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EL CURA PÉREZ: APOSTOL O TERRORISTA

En Alfamen, el pueblo de la provincia de Zaragoza donde nació y vivió hasta su ordenación como sacerdote, se le recuerda como un hombre bueno y generoso; como una especie de apóstol de los pobres. Pobre lo era él mismo. Nunca tenía un duro en el bolsillo, recuerda uno de sus amigos de entonces. Sorprendía a su madre llevándole vagabundos a la mesa. Alto, flaco, tímido, extravagante, con algo de Cristo o de Quijote, su destino no era, como el de otros muchachos del pueblo, quedarse en aquellas tierras aragonesas pisando uvas o cultivando remolachas. Lleno de inquietudes religiosas, a nadie, en Alfamen, le sorprendió que tomara los hábitos, aunque sí no dejó de ser un orgullo para todos que recibiera su ordenación del propio Papa Pablo VI, en Roma.

Tal es la imagen que dejó entre los suyos, antes de desaparecer, José Manuel Pérez Martínez. La que hoy, al saber la noticia de su muerte, tienen de él, en España, su hermano y sus amigos.

En Colombia, en cambio, el nombre del llamado cura Pérez, jefe supremo del Ejército de Liberación Nacional (ELN), evoca una estremecedora pesadilla de lágrimas y de sangre. A él, a Manuel Pérez, se debieron los quinientos atentados dinamiteros a los oleoductos petroleros, que envenenaron aguas y pudrieron miles de hectáreas de tierra cultivable. A él asociamos, pues, los colombianos, tétricamente, la imagen de cientos de aves agonizando en negros y espesos torrentes de petróleo derramado. A él se debieron las minas quiebrapatas que dejaron en aldeas renuentes a la guerrilla, como una que yo conozco, El Carmen de Chucurí, docenas de jornaleros y muchachas sin piernas. A él se debieron centenares de secuestros, llamados por él, piadosamente, retenciones. A él, como a los militantes de la ETA, se debieron atentados, asaltos, asesinatos, bombas, pobres policías o reclutas ametrallados en las carreteras, luego de una emboscada.

A cuál de las dos imágenes, la del apóstol o la del jefe terrorista, debemos creerle? A las dos. Ambas son ciertas. Para mí, Manuel Pérez era un idealista. Un Quijote. Pero quien ha dicho que los Quijotes no son peligrosos? Acaso no es más humano el buen Sancho Panza? Los Quijotes sueñan, ven gigantes donde hay molinos de viento, viven embrujados por misiones redentoras y enajenados por fantasmas. En el caso de Pérez, ese fantasma fue una ideología, la Teología de la Liberación, que en nombre de los pobres, de la llamada opción de los pobres, le abre la puerta a la violencia.

El amor eficaz Alguna vez, entrevistado para la televisión en su campamento de las montañas, Manuel Pérez intentó explicar por qué su condición de sacerdote y su vocación revolucionaria no eran irreconciliables. El amor debe ser eficaz, dijo. En Hispanoamérica para amar eficazmente al prójimo no había otro camino que la revolución. Aquella sentencia suya me estremeció. Se la había oído, treinta años atrás, a Camilo Torres, cuando, todavía sacerdote, estaba a punto de ingresar en la guerrilla No era tan extraño, después de todo, pues es bien sabido que Pérez ingresó al ELN siguiendo los pasos del cura guerrillero Camilo Torres. Fue su inspirador, aunque nunca lo conoció. Yo sí. Camilo era mi amigo y mi condiscípulo en el liceo, en Bogotá, y tanto me estremeció la aventura de su vida y de su muerte que mi propia hija, en recuerdo suyo, se llama Camila. Nunca he olvidado los tiempos que precedieron a su intempestivo y sorprendente ingreso en el seminario. Están asociados a una Bogotá que ya no existe, fría, neblinosa, llena de cafés, de campanarios y poetas, donde, según García Márquez, estaba lloviendo desde mediados del siglo XVI. Recuerdo nuestras desoladas tardes de sábado en torno a dos cervezas. Cuándo aquel amigo alto y tímido, de sonrientes ojos claros que uno veía siempre tras el humo de una pipa, empezó a hablarnos de la bondad, del amor al prójimo? Fue, según sus biógrafos, obra de unos dominicos franceses que llegaron a Bogotá por aquellos tiempos para referir, en púlpitos y conferencias, su experiencia como sacerdotes obreros en París? Quizá.

