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JOAQUÍN CORTÉS, IMAGEN PURA

Y ahí apareció. Torcidesnudo con el maquillaje en su punto, cruzando con el pecho al cielo la fila central que dividía la platea rumbo hacia el escenario. Quería volar.

Despacio, muy despacio, mientras todos se lo tragaban con los ojos, el Cortés gitano subió al escenario en falda y comenzó con movimientos el rito de su espectáculo Pasión Gitana; una serie de cuadros de apenas cinco minutos, los mismos que le dieron a la prensa para hacer fotos.

Las mujeres (vestidas a propósito como si él las pudiera ver o amar), comenzaron desde entonces el susurro que a la par del espectáculo terminó en conato de histeria.

Cortés, mientras tanto, dio paso a sus bailarinas. Y tal y como algunos han dicho en España, este gitanillo demostró con ellas, que puede ser mejor coreógrafo que bailarín.

Eran diez moñas que, montadas en afiladas narices y ojos moros (tal y como lo supuso Lara), esparcieron en el escenario todo el color y el sabor de esa Andalucía imaginaria, retocados por el diseño de un vestuario, que sin un recargo, brilla en absoluta fantasía.

Movimientos matemáticamente sincronizados, con retorno a los más clásicos quiebres del arte del flamenco, arrancaron del público las primeras grandes ovaciones. Belleza total.

Y Cortés de vuelta. Ahora más teatral (hubiese sido un buen actor) que en su melodramática primera salida. Un par de pasos repetidos varias veces y no más. Para adentro.

Vuelve entonces la banda pura: tres guitarras, una flauta, un violín, un contrabajo y tres hombres en la percusión. A su lado, dos cantaoras y dos contaores. Músicos grandes para grandes voces. Arte de verdad.

Vuelven las bailadoras, resumen fantasioso de la hembra española, con la pieza LLarachi. Más aplausos y más calentamiento para la esperada gran parte de Cortés que ya estaba demorada.

Pero no. Vino al escenario un tal Cristóbal Reyes, gitano clásico de huesos largos que en más de 20 minutos dejó claro de qué se trata esto del zapateo puro. Casi acrobático, Reyes se paró en sus tacones y con la misma rabia de su golpe, recibió aplausos del público.

Y Cortés nada. Regresaron las bailadoras con el mismo colorido genial e igual de bello. Pero Cortés nada.

Finalmente, después de 40 minutos de ausencia, retornó el divo amado por los diseñadores y tantas pero tantas mujeres. Entonces el suspiro original pasó a gritos frenéticos cuando sin camisa (por que además es un gran exhibicionista) alzó los brazos para lo que se suponía el plato fuerte de la noche. Pero no fue así, su parte fue normal, menos fuerte que los otros números y mucho más corta.

Y ahí fue donde el público se dividió. Por un lado, los expertos puristas que esperaban otro zapateo similar al que se viene haciendo hace 100 años; por otro lado -que era el mayor grupo- las mujeres histéricas que aun cuando hubiese bailado salsa (bueno, lo intentó con timbal en mano) lo hubieran querido igual; y por otro lado -que eran los menos-, aquellos que lo ven como un genial revolucionador del arte.

Entonces el 60 por ciento del Palacio de los Deportes se rompió los vasos sanguíneos de las manos, mientras un veinte fue parco y otro veinte salió con la sensación de haber sido timado. Tampoco es que sea una maravilla , decían.

Toda esa mezcla de sentimientos despierta una de las figuras más atractivas del espectáculo actual. No es el mejor bailador pero lo hace bien, es bello y se sabe bello. Ya lo del carisma viene por añadidura. Pero tal vez si se preocupara más por el arte que por la imagen, no existiría crítico ni público en el mundo que no lo amara incondicionalmente. Pero él necesita más del aplauso, por eso se bajó a la platea para que lo tocaran y lo amaran. Y eso es por que él es imagen pura.

REACCIONES Enrique Grau Pintor y escultor Me encantó. El espectáculo tiene mucha disciplina dentro de una gran imaginación. Dentro de esa enorme fuerza hay un gran control y él, que es el más vistoso, nunca se salió del encuadre del grupo. Cortés es un hombre de carisma inmediato y esas paseadas por la platea en busca de aplauso lo hacen más divo e importante.

Emilio Sanmiguel Crítico de música y ballet A nivel de ballet, trabaja mucho cosas del balance y de la parte alta de la espalda, aun cuando creo que su gran arte está en sus brazos. Ya a nivel personal es un hombre que, como viene del ballet, es muy típico que cada coreografía la termine en busca del aplauso. Es obvio, entonces, que en España le den duro porque está demostrando que el flamenco puede evolucionar. En esencia, me pareció el Piazzola del flamenco.

Julio Sánchez Director de la F.M.

Es un gran espectáculo o mejor, espectacular. Me pareció que no se ubica ni como un espectáculo de baile contemporáneo ni de flamenco clásico. La gente que es experta creo que le gustaría que se definiera. Pero es un tipo muy especial con un show muy especial.

Henry Laguado Director del Festival de Cine de Bogotá Creo que aparece muy poco en todo el espectáculo, además que el lugar fue muy incómodo. Pero el show tiene mucha fuerza enmarcado en una gran sensibilidad; eso aparte de que Cortés bien podría ser un modelo de Miguel Angel. Sus movimientos son extraños y muy sensibles, es un perfecto dominador de la gente.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
19 de octubre de 1997
Autor
MAURICIO SILVA GUZMAN Redactor de EL TIEMPO

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