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AMBHUILA

El 14 de diciembre del 74 nació en Guachené, población de Caloto (Cauca), Vladimir Ambuila, el goleador del fútbol colombiano, el goleador del asombroso Atlético Huila. |

Nació en una casa de ladrillo, ubicada en la Calle del Movimiento, que es donde están las discotecas, el comercio, los mejores graneros, y a 300 metros, las playas del río Palo.

Siete días después le rociaron la cabeza con agua fría para curarlo de todos los males. Eran tiempos difíciles, inclusive hasta para conseguir un vaso de leche. En ese entonces el pequeño Vladimir corría a donde Adela Ambuila, su abuela, que siempre hallaba la manera de alimentarlo.

A los 7 años, un muchacho, Rubiel Carabalí, a quien le decían Zapato en el pueblo, se acercó al padre de Vladimir. Oye, Arubi, ponle cuidado a Vladimir. Este niño es bueno pal fútbol . Y José Arubi no desobedeció el consejo.

Vinieron los diciembres de torneos, salsa y ron. Los curas de Medellín que se habían radicado en Guachené tierra de caña de azúcar, soya, maíz y yuca organizaban el Torneo de las Monjas. Vladimir hizo goles hasta la saciedad. Muy pronto, en tercero bachillerato, las difíciles clases de historia y las más fáciles de contabilidad pasarían a mejor vida.

Tocando puertas Lo suyo estaba en el balón. Del precario fútbol del pueblo saltó a la escuela de Puerto Tejada, con Cristian Hillo y Otoniel Quintana, después jugó en Química Básica Colombiana, en Caloto. Y fue de los mejores. Lo llamaron a la Selección Caloto.

Pero aún estaba lejos del profesionalismo. Quintana decidió llevarlo al América, de Francisco Maturana. Apenas estuvo en una práctica y lo enviaron para el Remanzo, una escuela de fútbol que dirigía el Polaco Alvaro Escobar.

Vos jugás bien, Ambuila; Vas a ser profesional, mi pana; con esa velocidad que tenés, ay Dios, mío, que se tengan . Así le decían, admirados, sus amigos de Guachené. Pero en los equipos de fútbol, y más cuando se empieza, creen distinto.

En el Remanzo permaneció apenas dos meses. Vino la ilusión del torneo de La Esperanza. Solo eso, pues le cerraron la puerta en las narices. Regresó a casa, a la vagancia cómo él dice, a escuchar la salsa de Tito Rojas y Gilberto Santa Rosa, a chupar ron y a no olvidarse del fútbol.

Vladimir seguiría tocando puertas. En segunda división, jugó con el Atlético Piendamó. Pero en seis meses estaba afuera.

Su peregrinación no se detendría. Otra oportunidad halló en Pereira. Pasó la prueba. El negro es bueno, decían en el club, pero todo se dañó a la hora de los negocios.

De nuevo a casa, a la vagancia. El tío Leopoldo Dinas no daba su brazo a torcer. Lo convenció de que luchara por otra oportunidad en el Quindío. Era el año 95.

Con Corrales Rafael Corrales, el exitoso técnico del Huila, trabajaba allí y más tarde se trasladó a Bogotá. A Vladimir se le abrieron las puertas en Millos, en tiempos del yugoslavo Vladimir Popovic.

Jugó escasos 25 minutos de un partido en que Nacional y Millos empataron a dos goles, en Medellín. En Bogotá vivía en chapinero, en una casa grande y vieja que el club les tiene a los jugadores que llegan con los bolsillos vacíos.

Eran días de fútbol, entrenamientos intensos y de grabadora a todo volumen en las noches, oyendo salsa con Léider Preciado, el hoy goleador de Santa Fe.

Corrales, que es algo así como su ángel guardián, entendió que Vladimir aún no estaba para Millos. Ambos terminaron en el Girardot Fútbol Club, peleando en la complicada B, donde se juega a mil revoluciones por segundo, se piensa poco y se pega con constancia de martillo.

Ambos fueron segundos, y el goleador anotó 17 en la campaña del 97. Corrales se marchó para el Atlético Huila y se llevó a Vladimir. El objetivo: subir el equipo a la A.

