LA MUERTE ACECHA A UN CONTINENTE

LA MUERTE ACECHA A UN CONTINENTE

(TIME) -- Para comprender el horror del Sida en Africa hemos ido a los tres países limítrofes en el extremo meridional del continente, donde más se ha propagado la epidemia: Botswana, Sudáfrica y Zimbabue. Durante casi una década han sufrido este flagelo sin saber a ciencia cierta las dimensiones del desastre que se avecina. El número de muertos está ahora revelando las dimensiones de la catástrofe.

11 de febrero de 2001, 05:00 am

(TIME) -- Para comprender el horror del Sida en Africa hemos ido a los tres países limítrofes en el extremo meridional del continente, donde más se ha propagado la epidemia: Botswana, Sudáfrica y Zimbabue. Durante casi una década han sufrido este flagelo sin saber a ciencia cierta las dimensiones del desastre que se avecina. El número de muertos está ahora revelando las dimensiones de la catástrofe.

El Sida contradice los principios de Darwin. Sobreviven los más débiles y no los más fuertes. Mueren los adultos, y sobreviven los ancianos y niños. Cualquiera corre el riesgo de ser infectado, no sólo las personas sexualmente activas sino también los niños que reciben la enfermedad de sus madres. Pocas son las familias que no se han visto afectadas. La mayoría no saben cómo o cuando se contagiaron, muchos ignoran que están infectados y, si lo saben, no lo dirán a nadie, aunque se mueran. Hoy día, Africa no puede tratar a los enfermos de Sida.

Todos morirán, de tuberculosis, neumonía, meningitis, diarrea o cualquier otra enfermedad que destruya por completo su precario sistema inmunológico. Y las estadísticas, por malas que parezcan, pueden ser todavía peores. Las pruebas del Sida se hacen a pequeña escala, y el número de infectados se confecciona casi exclusivamente por la presencia del virus en mujeres embarazadas. En estos países, los certificados de defunción no mencionan el Sida como causa de fallecimiento. "Las estadísticas que tenemos no son fiables", advierte Mary Crewe, del Centro para el Estudio del Sida de la Universidad de Pretoria. "No son más que suposiciones".

El paciente de tuberculosis.

Fundisi Khumalo (nombre ficticio), caso 309 en el programa de atención domiciliaria de Tugela Ferry, sufre violentos temblores sobre las planchas de madera que le sirven de cama. Está solo. Se cubre hasta la nariz con una manta raída. Tiene fiebre, los ojos demasiado brillantes y la respiración dificultosa de los tuberculosos. Hace frío entre los derruidos muros de barro de su choza en Msinga Top. Estamos en un cerro azotado por el viento sobre el río Tugela, en la provincia sudafricana de KwaZulu-Natal. Khumalo, de 22 años, ha sido diagnosticado con Sida, aunque él no lo sabe. Sus ojos reflejan su miedo interior.

Khumalo trabajaba en una peluquería en Johannesburgo, vivía en un albergue para hombres en uno de los barrios más baratos, y tenía "unas cuantas" amigas. Conoció a otros hombres que enfermaban intermitentemente, y que cuando ya no podían trabajar, cómo él, regresaban como podían a sus aldeas. Pero Khumalo no quiere ir al hospital. " Para qué?", dice, "Si estás enfermo, no sales vivo".

"Tiene razón", dice el Dr. Tony Moll, con quien hemos recorrido el camino de tierra que conduce desde el hospital de 350 camas que dirige en Tugela Ferry. "No tenemos medicamentos para el Sida. Muchos hospitales les dicen: `Tienes Sida. No podemos ayudarte. Ve a morir a casa ". Y nadie quiere hacerse la prueba, a menos que haya algún tratamiento disponible. "Si la alternativa es saber y no recibir atención, prefieren no saberlo".

Aquí y en otras granjas del Africa rural, los moribundos dicen que la enfermedad que aflige a familiares y vecinos es consecuencia natural de su eterna pobreza. O cosa de brujos. En Sudáfrica hay quien cree que el mal fue introducido por la población blanca para controlar a los negros tras el final del apartheid.

