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CIUDAD BOLÍVAR: PINCELADAS CONTRA LA MUERTE

Cuando el resto de la ciudad duerme, un hormigueo incesante comienza a crecer en medio de los callejones estrechos, laberínticos y sin pavimentar de Ciudad Bolívar, en el sur de Bogotá. Es un enjambre que persigue buses repletos y colectivos destartalados. O que baja de los cerros casi al trote, enfundado en ruanas y chaquetas, con el vaho de la madrugada en sus rostros fruncidos por el frío.

Uno de los que baja, embutido en una camioneta estrecha y atestada que va para la Central de Abastos, es José Rojas. El forma parte de un movimiento juvenil que mediante trabajos culturales comienza a cambiar pequeñas cosas en estos cerros estigmatizados por la muerte.

Quienes hacen parte de este fenómeno cultural viven la misma realidad. En las madrugadas descienden de los cerros albañiles que son teatreros, coteros que son danzantes de cumbias y mapalés, y vendedores ambulantes que son titireteros, pintores o cantantes de rap. Y también bajan estudiantes que en sus ratos libres sueñan con escenarios y aplausos más allá de los límites de sus barrios.

Todos ellos, artistas de la tarima y del rebusque, ensayan en locales deteriorados y en algunos espacios que les facilitan entidades privadas y oficiales. Sus condiciones de vida son similares a las que existen en Aguablanca, en Cali, o en las Comunas de Medellín: miseria, desempleo, puertas cerradas, violencias cruzadas y un estigma que los habitantes cargan como una pesada cruz ante el resto de la ciudad.

Tal vez por esa razón los conceptos de vida adquieren más valor en estos cerros habitados por migrantes campesinos y por sus descendientes, hijos del rebusque, de las maquinitas de video, de la violencia y de los tenis y la ropa de marca.

Ante ese panorama, las actividades culturales se han convertido en un refugio para decenas de niños y adolescentes de Ciudad Bolívar. Es la hora de la alegría, de la rumba, del tropel, es la hora de la juventud de pie, unida, exigiendo futuro, contruyendo para la vida... Así reza uno de los seis murales que cerca de veinte muchachos pintaron hace tres meses en los barrios Meissen, San Francisco, Compartir y Juan Pablo II. Hasta ahora, los muros y pequeños periódicos vecinales, hechos con las uñas, eran los únicos medios de expresión del millón de personas que habita en unos 240 barrios, casi todos ellos ilegales. Los periodistas solo suben cuando hay muertos , dice un joven de la biblioteca comunitaria Semillas Creativas.

Ahora, en los parlantes que las juntas comunales amarran con alambre a guaduas y postes de la luz, se oye un casete con el primer programa de radio grabado por diez muchachos que recibieron apoyo de la presidencia de la República. Hablan del cocinol, de la legalización de los barrios e invitan a generar vida en lugar de muerte.

El rebusque es clave Otro grupo del barrio Jerusalem realiza desde el año pasado documentales y video clips apoyados por la Presidencia y una fundación privada. Hace quince días los muchachos amarraron con piola un telón en lo alto de alguna de las empinadas calles, proyectaron sus cintas por primera vez y realizaron un foro con los asistentes. La migración campesina, el transporte colectivo, el consumismo y el rap son algunos de sus temas.

José Rojas, el jóven que baja de madrugada a cargar bultos en Corabastos, es uno de los siete integrantes del grupo, bautizado Proyvisión . Helver Pira, otro de los miembros del colectivo explica sus objetivos: Crear las bases para una cultura joven en el barrio. También tratamos de mostrar otra cara de Ciudad Bolívar, y crear una red de video y otras formas de comunicación con diferentes barrios de Bogotá .

En el mismo barrio existió, hasta hace un año, el periódico Hola, el cual circuló durante cuatro años. Todavía sobreviven en otros sectores de Ciudad Bolívar El gritón del barrio y Juventud Pilosa. Estos dos últimos aseguraron sus próximas ediciones con recursos oficiales.

