarlo a su rancho en las afueras de la población, a diez kilómetros de San Andrés de Sotavento.

La vida fue lo último que comenzaron a perder los zenú. Primero perdieron su dialecto, sus dioses, sus costumbres, sus tierras... su memoria.

Su historia está en los libros. Son descendientes de los caribes. Los antiguos cronistas dicen que los zenú eran una raza fuerte, de hombres bien parecidos, de costumbres pacíficas y valientes en la defensa de su tierra y su libertad.

A la llegada de los españoles, una parte de la zona era gobernada por la cacica Tota. Se decía que era hija de héroes míticos y le estaba prohibido pisar el suelo con sus pies desnudos. En su templo, donde se levanta actualmente Chinú, había 24 pilares con hamacas repletas de tesoros que le llevaban sus súbditos.

En San Andrés de Sotavento estaba el cacique Mekion, quien siguió ocupando su rango aun después de que ese territorio fue convertido en encomienda y entregado al marqués Andrés Méndez. Posteriormente, en 1773 pasó a ser resguardo indígena.

Los antiguos zenú eran dueños de las tierras bajas de los ríos Cauca y San Jorge. Allí, según el libro Pacificar la paz, construyeron una de las más avanzadas civilizaciones de las selvas tropicales, sustentada en un modelo de manejo técnico de sus territorios inundables que les aseguraba abundante y permanente producción de alimentos para el consumo y el intercambio con sociedades limítrofes.

Pero ese conocimiento se diluyó con el tiempo. Tampoco volvieron a elegir cabildos. La única autoridad tradicional que siguió siendo acatada por los zenú fue el capitán, y el último de ellos fue Eusebio Feria, un indígena de regular estatura, cara cuadrada, cabello ralo, ojos rasgados y voz de trueno que convocaba a los indígenas de Vidales con toques de tambor.

Las primeras tierras las perdieron cuando la civilización llegó a poblar lo que hoy es la cabecera municipal. Los indígenas fueron desplazadados hacia las zonas más boscosas, el territorio fue cruzado por trochas y caminos y el indígena se volvió campesino.

Buena parte de las tierras pasaron a manos de terratenientes mediante un sistema inescrupuloso. El indio, como no tenía plata para cultivar, iba donde el rico del pueblo explica Dionisio Beltrán, un indígena de Vidales. Si el rico le adelantaba el valor de una fanegada de maíz (800 mazorcas), el indio, cuando cosechaba, tenía que devolverle al rico dos fanegas. Cuando la cosecha se dañaba, el rico embargaba las tierras del indio .

Este y su familia pasaban entonces a ser jornaleros del nuevo dueño de la tierra, tumbando monte y sembrado pastos para criar ganado. Cuando el trabajo se terminaba, el indígena era despedido.

En esa época, hace unos 50 años, el jornal valía unos 10 centavos; hoy vale mil pesos. Eso explica, en parte, la miseria que se asoma a las puertas de los ranchos en los 18 corregimientos del municipio. En la escuela de Vidales, por ejemplo, unos 50 de los 400 niños están enfermos de varicela. Hay familias enteras afectadas por este mal. No reciben atención médica y la desnutrición hace estragos, sobre todo en los menores.

Muchos de los escolares no tienen los cincuenta pesos diarios que les cuesta el almuerzo en el hogar de madres comunitarias del ICBF. La directora de la Escuela, la hermana María Elsy Oquendo, dice que las instalaciones necesitan reparaciones, y que no hay material didáctico y faltan pupitres. Esa es considerada la mejor escuela del municipio.

Después de que los indígenas perdieron sus parcelas, pasaron varios años para que empezaran a perder la vida en forma violenta. Esto sucedió cuando se iniciaron las tomas de tierras. Hasta hace unos veinte años, tres mil de las 83.000 héctareas que conforman el resguardo en territorio de Córdoba y Sucre estaban en manos de indígenas, el resto formaba parte de grandes haciendas.

Hoy los indígenas tienen unas 17 mil hectáreas (ver recuadro). Muchos de los líderes que impulsaron la toma de tierras han muerto. Pero los demás les reconocen esa labor.

Por eso, más de 500 indígenas de rostro triste se congregaron el martes pasado por la tarde alrededor de una casa de ladrillo de color azul, en la comunidad La Esmeralda, para rezarle los últimos padrenuestros a Luis Arturo Lucas. Algo similar ocurría a la misma hora en otros tres sitios de resguardo.

La tumba del cacique Héctor Aquiles Malo, el cacique mayor de San Andrés de Sotavento, sabía que lo iban a matar.

Unos días después de las elecciones, apareció cerca a su casa una bolsa plástica que contenía un caja de fósforos y una carta amenazante escrita a mano: Héctor Malo, guerrillero, paramilitar, te van a matar y te van a quemar como a Oswaldo Teherán . El mensaje estaba acompañado de una foto de Teherán.

Lo que ocurrió con Teherán todavía lo recuerdan con horror los indígenas zenú. El dirigente, uno de los principales impulsores de las tomas de tierra, fue asesinado en 1988, en Tuchín, cuando descendía de una flota. Un día después fue sepultado en el cementerio de San Andrés de Sotavento. Su tumba fue abierta esa misma noche por desconocidos que prendieron fuego al ataúd.

La carta fue dada a conocer el 25 de marzo durante una reunión con capitanes de cabildo en la escuela de Gardenias. Tres días después, Héctor Aquiles Malo fue sepultado en una tumba recubierta por una gruesa capa de cemento y sellada con varillas de hierro para que no le pase lo mismo que a Oswaldo Teherán .

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
10 de abril de 1994
Autor
JOSÉ NAVIA

Publicidad

Paute aqu�

Publicidad