Pero yo, removiendo rescoldos en la memoria, tengo la idea de que más pudo influir en él una película, con Tyrone Power y Gene Tierney, llamada El Filo de la Navaja, basada en la novela del mismo nombre de Somerset Maugham, También el protagonista, de regreso de la India, ha descubierto en el amor al prójimo la clave de su destino. Obedeciendo a este sentimiento místico, intenta redimir a una prostituta en París. Veo a Camilo, después de salir del cine, aquella tarde de sábado, caminando a mi lado, caviloso. Siente que alguien ha expresado lo suyo. Aún si Dios no existiese, uno debería ser cristiano, murmura. Semanas ( o meses?) después, nos revelaría a sus amigos su intención de hacerse sacerdote.

Era la manera de convertir en vocación definitiva aquella convicción recóndita. Ya era sacerdote, y pasaba sus días en los barrios pobres de Bogotá, cuando García Márquez lo llamó para que bautizara a su hijo Rodrigo, del cual yo era el padrino. Y casi no me acepta, sólo porque yo, todavía bajo el influjo de los barbudos que acababan de llegar a la Habana, le pronostiqué en broma al bebé de Gabo un destino de guerrillero. Aquello, decía Camilo, no se compaginaba con la misión espiritual que me correspondía con el ahijado. Guerrilla es violencia, dijo. Pues bien: la misma advertencia, años después, hallándonos en Barranquilla, se la devolví una noche cuando era evidente que Camilo andaba en aproximaciones con el ELN. Dónde queda ahora tu idea del amor?, le dije. Entonces, en sus pupilas diáfanas, pasó un extraño relámpago y su voz sonó grave como si noches enteras de reflexión pudiesen cristalizarse en cuatro palabras: El amor debe ser eficaz, dijo. La revolución lo haría eficaz. La misma frase del cura Pérez, sí.

Siempre he pensado que el punto de partida y el destino del cura colombiano y de su discípulo, el cura español, fueron idénticos. Con una diferencia fundamental: Camilo murió en el umbral de la guerrilla, en su primer encuentro, sin haber tomado un fusil ni matado a nadie aún. Su sueño quedó intacto, sin manchas de sangre. El de Manuel Pérez, en cambio, acabó hundiendo sus raíces e el terror. Pero fue, en sus albores, un sueño igualmente generoso: el de compartir la vida de los pobres, el de redimirlos.

Tres curas aragoneses En pos de ese sueño, no hubo un Quijote aragonés, sino tres. Curas todos, pobres todos y todos recién ordenados: Pérez, Domingo Laín y Juan Antonio Jiménez. Laín, cuyo nombre lleva hoy el más violento y radical de los frentes guerrilleros del ELN en Colombia, era un joven silencioso y miope que solía decir a sus padres para explicarles su vocación religiosa: el mundo está lleno de hambre y de tristeza; yo quiero ser uno más de los que en el mundo no tienen casa, cama, ni mesa . Su ordenación la celebró en Paniza, su pueblo, al lado de esos pobres cuya vida deseaba compartir, con dos garrafas de vino y una caja de galletas.

Extraño peregrinaje, el de estos tres curas españoles en el mundo de la miseria. Tal vez atraídos por el apostolado del Abate Pierre, llegan a Francia en la década del sesenta para compartir, trabajando como obreros en los suburbios de Arras y el noreste proletario de París, sombrío y glacial en invierno, la vida de los emigrantes españoles, portugueses y argelinos. Intentan trabajar luego, como Van Gogh, en las minas de carbón del norte de Francia y de Bélgica, pero los propios emigrantes, casi todos enfermos de silicosis, se oponen al saber que son sacerdotes. Entonces, buscando los confines de la pobreza absoluta, los tres deciden emigrar a América Latina.

Su primera experiencia, en la República Dominicana, no defrauda este propósito. Los pobres que allí encuentran, en la provincia de San Juan de la Majuana, cerca de la frontera con Haití, son negros y analfabetos, viven una alucinante miseria africana, salpicada de brujerías, y detestan a sus vecinos, los haitianos. No había manera de hacer conciencia en esa población, dirá Pérez, desengañado. Al saber que se trata de sacerdotes blancos, las mujeres negras les llevan a sus hijas para que tengan relaciones con ellas y así poder tener nietos de color más claro. La propia jerarquía eclesiástica dominicana, enterada de su presencia en una región tan mísera y revuelta, decide expulsarlos del país antes de que lo haga el dictador Trujillo. Pero en vez de regresar, los tres deciden viajar a Colombia, el país donde acabaran cambiando la sotana por el fusil. El que será la tumba de todos ellos.

