APOTEOSIS EN CAÑAVERALEJO

APOTEOSIS EN CAÑAVERALEJO

El epílogo de la Feria de Cali fue en grande. Para el recuerdo, para la historia. Un corridón de toros. La apoteosis. Se había vivido un delirio casi toda la tarde, propiciado por los toros de la ganadería El Paraíso, que pasta en el altiplano. Al final, la plaza era un manicomio. El palco concedió el indulto de Buboso , toreado por El Juli , quien arrojó el estoque y simuló la muerte con la palma de la mano.

6 de enero de 2001, 05:00 am

El epílogo de la Feria de Cali fue en grande. Para el recuerdo, para la historia. Un corridón de toros. La apoteosis. Se había vivido un delirio casi toda la tarde, propiciado por los toros de la ganadería El Paraíso, que pasta en el altiplano. Al final, la plaza era un manicomio. El palco concedió el indulto de Buboso , toreado por El Juli , quien arrojó el estoque y simuló la muerte con la palma de la mano.

Cañaveralejo se caía. La banda tronaba. El bravo y noble toro jabonero, a un solo cite de muleta abandonó el ruedo por la boca de toriles, pero la feria no terminaba. Los matadores que en traje de calle asistían a la corrida, saltaron al ruedo primero que todos, y se echaron a su joven colega a hombros.

Lo llevaban El Califa y Juan Bautista. El público en pie vitoreaba y arrojaba prendas a la arena. Se iniciaba la primera de las varias vueltas triunfales. Las peñas lanzaron sus sombreros y boinas a los pies del maestro, y las palmas echaban humo. En la segunda vuelta se unieron al cortejo, también a hombros, Eduardo Dávila Miura, que había cortado las dos orejas de Consentido , el segundo de la corrida; y el ex matador de toros español Gerónimo Pimentel, propietario del hierro que se acababa de cubrir de gloria. Es el triunfador de la Feria.

Cuatro toros fueron aplaudidos en el arrastre, otro de vuelta al ruedo y el sexto indultado. Para qué más! Nadie se quería ir; las botas cambiaban de mano y los abrazos y las sonrisas iban de unos a otros.

El artista caleño Diego González no iba a hombros porque estaba en la enfermería y porque había malogrado con el estoque una de las más grandiosas faenas de esta temporada. En la corrida hubo de todo. Toros bravos y nobles con trapío; toreo de arte; gestas de valor; cogidas aparatosas; orejas, vueltas al ruedo; indulto y drama. Cuando Diego González recibió de larga cambiada al cuarto, fue cogido malamente y su chaquetilla fue partida en dos. El primero que llegó en su auxilio fue El Juli con su traje de luces también destrozado por las cogidas que había sufrido de Malavida , el tercero.

Los dos formaban una imagen que era toda una alegoría del dramatismo, intensidad y verdad que encarnaba la corrida. Difícil volver a vivir una tarde así. La empresa ha visto coronados sus esfuerzos con este festejo apoteósico. Sus detractores callan, y los abonados seguramente renovarán sus votos de confianza después de haber vivido una tarde en que las emociones desbordaron a todo y a todos.

Cayó la noche. Se acabó la corrida, murió la feria; los amigos se abrazaron y el público se disgregó pero no callada y lentamente como hubiera hecho esperar la perspectiva de un año sin toros. No. Lo que se acababa de vivir conmocionaba a la multitud y los borrachitos toreaban los carros en la 5a. La cuarentona plaza se fue quedando sola, en silencio, pero enriquecida con sus nuevos recuerdos.

A diferencia de los pamplonicas, quienes en estos trances cantan el "pobre de mí, pobre de mí, se acabó la feria de San Fermín", o de los andaluces quienes entonan su coplilla melancólica: "Se acabó la corría, murió la feria y lloraron los ojos de mi rondeña", los caleños celebran, gritan, recuerdan.

No es para menos. Eduardo Dávila Miura toreó bellamente en el primero, con lentitud, con arte. Cortó dos orejas. No es para menos, Diego González ha podido coronar la faena de su vida. No es para menos, El Juli tocó las nubes con un faenón de indulto. En fin, pocas veces se ve un encierro cumbre como el que salió ayer en Cali.

La bravura de los toros, el arte y el heroísmo de los toreros, la emoción del pasodoble y ese alegre desprecio por la muerte que contagian las buenas corridas, hacían olvidar todo lo demás.

Foto/Carlos Ortega EL TIEMPO.

UNA HERMOSA media verónica de El Juli , en su primer ejemplar de la tarde.