LAS JAPONESAS ROMPEN LA TRADICIÓN

LAS JAPONESAS ROMPEN LA TRADICIÓN

Algunas se convirtieron en turistas sexuales, otras gastan 3.000 dólares para encontrar una pareja y muchas prefieren colgarse una cartera de marca que un novio con estilo. Misa Miyatake tiene todo lo que una mujer podría soñar. Esta elegante japonesa de 36 años vive en un moderno apartaestudio en el centro de Tokyo y trabaja en un medio de comunicación.

8 de diciembre de 1996, 05:00 am

En su guardarropa solo tiene prendas de diseñador y un prestigioso peluquero es el encargado de cortarle y arreglarle el cabello. Inteligente y vivaz, con un ácido sentido del humor, ella es inmensamente popular entre amigos y colegas. Pero, a pesar de eso, nadie cree que Misa sea exitosa. Ante los ojos de la tradición japonesa, ella sufre del peor mal que puede padecer cualquier mujer: es soltera..

Cuando visito mi pueblo natal, la gente me mira como si fuera un fracaso porque aún no me he casado , dice Misa. La situación de Misa es común entre la nueva generación de mujeres japonesas.

Con una educación y un trabajo mejores, además de una independencia económica, cada vez son menos las mujeres que aspiran a convertirse desde muy jóvenes en okusans (que significa, literalmente, señoras de adentro). Aún así, la sociedad las mira mal.

Aquellas que permanecen solteras después de los 25 años son apodadas pasteles de Navidad este, supuestamente, se vuelve rancio después del 25 de diciembre. Y con cada año que pasa, las posibilidades de conseguir pareja disminuyen.

De acuerdo con la educación que le dieron, el matrimonio debería ser la meta más alta de Misa Miyatake. Sus padres, en Osaka, deseaban que se casara con un doctor. Mi madre comenzó a prepararse para mi matrimonio cuando yo tenía 13 años. Empezó a comprar kimonos y costosas vajillas chinas, que almacenó en un camión especial .

Misa asistió a una escuela de cocina al llegar a los 20 años, para obtener un certificado que probara que sería una buena esposa . En cambio, sus padres no querían que aprendiera inglés o viajara al extranjero. Temían que los pretendientes desaprobaran que fuera tan recorrida.

Comprar, una adicción Cuando Misa cumplió 23 años y no apareció ningún aspirante, su familia comenzó el proceso de omiai matrimonios arreglados. En este caso, se intercambian biografías y fotografías con varios candidatos y, después, se hacen las presentaciones. También se acostumbra contratar a un detective para que averige si no existe ningún secreto vergonzoso en el pasado del candidato.

Tales precauciones son un legado del pasado japonés, cuando el matrimonio era una unión pragmática entre los intereses de dos familias. Hoy, la mayoría de las mujeres insisten en la compatibilidad romántica. Misa, por ejemplo, no estaba preparada para un compromiso. Algunos de ellos lucían bien en el papel, pero cuando los conocía, pensaba: Tengo que lavar su calzoncillos y tener sexo con él el resto de mi vida . Era imposible de imaginar .

De hecho, para Misa, toda la experiencia del omiai fue muy humillante. Fui rechazada por un hombre porque dijo que mis senos eran demasiado pequeños y otro argumentó que no era lo suficientemente bonita. Tuve cerca de 20 citas diferentes. Al final estaba tan harta que comencé a presentarme en un viejo par de jeans.

Según Misa, los hombres que conoció eran demasiado conservadores y tradicionales: Ellos aclaraban siempre que el trabajo era primero , cuenta ella. La mayoría de ellos pasaban hasta 18 horas del día viajando, trabajando y socializando con otros colegas. La esposa, en cambio, debía estar siempre lista para recibir a su esposo con el baño y la comida calientes.

Ante semejante perspectiva, Misa prefirió quedarse soltera. Pero otras, temerosas de quedarse solteronas, pagan hasta 3.000 dólares anuales a las agencias matrimoniales que les prometen encontrarles un esposo de profesión respetable. Los hombres pueden inscribirse gratis.

Estas mujeres buscan, sobre todo, un sentido de identidad. Las solteras más viejas son una vergenza , dice Misa. La gente no sabe en qué categoría ubicarlas. Cuando salgo con mis amigas casadas, ellas nunca traen a sus esposos porque no lo consideran apropiado .

El matrimonio determina la existencia de la mujer. Un ejemplo de esto es que la ley japonesa prohíbe que las mujeres casadas conserven su apellido de soltera. En mayo pasado, el gobierno japonés rechazó la propuesta de abolir esta ley.

Las japonesas más jóvenes, sin embargo, no parecen estar dispuestas a someterse a la tradición, sobre todo cuando se trata de amor. Mariko Kane, por ejemplo, no tiene ninguna intención de guardarse para un hombre, como lo dicta la costumbre. Esta oficinista de 23 años tiene cuatro novios, cada uno de los cuales cumple una función distinta: uno es el novio de las invitaciones , que la lleva restaurantes elegantes; otro es el novio divertido , con el que va a esquiar y a los parques de diversión; el tercero es el novio de los obsequios , que la llena de regalos; y el cuarto es el prospecto de matrimonio , un respetable hombre de negocios que sus padres aprueban.

