JERÓNIMO ARGÁEZ

JERÓNIMO ARGÁEZ

En una crónica aparecida en EL TIEMPO en la página Opinión (5A), el día 29 de mayo de 1997, don Germán Arciniegas confunde a don Jerónimo Argáez con su hermano Enrique.

8 de junio de 1997, 05:00 am

Don Jerónimo nació en Nóvita, antiguo Estado Soberano del Cauca, el día 12 de julio de 1841. Su familia se trasladó a Medellín y en el colegio que regentaba don Mariano Ospina Rodríguez cursó estudios de literatura. En 1856 vino a Bogotá e ingresó al colegio de don Santiago Pérez, donde estudió jurisprudencia.

En 1861 viajó a Europa, y en París ingresó al Lycée Louis Le Grand para hacer un curso rápido de institutor y con ese título poder matricularse en Londres en la Universidad de Cambridge, en donde hizo estudios completos de ingeniería.

En 1867 regresó a Colombia y se estableció definitivamente en Bogotá. En unión con don Filemón Buitrago fundó el semanario El Zipa el 6 de agosto de 1877, el cual circuló durante cuatro años.

El 2 de febrero de 1884 fundó, junto con don Ignacio Borda, el semanario Las Noticias.

En varias oportunidades fue elegido representante al Congreso por el Chocó y otras circunscripciones, pero solo en dos ocasiones ocupó su curul.

En 1873 publicó una obra muy curiosa y conocida por sus contemporáneos, plena de conocimientos prácticos para la vida diaria, titulada El Estuche, que constaba de cinco tomos. El ex diplomático y famoso gourmet Lácydes Moreno Blanco tuvo la paciencia de recopilar de los cinco tomos todo lo relacionado con las recetas de cocina, para su libro Sabores del pasado, el cual fue editado y comercializado exitosamente en 1995.

En octubre de 1886 se inició el periodismo moderno en Colombia, con la aparición del primer diario no oficial, El Telegrama, bajo la dirección de don Jerónimo Argáez. Creó la edición dominical, netamente literaria, remuneró a sus colaboradores y formó el gremio de voceadores. Estableció una publicación gratis por tres veces para todo anuncio de personas menesterosas de uno u otro sexo que necesitasen colocación.

Se inició la comunicación diaria por cable entre Europa y esta capital y se logró así que la publicación presentara diversas noticias internacionales. Por medio del telégrafo con Buenaventura se suministraba la información nacional de todas partes de la república.

En la redacción de El Telegrama se reunían entonces jóvenes de todos los matices. Era un campo neutral a infinidad de ideas, sin más condición que la de estar decorosamente expresadas.

La historia política, literaria y científica del país a finales de 1886, hasta mediados de 1904, se encuentra en las páginas de El Telegrama. En él colaboraron las primeras mentalidades del país y se iniciaron como escritores muchos hombres que dieron gloria a nuestras letras. Escribieron, entre otros, Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, Carlos y Jorge Holguín, Santiago Pérez Triana, Rafael María Carrasquilla, José Manuel Marroquín, José Vicente Concha, Carlos E. Restrepo, Pedro Nel Ospina, Edmundo Cervantes, Salvador Camacho Roldán, Jorge Roa, Lorenzo Marroquín, José María Lombana Barreneche, Federico Rivas Frade, Baldomero Sanín Cano, Pedro María Ibáñez, José María Cordovez Moure, Aníbal Galindo, Manuel Mallarino, Antonio Gómez Restrepo, Guillermo Valencia, José Asunción Silva, Julio Flórez, Rafael Pombo, Clímaco Soto Borda, Luis María Mora y muchos otros.

Gracias a la insistente solicitud de don Jerónimo Argáez fueron escritas y editadas en su periódico las reminiscencias de Cordovez Moure, El joven Arturo, de Mc Douall, y otras.

Don Enrique de Argáez, único que usó la partícula de , nació en Bogotá el 5 de septiembre de 1858. Recibió el grado de médico con tesis laureada en París, profesión que no ejerció.

Condecorado con la Legión de Honor en Francia, don Enrique ocupó elevadas posiciones en la administración pública y diplomática. Fue Caballero de la Orden de Carlos III. Ocupó el Ministerio de Relaciones Exteriores bajo el gobierno del general Rafael Reyes. Perteneció a numerosas entidades científicas.

Lucía una barba muy cuidada que hacía resaltar su apuesta figura. Es muy conocida la graciosa anécdota de cómo colocaba la barba: Si por encima o por debajo de las cobijas .

De ninguna de sus cinco hijas se sabe que le hubiera solicitado rasurar su barba. Con ella murió octogenario.