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LAUREANO GOMEZ 1889 - 1955. EL RUGIDO DEL MONSTRUO

Laureano Gómez fue en la historia política de Colombia, la oposición. La oposición sin apellidos, sin atenuantes, sin matices ni disfraces. La oposición a fondo, integral, en cada foro y a cada instante. La oposición documentada, contundente, apoyada en la solidez de las pruebas para dejar paralizado y sin defensas al rival. Pero también la oposición sesgada, sugerente, fabricada con verdades a medias y capaz de traspasar las fronteras mismas de la tergiversación. Laureano, en resumen, fue la oposición sistemática, intransigente, sin piedad. Con todo y contra todos y que ni pide ni da cuartel.

Aunque ejerció la Presidencia apenas un poco más de un año y fue Ministro dos veces (de Obras y muy brevemente de Relaciones en la segunda ocasión), no parecía halagarlo el ejercicio del poder. Un temperamento como el del gran caudillo conservador, sin duda el más notable de cuantos haya tenido en su historia esa colectividad, y quizás el país, no estaba hecho para el papeleo, los trámites y la letra menuda que son los tediosos elementos de la administración.

El Gobierno, sobre todo en una democracia, es por esencia un ejercicio contenido y transaccional. Y Laureano era una portentosa máquina de combatir. No estaba hecho para la rutina sino para la acción. Nunca hubo nadie en Colombia más distante de la monotonía, la inercia y los espesos formulismos de la burocracia que él. Ante las intrigas, los lagartos, las ceremonias y la adulación debía sentir un aburrimiento mortal. Poner a Laureano a lidiar con los formularios y con la nómina estatal, era como tratar de sentar en un escritorio a un ciclón o amarrar con tiritas de papel a un titán.

Solo vi a Laureano una vez en mi vida cuando, recién llegado del último de sus exilios, un grupo de estudiantes liberales de los que habíamos combatido a Rojas lo fue a visitar. Nos recibió brevemente y con amabilidad. Era el Laureano del crepúsculo, ya viejo y enfermo, aunque un tanto reverdecido por el triunfo sobre la dictadura y los auspiciosos comienzos del Frente Nacional. Lo oímos en el más profundo silencio, pero no fue fácil entender lo que nos quiso decir. Además, no pasó de una bienvenida cortés y de una referencia rápida y generosa a la lucha estudiantil. No recuerdo en realidad mucho más sobre las palabras que nos dirigió. Pero lo que sí no puedo olvidar es su rostro anguloso, como modelado a machete por un encolerizado escultor, y los tremendos ojos color verde aceituna sobre la piel encendida, casi púrpura, en los que destellaba con el fuego de siempre el brío indomable del viejo león.

Guardián de la doctrina Gómez inició su carrera pública en 1909 como orador en los mítines estudiantiles que se organizaban en las calles de Bogotá, donde nació, contra la dictadura de Reyes y 56 años después murió en su ley, sin transigir con el gobierno de entonces, el de Guillermo León Valencia, segundo de los presidentes del Frente Nacional. En total vivió 76 años y no es exagerado afirmar que 50 de ellos los pasó en la oposición.

Es curioso, pero Laureano quizás combatió por más tiempo y con mayor acritud a los dirigentes de su propio partido que a los del partido liberal. Para él, el liberalismo era el basilisco , el monstruo horrendo de pérfido corazón masónico, garras homicidas y pequeña cabeza comunista hambrienta de revolución. Pero los jefes conservadores que en algún momento no estuvieron con él, eran algo peor. Eran la escoria , la hez de la tierra, los buitres, los saurios, los cocodrilos de la política , usufructuarios del saqueo y de la desmembración patria que buscaban refugio y un lugar para su futuro pillaje en el partido conservador. Desde el primer momento Laureano se erigió en el guardián de la pura doctrina y excomulgó como réprobos a casi todos los que ejercieron el mando en nombre de su colectividad.