Grupos de danza, teatro, música y títeres existen en casi todos los barrios. También hay una casa cultural que funciona desde hace diez años y un grupo cultural precooperativo que anda en busca de personería jurídica. Pero en Ciudad Bolívar, como en todos los sectores marginales urbanos, los grupos aparecen y se evaporan con frecuencia inusitada. La explicación? La existencia de esos colectivos es directamente proporcional a la capacidad de rebusque de sus integrantes. Ensayan y ensayan y al cabo de un tiempo se estrellan contra la imposibilidad de conseguir vestuario o instrumentos. O, simplemente, la necesidad de sobrevivir los obliga a abandonar sus actividades o restrigirlas a pocas horas de entrenamiento.

Así le sucede a John Darío Arce, un joven de Juan Pablo II que cada madrugada se persigna frente a una imagen de la Virgen del Carmen y sale del casalote, donde vive con su madre, a esperar el bus que viene de Villa Gloria. De día es ayudante en una bodega del barrio San Francisco, y en la noche, dos veces a la semana, ensaya pasos de cumbia en la sede el grupo folklórico Pacandé, en Juan Pablo II.

El grupo existe desde hace cuatro años y no hemos dejado de ensayar dice su director, Francisco Galán-, ni siquiera en la época de las matanzas . En Ciudad Bolívar, entre 1990 y 1992 murieron unos 500 jóvenes en forma violenta. Sin embargo, es en los momentos más críticos cuando los habitantes de estos cerros poblados de casas a medio terminar sienten mayor necesidad de vivir. Así nació Kítaro Teatro, un colectivo de treinta estudiantes del colegio Vasco Núñez de Balboa del barrio México. Kítaro es hijo de la violencia, dice su director, Hernando Villamor porque solo después de la segunda masacre de Juan Pablo II, en julio de 1992, el Estado llegó con recursos para la cultura. Nosotros presentamos un proyecto y nos financiaron . Su objetivo es brindar a los jóvenes alternativas diferentes a las que encuentran en la calle.

Pintores y raperos Los niños que integran Kítaro Teatro están seguros que bajo la dura piel de muchos pandilleros se esconden pintores, poetas, deportistas y músicos que no tuvieron otro camino que el de las armas.

Afortundamente no todos fueron arrastrados por esa avalancha. Ese es el caso de Harold Bustos y Carlos María Moreno, dos jóvenes pintores de Juan Pablo II que sueñan con estudiar Bellas Artes en la Universidad Nacional.

Carlos María Moreno anda con sus cuadros debajo del brazo, cuesta arriba y cuesta abajo, hasta que se cansa y los regala. Y Harold Bustos paga doce mil pesos por un cuarto estrecho, con paredes de madera y techo de zinc, construido milagrosamente sobre la pendiente. El lo llama su estudio . Allí se dedica a pintar figuras difusas, abstractas, en las que se advierten las cosas que pasan aquí : rostros demacrados, de ojos desorbitados por el horror de las masacres, revólveres en medio de imágenes indefinibles, policías que comparten secretos con delincuentes, flores que nacen de la muerte, paisajes áridos de color ocre con algunas manchas de verde.

Como él existen muchos jóvenes. Nadie sabe cuantos porque no hay un censo de los grupos conformados por muchachos que se rebelaron contra la muerte. De ese movimiento también forman parte las mujeres. Diez de ellas, entre los doce y veinte años, conformaron hace dos años el colectivo de títeres Huitaca. Este es apoyado por una fundación privada. Sus temas están relacioados con el machismo, la violencia familiar y otros fenómenos que las afectan directamente.

Esos problemas también están presentes en un movimiento musical que cada vez más popular entre los jóvenes de la zona: el rap. Bhoery Rap, Amigos del Rap y Peligro Social son algunos de los grupos que se reunen a cantar su cotidianidad. Sus composiciones se escuchan en marchas por la vida, en festivales de parches y en el paro cívico que los habitantes esta zona realizaron en noviembre del año pasado.

Por eso, una noche cualquiera, los cinco integrantes de Bhoery Rap lanzan sus frases desde alguno de esos callejones estrechos en los que se entrelazan la vida y la muerte: Cinco policías me querían atrapar pero con mi mano izquierda yo los pude derrotar. Uno de ellos/ me miró el pantalón/ Pensando que yo era/ Silvester Stallone Otro de ellos me miró las zapatillas pensando que yo era/ el rey de las pandillas

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
22 de marzo de 1994
Autor
JOSÉ NAVIA

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