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La casa de las agujas

Cuando el patrón judío liquidó a papá, después de quince años de trabajar en su sastrería, no tenía efectivo para pagarle las prestaciones sociales y a cambio le entregó una caja superlativa con mil quinientas grandes gruesas de agujas alemanas marca Sacks, casi tres millones de púas, que él guardó encima de un escaparate, tocando el techo, sellada.

Pasados muchos años, hubo necesidad de una aguja para hacer un remiendo, no se encontró, y mamá, con toda inocencia y un berbiquí, abrió un huequito en la caja, sacó una, la ensartó, cosió lo que tenía que coser y luego nunca una aguja se utilizaba dos veces; cada vez se sacaba una aguja, otra aguja, otra aguja, y terminado el trabajo la ponían con la hebra colgante en una puerta, en las paredes, en los marcos de los cuadros y los espejos. Y así poco a poco se fue inundando de agujas la casa, múltiples banderitas con hilos de diferentes colores, lo que parecía pintoresco antes del desenlace, como en los relatos humorísticos de Édgar Poe.

El asunto se fue complicando, porque, por ejemplo, mi padre las utilizaba y las guardaba entreveradas en el borde del bolsillo del pantalón o en la solapa de los sacos o en el reverso de las corbatas, y mi madre, fregando la ropa en el lavadero, terminaba con una aguja clavada en la palma de la mano y había que llevarla al hospital a que se la sacaran antes de que le llegara al corazón a través de una vena, y en el hospital, a pesar de la radiografía, le zanjaban la otra mano por equivocación con la radiografía de una vecina a quien lavando la ropa una aguja se le había clavado en la mano contraria y al final mamá terminaba con ambas eminencias telares escalpeladas.

Se volvió tan patético al acontecer doméstico que en el sancocho del almuerzo, por decir algo, uno cogía el tenedor y, al partir la papa, era una papa cocida con una aguja dentro. Y había agujas en el interior de la pasta de jabón de la ducha. Y entreveradas en las cerdas de los cepillos del pelo, y en los de embetunar y en los de despolvorear los vestidos y los sombreros. Más aún, yo llegaba borracho de mis noches de parranda y caía a plomo sobre la almohada, y una vez una almohada tenía en el enlanado una aguja y me clavé esa aguja por la punta en un ojo. Grité como en una película de pavor, pues pensé que el ojo se reventaba, pero ya viví la experiencia para advertirles: los ojos no se revientan, la córnea es resistente y flexible; fui al espejo y me la saqué y la clavé en el espejo. En el marco de madera, vale decir, para que no crean que fabulo. Me unté un poquito de saliva en el punto de sangre y santo remedio.

No solo invadieron cuarto por cuarto y patio por patio, sino la mente de sus habitantes, en el sueño y en la vigilia, y así llegué a sentir, en medio de mis alucinaciones terminales con el yagé, que si abría la llave de la ducha me iba a salir un chorro de agujas que se me clavarían en los poros del cráneo, como vine a experimentar cincuenta años después con el dermatólogo acupunturista que me resembró la calva de pelos.

Abuela -que años antes, cuando mi hermano ingresó al movimiento, había dicho: "Dios nos castigó con el Nadaísmo"- alcanzó a balbucir antes de que le cayera la mortaja en la cara que era la venganza de Dios por esa secta tiniebla de la que participamos mi hermano y yo.

Así que la vida se nos convirtió en pesadilla, las agujas se tomaron la casa, no se daba abasto barriéndolas, parecían escapárseles a las escobas, cobraron vida propia para huirles a crucifijos con imanes y electroimanes que traían exorcistas curtidos, permanecían al acecho para agujarnos con tragicómica sevicia incluso en el inodoro, donde temíamos bajarnos los pantalones, y ese fue el final catastrófico de la casa de las agujas, de donde tuvimos que salir volados al piso de San Fernando.

Aquí están los cimientos ruinosos, para sobre ellos edificar mi cacareada e inexistente novela, en una forma que ni novela parezca. Porque cuando logre escribirla será tan clara que casi nadie la entenderá.

jmarioster@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
11 de julio de 2012
Autor
JOTAMARIO ARBELÁEZ

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