Desde La Unidad, el primer periódico fundado por él, adelantó en 1912 una resonante campaña contra un contrato para comercializar las esmeraldas de Muzo y a partir de ese momento le añadió a la oposición política un poderoso ingrediente moral. En lo sucesivo, Laureano habría de ejercer como el más temido fiscal de la moral pública con que haya contado la nación. Mientras estuvo en la oposición, no transó con la corrupción ideológica y se negó a dispensar de sus ataques a quien hubiese cometido alguna irregularidad por el solo hecho de ser conservador. La filiación política no podía escudar las transgresiones y, por el contrario, si de ellas era responsable un copartidario, tanto peor. De inmediato quedaba inscrito en la abominable categoría de los que traicionaban los principios para favorecer un inconfesable interés personal.

Se alió con el liberal López Pumarejo, su amigo y después su rival, para desalojar del poder a Marco Fidel Suárez, archicatólico y ultraconservador. El debate contra el presidente Suárez, adelantado desde su curul en la Cámara con asombrosa elocuencia pero también con sevicia y sin la menor consideración por la edad del Jefe del Estado o su dignidad, terminó con la patética renuncia del Presidente y convirtió a Laureano en figura nacional. Gómez había hallado en los debates parlamentarios la herramienta dialéctica que necesitaba para pulverizar a cualquier contendor. El Monstruo nació allí.

Tras un corto receso diplomático y el tránsito por el Gabinete como Ministro de Obras del general Ospina (cuando, por cierto, le hizo la oposición a la oposición con tal virulencia que el Senado, conservador, decidió no volverlo a oír) Laureano inició el primero de sus retiros a la privacidad familiar. Un retiro, pero con una salvedad. Al lado de su amigo Alfonso López participó en las célebres conferencias del Teatro Municipal que marcarían el principio del fin del ya senil régimen conservador. En sus Interrogantes sobre el progreso de Colombia hizo el más desolado diagnóstico del letargo en el que vegetaba, resignada y abúlica, el alma nacional. Percibió que el conservatismo, corrompido y enfermo, se tenía que caer.

Purificación conservadora Para Laureano, el triunfo liberal en las elecciones de 1930 no fue una catástrofe sino una brillante oportunidad que sabría aprovechar. Se dio buena cuenta de que solo los tremendos rigores de la oposición templarían la capacidad de combate de los conservadores, amodorrada por 45 años de hartazgo presupuestal y dedicó todas sus energías a la tarea de purificar a su partido y reconquistar el poder. Para él, la derrota no era el fin sino la resurrección. En adelante, todo lo dispuso para que el conservatismo aprovechara hasta la más mínima debilidad del adversario para desacreditarlo y ponerlo en vergenza ante la opinión. La peregrinación por los peladeros de la oposición purgaría al conservatismo de sus muchas culpas y lo haría recapacitar sobre las duras consecuencias de dejarse arrebatar el poder.

Pero, además, limpiaría a las filas de los negociadores mendicantes de viles granjerías a los que atribuía la perversión de su colectividad. En el formidable debate contra Román Gómez, jefe conservador que encabezaba una coalición con el gobierno de Olaya dentro del sistema de la Concentración Nacional, encontró la oportunidad para notificarles a sus copartidarios que cualquier género de contemporización con los liberales sería condenada en los más violentos tonos como un ultraje contra la moral. Tras despedazar a Román Gómez nadie osó enfrentarse con el temible orador. Ese día, Laureano se hizo jefe absoluto del partido conservador. El dominio que Gómez ejerció sobre sus correligionarios no ha tenido equivalente en la vida nacional. Su palabra se volvió ley. Aplastaba los conatos de disidencia con el mismo encarnizamiento con que atacaba al partido liberal. De disciplina para perros calificó uno de sus transitorios oponentes el control que con mano de hierro mantenía sobre su colectividad.

