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EL BOBO DEL PUEBLO I

Hace pocos días cuando exploraba los rincones sabaneros, llegué a una encrucijada de tres caminos. Alguien me había dicho que dos llevaban al Vichada, punto al cual procuraba dirigirme, y el tercero conducía a Villavicencio. Opté por preguntar a un hombre que encontré sentado en una piedra, cuál era la vía más rápida al Vichada. Resultó ser, cosa bien evidente, el bobo del pueblo, y señaló entre risas y alegría, el camino del norte. Una hora más tarde, me puse a pensar si es más bobo el bobo o el que le hace caso. Pero acabé por alegrarme al comprobar que una de las instituciones rurales más importantes del mundo no ha desaparecido por completo.

Se habrá modernizado la agricultura, la televisión en color estará a punto de llegar a las veredas más remotas, los aviones y los buses habrán conectado todos los puntos de Colombia, pero ningún avance ha logrado acabar con el bobo del pueblo.

El bobo es elemento indispensable en todo pueblo que se respete. Es el que cumple ciertos mandados, el que comunica incoherentemente noticias claves, el que aparece en la puerta sin hacer un solo ruido cuando menos se le espera. Es el que se ocupa de las más pedestres tareas con dedicación admirable, el que carga el bulto más pesado, el que vive en permanente enemistad con los escolares. Su figura pertenece más al folclor y a la literatura que a la psiquiatría. En decenas de obras inmortales, el bobo del pueblo ocupa lugar preponderante. Cuando París era un pueblo, Quasimodo era su bobo.

A Francisco de Asís lo tomaron por tal, según Kazanzakis, cuando regreso del monte desarrapado y sucio. En Los hermanos Karamazov , uno de los personajes -Smerdiakov- tiene suficiente vocación de bobo, pero le falta el pueblo. Macario, en cambio, es bobo y tiene pueblo -algún pueblo polvoriento de los de Juan Rulfo -, pero la gente del pueblo no lo quiere y le arroja piedras grandes y filosas .

Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno son, como su nombre procura indicarlo, tres bobos famosos de la literatura infantil italiana. Pero resultan menos poéticos que nuestro bobo máximo, Simón el Bobito, cuya historia pintoresca y fiel produce frecuentes metástasis en la vida nacional. La literatura colombiana saca a pasear bobos de distintos sabores y tamaños. Los bobos de Tomás Carrasquilla son netamente costumbristas y típicos. En contraste, el Manuel Pacho, de Eduardo Caballero Calderón, es un bobo heroico, un Ulises infradotado que se empeña en consumar una epopeya boba pero admirable.

*Seudónimo del autor

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
12 de agosto de 1997
Autor
Florentino*

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