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LA MUERTE DEL ENANO: VERSIÓN DE BUSTAMANTE

SELECCION PARA PREMIO DEL LECTOR (VII) El enano era feo y cojo. No tenía otra gracia que la de ser enano. No era acróbata, ni payaso, ni malabarista, ni contador de chistes, ni nada. Le bastaba salir a la pista apoyado en su bastoncito, y la gente se reía. El no hacía nada. No decía nada. La gente se reía y con ganas. El empresario del circo nunca entendió a ciencia cierta por qué, pero el hecho es que en un momento de la función el enano entraba renqueando en su bastoncito y se paraba en la mitad de la circunferencia central, y cuando las luces se apagaban y dejaban el chorro de un solo reflector sobre su figura chueca y diminuta, inexpresiva, inmóvil, la gente estallaba en carcajadas. De qué se reían, no se sabe. No se supo. La misma gente a quien se le preguntó no lo sabía. Pero el número no fallaba nunca. Esa fue la razón por la cual permaneció en el circo durante tantos años, hasta el trágico final de su vida.

SELECCION PARA PREMIO DEL LECTOR (VII).

"El enano era feo y cojo. No tenía otra gracia que la de ser enano. No era acróbata, ni payaso, ni malabarista, ni contador de chistes, ni nada. Le bastaba salir a la pista apoyado en su bastoncito, y la gente se reía. El no hacía nada. No decía nada. La gente se reía y con ganas. El empresario del circo nunca entendió a ciencia cierta por qué, pero el hecho es que en un momento de la función el enano entraba renqueando en su bastoncito y se paraba en la mitad de la circunferencia central, y cuando las luces se apagaban y dejaban el chorro de un solo reflector sobre su figura chueca y diminuta, inexpresiva, inmóvil, la gente estallaba en carcajadas. De qué se reían, no se sabe. No se supo. La misma gente a quien se le preguntó no lo sabía. Pero el número no fallaba nunca. Esa fue la razón por la cual permaneció en el circo durante tantos años, hasta el trágico final de su vida.".

Es cierto que también se le asignaron labores de aseo, -algunas, al principio un tanto repugnantes-, como también es verdad que a partir de cierta temporada difícil en que el circo estuvo al borde de la bancarrota, se le descubrió su enorme afinidad con las fieras. En realidad se la descubrieron ellas: "Un día en que el alimento escaseaba y la taquilla no dio para comprar la ración de los felinos -había un tigre blanco de la India, entre otros- el enano decidió entrar jaula por jaula y les explicó a todos y cada uno de los animales que ese día no habría carne. Y les dijo que si tenían mucha necesidad de alimento para poder hacer las funciones de la noche, se lo comieran a él. Los feroces felinos lo miraron fijamente con sus ojos encendidos y, comprensivos, no lo tocaron. Esa noche el número del domador salió de maravilla. Y a partir de ese día el enano fue el encargado principal de darles el alimento a las feroces bestias del circo.".

El enano tenía claro -y esto se lo dijo a Bustamante- que su único mérito era haber aceptado su condición de enano. (La gente no se ríe por lo que yo haga. Se ríe por lo que yo soy. No se ríe conmigo. Se ríe de mí. Pero en realidad nadie me quiere. Fíjese que ni las fieras hambrientas me quieren comer.) Tal vez por eso nadie entendió que más tarde ese enano de apariencia repugnante, conquistará el corazón de Gloria, la trapecista más linda y valerosa del circo. Pero razones hubo.