En Cartagena de Indias, encuentran dos universos. Uno, el de los hoteles y balnearios de lujo o de las frescas casas coloniales de la ciudad amurallada, y otro, hirviente y miserable, con un eterno hedor de aguas podridas, de los barrios que se extienden en torno a la ciénaga de la Virgen. Allí se instalan. Pero no en la casa limpia y modesta que les designa el obispo, sino en uno de los ranchos de paja y cañabrava, con cerdos y gallinas chapoteando en el barro, donde viven los pobres. Comparten, pues, su vida y sus miserias, los desalojos, fiebres, diarreas y los médicos sin alma de los hospitales de caridad. Muy pronto, su apostolado deja de ser religioso para ser político, revolucionario.

Es algo que está en el aire de aquellos tiempos y en la propia Iglesia colombiana, que hierve de curas rebeldes tras el concilio Vaticano segundo, de la encíclica Populorum progressio y sobretodo de la II Conferencia General Episcopal Latinoamericana de Medellín, que a partir de diagnósticos muy vecinos a los de la Teología de la Liberación admite de hecho como legítima la opción revolucionaria. Siguiendo sus pasos, un obispo y 49 sacerdotes integrantes de un grupo llamado Golconda, firman un documento que hace suyas las tesis centrales del marxismo tercermundista: la dependencia como explicación de la pobreza hispanoamericana y, por consiguiente, el compromiso con las diversas formas de acción revolucionaria contra el imperialismo y la burguesía neocolonial. A este grupo y a sus pronunciamientos resultan vinculados los tres curas españoles.

Expulsados del país por el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, los tres consideran quemadas las naves de la actividad legal y, siguiendo los pasos de Camilo Torres, regresan clandestinamente a Colombia para ingresar en el ELN. Ninguno de los tres está, en realidad, preparado para la dura vida en las selvas, las marchas agotadoras, los zancudos, el adiestramiento militar, los combates y la paranoia galopante de los dirigentes guerrilleros, que de una manera canibalesca organizan consejos de guerra y fusilan a quienes consideran responsables de comportamientos o desviaciones contrarevolucionarias. De hecho, los mejores amigos de Camilo Torres, jóvenes universitarios idealistas como Jaime Arenas o Julio César Cortes, son ajusticiados.

En esta vorágine, la suerte de los tres curas españoles conoce alternativas muy diversas. El primero en morir es José Antonio Jiménez. Cae , tras una larga marcha, como caían a veces los conquistados españoles: liquidado por la manigua. Mareos, vómitos, pérdida de la razón y finalmente la muerte sin que nadie pueda saber cuál fue la causa. Entrenado en Cuba, Laín , el joven y escuálido cura de Pozetas, acaba convertido en un hombre de guerra, dura cuatro años combatiendo y muere, al fin, en un encuentro con el ejército, en la quebrada La Llama, en el departamento de Antioquia, de un disparo en la boca y dos en el pecho Manuel Pérez, el último de los tres Quijotes, sobrevive. Milagrosamente. Tras un combate, hay una desbandada y queda solo, perdido en la espesura durante tres meses. Lo salva un campesino llamado Poliarco, y ese será su nombre de guerra. Tiempo después, está a punto de ser fusilado por sus propios compañeros de armas sólo por haber expresado algunas críticas a los pequeños privilegiados que se concedía el jefe de su grupo, Ricardo Lara Parada ( quien a su turno, más tarde, sería ajusticiado). Condenado a muerte, Pérez tiene la suerte de que un antiguo amigo y compañero político mío, Manuel Vásquez Castaño, le conmute la pena por expulsión temporal de la guerrilla.

Y luego, reincorporado a filas, se produce su fulgurante ascenso hasta convertirse en el jefe supremo del ELN. El cura Pérez, el apóstol, el hombre que buscaba el mismo amor eficaz de Camilo Torres, el pobre entre los pobres, hace temblar a Colombia. La salpica de sangre. Cómo explicar esta temible metamorfosis? De qué manera el discípulo de Cristo se transforma en el jefe de una organización que se sirve como arma del terrorismo? Para entenderlo, hay dos respuestas. Una es la barbarie misma de la lucha. Toda guerra encierra su propia lógica, que tiende a legitimar la depradación y el horror. Y luego, está ese sustituto de la religión que ha sido, en el siglo XX, una ideología totalitaria, y el marxismo lo es.