Nada se movía dentro de su partido sin su expresa voluntad. Inspirado por su caudillo, el conservatismo se sacudió de la apatía y se convirtió en una máquina de guerra despiadada y feroz perfectamente coordinada para hacer invivible la república bajo el régimen liberal. Lo que Gómez, vociferante, decía en el Parlamento era amplificado con aspereza aún mayor en El Siglo, periódico de su propiedad, y transmitido como un dogma en las plazas públicas, en los corrillos, en los cafetines, en los púlpitos, en los confesionarios y en dondequiera que los conservadores se reunían para comentar las noticias que llegaban de Bogotá. Consignas como la ya mencionada y otras de calibre similar como apelar a la acción intrépida y al atentado personal, empezaron a tener aplicación literal. Los desmanes de algunos funcionarios liberales le daban argumentos a Gómez y a sus seguidores para arreciar la oposición. Pero se valía de cualquiera otra cosa para atacar al régimen, como solía decir. Todo era blanco de su cólera radical. Ni siquiera escaparon el Papa y el Arzobispo de Bogotá.

El liberalismo se defendía con el mismo ardor. Pero tras 15 años de oposición virulenta, el clima político se enrareció. El país vivía en olor de escándalo, de contumelia, de conspiración y de explosiva violencia verbal. Pero Laureano no solo era un ariete en la oposición. Tenía además una gran habilidad política y la utilizaba muy bien. Jugó astutamente con la división liberal, apoyando desde El Siglo a Gaitán contra Turbay y aplazó cualquier decisión sobre la candidatura que le ofrecía en masa el partido conservador. Sabía que su nombre provocaría la inmediata unidad liberal, así que, solo faltando unas pocas semanas para la elección presidencial, sorprendió al país proponiendo como candidato a Mariano Ospina, un distinguido ciudadano más técnico que político, que no les producía a los liberales ni frío ni calor.

La jugada resultó y el liberalismo, confiado y dividido, perdió el poder. Ese fue tal vez el momento cenital de Laureano. Después de 15 años de luchar contra todos los gobiernos liberales con energía sin límites, sin transigir en un solo punto y con casi demoníaca tenacidad, le había hecho morder el polvo al basilisco para restaurar la cristiana hegemonía conservadora de la que él sería el eje central. Una hegemonía nueva y pujante en la que la Ley Natural y la Ley Moral prevalecieran sobre la despreciable ley positiva y Platón y Bossuet estuvieran por encima de Maquiavelo y de Montesquieu.

No ocurrió así. El asesinato de Gaitán, promediando el gobierno de Ospina, cambió totalmente las cosas para el país y para el caudillo conservador. A partir de ese momento trágico, las relaciones entre el Presidente Ospina y Gómez se empezaron a deteriorar. Laureano abandonó airado el gobierno y viajó a España, de donde regresó tiempo después para asumir la candidatura presidencial. La más terrible violencia asolaba al país y aunque fue elegido sin contendor cuando el liberalismo, por falta de garantías, se abstuvo de participar en la elección, su ascenso a la Primera Magistratura se convirtió en un anticlímax más que en una consagración. Si la derrota del conservatismo 16 años antes le dio poder absoluto sobre su colectividad, su elección a la Presidencia, paradójicamente, se lo quitó. Ospina se había convertido en un político sagaz, en otro prócer conservador y se empezó a crear un movimiento para impulsar su reelección. Laureano, su hijo Alvaro y su hombre de confianza, Jorge Leiva, que tenían otros planes se opusieron rabiosamente al proyecto y el conservatismo se dividió.

A partir de ese momento la estrella de Laureano empezó a declinar. Su salud se quebrantó, se vio obligado a retirarse de la Presidencia y el país se salió de su control. La insatisfacción se hizo intensa y general. Los liberales, sometidos a la peor violencia, y los conservadores no laureanistas al sistema despótico de la plancha que los pretendía silenciar, buscaban por separado una salida a un estado de cosas que se deterioraba cada vez más. Laureano ya no era ni temido ni popular.

