LEVANTADA EXCOMUNIÓN A LUTERO

LEVANTADA EXCOMUNIÓN A LUTERO

Juan Pablo II, el Papa de los contrastes y sorpresas, con escándalo de algunos católicos, levantó la excomunión proferida contra Lutero por el papa León X en 1520, y firmó un acuerdo con los cristianos luteranos sobre el sentido de la justificación o santificación personal.

21 de noviembre de 1999, 05:00 am

Se trata de dos hechos de singular importancia y de consecuencias positivas e impredecibles para el futuro de la Iglesia de Cristo.

Empecemos aclarando que levantar la excomunión esta consistía en declarar a un creyente fuera de la comunidad cristiana, la mayor sanción que puede imponer la autoridad eclesial, levantarle a estas alturas a Lutero la excomunión podría parecer ridículo e inoficioso. Pero no lo es tal. Reviste una importancia insospechable. Se trataría, en el fondo, de levantarle simbólicamente la excomunión a la Iglesia Luterana; se trata de superar cinco siglos de dolorosa ruptura y de mutua oposición entre católicos y luteranos, paso decisivo en el proceso ecuménico, iniciado en el Vaticano II (1965), que llegará, Dios mediante, a su consumación en el próximo siglo.

El segundo hecho no es de menor importancia y se halla en íntima relación con el anterior. Se trata del acuerdo firmado entre luteranos y católicos en torno al sentido de la justificación, tema que los dividió entonces, siglo XVI, hasta nuestros días. La historia de la fe se encarga de relativizar y poner en su justo punto y medida algunos obstáculos de la fe que, en su momento, parecían enormes e insuperables.

Ya entre los apóstoles Santiago y Pablo se dio una primera diferencia a este respecto, que fue superada oportuna y felizmente. Pablo insistía en que la justificación se operaba en virtud de la fe y no del esfuerzo personal; Santiago, por su parte, insistía en la necesidad de las obras como fruto y comprobación de una fe auténtica y madura. Había base para un conflicto y aun para una ruptura, que por entonces, gracias a Dios, no sucedió.

No así en el siglo XVI. Lutero, exasperado, y con razón, con la predicación de la indulgencia para recoger fondos en orden a la construcción de la Basílica de San Pedro, se fue lanza en ristre no sólo contra las indulgencias, sino contra algunos puntos doctrinales de Roma, entre ellos, el más importante, el de la justificación.

Quién tenía la razón? Siendo sinceros, habría que decir que ambos, pero cada uno desde su punto de vista. Resulta obvio, siguiendo a San Pablo, que la justificación no le viene al hombre como fruto de sus obras, así sean hechas en virtud de la Ley de Moisés, sino como resultado de su fe en Cristo Jesús. Más claramente: es Dios quien nos hace justos y buenos, no nuestro esfuerzo personal; lo cual no excluye y en este sentido se refería Santiago a las obras el que el creyente en Jesucristo diera pruebas de su conversión a Cristo y de su fe con obras de servicio y caridad. Cada uno poseía parte de la verdad.

Las muchas preguntas que afloran ahora en la mente de algunos católicos irán encontrando su respuesta con el tiempo. Citemos tan solo dos.

Se equivocó la Iglesia romana en el siglo XVI al excomulgar a Lutero y condenar su doctrina sobre la justificación? Sí y no. Todo proceso de crecimiento no es posible sin errores y equivocaciones, sin triunfos y progresos. Es cierto que Lutero, dentro de no pocos aciertos en sus críticas a algunos excesos de ritos, boato e imprecisiones doctrinarias de Roma, se radicalizó en su oposición a ella y, en cierto sentido, la forzó a tomar una posición también extrema y radical y a centrarse progresivamente sobre sí misma como institución jerárquica, perfecta e infalible, monárquica y absolutista, fuera de la cual no se daba salvación (paradigma eclesiástico del Vaticano I). Exageraciones explicables, pero graves, que sólo ahora se captan mejor y tratamos de superar.

Viene la segunda pregunta: cuántas iglesias hay? Cuál es la verdadera Iglesia de Cristo? Reservamos su respuesta para próxima ocasión