Hay mucha ignorancia sobre el Sida, pero los sepelios son tantos que la población sudafricana ya sabe que los acecha algo más persistente y siniestro. Todos los sábados, y a veces también los domingos, los vecinos acuden a los cementerios para llevar a cabo costosos ritos fúnebres para los jóvenes y adultos que ahora superan en muertes a los ancianos. Las familias dicen que fue neumonía, tuberculosis, o malaria. "Pero se empieza a oír la verdad", dice Busi Magwazi, un voluntario de atención domiciliaria. En la iglesia, en el cementerio, algunos susurran: `Sí, murió de Sida . La gente habla de ello aunque la familia del fallecido no lo acepte".

La ignorancia es la causa de la propagación indiscriminada de la epidemia. Las encuestas indican que muchos africanos ya saben que hay una enfermedad incurable llamada Sida, y que se transmite sexualmente. Pero no se aplican a ellos factores de riesgo. A pesar de su incipiente conocimiento no cambian los hábitos sexuales. Es fácil entender por qué hay tantos que no perciben el peligro, pues muy pocos hablan abiertamente de la enfermedad. Y los africanos se sienten amenazados por peligros, como el hambre, la guerra, la desesperación o el odio étnico, las enfermedades típicas de la pobreza, las minas en las carreteras, que el riesgo a largo plazo del Sida parece poco importante.

La marginada.

Si uno acepta que padece el Sida, queda marcado como monstruo. Laetitia Hambahlane (nombre ficticio) tiene 51 años y está enferma de Sida. Lo reconoce. En la casa medio derruida de su madre, en las sórdidas calles de Umlazi, la madre de Louise cuida a su hijo tuberculoso. Lo mima y protege. Pero Louise es un ser marginado, repudiada primero por su familia y luego por la sociedad.

Durante años Louise trabajó como criada doméstica en Durban, y enviaba puntualmente a su madre todo su sueldo. Se enamoró varias veces, y tuvo cuatro hijos. "A mi último hombre lo amaba", recuerda. "Después de él, no he tenido a nadie más, nada de sexo". Eso fue en 1992, pero Louise ya estaba infectada con el virus VIH. Enfermó en 1996 y sus patrones la enviaron a un doctor privado, pero no le diagnosticó enfermedad alguna. Le hizo un análisis de sangre y descubrió que era seropositiva. "Ojalá me hubiera muerto allí mismo", dice mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas demacradas.

Los empleadores de Louise la despidieron sin preocuparse por su diagnóstico. Durante meses no tuvo valor para decírselo a nadie. Luego se lo contó a sus hijos, que se sintieron avergonzados y asustados. El paso más difícil fue decírselo a su madre. Le recriminó el dinero que perderían si Louise no podía volver a trabajar, y se enfadó tanto que tapió la habitación de su hija con tablones. La encerró en un minúsculo espacio oscuro, sin ventanas, y con sólo con una precaria puerta hacia un callejón. Ahora Louise se gana su sustento y el de sus hijos vendiendo cerveza, cigarrillos y caramelos desde su habitación, y sólo si alguien se atreve a llamar a su puerta. "A veces compran, a veces no", dice. "Y así voy subsistiendo".

Su madre no le dirige la palabra. "Si ni siquiera tu propia familia te acepta", dice Magwazi, el voluntario de atención domiciliaria del proyecto Sinoziso de Durban que visita a Louise, "entonces mucho menos los demás". Cuando Louise se aventura a salir, los vecinos la desprecian, los gamberros le roban el bolso y los niños la provocan. Sus propios hijos están cansados de la enfermedad y no quieren seguir ayudándola. "Cuando no me puedo levantar, no me traen comida", se lamenta.

