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EL PROBLEMA ES OTRO

Al presidente Samper no le fue mal en Nueva York. El tema de las drogas y su situación muy particular le ofrecían una oportunidad que supo aprovechar. El discurso como Jefe del Estado colombiano tuvo reacciones encontradas, pero por lo general fue bien recibido. Por supuesto aquí en Colombia el gobierno se encargó de darle todo el kilometraje posible. Infortunadamente, no se puede decir lo mismo de sus palabras frente a los No Alineados, donde estuvo menos afortunado.

Como se ha vuelto costumbre, por tratar de presentar las cosas mucho mejor de lo que verdaderamente son, y como sucedió con la visita a Francia (para vergenza de Colombia el canciller francés se quejó del mal uso que él le dio a lo que se conversó en París), ahora otra vez se está metiendo la pata.

Hace un año Samper interpretó la intervención del presidente Clinton como un apoyo al gobierno colombiano cuando era todo lo contrario. En esta ocasión se incurrió en el mismo pecado. No puede uno menos que sonreír (o sonrojarse) cuando nuestro Presidente le dice a la televisión colombiana que registra complacido el hecho de que el presidente Clinton incorporará en su discurso apartes de la propuesta colombiana. O cuando se le da una interpretación tan equivocada como peligrosa a una referencia amable con Colombia del mandatario norteamericano como un gesto conciliatorio hacia Samper. Ojalá fuera así, pero no lo es.

A pesar de que el Gobierno ha dicho que quiere desnarcotizar sus relaciones exteriores, Samper en su discurso ante la ONU no habló sino de drogas. Le atribuyó a este flagelo todos los males habidos y por haber. De ahí su propuesta de unir fuerzas para combatir el narcotráfico con toda la determinación y contundencia que sean necesarias. Es un problema multinacional que requiere soluciones multinacionales. Quién diablos puede estar en desacuerdo? Lo que no podemos hacer los colombianos es caer en el sofisma de creer que el origen de todas nuestras desgracias está en el tráfico de drogas. Este es apenas un síntoma de un problema mucho más profundo.

Qué pasaría en Colombia si de la noche a la mañana y por obra y gracia del Espíritu Santo desapareciera el narcotráfico de la faz de la Tierra? Se resolverían nuestros problemas? De ninguna manera.

Así como en el cuerpo humano existen anticuerpos que previenen las infecciones, las sociedades también tienen sus anticuerpos. El narcotráfico logró infiltrarse y tomar el brío que tomó en Colombia porque encontró una sociedad sin anticuerpos, debilitada y propensa a la infección.

Si desaparece el narcotráfico, acaso desaparecen los homicidios, o los secuestros, o la corrupción, o el execrable robo de niños? Si desaparece el narcotráfico, retorna por arte de magia la confianza de los colombianos en sus semejantes, en la justicia, en la autoridad o en las instituciones en general? Si desaparece el narcotráfico, se limpia automáticamente la forma de hacer política, se acaba el clientelismo o el Estado comienza a funcionar como Dios manda? La respuesta, por supuesto, es negativa. Y es negativa porque el narcotráfico es apenas un efecto y no la causa de una enfermedad mucho más grave: la sociedad colombiana se quedó sin los principios que sirven de anticuerpos y que son la base de convivencia de toda sociedad civilizada.

La única forma de comenzar a curar tan grave problema y así poder reconstruir el tejido social de la sociedad colombiana, es a través de la educación. No hay otro camino. Como es un proceso que puede durar mucho tiempo, tal vez generaciones, no se puede seguir postergando. Toda larga travesía comienza con el primer paso, dice la sabiduría china.

Este es un tema donde fácilmente puede generarse un acuerdo nacional. La necesaria reconciliación que hoy todos reclaman puede comenzar por aquí. Lo hemos dicho muchas veces. Y lo reiteramos.

Porque no vamos a lograr nada si mientras se hacen todo tipo de propuestas para combatir el narcotráfico, que van a durar muchos años en discusiones, al mismo tiempo millones de niños tienen que sufrir una vez más las consecuencias de otro paro de maestros. Es otro ejemplo de cómo tenemos invertido el sentido de las prioridades.

A escasos dos meses del fallecimiento de Alfonso Palacio Rudas, murió su esposa, Magdalena Santofimio. Se cumplió otra vez la parábola histórica: detrás de cada gran hombre existe una gran mujer. Aparte de haber sido la excelente compañera de tan ilustre tolimense, Magola dedicó su vida a luchar por la niñez desamparada y participó activamente en varias empresas sociales. En el más allá se encontraron de nuevo los dos. Aquí sus amigos los seguiremos recordando con gratitud y admiración.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
27 de septiembre de 1996
Autor
JUAN MANUEL SANTOS

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