SOBREVIVIENTES DEL ELN Y DE LOS FARALLONES

SOBREVIVIENTES DEL ELN Y DE LOS FARALLONES

Con la escasa luz de la madrugada, los secuestrados alcanzaron a ver la silueta de los guerrilleros ensillando los caballos para reanudar la marcha.

12 de septiembre de 1999, 05:00 am

El montón de hombres y mujeres empezó a moverse despacio. Tiritaban, y algunos llevaban la ropa empapada por el aguacero que los sorprendió la noche anterior, cuando coronaban la cuesta en compañía de los guerrilleros que los habían secuestrado dos días antes en la iglesia La María, en el sur de Cali.

íííArranca el primer grupo!!!, gritó en medio de la oscuridad un guerrillero de voz seca. El primero grupo lo conformaban 26 personas. Siete iban a caballo. Más adelante, en una y los volvieron a dividir. Zúñiga quedó con otros 15 hombres y una mujer. Ninguno cabalgaba.

Al día siguiente, Roy Sayakay desfalleció. El médico Oscar Dávalos se quedó atendiéndolo en medio de la trocha. Los 15 restantes arribaron ocho días después a un campamento provisional.

Allí permanecieron una semana antes de ser trasladados hasta el refugio final, donde crearon una hermandad que les ha permitido sobrevivir al cautiverio y a las difíciles condiciones de la selva.

Guillermo Zúñiga, Licerio Alfredo Jiménez, Roberto Acosta y Miguel Jaramillo, los cuatro liberados de esta semana, cuentan que cada retenido asumió una función dentro del grupo.

Crearon comités, de dos o más personas, para matar culebras venenosas, conseguir leña, repartir la comida, lavar la losa, leer la Biblia, construir un gimnasio y una sala de juntas , cavar un charco, y dosificar las escasas golosinas, el cigarrillo, el jabón y la crema dental que les entregaban sus captores.

Además, establecieron actividades en las que participaban todos los retenidos, como sesiones de cuentos, celebración de cumpleaños, partidas de ajedrez, parqués y dominó, foros y charlas sobre temas económicos, de reencarnación, de Ovnis y de política.

Todas las noches, además, rezaban el rosario con la intención de promover el perdón hacia los autores del secuestro, y asumir el cautiverio sin amarguras.

Los guerrilleros dicen los liberados nunca les impidieron estas actividades, aunque les fijaron horario para usar el chorro de agua donde se bañaban y, en los primeros días, para acostarse.

Los encargados de lidiar con las culebras, Patrick Martínez y Camilo Valencia, con la ayuda de otros prisioneros, mataron cinco o seis serpientes de veneno mortal: coral y talla equis . Otoya vio un día una coral bajando por un árbol y Patrick le voló la cabeza con un machete que nos prestaban los guerrilleros , cuenta Roberto Acosta.

Otra vez le cayó a Daniel Camacho una talla equis en la cabeza, antes de caer al piso y cuando nos dimos cuenta la culebra ya se estaba metiendo al monte. El hombre pensó al principio que era un bejuco o un pedazo de soga , agrega Acosta Licerio Jiménez era el encargado de transportar las ollas del desayuno, almuerzo y comida hasta el campamento construido con plástico negro y madera aserrada, camuflado bajo árboles.

Comida ! ... gritaba un guerrillero desde el rancho que servía de cocina, a unos cuarenta metros del cambuche. Licerio Jiménez salía inmediatamente con dos ollas y regresaba con arroz, lentejas y blanquillos, que es el único menú de que disponen los guerrilleros.

El día, por lo general comenzaba a las 5:30 de la mañana con el canto de un gallo que imitaba el piloto Carlos Manjarrés, quien lideraba casi todas las actividades del grupo, junto con el abogado y economista Camilo Valencia.

Escuchaban noticias en un radio Sony que les regalaron los guerrilleros al mes de haber llegado, desayunaban con arroz y aguadepanela o café, y enseguida rezaban.

Hasta las nueve estábamos juntos, después unos se iban a bañar, otros al gimnasio. Los aparatos de este, eran, en realidad, troncos, cuerdas y piedras organizados en medio del monte. Camilo Valencia dirigía las rutinas de pesas y barras.

En la hondonada de clima cálido donde permanecían los secuestrados había dos chorros de agua cristalina, canalizada en guaduas por los guerrilleros. Después del baño y de lavar medias y calzoncillos, los retenidos se dedicaban a las noticias del mediodía.

Enseguida del almuerzo se iban a charlar a la orilla del charco que ellos mismos hicieron con palos y piedras, o se reunían en unas bancas de troncos que recibieron el pomposo nombre de la sala de juntas .

A partir de las tres de la tarde el charco era de los 13 o más guerrilleros que los vigilaban. Los secuestrados hablaban muy poco con ellos a pesar de que las carpas de estos rodeaban el cambuche y de que, en ocasiones, Camilo Valencia les planteaba las necesidades que surgían en el grupo.

El resto de la tarde se iba en juegos, sobre todo de parqués, al que le modificaron las normas para hacerlo más difícil. El premio para el ganador era su prioridad a la hora de repetir de los alimentos que sobraban.

Después de la comida, rezaban el rosario agarrados de la mano, y jugaban hasta que los guerrilleros apagaban la planta eléctrica Yamaha. Entonces el lugar se llenaba de graznidos, chillidos, cantos de grillos, ronquidos apagados y, cuando llovía, del alboroto de los goterones azotando el plástico que les servía de techo.

De esa rutina salieron la noche del 28 de agosto, cuando la guerrilla les anunció la liberación a cuatro de ellos. Salimos las cuatro de la mañana. No lleven nada escrito, ni mensajes ni nada, solo lo que puedan llevar en la cabeza y una muda de ropa. Nos demoraremos ocho días , les dijo el guerrillero.

