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Bogotá Real, Bogotá De Película

Nunca ha habido demasiada distancia entre la imagen de la Bogotá real y la imagen de la ciudad en el cine.

No hace falta sino ver las fotografías que acompañan esta nota para comprobar hasta qué punto esto es cierto.

Desde los años 10 y 20, cuando la magia del cine comenzó a desarrollarse en Colombia, las películas han registrado las calles de la ciudad, sus plazas y sus rincones memorables, con una vocación verista que se afana por reflejar los problemas sociales y las historias de los hombres anónimos de la creciente urbe.

Todo comenzó a principios de siglo con los hermanos Di Domenico, que hicieron el melodrama El amor, el deber y el crimen , donde aparecen el sector de La Candelaria y lo que hoy es la terraza Pasteur.

Luego vino, en 1945, El sereno de Bogotá, que recreaba la vida del típico personaje de la ciudad, y en los años sesenta una serie de filmes que intentaron retratar aspectos de los habitantes.

El español José María Arzuaga puso por primera vez en pantalla imágenes de los chircales del sur de Bogotá en su cinta Raíces de piedra, de 1961, que muestra la agonía de un albañil.

De la misma época es El zorrero, que protagonizó Pacheco en 1962 y que hacía parte de un tríptico de Julio Luzardo y Alberto Mejía que se llamó Tres cuentos colombianos.

En 1963, las calles de la ciudad aparecieron en una persecución policíaca en el filme Semáforo en rojo, de Julián Soler, y en 1967 Arzuaga hizo Pasado el meridiano, sobre el portero de un edificio.

La película más divulgada que se filmó en la ciudad no fue un trabajo colombiano sino extranjero. En 1968, el director Lewis Gilbert se tomó por completo la plaza de Bolívar para representar, en Los aventureros, las consecuencias de un proceso revolucionario en la capital de una hipotética república bananera. Fue un hecho premonitorio.

Los bogotanos vieron por primera vez en imagen fílmica algo que, décadas más tarde, se volvería una escena de la vida real: los tanques de guerra disparando en plena plaza de Bolívar.

En los años 70, cuando el Estado comenzó a apoyar el cine colombiano con los llamados cortos de sobreprecio, se filmaron ya no solo películas argumentales sino numerosos documentales, principalmente de tema social.

Dentro de esta línea se recuerdan: Gamín (1976), de Ciro Durán; Lustrabotas en acción, de Arzuaga; e Historias de muchas. Jorge Silva y Marta Rodríguez estrenaron en 1972 Chircales, sobre el trabajo en las ladrilleras del sur.

Mamagay, de Jorge Gaitán, fue un intento de sátira política que tiene escenas en barrios populares. A y B documental de Gabriel y Enrique Pulecio, mostraba la Bogotá de los domingos.

El transporte urbano también dio tema para La guerra del centavo, de Ciro Durán; Favor corrersen (sic) atrás, de Lisandro Duque, y Buses, de Erwin Goggel.

Un cinematografista de ese período, Diego León Giraldo, hizo el documental Carrera 7, arteria de una nación.

Cuartico azul, de Luis Crump, contó en 1978 la historia de una pareja de provincia que llega a Bogotá a pasar luna de miel en unas residencias de mala muerte y los roban en una calle.

No se pueden quedar por fuera Agarrando pueblo y Asunción, de Carlos Mayolo y Luis Ospina; El niño y el Papa; Padre por accidente y El taxista millonario.

Un corto importante de ese entonces fue Pepos (1983), de Jorge Aldana, filmado en La Perseverancia, la carrera 10 y la avenida Jiménez En el 84 salió Pisingaña, de Leopoldo Pinzón, sobre las peripecias de una campesina que llega a Bogotá como criada.

Otros largometrajes en los que se ve Bogotá son Los elegidos, del soviético Anatoli Soloviev; Tiempo para amar, que protagonizó la cantante Claudia.

En el 94, Mady Samper hizo, con Jaime Ortiz, una serie de documentales para televisión que intentan descifrar otras caras de la ciudad: Bogotá ya no es la misma, Bogotá en la mira y La chicha, la bebida ancestral.

Uno de los casos más curiosos es el de Confesión a Laura, de Jaime Osorio, que sucede en la Bogotá de 1948 pero fue filmada bajo el sol caribeño de La Habana.

Más recientemente la ciudad ha quedado reflejada en las dos películas que les dieron a los espectadores una pista sobre lo que puede llegar a hacer el cine nacional: La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, sobre un inquilinato, y La gente de la Universal, de Felipe Aljure, que transcurre en el antiguo edificio de El Espectador.

La lista es incompleta por lo extensa. La realizadora Mady Samper, que ha puesto a Bogotá en todas sus películas, dice que a través del cine conoció la ciudad y sus distintas caras. Tenemos que aprender a mirar esa ciudades que hay en la ciudad y volverlas un todo .

Fuente: Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano.

En la premonitoria película Los aventureros (izquierda), filmada en Bogotá en diciembre de 1968 por el director Lewis Gilbert, no fue la última vez que los tanques de guerra entraron a la plaza de Bolívar y dispararon contra las construcciones de la calle 11, donde años más tarde fue construido el Palacio de Justicia. La cinta cuenta los pormenores de una revuelta en una república bananera de ficción.

La foto de archivo (derecha), tomada en noviembre 1985 durante la toma realizada por el Movimiento 19 de Abril, muestra la insólita y funesta coincidencia de la realidad con el cine: una escena similar exactamente en el mismo sitio de la ciudad.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
14 de febrero de 1998
Autor
Francisco Celis Alban. Redactor De El Tiempo

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