Pero el morocho no convencía. Ole, que saquen ese tronco. Ole, devuelvan ese paquete. Ole, negro, quite déahi , y cosas parecidas soportó a principios de julio en Neiva. Huila cumplió el objetivo, pero Ambuila sólo había convertido cuatro veces.

Pocos goles para un delantero. Corrales, sin embargo, lo mantuvo. Ocurrió el inevitable debut en la casa del Atlético Quindío. Sacó Lincoln Mosquera, balón largo que quedó en la cabeza de Molina, su compañero de adelante, y luego en la del volante Jorge Sandoval. La bola no era para nadie, y Vladimir apareció como una ráfaga, golpeó con la derecha y a media altura, y logró así el primer gol de su vida como profesional. Quería salirse del estadio y celebrarlo con sus amigos de Guachené.

Enfrentó al Tuluá y anotó. Fue su primer gol en Neiva, donde lo habían desahuciado. Pasó por la plaza dura que es Santa Marta, y allí el ciclón fue él: hizo dos.

Y llegó Millos. Vladimir se sintió menos cuando vio 10 camisas azules en la tarde del domingo pasado. Pensó en los 13 títulos, en el técnico Maturana, en la habilidad de John Mario. Transcurrieron los minutos, y los fantasmas se disiparon. Y Millos encajó dos goles suyos.

En Neiva se habla del Huila, pero de quien más hablan es de Vladimir. A él no se le busca por dirección. Basta indicar que vive en el barrio Las Mercedes, cerca al aeropuerto, y allí se le encuentra.

Repica el teléfono Estaba en el segundo piso, en el alféizar de la ventana de su apartamento, hablando por teléfono. El viento empujaba las hojas del espléndido y verde caraqueño .

Colgaba y entraba una más. Lo llamaban de un diario, de una emisora, de un noticiero de televisión. Vladimir no sabía qué hacer. Estaba cansado de repetir que en Girardot luego de un partido conoció a su esposa Diana Patricia Mape, que tiene dos hijos Julio César, de 5 años y Alan Vladimir, de 6 meses, que su pase es de Millos, que pasó por el Pereira, el Quindío, el América, que le cerraron muchas puertas. Colgaba, y de nuevo, Diana lo pasaba al teléfono. Y le seguían preguntando.

Vladimir estaba en su día de descanso, en el pequeño apartamento techado en madera, de paredes amarillas y desnudas y una mesa de comedor de cuatro puestos. Jugueteaba con el pequeño Alan, mientras Diana preparaba el almuerzo.

Vladimir es de pocas palabras y tranquilo. De sonrisa fácil, espera siempre el próximo juego. Es el joven aplicado de Corrales. Los días de trabajo se levanta a las 6. A las 7:30, por lo general, llega al estadio Guillermo Plazas Alcid para entrenar hasta las 10 ó 10:30. Es el trabajo físico: trote continuo, fondo, velocidad y resistencia. Le aburre, quisiera estar siempre al lado de un balón, pero sabe que en la tarde, de 4 a 6, vendrá el trabajo táctico y el picadito . En sus ratos libres sale a pasear al centro de la ciudad y ahora a firmar autógrafos.

Vladimir es el símbolo de un Huila que suma puntos y juega bonito, con el balón en el piso y con la mística desatada por el cristianismo que el apóstol Ceferino Peña inculca en sus compañeros.

Ahora hay un nuevo terror de los arqueros. Un hombre de 1,70, delgado, rápido, buen cabeceador, excelente en la gambeta en espacios reducidos, de potente disparo con su pierna izquierda y también con la derecha. Un astro? No, falta mucho. Tendrá que dejar de aislarse en el juego y aprender a actuar con tranquilidad.

En seis meses su vida se ha transformado. Ha dado el primer toc toc en la puerta de la fama, pero extraña los tiempos de su pueblo, cuando los días se iban sin que mediara preocupación alguna y era feliz.

Vladimir se queda jugueteando con Alan. Al día siguiente lo hará con el balón, patrimonio suyo y del equipo. Es que Vladimir parece no llamarse Ambuila, sino Amb-Huila. Ustedes ya saben por qué.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Deportes
Fecha de publicación
22 de febrero de 1998
Autor
GABRIEL ROMERO C. Enviado Especial de EL TIEMPO

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