En el exilio El golpe de cuartel del general Rojas que derrocó a Laureano y lo envió al destierro fue recibido por la inmensa mayoría del país como una bendición. Solo el ex presidente y unos poquísimos amigos se marginaron del júbilo con que se acogió al gobierno militar. El Monstruo estaba de nuevo en la oposición. Y como ese era su espacio, su atmósfera, su hábitat natural, se volvió a crecer. Destruir políticamente a Rojas, a Ospina, a Alzate, a Valencia y a todos los que, traicionándolo, se habían puesto contra él le devolvió la garra política al viejo luchador. Durante 4 años en iracundos mensajes que circulaban clandestinamente fustigó sin tregua al régimen militar y, finalmente, como al comienzo de su carrera, se alió con el partido liberal para desalojar del poder a otro Presidente, también conservador.

En su casa de Benidorm, en el exilio, acordó con Alberto Lleras, Jefe del liberalismo, el pacto bipartidista de donde surgió el Frente Nacional, que dio al traste con la dictadura militar: el 10 de mayo de 1957, fecha de la caída de Rojas, lo coronó nuevamente como Jefe máximo del Partido Conservador. No disfrutó por mucho tiempo de los halagos de la victoria. Aunque se desquitó de Valencia escamoteándole la primera Presidencia del Frente Nacional al proponer a Alberto Lleras como abanderado de la coalición, su sector político fue superado por el de Ospina en las siguientes elecciones parlamentarias y volvió a la oposición.

Ya no la pudo ejercer con el mismo vigor. Su hijo Alvaro recibió en herencia ese patrimonio temible y tal vez por ello nunca pudo llegar al poder. Cuando se postulaba como candidato, tenía la virtud de unir al Partido Liberal y a no pocos conservadores contra él. Los liberales veían en Alvaro al Laureano de la acción intrépida y del atentado personal y salían aterrados a votar en masa para evitar que el fantasma del Monstruo se volviera a materializar. Los conservadores recordaban al de la disciplina para perros y se hacían discretamente a un lado para no arrepentirse después. Injusto, seguramente, pero habría sido ingenuo suponer que el recuerdo de Laureano se disipara tan pronto de la memoria nacional.

Cuando Laureano murió en 1965, sin permitir que se le rindieran honores u homenajes, sobre el país pareció hacerse un inmenso silencio: el rugido prodigioso del Monstruo ya no se volvería a oír. Está sepultado en Bogotá, al lado de su esposa, bajo una lápida sencilla que solo lleva su nombre y nada más. Sin embargo a ese registro lacónico, que encierra medio siglo de historia nacional, se le habría podido agregar lo que el Maestro Guillermo Valencia dijo de él alguna vez: Laureano Gómez: el hombre-tempestad a quien solo se puede amar u odiar! .

Orador y periodista LAUREANO ELEUTERIO GOMEZ CASTRO nació en Bogotá, el 20 de febrero de 1889; murió en la misma ciudad el 13 de julio de 1965. Hijo de José Laureano Gómez y de Dolores Castro, se graduó de ingeniero en la Universidad Nacional. Fue director de La Unidad. En 1936 creó El Siglo. En 1911 fue diputado y representante y desde entonces parlamentario. En 1916 casó con María Hurtado Cajiao, con quien tuvo cinco hijos: Cecilia, Alvaro, Rafael, María y Enrique. Entre 1925 y 1926 fue Ministro de Obras; en 1948, Canciller. Entre 1930 a 1932 fue plenipotenciario en Alemania y en 1950 fue elegido Presidente; ejerció hasta 1951, cuando sufrió un síncope; retomó el mando el 13 de junio de 1953, pero fue derrocado por el general Gustavo Rojas; se exilió en Nueva York y luego en España. En 1956, con Alberto Lleras, firmó la Declaración de Benidorm y en 1957 el Pacto de Sitges que crearon el Frente Nacional.

FOTOS: -Gómez y López Pumarejo - Laureano Gómez, un hombre tempestad.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
7 de marzo de 1999
Autor
ARCHIVO PARTICULAR

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