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EMERGENCIA EN VENEZUELA

La crisis de Venezuela parece haber tocado fondo. Al estado de emergencia recurre su Gobierno para adoptar, por decreto ejecutivo, medidas de vigencia inmediata. Su desproporcionado déficit fiscal, su consiguiente inflación, su estancamiento económico, sus desequilibrios y percances financieros, su menor ingreso por concepto de su renta petrolera, han agudizado en extremo la adversidad de sus circunstancias. De su opulencia de ayer, originada en el auge y el precio de los hidrocarburos, ha debido pasar a sus penurias de hoy, con su moneda en declive, los niveles de vida en desgracia y la producción en retroceso.

Un cambio de fortuna tan rápido y brusco estaba llamado a provocar graves tensiones sociales. El venezolano se había acostumbrado a tener uno de los más altos ingresos per cápita de América Latina. A vivir en una economía de abundancia y elevados consumos en que todo lo proveía el petróleo, a manos llenas. Merced al alto endeudamiento externo, facilitado por su fama de solidez y liquidez, pudo prolongar la prosperidad, a título precario. Al ocurrir la crisis de la deuda, se encontraría con la obligación de pagarla, con los hidrocarburos en descenso después de la guerra del Golfo Pérsico y la situación interna en proceso de deterioro.

El presidente Carlos Andrés Pérez, apenas electo, se comprometió en severa operación de ajuste, mediante riguroso acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Sobre el techo de cristal de esta institución nunca han caído las piedras de la inconformidad y la protesta por razón de sus políticas o de sus fracasos. A los gobiernos de las naciones toca asumir la responsabilidad de sus consecuencias, tanto más si son democráticos y cuentan con prestigio para gastar.

Temerariamente, Carlos Andrés puso en práctica un programa de gobierno en abierta contradicción con el de su campaña electoral. Quizá no hallara alternativa expedita y viable a la mano. Estalló el caracazo y comenzó su penoso viacrucis. El social-demócrata de su primer período estrenaba ceñida chaqueta neo-liberal. En agrio forcejeo con su propio partido entró. Se ganó la confianza del Fondo Monetario Internacional, acaso también la de los medios financieros, pero en el interior perdió credibilidad. Las fuerzas sociales, le declararon su oposición.

Si hubiera tenido éxito el pueblo habría recibido con buen ánimo, si no con beneplácito, la radical operación de ajuste. No habiendo sido así, le cobró el viraje de sus ideas pero especialmente su terrible frustración. Era evidente que el país no podía continuar nadando en la abundancia y dependiendo del artificio de los subsidios y de una supuesta fortaleza monetaria. No faltaban sin embargo maneras más equilibradas, sutiles y justas para hacer gradualmente el tránsito y evitar azarosos traumatismos. A las características del rígido modelo económico cabe atribuir sus tristes resultados y la explosión del descontento.

Camino del reacomodamiento Actualmente se enfrenta Venezuela a la ardua tarea de reacomodar las cosas a la luz de sus necesidades y realidades. La crisis financiera, que aquí conocimos en los años ochentas, trata de lidiarla interviniendo los bancos en dificultades y prestándoles asistencia. Sobre el tratamiento de la crisis fiscal no hay todavía indicios ciertos, pero la verdad es que debe suturar cuanto antes la vena rota del déficit presupuestario, arbitrando recursos sanos y reduciendo gastos.

Aunque ha abolido por lo pronto el gravamen al valor agregado (IVA) al nivel de minoristas, parece casi imposible prescindir por entero de un impuesto que es común en los países de la Unión Europea y que en la América Latina se ha afianzado, sin perjuicio de los que consultan la capacidad tributaria de los contribuyentes. Uno de los problemas de Venezuela es no haber instituido y aclimatado un sistema impositivo moderno, capaz de corregir o siquiera balancear la renta del petróleo. Ahora habrá de hacerlo.

Sobre su moneda gravita un gran interrogante. Si optará por una devaluación traumática, impulsada por los apuros fiscales y los sobresaltos económicos, o si preferirá un ajuste más ponderado y paulatino. En favor de la segunda de tales opciones militan dos factores: el uno, el riesgo de acelerar la inflación; el otro, los daños eventuales que causarían descoordinadas y drásticas políticas monetarias y cambiarias a la integración económica. En otras palabras, si se procederá aun poniendo sus procesos en serio peligro.

Repercusiones en Colombia De ordinario en las zonas de frontera se han sufrido o disfrutado los efectos de las políticas económicas de Venezuela. Según sean sus orientaciones, se estimulan sus exportaciones o sus importaciones de bienes y servicios. Veces ha habido en que el negocio es venderles y otras en que el negocio es comprarles, por supuesto con efectos sobre la producción colombiana.

La diferencia es que en nuestros días todo el país ha venido a ser zona de frontera. Para Colombia, Venezuela es mercado prioritario, y a la inversa. La interdependencia ha llegado a ser fuerte y estrecha. Hasta el punto de que el cambio súbito de las corrientes mercantiles afectaría las condiciones de empleo en el uno o en el otro.

En la Unión Europea se entendió hasta dónde el proceso integracionista reclamaba entendimiento y armonía en las políticas monetarias y cambiarias. Lógicamente, si en Venezuela prevaleciera la devaluación, en Colombia no podríamos seguir en el camino de la revaluación, ni siquiera en gracia de las perspectivas del petróleo de Cusiana.

Por años fue Venezuela Tierra Prometida de colombianos desesperanzados. En ocasiones se les atrajo desembozadamente. Dígalo, si no, la emigración de servicio doméstico y brazos para la agricultura. En cierto modo fue desage natural de nuestro desempleo, como Estados Unidos respecto de México. Los atractivos venezolanos que a ello contribuían han cesado de existir y, por tanto, el incentivo de la tendencia migratoria, si no han de encontrarse la prosperidad y la seguridad de otros tiempos. Este mismo fenómeno obligará, no obstante, a redoblar los esfuerzos por garantizar en nuestro suelo el derecho al trabajo y por proteger vidas y bienes.

Coyuntura decisiva para Venezuela, lo es también, por contragolpe, para Colombia. Porque no podía el Estado dejar al garete la economía en el país hermano, le incumbía la responsabilidad de reorientarla y ver de ponerle orden y concierto. Hagamos votos por que el acierto y la justicia acompañen el difícil empeño y por que no implique reverso en la necesaria y fecunda integración de nuestros países.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
1 de marzo de 1994
Autor
ABDON ESPINOSA VALDERRAMA

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