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EL VOTO PARA LOS MILITARES

A medida que se avanza hacia la Asamblea Constitucional constituyente en mérito de su función surgen preocupaciones de fondo sobre lo que en ella habrá de hacerse en torno de las instituciones armadas, si afanes reformistas se abalanzan sobre las bases centenarias de su sólida estructura actual. La primera se refiere a la sabia prohibición de deliberar. Exagerada sin duda hasta el extremo de inhibir a un comandante enfrentado a las complejas situaciones de los últimos cuarenta años, para aplicar conceptos elementales de acción sicológica e información pública a las comunidades que debe proteger y al adversario de las instituciones que sirve, ante el fundado temor de que se le sindique de deliberante. Sinembargo, no es esta materia de derecho constitucional sino de excesos en la interpretación del término.

En cambio, se habla con insistente frecuencia sobre la conveniencia de que el militar recupere el derecho al voto. Se aduce que muchos ejércitos del mundo lo tienen establecido, sin que por ello la fuerza pública sea deliberante. Tal el caso, por ejemplo, de Inglaterra y los Estados Unidos. Pero es que nosotros no somos anglosajones sino indoibéricos, y es para nuestro pueblo con su idiosincrasia, sus costumbres y vicios políticos, su ardentía partidista como se debe legislar, a la luz de experiencias aleccionadoras.

Los militares en servicio activo pudieron votar hasta el gobierno de Enrique Olaya Herrera, cuando un proyecto emanado del Ejecutivo se convirtió en ley de la República. Se fundaron los dos órganos del poder público, y la Corte Suprema lo halló exequible, en que la disciplina militar y la estructura de las instituciones castrenses podrían inclinar al subordinado a votar según criterio de su comandante. Así ocurría cuando los cuerpos salían a votar en formación, sin que se necesitara escarbar mucho para saber por quién lo hacían.

El Acto Legislativo No. 1 de 1945 elevó esta ley a precepto constitucional, introduciéndolo, precisamente, en el Artículo 168 que prescribe que La fuerza armada no es deliberante . Es decir, se consideró que existía inseparable conexidad entre voto y deliberación en materias de política partidista que es, precisamente, donde la veda de injerencia militar es, y así debe mantenerse, absoluta.

Otorgar el voto a los militares lleva implícitos riesgos que la república no debe correr, ni las Fuerzas Armadas aceptar. Sin necesidad de emitir orden alguna, un comandante puede influir en forma sutil y decisiva en sus subordinados, sobre todo si ejerce un liderazgo moral e intelectual, deseable para fines castrenses. Inclusive, fuera del servicio pueden surgir consultas de oficiales y suboficiales jóvenes a sus jefes, y con mayor razón de soldados. La vida cuartelaria no ofrece muchas oportunidades para ilustrarse sobre el acontecer político, y si el sufragante carece de información, bien dará su voto a ciegas o pedirá consejo a sus superiores.

En un país intensamente politizado como el nuestro, levantar la prohibición constitucional de votar mientras se permanezca en filas abriría la compuerta para que la política de partido invadiera los cuarteles. O es que, por ejemplo, podría prohibirse la entrada de los candidatos a corporaciones públicas, alcaldías o a la propia Presidencia de la República? Sería un contrasentido porque de hacerlo se cerraría al militar la oportunidad de escoger.

Qué tal una tribuna en un patio de cuartel, para que los candidatos sometan su carisma, su capacidad oratoria o sus virtudes histriónicas a un público militar que podría, si ha de votar, aplaudir, lanzar vivas a quien despierte su entusiasmo o al menos discutir con sus compañeros las calidades de los candidatos? La deliberación se introduciría inevitablemente a los cuerpos armados, con resultados tan nocivos como innecesarios. Qué hubiéramos hecho en las últimas elecciones presidenciales con ocho candidatos dirigiéndose a los militares, incluyendo cantantes y magas? Ignoro si todavía es así, pero en nuestras épocas de servicio activo ni nos interesaba ejercer el derecho del sufragio ni nos sentíamos despojados del mismo por no ejercerlo mientras portáramos uniforme. Era un ambiente que no hubiéramos querido ver alterado con inquietudes políticas. En Colombia se hereda la filiación partidista y con ella la pasión banderiza, que solo un adoctrinamiento tan fuerte y persuasivo como el militar logra desterrar de sus organizaciones. En nada favorecerá a las Fuerzas Armadas que la política afecte ese entorno, ni mucho menos que en esta era de conflictos ideológicos, estos se infiltren en las filas con el voto, que es participación deliberante en política de partido.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
21 de septiembre de 1990
Autor
ALVARO VALENCIA TOVAR

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