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LOS DILEMAS DEL MINISTRO NAVARRO

Antonio Navarro Wolf tuvo su bautizo de fuego en las lides de la democracia parlamentaria. De esa democracia burguesa que el M-19 combatió con las armas durante 15 años y de la cual hoy participa de manera activa y sobresaliente. Y hay que decir que el ministro de Salud salió bien librado en su primera intervención ante el Congreso. El debate que le hicieron esta semana a Navarro en el Senado sirvió para recordar un hecho sin precedentes, lleno de significado histórico: la incorporación al gabinete ministerial de un ex jefe guerrillero. Las cosas en este país marchan a un ritmo tan vertiginoso que a veces no alcanzamos a reparar en la trascendencia de ciertos acontecimientos.

El ministerio del M-19 es uno de ellos. Yo mismo tuve dudas cuando se comenzó a barajar el nombre de Antonio Navarro. No será excesivo? El país estará preparado para asimilar esto? Pero el presidente Gaviria no vaciló. Y ahí está este ingeniero sanitario metido a guerrillero, sobreviviente de combates y atentados, sentado en consejo de ministros, al lado del general Botero y de representantes de todas las corrientes de los partidos tradicionales. Es un ejemplo de reconciliación política que tiene pocos precedentes en América Latina. Demuestra que sí se puede reincorporar a los alzados en armas y que la democracia colombiana no es tan restringida como algunos pensaban. Demuestra también que la paz es rentable , como lo expresó el mismo Navarro. La rentabilidad política de su abandono de las armas la pudo medir bien el M-19 con sus casi millón de votos en las presidenciales. Esta experiencia incidirá irremediablemente sobre los grupos armados que aún pretenden llegar al poder por la vía del fusil. El EPL ha sido el primero que sin las triquiñuelas y dobleces de las FARC ha tratado de asimilarla. Sus repercusiones son continentales. El canciller salvadoreño, que estuvo hace poco de visita, expresó su admiración por este fenómeno colombiano, y su anhelo de ver al FMLN algún día como movimiento político legal y asumiendo incluso responsabilidades de gobierno.

Y de eso se trata. De meter a las fuerzas insurgentes que dicen combatir por una sociedad mejor, en la tarea concreta de edificarla. Eso sí, sobre la base de que renuncien de manera inequívoca a la violencia como método de lucha política. Y de que demuestren tener un respaldo en la opinión que amerite ser llamadas a cogobernar.

Eso lo logró el M-19. Por eso Gaviria sostuvo que el nombramiento de Navarro interpretaba una voluntad popular que se expresó en las elecciones del 27 de mayo. Fue una decisión de todos modos audaz y que inauguró un esquema de gobierno totalmente nuevo en el país. No exento de controversias y tropiezos, como ya se vio con motivo de las salvedades que hizo Navarro al firmar la extradición de dos colombianos a EE. UU. Hay quienes sostienen que este hecho sentó un peligroso precedente y abre las puertas para la insolidaridad de los ministros con el presidente. Pero la verdad es que fue el propio Gaviria el que le sugirió a Navarro esta salida. Al presidente no lo mortificó para nada la declaración de su Minsalud, porque hace tiempo que el M-19 se ha opuesto a la extradición, y él no podía pretender que el representante de ese movimiento en el gabinete renunciara a sus convicciones. Además, ya había anticipado su criterio de flexibilidad, cuando aclaró que la participación de otros partidos no significaba la pérdida de su autonomía o identidad política. Es claro, pues, que estamos ante un experimento sin precedentes de pluralismo político dentro del Gobierno. Producto del convencimiento que tiene Gaviria de que en la coyuntura que vive el país, resulta esencial un espíritu de colaboración y unidad nacional. No todo el mundo entiende o comparte este esquema. Se presta para que al presidente lo tachen de ingenuo. O a Navarro de inconsecuente. Como se vio en las críticas de los senadores conservadores a su declaración sobre la extradición. Que, curiosamente, son las mismas que hoy le formula al M-19 el partido comunista. Inconsecuente, contradictorio y hasta traidor, son algunos de los epítetos que hoy le lanzan los voceros de una izquierda ortodoxa, que en sus 50 años de prédica revolucionaria nunca han logrado ni una cuarta parte de la votación que obtuvo el M-19 en 15 días de campaña electoral.

Ahora bien, es evidente que para el eme su participación en el Gobierno es un arma de doble filo. Confirma su vocación de paz y de poder. Pero asume los riesgos del desgaste político. Y de la inevitable ambigedad de ser a la vez oposición y gobierno: las luchas sociales en la calle y las alzas desde el gabinete. Los costos pueden ser altos, en la medida en que el ajuste económico golpeará en un comienzo a las clases populares.

Difícil prever cómo le irá al M-19 en su nuevo perfil político. Por ahora lo ha asumido con honestidad y realismo. Y esto ha servido para aclimatar la paz y desarmar los espíritus. Se trata de una experiencia de reconciliación que el país tiene que saber valorar. Por encima de quienes trinan en el Senado contra los ministros bandoleros , o de los que seguirán siempre cobrándole al M-19 su pasado.

Pero se trata de entrar en el futuro. De dejar atrás, con franqueza y valentía, ese pasado de violencia y odio. La presencia de Navarro en el gabinete es un paso firme en esta dirección. El siguiente es que su movimiento devuelva ya la espada de Bolívar. Si es que no se les embolató por ahí.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
16 de septiembre de 1990
Autor
ENRIQUE SANTOS CALDERON

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