Jabulani Syabusi, daría su nombre real, pero quiere proteger a su hermano. Da clases en el polvoriento y rojizo distrito de Msinga, en Kwazulu-Natal. La gente sabe que la enfermedad está en todas partes, pero nadie habla de ella. Contempla las chozas diseminadas que conforman la aldea de Mpufana. "Por ahora sabemos que han fallecido 20 personas. Yo no conozco a ninguna familia que haya dicho que fue el Sida. Y si lo saben, lo ocultan".

Esto incluye a la familia de Syabusi. Su hermano menor es también maestro, y acaba de volver a casa desde Durban, demasiado enfermo para trabajar. Dice que tiene tuberculosis, pero después de seis meses tomando pastillas no ha mejorado en nada. "Mi hermano no tiene valor para decírmelo", dice Shange, mirando tristemente hacia la casa donde su único hermano yace enfermo. "Y yo no tengo valor para preguntarle".

Kennedy Fugewane, un simpático anciano voluntario, trabaja en Francistown, Botswana, en una clínica semidesierta financiada con fondos norteamericanos donde se hacen análisis de sangre. Fugewane se pregunta cómo se podría romper el muro de silencio. Esta ciudad sufre uno de los índices de infección más altos del mundo, pero la gente niega la enfermedad porque el VIH está ligado al sexo. "En la clínica no revelamos nada", dice. "Pero la gente queda estigmatizada sólo con entrar". Los africanos piensan que todo lo relacionado con el sexo debe mantenerse en privado. "Si un hombre viene aquí, la gente dirá que se está divirtiendo por ahí", dice Fugewane. "Si viene una mujer, la gente piensa que es una cualquiera. Si alguien dice que está infectado lo desprecian".

Según Mary Crewe, de la Universidad de Pretoria, "Se supone que si tienes Sida es que has hecho algo malo". El VIH es sinónimo de vida libertina. "El miedo a hablar del sexo importa más que la vida misma. No podemos tratar los asuntos relacionados con el sexo, y por eso tampoco se puede hablar del Sida", dice. Voluntarios como Fugewane intentan concienciar a la población con preservativos gratuitos, volantes, reuniones y encuentros con los jóvenes, pero se enfrentan a una cultura que valora más el honor que la vida. "La gente no se atreve a decir `Dime si me he contagiado con el Sida ", suspira, y mucho menos se atreve a hacer algo al respecto.

Los médicos ceden a la presión social y las normas legales de no mencionar al Sida en los certificados de defunción. "Escribo tuberculosis, meningitis o diarrea, pero nunca Sida", dice el Dr. Moll, de Sudáfrica. "Es un documento público, y las familias no soportarían que alguien se enterase". Hace unos años, los médicos ni siquiera podían hablar de problemas inmunológicos o del VIH en los historiales médicos. Ahora ya pueden documentar los resultados de las pruebas del Sida en los expedientes, para proteger al personal sanitario que trabaja con los pacientes. Los médicos como Moll llevan mucho tiempo luchando por aplicar la misma norma a los certificados de defunción.

El camionero.

Aquí los hombres deben emigrar para trabajar, dentro de su propio país o cruzando la frontera, y esa movilidad propaga el virus por toda la región. Louis Chikoka es el primero en reconocerlo. Recorre habitualmente la autopista, que es al mismo tiempo la arteria vital y la maldición de Botswana. Se extiende a lo largo de 560 kilómetros de desolados matorrales, que constituyen la única franja de tierra habitable del país y su millón y medio de almas. Antes era la vía de los buscadores de fortuna hacia los ricos yacimientos de diamantes de Botswana. Ahora es transitada por los camioneros transcontinentales como Chikoka, que transportan mercancías desde Sudáfrica a los humildes mercados del centro del continente. Además, es la ruta por donde penetra el Sida.

Chikoka detiene su polvoriento camión diesel de 18 ruedas, de la compañía Kabwe Transport, en una oscura zona de descanso en las afueras de Francistown. En esta ciudad, encrucijada de las rutas del comercio internacional, el 43% de los adultos son seropositivos. Chikoka lleva dos semanas en la carretera, y llegará a su destino en el Congo el próximo jueves. Casado y con tres hijos, tiene 39 años y trabaja desde hace 12 como camionero de larga distancia. Está acostumbrado.

