Son dÃas de frÃo y lluvia. En la represa de El Muña aumenta el nivel del agua; las ratas, casi tan grandes como los gatos, invaden las redes de los alcantarillados mientras que los moscos y zancudos hacen de los eternos y olvidados enfermos del hospital siquiátrico Julio Manrique en Sibaté una presa fácil.
No respetan sexo, edad, ni origen social de los enfermos. Mucho menos, que unos de ellos hayan estudiado alguna vez derecho, pedagogÃa, educación fÃsica, e incluso, idiomas.
Uno de ellos es Mario Luengas, de 78 años. Sus ojos son grandes y de un azul irrepetible. Es un hombre alto, delgado, canoso, sin dientes inferiores, y sus movimientos y manera de hablar dejan ver a un hombre culto y de cuna.
Estudié ingles y francés. Siempre soñé con aprender el alemán. Desde hace muchos años esta soledad que acaba con todo, incluso con el amor y la dignidad humana, es mi hogar. Hace mucho, pero mucho tiempo, vino mi hijita y me trajo unas galletas, pero nunca más volvió , cuenta Luengas, al tiempo que lija con esmero un pedazo de triplex con el que hará varias fichas de dominó.
Cuando estoy en el taller de carpinterÃa no siento el tiempo, el frÃo, ni la lluvia. Tampoco los picotazos de los moscos y zancudos que salen de la laguna. Pero cuando voy a dormir me asaltan los miedos y viejos recuerdos: veo a los médicos y enfermeros que, vestidos de blanco y abusando de la ciencia, en varias oportunidades me pusieron choques eléctricos hasta hacerme perder la memoria y dejarme casi ciego , recuerda el abuelo.
MarÃa sin sal , como dice llamarse en tono de burla, es otra paciente de unos 80 años, que para quemar el olvido de su familia y espantar los bichos que deja la contaminación de El Muña, se adueña de cualquier sitio del hospital. Allà enciende un Pielroja y se lo chupa hasta quemar el pulgar y el Ãndice de su mano izquierda.
Oiga, mentiras. Me llamo Alicia Salazar. Regáleme un cigarrillo sin filtro, que necesito ahumar el olvido y los moscos , dice estirando su mano, mostrando el par de dedos casi carbonizados y dando brincos en busca de afecto.
Asà como Alicia y Mario hay otros 482 internos que cuentan las horas sumergidos en un mundo que no tiene domingo, dÃa de visita y que no llega hace 10, 15, 19, 24 ó 27 años. Y es que al abandono familiar y al frÃo espiritual, se le debe sumar ahora, los problemas de El Muña.
Esta ha sido una semana de lluvia, de ratas y otras plagas. Estamos trabajando desde que asumimos la administración para controlarlas , dijo Jubentino MartÃnez, director cientÃfico de Proamérica, entidad que administra la salud en el siquiátrico.
Según el médico, tres veces al mes se fumigan las instalaciones. Los trabajos se hacen en las cañerÃas y en las zonas donde se podrÃa incubar los insectos y las ratas.
La laguna se mete al hospital por varios lados. Debajo del Manrique hay huecos tan grandes que parecen túneles. Pero asà fumiguemos todos los dÃas, nunca haremos nada si no se corta la contaminación de raÃz , afirmó Evert Montero, subgerente de programas sociales de la Beneficencia de Cundinamarca.
El interpuso una tutela contra la Empresa de EnergÃa de Bogotá porque la contaminación que la laguna de El Muña recibe del rÃo Bogotá afecta notoriamente la salud de los pacientes y funcionarios que dependen de la Beneficencia en Sibaté.
Son más de 3.000 personas las que padecen enfermedades respiratorias, de piel, oftalmológicas, gastrointestinales y alergias, debido al medio ambiente contaminado por los olores y aguas en descomposición provenientes de El Muña.
La laguna también es lecho para los zancudos, moscas, bacterias y ratas, estas últimas logrando tamaños capaces de socavar túneles que afectan hasta las construcciones allà localizadas , dice la tutela, que pese a que tiene fecha del 18 de enero pasado, no ha servido para solucionar los graves problemas de Sibaté en materia ambiental.
Ese es el panorama que este domingo, dÃa de visitas, encontrarÃan los padres, hermanos, amigos y cónyuges de los enfermos. Pero son visitas que en la mayorÃa de casos no vendrán. Asà que esa cruda realidad no será compartida en el Manrique, donde hay internos que esperan por alguien hace más de 20 años.
Programas para el Manrique Para mejorar la calidad de vida de los pacientes del Julio Manrique y para hacer un mejor uso del tiempo libre, la Beneficencia de Cundinamarca y la fundación Proamérica impulsan dos programas encaminados a orientar y dirigir el comportamiento, la actividad productiva y bajar el consumo de drogas tranquilizantes en los internos.
Los programas son de alfabetización y la adopción afectiva y en ellos trabaja todo el equipo de médicos y terapeutas del centro.
El programa de alfabetización lo dirige una fonoaudióloga en colaboración con una estudiante de sicologÃa. Su objetivo es recuperar en los pacientes que saben leer el habito de la lectura e incendiarlos, para que sean ellos mismos, quienes enseñen a los enfermos analfabetas. Este programa va de la mano con el que se desarrolla en los talleres de artesanÃas, deshilachado, colchonerÃa, danzas, tejidos y escobas.
El otro programa es el denominado adopción afectiva . Para hacerlo realidad, Proamérica y la beneficencia firmaron un convenio con algunas universidades donde la sicologÃa es una de sus principales carreras. Los estudiantes de los últimos semestres van al Manrique y se hacen cargo de un solo enfermo. Le enseñan las delicias del afecto, del respeto por la dignidad humana y el sentido de pertenencia. Otros programas son los de aseo personal, como el de cepillado de dientes y belleza.
Entretanto, la administración departamental construye dos pabellones para desalojar las instalaciones que, por su deterioro, ponen el peligro la vida de los internos y compró 8 computadores para sistematizar al Julio Manrique y reorganizar las historias clÃnicas.
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