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LA PAZ, BUEN NEGOCIO

Alfredo Molano, tiene la pinta de un intelectual consagrado que sigue siendo fiel a las costumbres de su generación: tenis, chaqueta de cuero, bluyin y mochila. Su pelo ceniza revela sus años 47 pero su informalidad permanece intacta. Lo es en su actitud despreocupada y tranquila, en su vocabulario salpicado de jergas, en la facilidad con que teje amistades.

No se da prisa en responder. Es como si quisiera ajustar sus análisis para ser lo más claro y seguro. Es evidente que es un hombre que da respuestas para convencer. En ocasiones su tono toma visos de prédica.

No hay de qué extrañarse: él hace parte de esos intelectuales que han tenido que convivir con los discursos y los debates desde el banco de las universidades. Ha visto a sus amigos o conocidos ocupar cargos y asumir responsabilidades en muchos bandos. Conoció en el colegio a Alfonso Cano y es amigo de Horacio Serpa. Al primero lo volvió a ver en Caracas y al segundo lo asesora de vez en cuando.

No es que nade en todas las aguas sino que es un investigador preocupado por la paz. El sabe que la guerrilla ya no posee una estrategia y que sus ideales revolucionarios (que muchos encontraron románticos hasta los años setenta) han dejado de interesarles. Sin embargo, y por haberlo comprobado, conoce el poder que tienen esos grupos en algunas zonas del país.

La guerrilla, según él, no ignora el enorme poder que tiene el Estado y las demandas que el país ha hecho para cesar la violencia. Si se suma el hecho que muchos guerrilleros también están hartos de asumir la vida en el monte, él llega a una conclusión: el proceso de paz es irreversible y el diálogo, por altibajos que sufra, es la vía para alcanzarla. De ahí no se mueve.

El mismo análisis lo hace cuando mira el Estado. Es fuerte económica e institucionalmente y tiene legitimidad política. Pero la guerra, también para él, es costosa, desgasta y es inútil.

Alfredo Molano, hilando otros argumentos, llega a una conclusión que en su caso es casi una teoría: la paz es un buen negocio para todo el mundo y su gran beneficiado es el país.

Molano, por sus investigaciones, tiene un pie en las zonas de colonización. Eso se nota en sus análisis cargados de una especie de sentido común. Por ejemplo, él afirma ese es un discurso que ya manejan algunos funcionarios del Gobierno que hay que legalizar el poder de la guerrilla en sus regiones. A una condición: que se desarme pero que no se desmovilice.

Mirándolo con la lógica del Estado, él piensa que hay que aprovechar las estructuras organizativas de la guerrilla porque, en medio del desorden público, constituyen una fuerza de orden.

Sin embargo, también cuestiona algunos bemoles del proceso de paz. Entre ellos el cese del fuego. El gobierno lo plantea como una de sus prioridades pero, como se sabe, está discutiendo de otros temas. Molano cree que esa apertura es favorable así el gobierno no pueda negociar, como lo quiere la guerrilla, su política económica. Reinsertar regiones...

Cese del fuego bilateral? El opina que sí. Y con el gobierno piensa que debe ser verificable y localizable. Es un ferviente defensor de los foros regionales, no para negociar sino para hacer que aquellos que han hecho hablar las armas, se vean obligados a verbalizar inquietudes, expectativas y contradicciones. Esa es una pedagogía de la paz. De ahí nace el respeto al otro, el derecho de opinar y disentir como base para la convivencia democrática.

Diversos sectores de la vida nacional han planteado la posibilidad de ampliar las mesas de negociación. Molano piensa que hasta los paramilitares cabrían en este grupo (sólo para dialogar, no para negociar), pasando por los gremios, los políticos y los militares. Para todos, la estretegia es la misma: confrontarlos para que cada vez sean más deliberantes y menos beligerantes.

México puede demostrar que el diálogo hace inútiles las armas. No lo dice tocando madera. Inclusive sabe que, coyunturalmente, el diálogo podría romperse. Pero la guerrilla y el Gobierno tendrán que volver a la mesa de negociaciones.

Esa es la peor hipótesis. Molano por ahora sigue el proceso dudando pero contando las ventajas que se han acumulado desde Caracas. Primero el hecho de que Serpa Uribe sea un político con capital para gastar. No era el caso de Jesús Bejarano a quien él reconoce, a pesar de todo, que abrió la posibilidad de los diálogos. Por ahí también hace un recorderis sobre la acción de Belisario Betancur de quien dijo, un día el país le reconocerá el haber iniciado este proceso.

La reinsersión es uno de los cuellos de botella de las conversaciones. Molano aclara que la guerrilla no va tras una solución individual del problema. Hay que reinsertar regiones, no individuos. Por eso, reinserción y territorialidad van de la mano. Esa es la estrategia de la paz.

El problema de fondo, es la reforma agraria. La guerrilla demanda espacios productivos, no microempresas. La tierra es una solución posible, y es a través de los resguardos campesinos que se puede mejorar la calidad de vida de la población .

Molano es pragmático a su manera. La paz, para él, no es un asunto de buena voluntad sino de necesidad. Y los industriales, las regiones, los partidos, los gremios, el Estado y los mismos guerrilleros tendrán que llegar, según él, a la conclusión que tanto lo seduce: la paz es el mejor negocio que puede hacer en este momento el país.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
15 de marzo de 1992
Autor
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