"El domador, hombre persistente, observador y bello, era la verdadera estrella del circo. Su número era de una magnificencia escalofriante, sobre todo cuando, encerrado con todos los gatos enormes de la selva, provocaba una batalla campal entre ellos, hasta el punto que la gente a veces se levantaba de las bancas dispuesta a huir en pánico en medio de gritos, tratando de proteger a los niños. En ese instante, el domador, sin saberse cómo, aplacaba el furor de las fieras, y las dominaba con tal autoridad, que la batalla campal se convertía en un retozo inocente de tigres empujando leones, como niños en recreo. Al final, el domador los obligaba a darse caricias y besos. Metía la cabeza en las fauces del tigre Blanco de la India y acababan bailando todos un Vals hasta llegar, hombre y fieras, a una elegante venia final perfectamente sincronizada, para demostrar su noble condición de actores. Cuando las fieras salían de la pista, la gente deliraba ante aquel espectáculo de dominio, que les había hecho pensar en un momento dado en su propia muerte. Sin duda era el mejor número del circo. Y hubiera durado muchos años de no ser porque un día llegó el amor a perturbarlo todo: sin saberse cómo, el guapo domador amaneció perdidamente enamorado de la trapecista. El, venido de tierras lejanas, tenía algo que hoy no sabemos si era virtud o defecto, pero el caso es que no podía estar solo." No soportaba la soledad. Incluso, cuando se enamoró, él mismo le confesó a Bustamante que había descubierto en el fondo de su alma que había aprendido a dominar a los animales porque temía que un día los humanos lo dejaran solo.

El hecho es que el amor no cuajó. A la trapecista no le gustaba el domador. Pero no sólo no le gustaba sino que le daba horror cuando él, caballerosamente, le expresaba sus requiebros. "Y es que ella se sentía un animal en proceso de domesticación. Y esa sensación de estar siendo amansada, ella, que cada noche volaba por los aires como un pájaro libre, se le fue convirtiendo en un sentimiento de rechazo. Cada palabra de amor la sentía como una dulce manera de ser llevada a la jaula. Y el sentimiento negativo pasó del rechazo a la repugnancia. Ella, entonces, le mintió al domador con respecto a sus verdaderos sentimientos para tratar de sacárselo del paso: le dijo que lo que pasaba es que ella estaba profundamente enamorada de otro hombre. Pero era una mentira que tenía que incluir un indicio, una prueba, ya que en la vida del circo, si bien hay algunos espacios recónditos para la intimidad, en general todo se sabe.".

"Ella habló con el enano y le suplicó con lágrimas que le ayudara, que fingiera que la amaba. Y el enano, que andaba en busca desesperada del amor, aceptó. Y del beso premeditado para ser observados por el domador, acabaron viviendo una pasión nada fingida, por cierto. Esto despertó sentimientos terribles en el despechado artista.".

"El enano, a pesar de estar en plenos meses de idilio, -y esto lo notaron todos-, fue mudando la expresión de su rostro de manera paulatina hacia una mueca de terror. Y un buen día se suicidó. Apareció muerto en el trailer de la trapecista con un tiro en la sien y la pistola del domador en su mano derecha.".

Después del escándalo y las investigaciones, el departamento de Criminología no tuvo la menor duda: el enano se había quitado la vida por su propia mano.

Pero Bustamante, poco convencido del informe legal, fue quien descubrió que la punta del bastoncito del enano cojo tenía algo raro: la punta estaba cuidadosamente raspada. Buscando a hurtadillas descubrió una lima metálica escondida en el trailer del domador y ató cabos: "El domador no pudo soportar el desprecio de la trapecista y decidió matar al enano. Durante los meses que duró el idilio se dio sus mañas para limar la punta del bastoncito, poco a poco, cada día un milímetro a lo sumo. El enano, que no tenía más gracia que la de ser enano, sintió que estaba creciendo e incapaz de aceptar el trágico destino de ser grande, se pegó un tiro.".

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El autor nació en Bogotá en 1951. Actor y guionista de cine. Publicó en 1967 Cuentos sin recompensa (Ed. Testimonio), ganador de concurso organizado por Radio 15; en el 2000, Fanny Mickey, por el placer de vivir: conversaciones de camerino con Humberto Dorado (Planeta). Guionista de La estrategia del caracol , Aguilas no cazan moscas y Golpe de estadio .

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Este es uno de los 24 cuentos escogidos para votación de los lectores.

Para calificar este cuento:

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
27 de mayo de 2001
Autor
HUMBERTO DORADO MIRANDA

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