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CUANDO EL AMOR LLEGA ASÍ DE ESTA MANERA...

Para Gabriel Betancurt Guevara, el amarse no es cuestión de horario, ni fecha en el calendario, como dice la canción.

El amor, afirma este abuelo caldense de 74 años de edad, es el resultado del palpitar de un corazón amarra o que cuando le sueltan la rienda es caballo desboca o.

Ese corazón joven que lucha por exteriorizar un sentimiento profundo de calidez, ternura, afecto, preocupación y desbordada entrega, es el que ahora azota su pecho henchido de amor.

Un día, sin darse cuenta, mientras sobrellevaba el dolor que le producía la pérdida de su esposa, con quien había compartido 45 años de su existencia, apareció su potra zaina .

María Lorenza Gómez, una tolimense de 77 años, dueña de la más pícara sonrisa, humilde, caritativa y solidaria, es la que ahora trasnocha a este paisa de pura cepa.

En él, cada centímetro de su piel transmite felicidad. Hasta sus ojos cafés, luchan por proyectar a través de los gruesos cristales de sus anteojos, la alegría que lo embarga.

Mientras le da una apretadita de mano y le acaricia su larga cabellera plateada, que siempre ha sido el atractivo más bello de su dama, confiesa que se siente como un quinceañero enamorado. Enamorado de verdad.

Al principio, dice Gabriel, trataron de esconder el gusto que les producía estar juntos, charlar y caminar por ahí, sin más testigos que sus propios pasos. Pero el tiempo transcurrió y el antojo creció a tal punto que hasta la brisa, el sol y la luna sintieron envidia de su amor. Entonces no tuvieron más remedio que confesar lo que sentían el uno por el otro.

El sí de Lorencita Sentado en una vieja silla de su humilde vivienda del barrio Santofimio Botero, Gabriel confiesa que conoció a Lorencita en La Ciudadela del Divino Niño, donde han permanecido los últimos diez años, él como cofundador y ella como beneficiaria del albergue para ancianos.

Siempre estaba haciendo colchas de retazos, callada, concentrada en cada puntada. Pero cuando yo llegaba, sus ojos se extraviaban en los míos y entonces las manualidades debían esperar, porque sólo había tiempo para el amor .

A pesar que Gabriel nunca quiso entrar en su pasado, ella se encargó de relatarle los mejores pasajes de su vida. Aquellos que daban cuenta de su amor por el trabajo, el campo, por su pueblo natal, (Rovira), por sus padres a quienes prácticamente no conoció, sus patrones, sus largas jornadas en casas de familia y sus amigos.

Pero también le contó de aquel hombre que siendo muy joven la engañó y la abandonó para siempre. De sus noches de soledad y del vacío de su corazón que sólo fue llenado cuando lo conoció a él.

Gabriel por su lado, le confesó que había labrado en tierra fértil y que la semilla había dado sus frutos. Tres hijos que hoy en día siguen siendo el orgullo del padre, incluso los más reacios a su nueva unión.

Le habló de sus gustos por todo tipo de lectura, por los sancochitos paisas, los fríjoles, las siestas, las madrugadas y en fin, todo lo que debía saber la mujer que iba a compartir el resto de sus días.

Cuando habían pasado seis meses de noviazgo, Gabriel pensó que había llegado el momento de la verdad. Sucedió entonces que cuando debía pedir la mano de amada, prefirío llamar a la hermana Francisca, fundadora de la Ciudadela, para pedir su opinión. Una sonora carcajada y un apretón de manos, le dieron a Gabriel la seguridad para dirigirse hasta Lorencita y pedirle que fuera su esposa.

Aquella mujer, que en 77 años había tenido la suerte divina de vivir, ayudar a sus semejantes, recorrer el mundo con sus pensamientos como equipaje y hasta ser reina de belleza del albergue, admitió entonces que al igual que una adolescente, el amor le hacía perder el control y la hacía levitar como satélite.

De inmediato acordaron que la boda se llevaría a cabo el 31 de enero y que los invitados serían todas aquellas personas que quisieran ser partícipes de semejante regocijo.

Vestida de blanco, con sus cabellos recogidos y sus labios rojos, Lorencita llegó al templo del Divino Niño, del brazo de uno de los abuelos, quien a pesar de su carácter y su capacidad intuitiva, no logró calmar el nerviosismo de primeriza que se apoderaba de la linda novia.

Gabriel entró acompañado de su nieta, quien lo entregó en el altar. La ceremonia no pasó desapercibida. Al lado y lado de los novios, decenas de curiosos y amigos se arremolinaban para desearle la mejor de las suertes a la feliz pareja.

Sí. Acepto .

La Luna de Miel Hoy en día cuando están a punto de cumplir un mes de casados, Gabriel y Lorencita, recuerdan jocosamente los comentarios que se tejían alrededor de su matrimonio, mientras se estrechan en amoroso abrazo.

Viejo, Lorencita es muy linda pero malgeniada , me decían unos. Seguro que vas a pasar trabajos porque esa mujer no debe saber ni cocinar me repetían otros. No ha pasado ni siquiera un año desde la muerte de tu esposa y ya te vas a casar? , preguntaban los más osados...mis hijos.

Y mientras a Gabriel los amigos trataban de dañarle el oído, seguramente para seguir conservándolo en las tardes de tertulia y cartas, allá en el albergue, las amigas de Lorencita le recordaban que no todo sería color de rosa: Recuerde mija que después de que se case ya no puede andar por ahí como gallina sin cabuya , le advirtieron.

A la lluvia de criticas y recomendaciones, la pareja hizo gala de una sordera crónica, absoluta, y antes que repensar la situación, aceleraron el experimento. El resultado: semanas y semanas de alegría y mucho amor. Amor de verdad.

El único día en que sí me dio tirimbis timbis , recuerda Gabriel, fue cuando me reuní con mis hijos para darles la noticia de mi casamiento. Tuve que echar mano de un viejo vicio que áhay Dios!, creía muerto. Mijo, le dije al mayor, cómpreme media de aguardiente que les voy a contar algo. Cuando terminé de hablar me di cuenta que también se había terminado la media y que el único que había alzado el codo había sido yo .

De pie, en el centro de la sala, Gabriel toma por la cintura a Lorencita al tiempo que la besa en la mejilla. Segundos después sonríe con picardía y confiesa que lo mejor de todo fue la Luna de Miel.

Al otro día de la boda, madrugué a la Ciudadela. A eso de las seis de la mañana, la hermana Francisca tropezó conmigo. Sin saludarme siquiera me preguntó qué había pasado con la Luna de Miel. Yo le contesté que no había Luna de Miel.

Pues así sea a un potrero que se vaya, se va, pero no lo quiero ver por aquí, fue lo único que me dijo. A las siete ya estábamos alistando viaje pa Riosucio, mi pueblo .

Cuando el amor llega así de esta manera, uno no se da ni cuenta. Amarse no tiene horario, ni fecha en el calendario, cuando las ganas se juntan..

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
26 de febrero de 1997
Autor
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