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COLUMNAS A LA CARTA

La información sobre las columnas de opinión asignadas a los accionistas de revistas y periódicos, inquietó al lector Manuel José Bolívar. . Así se seleccionan los columnistas en Colombia? En EL TIEMPO cómo funciona la cosa? preguntó, antes de conocerse la rectificación de esa información.

Otros lectores suelen quejarse: o porque los columnistas hacen críticas a personas o instituciones que ellos creen intocables, o porque perciben la defensa de los intereses personales del columnista, o porque encuentran que para expresar y defender una opinión, en la columna se le ha torcido el cuello a la verdad de los hechos. El domingo pasado uno de esos lectores de columnas fue el padre Alfonso Llano quien, por su lado, sentó en el banquillo de su crítica a los columnistas.

Aparte de la sujetividad con que el lector los acoge o los rechaza, hay columnas de columnas. En los tiempos del periódico partidista, entrar a las páginas de opinión era un privilegio reservado a los de la misma casa ideológica. Los que pensaban igual y atacaban a los mismos enemigos, se reunían en esas páginas como combatientes que peleaban codo a codo desde la misma trinchera. Hubo otra prosaica época en que el anunciante compraba el derecho al aviso y a la columna, práctica que desapareció con la modernización de las empresas periodísticas. Los Manuales de Redacción en EL TIEMPO y en los demás periódicos poco o nada dicen sobre este género del periodismo de opinión. Pero sus escasas referencias y las actitudes tomadas frente a casos concretos, han elaborado una doctrina sobre las columnas.

Cuando una columna de Lucas Caballero (Klim) estuvo a punto de provocar una crisis en el gobierno, la dirección de EL TIEMPO sentó un precedente al prescindir de una de sus columnas más leídas para evitar males mayores. Otro precedente fue la decisión de suspender las columnas de candidatos para que el espacio de opinión no fuera una ventaja del columnista sobre los otros candidatos; más recientemente, en una de las publicaciones regionales de EL TIEMPO, una columna que servía para promover eventos y la venta de un libro del columnista, perdió ese carácter y se convirtió en un remitido , como cualquier mensaje comercial. El Manual de Redacción, por su parte, prohibe a los redactores, editores, corresponsales, fotógrafos y colaboradores de la redacción, tener columnas de opinión.

La selección de los columnistas obedece a criterios personales de los directores, que ya no se dejan guiar por el partidismo de otros años, sino por la voluntad de confiar esa delicada tarea a personas fiables para ellos. En algunos casos el columnista reúne las condiciones de accionista y de buen escritor, pero esta última es la condición que prevalece.

El lector, sin embargo, viene reclamando en forma creciente su derecho a opinar sobre los columnistas. No admite, desde luego, que alguien pueda comprar su columna; rechaza el uso de columnas para la defensa de intereses personales y, de hecho, las mejores páginas de opinión son las que reflejan la opinión plural de los lectores y las que están animadas por una voluntad de servicio al lector. Es un servicio de guía por entre las complejidades de los asuntos públicos, o lo que llama Hanna Arendt, mostrar un asunto bajo múltiples aspectos y desde perspectivas diversas. La palabra clave en esas páginas es diversidad, pero con juego limpio. En el Manual de Estilo de El País, de Madrid, se ordena que el texto de las columnas vaya seguido del pié de autor, o sea el cargo, título, militancia política y ocupación que pudieran relacionarse con el tema tratado, porque el lector tiene derecho a saber si alguien que, por ejemplo, escribe sobre la Comisión Nacional de Televisión, es o fue su empleado o contratista, que fue un caso denunciado esta semana.

Como un buen anfitrión, el director sirve en esas páginas columnas para todos los gustos, a sabiendas de que es allí donde se ponen a prueba el paladar y la tolerancia de los lectores. Leer columnas de opinión para encontrar reproducidas las propias ideas es un ejercicio de autocomplacencia; leerlas para confrontar las propias ideas y someterlas al ácido de la discrepancia o la contradicción es un ejercicio de tolerancia que los buenos periódicos ofrecen diariamente.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
3 de octubre de 1999
Autor
Javier Darío Restrepo Defensor del Lector

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