De la ideología y el horror La ideología ha dicho muy bien Revel suministra una dispensa intelectual y una dispensa moral. El marxismo y todas sus derivaciones tercermundistas han dado una explicación redonda y fácil de nuestra pobreza. La culpa de ella la tienen el imperialismo y la burguesía neocolonial. Por consiguiente, hay que combatirlos con las armas. Existe una violencia soterrada de clase. Ella sólo se liquida con otra violencia, la del pueblo y sus agentes revolucionarios. Todo lo que se oponga a esa causa justa de la revolución debe ser suprimido. Todo lo que contribuya a su triunfo asaltos, emboscadas, bombas, atentados es legítimo. Si las multinacionales roban nuestro petróleo así traigan inversiones y prosperidad, hagan escuelas y hospitales -, sus oleoductos e instalaciones deben ser dinamitados. Desastres ecológicos? No importa: es el precio de la lucha. Los secuestros son impuestos o fianzas que se fijan a los explotadores. Y si las aldeas le dan la espalda a la guerrilla, deben ser castigadas poniendo minas quiebrapatas en jardines y sembrados. La paz y el amor al prójimo sólo vendrán después, cuando la guerra concluya con el triunfo de las armas revolucionarias.

Y así, poco a poco, sumando razones, se llega al horror. Tal es la enajenación ideológica, la misma que justificaba en la edad media la inquisición y la quema de herejes. Y al lado de ella, el credo de Cristo donde queda? La respuesta la tenía, en Colombia, otro sacerdote español: el padre Javier Cirujano Arjona. Había llegado a Colombia treinta años atrás, casi por la misma época que su coterráneo Manuel Pérez. Se estableció en una pequeña aldea de la costa, San Jacinto, célebre por sus hamacas y por sus fiestas de toros (las Corralejas, una réplica colombiana de las fiestas de San Fermín en España). Fundó escuelas, talleres y granjas agrícolas. Se ocupó de los pobres. Los campesinos lo adoraban. En toda fiesta comunal, en bautizos y bodas, allí estaba el padre Javier con su sotana tan blanca como su pelo compartiendo bromas y afectos. La guerrilla que había en los alrededores no lo miraba con buenos ojos porque el padre la fustigaba en el púlpito, así como a la Teología de la Liberación, recordando con Pablo VI que la violencia no es evangélica ni cristiana. El curita español era un obstáculo para ella.

Un día, el 23 de mayo de 1993, regresando de un caserío donde había oficiado la misa y bautizado una docena de niños, el padre Cirujano fue secuestrado por la guerrilla. Nunca se le volvió a ver. Dos semanas después, un comunicado del Frente Francisco Garnica dio cuenta de que al padre Cirujano se le había realizado un juicio popular y se le había condenado a muerte. Su cadáver fue descubierto en julio. El sacerdote había sido torturado, castrado y muerto a golpes, sin merecer siquiera, como lo dije entonces, la caridad de una bala. Aunque fue muerto por el EPL, su hermana Pilar, que vino de España, lamentó que un coterráneo suyo, sacerdote también, hubiese ordenado su asesinato .

Siempre me he preguntado qué ocurriría si Camilo Torres, despertando de su sueño definitivo en las montañas, contemplara todo lo que ha dejado en Colombia su última e infortunada idea del amor eficaz, recogida por Pérez. Vería un país desangrado y empobrecido por la guerra, con millares de desplazados ambulando por los caminos o condenados a la miseria en los suburbios de las ciudades. Quizás se estremecería de horror. Quizás recordaría que Cristo predicó el amor y no el odio y que quien realizó el destino soñado por él en aquellas tardes de sábado de nuestra adolescencia común fue el español Javier Cirujano y no el español Manuel Pérez.

A este último lo lloran hoy y lo despiden con un oficio religioso sus familiares de Alfamen. Lo entiendo. Respeto su pena. Lloran el recuerdo de un muchacho generoso que partió con sus hábitos raídos como peregrino para América. Lástima que, al cambiar la cruz de misionero por un fusil, los colombianos lo recordemos de otra manera.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
20 de abril de 1998
Autor
PLINIO APULEYO MENDOZA Tomado de ABC de Madrid

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