No es difícil manejarlos a todos , dice Mariko. A cada uno lo veo una vez a la semana. Ninguno sospecha de los otros . Mariko aplica la misma rotación en su vida sexual, sin que esto afecte su conciencia. A menudo voy con ellos a moteles después de la cita, pero nunca los traigo a casa .

Mariko trabaja en una oficina, donde contesta el teléfono en tono amable, afila los lápices y organiza papeles. La mayoría de las compañías incentivan a sus empleadas para que dejen su trabajo y se casen, cuando dejan de decorar estos sitios. Pero, recientemente, ellas aprecian mucho su independencia económica y prefieren posponer el matrimonio. Mientras que en 1970 las japonesas se casaban a los 24 años, en 1995 lo hacían a los 26.

El de Mariko es un caso típico. Ella vive gratis en su casa y todo el sueldo le queda libre. Con pocas presiones en su trabajo, tiene tiempo de sobra para gastarlo. Adora los viajes exóticos, deambular por sitios nocturnos y comprar productos de marca. Mi trabajo es muy estúpido , dice ella. Pero el resto de mi vida es divertido .

De hecho, la mayoría de las jóvenes como Mariko prefieren colgarse una cartera de marca que un novio con estilo. Siento palpitaciones cuando entro en una tienda de moda , dice una joven japonesa. Comienzo a sudar , dice su amiga. Ambas sufren de una manía por las marcas como Chanel, Gucci y Louis Vuitton.

No en vano, en Japón se realizan entre el 60 y el 70 por ciento de las ventas de productos de diseñador. Algunas de ellas no tienen inconveniente en gastarse la mitad de su salario en un solo objeto. Me da seguridad usar algo de marca , enfatiza una chica de 22 años.

En busca del placer Con su dinero, las solteras compran riesgos y excitación. Un estudio reciente sobre prevención de sida en Japón reveló que algunas jóvenes realizaban en vacaciones pequeños recorridos sexuales. En lugares como Tailandia y Bali, las turistas invitaban a los gígolos a comer, a divertirse y después a su habitación.

Esto solo indica lo insatisfechas que están las japonesas con el sexo doméstico. Hasta ahora, los placeres carnales han sido exclusividad masculina. Las mujeres ni siquiera tienen acceso a la píldora. Su venta está prohibida en Japón, al parecer, para favorecer las ventas de condones y el negocio de los abortos, que llegan cada año al millón. Un aborto en ese país cuesta cerca de 1.800 dólares.

Pero, para muchas mujeres, no se trata solo del precio. Atormentadas por la creencia budista de que el espíritu del feto abortado las cazará algún día, algunas pagan hasta 2.000 dólares por una pequeña estatua en cementerios especiales. Y, cada semana, les llevan ofrendas, juguetes, comida para bebé.

La violencia sexual contra las mujeres es otro problema que se ha dejado de lado. En 1995, solo se presentaron 1.500 casos de violaciones ante las cortes japonesas, comparado con los 104.000 casos en Estados Unidos. Pero los grupos de mujeres estiman que el número real de violaciones es mayor entre 10 y 20 veces. Se espera que las violadas se queden calladas , dice Naomi Tajima, del centro de violaciones de Tokio.

Tal vez, a causa de actitudes como esas, algunas solteras buscan refugio en extraños bares donde las anfitrionas son mujeres de apariencia varonil y voz grave, que las atienden como no lo hacen los hombres verdaderos.

Nosotros parecemos hombres y actuamos como ellos, pero entendemos lo que las mujeres quieren y necesitan , explica Junichi Mamurasaki, una anfitriona de 29 años.

La clientela de estos bares tiene entre 20 y 30 años, y paga unos 300 dólares por beber, cantar karaoke y conversar con las anfitrionas. Para mí, ellas son una clase de sexo medio , dice una estudiante de arte. Yo puedo hablarles sobre cualquier cosa porque en el fondo son mujeres, pero puedo coquetear con ellas porque también son hombres .

Las razones para asistir a estos sitios varían: las clientas acaban de ser abandonadas por sus novios o, simplemente, han perdido la confianza en los hombres. Yo no odio a los hombres, pero la amabilidad de estas anfitrionas me muestra lo insensibles que son los hombres de verdad , confiesa la estudiante de arte.

Irónicamente, estas formas de escape indican que las mujeres necesitan hoy más que nunca enamorarse de los hombres. Pero también muestra que cada vez toleran menos la tradición. Muestra de ello es el aumento en las tasas de divorcio: tres de cada cuatro rompimientos son iniciados por una mujer. Incluso, la prensa japonesa ha registrado casos de esposas que, después de la luna de miel, se dan cuenta del error que han cometido y, al regresar, abandonan a sus maridos en el aeropuerto.

Mientras los hombres japoneses no logran aún sacudirse de las tradiciones, las mujeres llegan siempre a la misma conclusión: solo hay una cosa peor que ser soltera de por vida y es estar atada para siempre.