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TEORÍA DE LAS CLASES OCIOSAS

Con el título de esta nota escribió el economista y sociólogo norteamericano Thornstein Veblen, en 1899 esto es, hace exactamente un siglo, un libro tendiente a demostrar cómo las clases parasitarias, ociosas y no productivas de la sociedad tienden, además, a reforzar el régimen de escasez. Identificaba Veble ciertas castas natural y estructuralmente ociosas (como los diplomáticos y el clero, por ejemplo) que aún aquí y ahora continúan siéndolo, pero cuya mención es meramente referencial no obstante la obra cobrar especialmente importancia en los momentos y las circunstancias que atraviesa el país.

Somos una gente bien particular: nos dolemos del protagonismo que paulatina y crecientemente vienen cobrando en la vida nacional instituciones o entes o fenómenos como la Corte Constitucional en primer y más importante término (si bien en algún grado menor y en general las altas cortes) ciertos sindicatos, la guerrilla y el crimen organizado, incluido dentro de este último y de manera principal, además del narcotráfico, el contrabando, instrumento también del último, como también lo ha sido la guerrilla. También otra forma de criminalidad, acaso no tan organizada, pero ciertamente más generalizada: la llamada corrupción administrativa.

La tesis es la siguiente: sistémica, inercialmente, los espacios de poder dentro de cualquier organismo (y un país es un organismo sistémico) tienden a ser ocupado por aquellos cuerpos que de una u otra forma ejercen poder.

Así, cuando el poder institucional no es ejercido; o cuando es ejercido de manera incompleta o indebida, alguien, digo, inercial, sistémicamente, tiende a llenar el espacio que así y entonces queda.

Lo que el país ha venido viendo en los últimos años es que los gobiernos no gobiernan; el parlamento no legisla; los jueces no deciden; la universidad ni imagina, ni crea ni educa; los empresarios no producen; la iglesia se ha ocupado antes que de lo espiritual, de lo meramente mundano; los padres no forman, los maestros no educan. Hemos dejado el país literalmente al garete y lo hemos hecho concienzuda y deliberadamente, de manera tal que mal podemos hoy llamarnos a engaño acerca de lo que nos está ocurriendo y menos buscar culpables o responsables en alguien distinto de nosotros mismos.

El egoísmo nos ha cegado y nos ciega de tal manera que ni aún ante la inminencia de un naufragio decidimos asumir la cuota de responsabilidad que a cada uno nos concierne y actuar en consecuencia, teniendo claro que buscando culpables o responsables donde no están, la catástrofe deviene inevitable.

Que no le quepa la más mínima duda a nadie: el más leve espacio de poder que en nuestro pequeño o grande ámbito abandonemos, inexorablemente será ocupado por todo aquel que, en cambio, sí esté dispuesto a ejercer la forma o el modo de poder que tenga al alcance de sus manos: si las instituciones jurídicas no lo hacen, lo hará la guerrilla por aquellas; si los empresarios no actúan, el contrabando los suplirá; si los padres y los educadores no hacemos lo nuestro, una cultura del caos entrará a ocupar nuestro lugar; si los jueces no deciden, no habrá más remedio que la justicia para propias manos! Permitiremos que el ocio, nuestro particular y personal ocio acabe con lo que queda? No es tiempo, ya, de lamentaciones; es, por el contrario, la hora de actuar. Arriba: seamos machos!

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
26 de julio de 1999
Autor
EDUARDO LAVERDE TOSCANO Especial para EL TIEMPO

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