El fornido camionero enciende un cigarrillo y se muestra excepcionalmente locuaz sobre el sexo, mientras observa las borrosas figuras que deambulan por la zona de descanso. Chikoka anda en busca de sexo rápido. Señala a una mujer con el cigarrillo. "Siempre esperan para un servicio corto". Qué es un servicio corto? "Cobran según lo que tardas en eyacular", explica. "Vamos a la `habitación del matorral , allí (señala un bosquecillo a unos 100 metros), o a veces es en el camión. Saben que los camioneros siempre tenemos dinero".

Chikoka sabe que su inclinación por pagar los favores del sexo propaga el Sida. Sabe que su promiscuidad podría contagiar a su esposa. Sabe que quien la contrae muere. "Sí, el virus del Sida es terrible, señora", dice. "Pero, oiga, el sexo es natural. El sexo no es como la cerveza o el tabaco. Eso se puede dejar. Pero a menos que castren a los hombres, siempre habrá sexo, y de todas formas todos vamos a morir algún día".

Millones de hombres tienen una vida sexual activa como Chikoka, fomentada por la dependencia que tiene la región de los trabajadores emigrantes. Los hombres desesperados por ganarse la vida dejan a sus esposas en las zonas rurales y acuden a donde hay trabajo: las minas, las ciudades, las carreteras. Viven en albergues para hombres, pero les es fácil irse con prostitutas o vivir en ciudades donde crean una segunda familia, y se contagian con otras enfermedades de transmisión sexual o con el virus del Sida. Muchas veces vuelven a casa, junto con sus esposas y novias, sin saber que son portadores del virus. Este comportamiento se ha extendido de tal manera, que los índices de infección en las zonas rurales igualan a los urbanos.

Aunque el VIH se ceba desproporcionadamente en los emigrantes pobres, tampoco perdona a los más capacitados y mejor pagados. Los soldados, doctores, policías, administradores de distrito suelen separarse de sus familias debido a un sistema de servicio civil que los envía solos a remotos rincones rurales, donde el salario es bueno y las mujeres están solas. Al tener un sueldo, son más fáciles las experiencias extramatrimoniales, y como consecuencia de ello, las profesiones vitales para el funcionamiento del país se están diezmando.

El maestro Syabusi teme que se acaben los profesores en su provincia rural de Msinga. Acaba de llegar de una ceremonia en honor a seis colegas fallecidos en los últimos meses, aunque en el servicio nadie haya hablado del Sida. "La tasa aquí... hay tantos", se lamenta. "Y la gente se contagia en las escuelas". Los maestros del sur de Africa tienen una de las tasas más altas de infección, pero lo ocultan hasta que los síntomas los delatan.

Hasta ese momento, los maestros, hombres en su mayoría, puede elegir a su antojo sus compañeras sexuales. Muchas aldeanas necesitan dinero, a menudo para pagar el colegio, y las alumnas saben que se pueden beneficiar de la buena voluntad del profesor. Los maestros compran sexo con esposas que se sienten solas, o dan buenas notas a sus alumnas a cambio de favores. "Los maestros son los peores", dice Jabulani Siwela, un trabajador sanitario de Zimbabwe que sabe de las frecuentes relaciones entre maestros y alumnas en su escuela secundaria de Bulawayo. Cuando les gusta una chica, le piden que se quede después de clase y se lo pasan bien. "Estos hombres saben a qué se arriesgan, pero aún así lo hacen".

De hecho, es común el sexo casual de todo tipo. Las "prostitutas" son las únicas que admiten hacerlo por dinero. Pero abunda el sexo premarital o recreativo. Y además hay sexo obligatorio con lo que ello acarrea, el sexo bajo coacción. También hay sexo como transacción: como regalo o a cambio de regalos. Y sexo extramarital, segundas familias, múltiples compañeros sexuales. Y el Sida se nutre de la promiscuidad, por su misma naturaleza.