Los liberaron por repetidos Minutos después del secuestro, el pasado 30 de mayo, el motor de uno de los furgones atestado de feligreses comenzó a estornudar en la subida hacia Los Farallones.

En la parte trasera del vehículo Mitsubichi, más de una docena de personas musitaban muy concentrados: se vara... se vara... se vara... se vara.... se varó... se varó...se varó .

Y efectivamente, el motor se apagó. Fue el poder la mente , afirma Zúñiga, quien fue liberado la semana pasada en Cali, junto con otros cuatro hombres. Los guerrilleros, en todo caso, detuvieron otros carros y prosiguieron con sus retenidos hasta una escuelita. Allí se inició una caminata de diez días.

Marcharon por trochas irreconocibles, en medio del frío, la lluvia y una neblina densa. Caminaron de día y de noche. Avanzaron a trompicones, resbalando sobre las nalgas, agarrándose de los árboles, de los bejucos y de sus compañeros. Descansaron en ranchos o en medio del monte, y comieron en enlatados, arroz y aguadepanela hasta llegar a campamento final.

A veces, en las noches, sabían que estaban en un desfiladero porque escuchaban caer las piedras contra las paredes rocosas. Sólo en los primeros dos días dicen haber oído el ruido lejano de los helicópteros. Nunca sintieron la presencia del ejército.

Atravesaron una zona espantando nubes de tábanos y sacudiéndose capas de hormigas negras que les cubrieron la espalda, los brazos, el cabello... Por eso, consideran un alivio la permanencia de casi tres meses en el campamento definitivo.

A su regreso, algunos trajeron pequeñas cruces de madera talladas por Alfredo Otoya, un ingeniero civil de 49 años, a quien guerrilleros y secuestrados apodan Mac Giver. Otoya también fabricó los morrales de fique que los liberados utilizaron en su viaje hacia Cali.

Fueron ocho días. Un trayecto lo hicieron a caballo, llevados de cabestro por los guerrilleros en medio de la noche. Al séptimo día llegaron al alto de Pance, al día siguiente se bañaron en el río, e iniciaron el trayecto final a paso rápido, intercalados con cuatro guerrilleros armados de ametralladoras.

Era domingo. El paso de guerrilleros y secuestrados descendiendo por el sendero que bordea el río fue seguido por los bañistas que ya alistaban el sancocho a orillas del Pance.

Me acuerdo de la cara de una señora que se volteó con un plato en la mano y se encontró con el guerrillero que iba al frente , dice Licerio Jiménez.

Los cuatro liberados dejaron familiares cercanos en las montañas. La guerrilla no les explicó, pero presumen que los dejaron libres a ellos porque sus familiares están cautivos en lo más profundo de la selva y eso dificultaba su traslado.

Las esposas de dos de ellos, una hermana y una hija permanecen en poder de los guerrilleros. Nos soltaron por repetidos , dice Guillermo Zúñiga, quién ha propuesto iniciar una cruzada nacional de perdón entre los colombianos afectados por el conflicto.

Al día siguiente de haber llegado a Cali, Zúñiga, Jiménez, Acosta y Jaramillo, comenzaron a reunirse con los familiares de los otros 11 secuestrados que los acompañaron desde el pasado 30 de mayo.

Los liberados se notan tranquilos, con unos 15 kilos menos de peso, y alaban permanentemente las riquezas naturales de las montañas vallecaucanas. No quieren hablar mucho de sus captores. Algunos de ellos, incluso prefieren llamar retención a su secuestro.

Ahora comienzan a vivir otro infierno: el de sus familiares cautivos en poder del Eln en algún lugar de las montañas.

El cambuchede los secuestrados (VER INFORGRAFIA) Camilo Valencia - 38 años Economista - abogado - Compositor - Cantante - mamagallista Encargado de conseguir alimentos para celebraciones especiales Principal líder del grupo Carlos Manjarrés - 37 años Piloto - Charlie Fundador e instructor en el gimnasio Uno de los líderes del grupo Guillermo Zúñiga - 43 años Ingeniero civil Analista de la Biblia, practicante del Zen y de la reflexología.

Roberto Acosta - 49 años Arquitecto Introvertido al principio. Luego participó en forma muy activa en el gimnasio.

Rodrigo Ayerbe - 51 años Abogado Cuadriculado al principio. Luego se platanizó y asumió jerga del jefe guerrillero: recheche, lonchar, Jorge Mario Salazar - 35 años Abogado Introvertido. Al final reemplazó a Harold Pino en la repartición de alimentos.

Miguel Jaramillo - 39 años Ingeniero Mecánico Participaba en todas las actividades. Un tipo chévere Gonzalo Escalante - 38 años Administrador de Empresas Extrovertido. Mamagallista, participaba en charlas empresariales y en sesiones de cine.

Daniel Camacho - 48 años Ingeniero civil Sintetizaba las noticias de la radio y explicaba las carreras de Juan Pablo Montoya.

Harold Pino - 44 años Ingeniero civil El repartidor oficial de la comida. Muy religioso.

Flavio Reyes - 59 años Abogado El de mejor ánimo. Muy activo en las partidas de parqués.

Patrick Martínez - 20 años Estudiante de administración de empresas Explorador de naturaleza, cantante, cuentero y guitarrista.

Adriana Tafur - 20 años Estudiante de administración de empresas Mascota del grupo. Encargada de dosificar jabón, crema dental.

Alfredo Otoya - 49 años Ingeniero civil - Mac Giver Hiperactivo. De gran habilidad para inventar y elaborar objetos.

Licerio Jiménez - 50 años Ingeniero civil Encargado de transportar la comida desde la cocina y de lavar la losa. Mediador de conflictos