Es raro que un hombre sepa siquiera que está infectado con el virus del Sida: los varones se niegan a hacerse la prueba incluso cuando caen enfermos. Y muchos que sospechan tenerlo se amparan en una falacia: "si ya estoy infectado, puedo acostarme con quien quiera porque no puedo contagiarme dos veces". Pero las mujeres son las que primero desarrollan la enfermedad y mueren más rápido, y no por el sexo, sino por el poder. En esta parte del mundo, las esposas, novias e incluso prostitutas no pueden negarse al sexo en los términos impuestos por los hombres. La razón es lo de menos, ya sea la cultura, la tradición, la patología de la violencia, las características de la identidad masculina o la posición de sumisión de la mujer.

Una enfermera en Durban, al llegar a casa después de una clase sobre el Sida, sugirió a su compañero que usara preservativo como una especie de ejercicio práctico. El tomó una cacerola y la golpeó repetidamente con un cuchillo, para atraer a los vecinos a su casa. Señaló a su esposa con el cuchillo y preguntó: " Dónde has estado desde las 4 de la tarde hasta ahora? Por qué vienes ahora con esta idea? Qué es lo que ha cambiado después de 20 años, para que pida un preservativo?".

La niña en la cuna 17.

La espartana sala pediátrica del Hospital de la Iglesia de Escocia en KwaZulu-Natal está abarrotada. En la cuna 17, una diminuta niña espera la muerte con la mirada fija. Tiene tres años y prácticamente nunca ha gozado de buena salud. Ha padecido tuberculosis, aftas, diarrea crónica, desnutrición y vómitos severos. En realidad tiene Sida pero no figura en su cuadro clínico, y su madre no sabe por qué su hija está tan enferma. La pequeña fue amamantada hasta los dos años, pero después no toleró alimentos sólidos. La madre pensó que el problema estaba en la comida, pero cuando los síntomas comenzaron a multiplicarse decidió llevarla al hospital, del que rara vez sale algún niño vivo.

Allí, espera y ruega que su hija mejore. Y, al igual que todas las madres que acompañan a sus hijos, la cuida con afecto, le cambia los pañales, le tiende las sábanas, intenta hacer entrar algún alimento por esos labios indiferentes y procura arrancar una sonrisa en ese rostro vacío de mirada perdida. Su marido trabaja en Johannesburgo y vive en un asentamiento ilegal con otros hombres. Vuelve a casa dos veces por año. Ella tiene 25 años y ha oído hablar del Sida. Pero no sabe que se trasmite por contacto sexual ni si ella o su marido lo tienen. Teme que su hija muera pronto, y también teme tener más hijos. Pero no se atreve a tocar el tema con su marido. "No estaría de acuerdo", dice tímidamente. "Nunca aceptaría no poder tener más hijos".

La Dra. Annick DeBaets, una belga de 32 años, trabaja allí como voluntaria. En los dos años que ha pasado en Tugela Ferry, ha aprendido muy bien lo difícil que es cortar la cadena de transmisión del virus de madres a hijos. La puerta de esta guardería de 48 cunas parece una puerta giratoria: los bebés enfermos entran, reciben dosis rudimentarias de antibióticos, vitaminas y alimentos, vuelven a casa durante una semana o un mes y luego regresan igual de enfermos que antes. La mayoría, dice la doctora, muere al cabo de un año o dos. Si fuera posible brindarles una terapia intensiva adecuada, cree la Dra. DeBaets, muchos de estos bebés acostados de tres en tres en cada cuna podrían vivir más, y más sanos". Pero es muy desalentador. No tenemos tiempo, dinero o instalaciones adecuadas para brindarles nada más que cuidados mínimos".

Se ha escrito mucho sobre lo que el juez sudafricano Edwin Cameron, él mismo seropositivo, llama la "deplorable indolencia" de su país ante una epidemia incontrolable. El ejemplo más patente es la ineptitud del Gobierno para distribuir medicamentos que previenen el contagio de las mujeres embarazadas a sus bebés. El Gobierno alega que no puede costear las 28 dosis de AZT, a 300 rands cada una (el equivalente a 40 dólares) que naciones vecinas como Botswana distribuyen utilizando fondos y fármacos de donantes extranjeros. El difunto portavoz presidencial sudafricano, Parks Mankahlana, incluso sugirió públicamente que no era económico salvar a estos niños porque sus madres estaban condenadas a morir: "No queremos una generación de huérfanos".

Pero estos niños _y cada año nacen 70.000 seropositivos tan sólo en Sudáfrica_ podrían estar protegidos contra la enfermedad con apenas cuatro dólares por cabeza, con un medicamento barato llamado nevirapina. Hasta la semana pasada el Gobierno sudafricano se negaba a autorizar o financiar su uso, a pesar de que el fabricante había prometido donarla durante cinco años, argumentando que aún no se conocen sus efectos secundarios "tóxicos". Pero en los próximos meses comenzarán por fin a hacer ensayos con el fármaco en el país, aunque sólo en forma limitada.

Cada día que uno pasa en esta parte de Africa es más deprimente. Hay tan pocas esperanzas para todas estas historias de muertos y condenados. Además, la terrible situación actual podría parecer insignificante al lado de los males que se avecinan si la epidemia continúa avanzando. Al aumentar las víctimas, las consecuencias podrían destruir las frágiles economías de la región, arrasar con sociedades civiles enteras e incitar a la inestabilidad política. Pero todos los días hay gente bondadosa que hace algo para ayudar.

Como el Dr. Moll, que usa su tiempo libre para recaudar fondos y aplicar un amplio programa voluntario de atención domiciliaria en KwaZulu-Natal. O Busi Magwazi, que cuida gratuitamente a los enfermos junto con docenas de otros voluntarios en el proyecto Sinoziso de Durban. O Patricia Bakwinya, que puso en marcha su programa para huérfanos Shining Stars en Francistown, armada de su fervor y sin un centavo. Y numerosos individuos que ofrecen su tiempo y esfuerzo para solucionar este acuciante problema que azota al sur de Africa.

Pero estos esfuerzos sólo benefician a algunos miles de personas y no pueden cambiar el curso de los acontecimientos. La región está atrapada en un dilema. Sin un tratamiento eficaz, los seropositivos enfermarán y morirán. Sin una prevención eficaz, es imposible impedir que la infección se propague. En esta región, la única alternativa para romper este círculo vicioso es cambiar la conducta sexual de todos, cosa que no está ocurriendo.

Lo que hace falta es liderazgo. Tanto los países de la región como los países industrializados no han demostrado la capacidad ni la voluntad de proporcionarlo.

El flagelo del Sida en esta región es tan amplio y complejo que todas las sociedades deben unirse para hacerle frente. Estos países son demasiado pobres para cuidarse a sí mismos. Los medicamentos que podrían romper ese círculo vicioso nunca llegarán, a menos que las compañías farmacéuticas los ofrezcan a precios módicos. Los sistemas de atención médica requeridos para prescribir y controlar estos complicados regímenes, que combinan tres drogas distintas, no existirán a menos que los países ricos ayuden a sufragar los gastos. Que haya una vacuna depende de que los países ricos la descubran y la pongan a disposición de estas naciones pobres. La cura de la epidemia de Africa no es un esfuerzo nacional, sino internacional.

Occidente no puede hacer nada contra el profundo estigma que hace que los líderes y las sociedades africanas quieran negar el problema, y tampoco contra la corrupción o la incompetencia que los deja indefensos. Pero sí puede hacer algo contra las consecuencias de la pobreza en sí. El mundo industrializado debe usar sus energías y dinero para liberar al sur de Africa del flagelo del Sida.